Relatos Cortos

Remigio

Incontables años de edad… Antes de disolverse la Unión Soviética, ya se veía a este viejo desocupado, con su tez morena y su cara muy seria, pero no hosca, andando por las calles del occidente de esta villa de Aná, a paso pausado, mirando detenidamente a cada transeúnte que se le cruzaba, como si ya lo conociera o quisiera indagarle algo… o tal vez esperando una autorización de saludo.

Parece que se llama Remigio, a juzgar por conversaciones escuchadas “sin querer queriendo”; el hecho es que mucha gente sí lo conoce, pero eso no significa que tenga muchos amigos, porque se le ve sentado solo a la mesa de una tenducha o en una banqueta al lado de algún negocio, mirando aleladamente el tráfago callejero, completamente silencioso, como si meditara con profundidad o esperara a alguien… alguien que nunca llega.

El negro Remigio es bajo de estatura, de orejas grandes, ojos negros, cejas muy pobladas y todavía muchas hebras de cabello sobre su amplia cabeza; sorprendentemente negras todavía esas cejas y esos cabellos; cualquiera juraría que se los tiñe, pero no debe de tener ni dinero para esos lujos, ni interés en hacerlo. El pobre y ajado ropaje que siempre lleva, sus zapatos gastados, muestran que no tiene esos recursos ni le interesa mejorar su presentación personal, pero sí lleva siempre sus hebras tan estrictamente peinadas hacia atrás, que se nos antojan engominadas.

Algunos clientes de las mismas tiendas o cafeterías donde él se instala horas enteras lo tratan con sorna; dado que es tan callado y tan viejo, unos dicen que es un jubilado del cine mudo; otros, aseguran que jugaba bolas (canicas) con el niño Jesús; otros, que le ensillaba el caballo Palomo a Simón Bolívar. Pero el hombre es impermeable a la burla y sigue imperturbable en su asiento o en su caminada, quizá perdido en serias meditaciones; ¿qué vamos a saber?

Una señora del barrio afirma que lo conoce desde que estaba pequeña; que a la salida del colegio siempre estaba este señor en la esquina lanzándoles miradas a las niñas más bonitas, pero que nunca se propasó con ninguna, ni les lanzó tan siquiera piropos. Otro señor acota que los vecinos lo llamaban “el sardinero”, por su manía de buscar a las señoritas, que en la época se les decía “sardinas”.

Un agente de policía jubilado aseguró un día, en un corrillo de la panadería, que Remigio fue sargento de la institución, que en las filas le tenían pavor por lo estricto; que no le perdonaba nada a nadie, que le encantaba asignar misiones difíciles y que se regocijaba cuando llegaban a rendirle informe de las azarosas aventuras vividas en esas misiones; eso sí, que él también se iba, y muy resuelto, a enfrentar a los maleantes cuando era necesario, sin ápice de vacilación.

“¡No, señor! dijo otro; el negro era maestro; les dio clases a mis hermanitos en la escuela pública; sabía mucho y era exigente, sobre todo en disciplina, y castigaba con una regla, en esa época en que estaban permitidos los castigos físicos, los que incluso eran reclamados por los padres de familia, para que sus hijos ‘crecieran rectos’. Los muchachos le decían ‘don Regligio’; él se enfurecía, los perseguía y se armaba la de Troya”.

“Pues a mí me asegura mi mamá, intervino el menor del grupo, no muy joven que digamos, que el Remigio era tendero; que tenía su negocio muy bien surtido por allí abajito, cerca de la iglesia, donde ahora se levanta un edificio de veinte pisos; que allá iban todas las señoras a comprar los ajustes de mercado y algunas chucherías de arreglo personal, como pinzas para el cabello, ligas y laca para el peinado; que también acudían los niños a comprar bolas, trompos (que en otras partes llaman peonzas), cocas (los baleros o boliches), laminitas de coleccionar (mal llamadas caramelos) y, por supuesto, toda clase de golosinas y helados; los señores tampoco salían de la tienda de Remigio, donde tenían su encanto: las cervecitas que el hombre les servía en un apartado, fuera de la vista de los niños, donde se entretenían discutiendo sobre los caballos de las carreras del domingo siguiente, hacían sus apuestas del ‘5 y 6’ y también armaban sus garroteras por el fútbol”.

