Relatos Cortos

El faro

La corta extensión de arena amarilla estaba moteada de piedras negras que surgían aquí y allá como erupciones de lava ya fría. Corría paralela al mar de un azul plomizo, siempre rizado y coronado de espuma. Eternamente enfadado.

Pero no era libre, una altísima pared escarpada le impedía desarrollarse hacía el interior y saludar a los pocos habitantes del pueblo cercano.

Tampoco le permitía alcanzar su aspiración de convertirse en playa el brazo rocoso que la pétrea pared estiraba para tocar el agua.

En la punta de esta lengua sólida, bañada y castigada por la furia marina, había un faro. Era una hermosa construcción de madera de color rojo, frágil y poderosa a la vez, dispuesta a enfrentar la furia de los vientos. A la valiente torre la coronaba una cúpula plateada, brillante, de donde surgía una potente luz que, en las oscuras noches de niebla, abría un pasillo seguro para ayudar a los barcos perdidos a llegar a puerto.

Como todo faro que se precie, estaba habitado por un farero. Un antiguo lobo de mar que había enfrentado cientos de tormentas a lo largo de su dilatada carrera como capitán. De todas ellas había salido victorioso pero no tuvieron la misma suerte amigos a los que consideraba casi hermanos.

Por eso, cuando sus huesos empezaron a envejecer y acusar los efectos de la humedad y de la dureza del oficio de marino, nuestro viejo capitán decidió dedicar lo que le restaba de ésta a velar por la salvaguarda de las naves que surcaban los océanos.

El viejo faro hacía tiempo que permanecía abandonado. Los habitantes de la aldea se acercaban a encender el reflector en las noches más oscuras pero no bastaba. El ofrecimiento del capitán fue acogido, pues, como agua de Mayo.

El farero adoptó la costumbre de quedarse un rato acodado en la barandilla del balcón del faro antes de ir a dormir. Miraba absorto el amplio túnel de luz que se perdía en la negrura, oía embelesado la bravura del mar que, varios metros más abajo, estrellaba su furia contra las piedras y perdía fuerza en una nube de espuma volátil.

Pero una noche, diez años después de la primera, fue diferente.

Allí, donde el haz de luz chocaba con la solida pared del horizonte, un reflejo fosforescente surgió de repente.

Era una niebla extraña de un color blanco amarillento y aparentemente espesa, con un brillo fantasmal que emanaba del mismo centro y se extendía hasta la frontera de la mancha lechosa.

El viejo entornó los ojos intentando aclarar su visión, disminuida por las cataratas resultado de tantos años de mirar al sol para orientarse. Había tenido la sensación de que la niebla se aclaraba a retazos, dejando ver lo que parecían las velas de un barco.

De repente el sonido del rompeolas fue ahogado por otro mucho más alto. Él crujido ensordecedor de cientos de tablones de madera, aquejados de vejez. La cortina de vapor que ocultaba al culpable de tal escándalo se descorrió para dar paso al bergantín más grande que nuestro experimentado marinero había visto nunca.

Era una nave poderosa de dos palos con todo el velamen desplegado. El foque, el trinquete, la mayor, el juanete, la cangreja… infladas por la furia del viento la impulsaban en un avance enloquecido. La fosforescencia de las aguas y la velocidad del barco provocaban la apariencia de que la enorme estructura apenas rozaba la cresta blanca de las olas.

Y allí, en el puente, con las piernas separadas y sujetando el timón con manos firmes y poderosas estaba él. Era tan alto y fuerte como una de las columnas de Hércules. Su cara marmórea, cubierta de una espesa barba negra, mostraba una resolución imposible de contradecir. El pelo bruno e indomable, se encrespaba con el poder del viento que provocaba el balanceo constante de su cuerpo.

El farero sintió, como un mazazo, la mirada de la estatua que, inmune a los elementos, le dirigía directamente a él como si la distancia que los separaba no existiera. La sensación de proximidad se fue haciendo cada vez más fuerte de tal manera que, la visión del inquietante bergantín fue desapareciendo para dar paso a unos ojos cuyo fuego iluminaban la noche como cientos de hogueras plantadas en la pequeña playa.

Hipnotizado, miraba hacía delante sin ver atrapado en aquella mirada, sin percatarse de que el capitán de la nave había desaparecido del puente y ahora se encontraba a su lado, con su boca de labios pálidos como los de un muerto pegados a su oído.

