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Sueño
marzo 23, 2020|Cuentos Clásicos Cortos

Sueño

Sueño

Cuando conocí a don Hilario no era ya nadie ni hacía resultando un sujeto de los más borrosos y comunes a pesar de su fama de raro. Mas aun as! y todo tuve la fortuna de presenciar una de sus explosiones, una erupción de sus honduras espirituales, y oírle contar, sus desventuras con aquella voz gangosa y lenta y aquel modo doloroso que en casos tales, y hasta volver a caer en su habitual huronería, le dominaba por completo.

Ciego de mozo por la lectura y el estudio, creía a pies juntillas haber sido tal vicio la fuente de sus males. Con hidropica sed de saber misterios había devorado de todo, ciencias, letras, humanidades, con encarnizamiento insaciable. El misterio se le iba agrandando a la par que descubría nuevas caras por que abordarle y sentía desazón e impaciencia al encontrarse cientos de veces con las mismas cosas en cientos de libros diversos. Anhelando novedades, ideas nuevas o renovadas que le refrescaran la mente, encontrábase con insoportables repeticiones. Todos los libros que tratan una materia contienen un fondo común y ese fondo le daba ya sueño, a puro machaqueo. El que consigue descubrir una verdad en química no se conforma con menos que con escribir un tratado completo de química, y gracias, si no pretende que esa verdad modifique todas las restantes y sea piedra sillar de un nuevo sistema.

Al acostarse dejaba sobre la mesilla de noche tres o cuatro libros, solicitado a la vez por todos ellos; tras breve vacilación cogía uno, lo hojeaba, leía trozos salteados, empezaba un capítulo, inatento, distraído por el deseo de los restantes libros de la mesilla; y así lo dejaba para tomar otro y a su vez dejarlo en cuanto se convertía en lo que decían el sugestivo lo que dirían. Muchas veces tocaba a uno y otro y se quedaba sin ninguno, y acabó por ni tocarlos siquiera, optando por dormir al sentimiento de la vecindad de sus queridos libros.

Pasó a leer monografías, notas bibliográficas, referencias, extractos, y sobre todo revistas. De las revistas se fue a las revistas de revistas. Pero aquí todo era esqueleto sin carne ni alma, planos esquemáticos. Y lo peor que los extractos le resultaban más palabreros y vacíos que las obras mismas extractadas. Y ¡qué desilusión al ver estropeados los más hermosos títulos!

Buscó por fin las obras atiborradas de referencias y notas para leer éstas; sobre el andamiaje que el autor levantara para construir su obra, fantaseaba él otra. Y acabó en leer catálogos.

¡Los catálogos! Pocas cosas más sugestivas que un catálogo. Sobre un título, ¡qué de fantasías nebulosas, imprecisas!, ¡qué de imaginar sin concepto alguno! Se acostaba con un catálogo y lo iba hojeando. Su conocimiento de idiomas vivos le ayudaba mucho.

Wiezzieski: El problema del mal, ¡qué campo tan vasto!, y vagaba sin idea alguna por oscuros vislumbres de esa proclama; Wadsworth: El porvenir de la India, séptima edición, en cuarto, seis chelines, ¡qué cosas dirá! Y pasaban por su mente Warren Hastings, lord Clive, el budismo, el espíritu inglés, mil otras imágenes; Bonnet-Ferriere: El arte en la vida, nueva evocación de inarticulada sinfonía de larvas ideas; El Derecho asirio… decididamente, aún se ha hecho poco de Derecho histórico, ¡qué campo!; Hembrani: La filosofía de la química, ¡¡decimoquinta edición!!, ¡¡20 liras!! Y durante un rato vela ordenados rigodones de átomos llenos de personalidad y de vida; López Martínez: Comentarios al Derecho procesal, ¡qué lata tan soberana! Y quedábase dormido.

A la par iba cobrando desenfrenado amor al sueño. Pasábase el día, mientras revolvía libros u hojeaba catálogos, esperando la hora de acostarse y acariciando la imagen del sueño, y una vez acostado se arrebujaba en las sábanas a gozar en la espera del momento de sumersión en la inconsciencia. Daba a las veces en ponerse a espiar el momento preciso en que entraba en el sueño, momento que se le escapaba siempre, pues siempre se distraía en la coyuntura propicia. Otras veces se revolvía preso de ardiente agitación pensando en la nada, que le aterraba más que el infierno. i La nada!, estar cayendo, cayendo por el vacío inmenso… no, no estar cayendo siquiera…

Se levantaba tarde, se vestía, lavaba y almorzaba con toda calma, lela el periódico hasta los anuncios, repasaba algún catálogo, miraba con cariño a sus libros tocándolos, cambiándolos de lugar, hojeando algunos, y así le llegaba la hora de comer. Después café, rato de sentada en el casino viendo jugar al tresillo, que no entendía poco ni nada, paseo lento, gradual invasión de sueño, frugalísima cena y a la cama temprano.

El día en que estalló me decía:

-! Qué enfermedad más terrible el… pero no, bien .Mirado, ni es enfermedad ni es terrible! Paso el día esperando la hora de acostarme, acariciándola en mi imaginación, y me acuesto deleitándome en la idea de que voy a dormir para resucitar con el nuevo día, lleno de frescura espiritual. ¡El sueño! Es la vis medicatrix naturae y la digestión mental… Durante el sueño bajan digeridas las ideas al fondo del olvido donde se hacen carne de nuestra alma… Lo que mejor sabemos es lo olvidado. Todo eso de corrientes nuevas, de crisis espíritual, de degeneración, de fin de siglo, de neurosis y neurastenia, de misticismo y anarquismo, todo eso es sueño social y nada más. ¡Claro está!, tanta revista de revistas, tanta bibliografía y tanto catálogo… sueño, sueño, no es más que sueño. ¿Los agitadores, los revolucionarios dice usted? Aspirantes a sonámbulos. Vuelvan las tinieblas medievales y a dormir…

-Pero eso es negar el progreso.

-¿El progreso? ¿Pero usted cree que no hay más progreso que la vigilia? Hay que digerir el progreso, y el hartazgo da sueño. i A dormir a dormir para hacer la digestión espiritual del progreso y despertar en otro siglo con la cabeza fresca, de buen humor y enriqueciendo el vivifico y fecundante fondo del olvido, que es algo positivo, muy positivo, créamelo usted.

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Miguel de Unamuno

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Mensaje del Autor
Espero que disfrutes de esta obra, estoy seguro de que el autor esperaba que algún día se encuentren. Será como una conversación entre los dos.
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