Sin saber lo que se estaba comentando de él, llegó Remigio al humilde y deteriorado restaurante del frente y se sentó en la misma silla de siempre, la que parecía tener escriturada y que nadie le arrebataba; el dependiente, como por no dejar, le preguntó qué deseaba, aunque ya sabía la respuesta (“no, más tardecito”) y el negro le contestó “no, más tardecito”, con lo que el muchacho ya se fue tranquilo a seguir limpiando mesas con un trapo, acomodando vasos en la repisa y atendiendo a los pocos clientes que llegaban.

Remigio esta vez no se demoró y cuando salió calle arriba, paso entre paso, “como perdonando el tiempo”, tomó la palabra un hombre curtido y canoso; les dijo a los presentes que ninguna de las versiones era correcta, que él sí conocía toda la historia de la vida del viejito y que se las podía relatar si tenían paciencia. Recibida la venia, comenzó el hombre su versión…

“Este señor era marinero y no se llamaba (no se llama) Remigio, sino Apolinar. Empezó en la Flota Mercante Grancolombiana como simple grumete y le tocaba trabajar muy duro. Viajó el equivalente a muchas vueltas al mundo; conoció grandes puertos, como el de Barcelona, el de Hamburgo, el de Rotterdam, El Pireo, El Callao… Y en cada uno de ellos tuvo su amor. Se sabe de unas pocas, como una Ingrid, una Calista, una Esperanza… ¡Lo llamaban el terror de los siete mares! Al cabo de los años, un agrio altercado con un superior lo sacó del servicio y se vino a probar suerte en Cartagena.

“No tardó en alistarse en la armada nacional, donde necesitaban un baquiano para ciertos oficios en el buque escuela Gloria; algún tiempo después, le asignaron unos grumetes, pero fallaba en imponer disciplina, toleraba fugas con frecuencia y hasta él mismo se escapaba con una cocinera, de la que estaba perdidamente enamorado. Con todo esto, pronto se ganó otra trifulca con los superiores y debió calificar servicios.

“Se sabe que después trabajó con el capitán Ospina Navia en Santa Marta; lo que no se sabe es si también el capitán lo despidió o si él consiguió platica y se despidió del capitán; el hecho es que compró una lancha y empezó a pasear turistas por todo el litoral; lo buscaban mucho, porque era muy amable, conocía muchos lugares, relataba muchas historias y tenía un fino sentido del humor. Lamentablemente, la afición por la bebida le cogió ventaja, se vino a menos, de un momento a otro resultó debiéndole dinero a todo el mundo, también le achacaban hijos, pero no se lo habían podido demostrar aún, y terminó volándose para el interior del país”. Apuró un trago, los miró detenidamente a todos y salió.

Amagaron a irse, pero otro contertulio alzó la voz para decirles: “No le crean una palabra. Este es un teatrero y se mantiene elaborando fantasías como
esa. Remigio vive con su viejita desde hace muchos años, allá en el barrio más encumbrado del occidente, ese que está coronado por una iglesita blanca; nunca ha sido aventurero ni tiene tanto recorrido de mundo. A la vieja, no la saca a la calle porque es tullida la pobre; él se encarga de arreglar la casa, y salir por todo lo necesario”. Todos quedaron perplejos e incrédulos frente a tantas historias distintas.

Una nueva mañana y regresa Remigio con su paso de tortuga a sus lugares acostumbrados; se vuelve a sentar horas en cada sitio, sigue con su calladera, su mirada penetrante y su pasado misterioso. No se sabe en qué cavila tanto el hombrecito, mientras todo sigue transcurriendo a su alrededor, igual que un día antes, dos días antes, mil días antes…

Acerca del autor

Carlos Jaime Noreña

Ingeniero colombiano, retirado. Me gusta escuchar música clásica y leer. Leo en español, inglés, francés y alemán. Últimamente he estado escribiendo algunos relatos.

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