No notó la presencia hasta que una voz cavernosa de tono apremiante sonó invadiendo su mente como si manara de su propio corazón.

  • Me conoces, Simón. Me has visto en tus sueños. Resido en tu conciencia. Me dejaste hundirme con mi barco. Me observaste mientras desaparecía entre las gigantescas olas agarrado al timón y me miraste a los ojos hasta que desaparecí. Igual que ahora. Dijiste “eres Satanás y tienes que volver al infierno del que saliste”. Como pescador de almas, recogiste a mi tripulación y decidiste que yo no era merecedor de ser salvado. Pero me debes algo, viejo. Un pago que quedó pendiente, una compensación por los años de vagar por el mar y enfrentar millones de tormentas a los que me condenaste. He vuelto a cobrarme la deuda.
    Al farero le invadió el terror. Inexplicablemente la nave, que momentos antes se encontraba a varias millas de la costa, ahora se balanceaba a merced de las olas peligrosamente cerca de las rocas y sin gobierno.
    Inclinado hacía él y casi rozándole, con la tez pálida como la de un muerto y los ojos relucientes de cólera, el capitán del barco le apuntaba con dedo acusador sin que el viejo supiera como había llegado hasta allí.
    Pero la cercanía del fantasma le obligó a fijarse en sus facciones y un nombre avanzó a través de la nebulosa en la que se había convertido su memoria desde hacía algún tiempo. ¡John Kerry! Aquel hijo de mala madre y vástago del mismísimo Satanás.

Quizás su versión de la historia no encajaba exactamente con la del maldito Kerry. Tampoco los pobres marineros a los que martirizó durante años lo verían como a una víctima.

Y hablando de víctimas, el “Halcón negro”, que así se llamaba el barco que ahora evitaba milagrosamente chocar contra el rompeolas, poseía en su haber gran número de ellas.

Simón recordaba algunas en concreto.

Su hijo Paul nunca quiso ser marino. Prefirió quedarse en tierra y dedicarse a cultivar una pequeña granja que apenas le daba para mantener a su mujer y sus tres pequeños. Un invierno terrible acabo con sus cosechas y las deudas con su exiguo patrimonio. Perdió la granja y se vio obligado, como muchos otros, a emigrar al Nuevo Mundo en busca de oportunidades.

El viejo le ofreció embarcar formando parte de su tripulación pero el hijo se negó. Era de tierra adentro como su madre.

Subieron pues a un gran buque con las manos vacías y el alma llena de esperanza, despidiéndose del padre bajo la promesa de enviar noticias nada más llegar. Pero nunca arribaron a puerto. El cruel destino quiso que el barco de la muerte de John Kerry se cruzara en su camino.

El “Costa del Norte” era una estructura enorme dedicada al transporte comercial, que aceptaba un número limitado de pasajeros. Tenía fama de guardar en su bodega fortunas en oro y mercancías. Paul y su familia habían depositado en manos de su capitán una pequeña fortuna reunida después de vender todo lo que poseían. El trato era llegar al Nuevo Continente en la mitad de tiempo que el resto de transportes.
Una noche muy oscura en la que la calma chicha los mantenía varados en medio de la nada, se oyó de súbito, horadando el silencio, el ruido de ciento de remos que acuchillaban la superficie plana del mar.
Los vigías del “Costa del Norte” intentaban otear la impenetrable negrura con sus catalejos para localizar el peligro que intuían, sin éxito.

Y, cuando el ruido ensordecedor lo inundo todo, como salido del mismísimo infierno, apareció justo a su lado el “Halcón negro”.

Los cañones prestos para disparar, los marineros encaramados a los palos y subidos a las barandillas, sujetando un cabo con una mano y un arma con la otra esperando la orden de abordaje.

El maldito John Kerry de pie firme en el puente, miraba a su objetivo como el león a la gacela.

En cuestión de segundos, la tripulación del depredador se hizo con la presa. Trasladaron la carga al “Halcón”, encerraron a todas las almas del “Costa del Norte” en la bodega y dispararon una salva de cañonazos en su línea de flotación .

El enorme buque desapareció en las negras aguas con solo un crujido acompañado de los gritos de las víctimas inocentes como despedida.

Así fue como el viejo farero perdió a toda su familia. Nunca más volvió a verlos y solo le quedó el consuelo de mirar al insondable mar para ver las caras de su hijo, nuera y nietos que le sonreían desde las profundidades.

Por eso se empeñó en hacer desaparecer aquel cáncer de las rutas comerciales. Le persiguió durante décadas dejando otros piratas en su camino de venganza. Todas las trampas que utilizó parecieron inútiles hasta una noche oscura de calma chicha. El ruido lúgubre de los remos volvió a invadir el espacio, amenazante. Pero Simón estaba preparado. Mientras en cubierta permanecía la tripulación justa, en las bodegas se hacinaban cientos de hombres armados hasta los dientes y preparados para la batalla.
Cuando se inició el abordaje las bocas de las cubiertas empezaron a escupir combatientes. Estaban igualados en número y ninguno tenía intención de rendirse. La lucha fue cruenta y solo acabo cuando los únicos supervivientes de la tripulación del “Halcón Negro” eran John Kerry y los pobres desgraciados que usaba como esclavos atados a los remos.

Y entonces la venganza fue completa. Sujeto al timón, de pie y con la cabeza erguida, el maldito Kerry no pidió clemencia en ningún momento mientras el barco de la muerte se hundía. Simón esperó a que solo quedaran visibles la parte superior de los palos para lanzar su maldición:

  • A partir de ahora y por toda la eternidad, vagaras por los mares enfrentando las más terribles tormentas.
    El farero emergió de los recuerdos como de un sueño profundo y mirando directamente a los ojos de fuego del fantasma le preguntó:

  • ¿Qué quieres demonio?.

La voz cavernosa sonó de nuevo.

  • Fuiste muy cruel, viejo. Me debes una compensación. Mi amo necesita almas para sus calderos y tu tienes aquí una buena provisión de ellas. Atraerás a los barcos hacía las rocas y yo vendré a recoger a las víctimas para llevárselas a él.

El anciano le miró desafiante.

  • ¡Nunca!, gritó.

Una risa lúgubre lo invadió todo. La mirada de Kerry volvió a llenar el horizonte y sus palabras sonaron como un trueno en la noche estrellada.

  • Bien, tú lo has querido. Serás un magnífico piloto. A partir de ahora me acompañaras en mi singladura eterna.

A la mañana siguiente la señora Evans acudió al faro como cada día. Le hacía un poco de limpieza al viejo Simón aparte de llevarle la comida y prepararle el almuerzo. También le daba conversación. La pobre mujer no podía entender como alguien soportaba una soledad tan absoluta. ¿Horas y horas sin hablar con nadie?.¡Ella se moriría!.

Entró sin asombrarse de no encontrar al farero. A aquella hora revisaba el foco y lo limpiaba para que, a la noche, estuviera en perfecto estado. Lo que si le extrañó es que la cama estuviera sin deshacer. Pero pensó que el anciano habría sufrido de insomnio o el tiempo se había complicado y había permanecido alerta por si algún barco tenía problemas.

Se puso su delantal y se dirigió a la cocina.

Empezó a extrañarse cuando, acabadas sus tareas, el farero no había aparecido para consumir el almuerzo que, dispuesto encima de la mesa, se había quedado frío.

Recorrió la planta baja. Salió fuera y rodeo todo el perímetro exterior del edificio llamándolo a gritos. Ni rastro.

Temiendo que pudiera haberle pasado algo, corrió al pueblo para avisar a la autoridad ya que, la pobre mujer, no se atrevía con las altas escaleras de caracol que daban acceso a la cúpula.

La policía acudió pero no encontraron ha Simón por ningún sitio. Se organizaron partidas para rastrear los bosques cercanos. Barcos de pesca patrullaron el mar por si hallaban su cuerpo.

Tras varios meses de búsqueda infructuosa, se concluyó que probablemente el anciano había caído al mar durante la noche y la corriente arrastró su cuerpo lejos de la costa.

Mientras tanto nuestro buen capitán permanecía prisionero en el calabozo del “Halcón Negro”. El maldito John Kerry solo le dejaba salir por las noches para ayudarlo en el manejo del barco. Pero a pesar de la condena inmerecida él estaba contento. No consintió que ningún farero se plegara a los deseos del demonio.

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