Relatos Cortos

El monstruo del final de mi cuento

Se llamaba Jonathan Silencio, y era un hombre como los demás.
Entró en el club con ese aire despistado, como de haberse equivocado de sitio, que todos los hombres solitarios muestran al cruzar la puerta, y que desaparece en cuanto se acercan a la barra, los ojos ansiosos saltando de una chica a otra, escogiendo ya compañía para una o dos horas de desahogo. No había nada especial en su físico ni en sus ropas. Vaqueros muy usados, botas de trabajo, camisa abierta sobre una camiseta sin leyendas ni dibujos. Llegó a la barra sin prisas, parándose un par de veces para intercambiar unas palabras con las chicas que deambulaban por la pista, y se sentó en el taburete que había a mi lado. Yo estaba tomando un descanso tras mi último cliente, pero cuando una trabaja a comisión, hay que aprovechar cada oportunidad. Así que me giré con cara risueña y le miré con los párpados entrecerrados, sugerente.
–Hola, guapa –dijo con voz ronca–, ¿cómo te llamas?
–Si me invitas a una copa –dije, agitando mi vaso casi vacío– me llamaré como tú quieras.
Antonio, el camarero, se acercaba ya a nosotros. Mi nuevo cliente pidió un JB con cola para él y “otra de lo que tome” para mí. Antonio me sirvió un whisky, aunque lo que había en mi vaso era té al limón con hielo. Las chicas nos llevamos un porcentaje de las copas que nos sirven, pero pagamos lo que tomamos por nuestra cuenta. Por eso bebemos whisky del bueno más deprisa que el agua en verano.
–Me gustaría saber tu nombre de verdad –dijo él cuando Antonio se retiró tras servir las bebidas.
–Como quieras, cielo. Me llamo Marisa. ¿Y tú?
Extendió su mano, que estreché sonriendo ante lo inusual del gesto. Era firme, cálida, la mano de un hombre seguro de sí mismo, pero la piel tenía un tacto extraño, casi como de látex. Me pregunté si tendría alguna enfermedad rara.
–Silencio. Jonathan Silencio. Es todo un placer conocerte.
Charlamos durante un rato. La típica charla insustancial que los tímidos suelen mantener con las chicas antes de subir a una de las habitaciones. Le di cuerda, siguiéndole el rollo para ganar tiempo y tomar otra copa. Por las comisiones, y porque beber me ayuda a olvidar la parte desagradable de mi trabajo. Mientras hablamos le calenté con mi mirada, jugando con mi melena y acariciando levemente su entrepierna con mis rodillas, aprovechando el giro del taburete para tontear entre sus muslos. Cuanto más nerviosos están al subir, menos tardan en acabar. A mitad de la segunda copa ya estaba cansada de sus preguntas, demasiado personales, aunque supuse que motivadas por el nerviosismo. Le pregunté si era su primera vez en un club y asintió, sonrojándose.
–Lo pasarás muy bien, Jonathan –le dije al oído, acariciándole con mis labios–. Haré que sea inolvidable.
Ese leve roce pareció decidirle. Subimos a mi habitación, sus manos apoyadas en mis caderas, deslizándose como sin querer hacia mi culo. Como a todos, se le iba pasando la timidez escalón por escalón, y ya tenía la mano bajo mi falda cuando abrí la puerta. Mi cuarto, igual que el resto de los del club, era bastante pequeño. Una cama grande, una mesilla de noche donde guardo los condones, los geles y los juguetes, un baño minúsculo que indiqué a mi cliente para que se lavase los bajos, y una ventana que da al callejón de atrás. Tengo suerte de que me haya tocado cuarto con ventana, porque permite ventilar el olor a sudor solitario que siempre dejan los hombres. Al menos, en aquel momento pensaba que tenía suerte, pero qué sabía yo.
Mientras él se lavaba me desnudé del todo, excepto el collar que ocultaba un botón del pánico conectado con los chicos de seguridad en una joya falsa, y apliqué un poco de gel lubricante en mis labios y vagina. Hay ocasiones, en mi caso no pocas, en que la lubricación se logra de forma natural, pero este cliente parecía demasiado nervioso e inexperto, así que más valía prevenir. Sin embargo, cuando salió del baño, también desnudo, me dijo que no quería acostarse conmigo, que quería una felación completa. Así lo dijo, nada de “mamada” o “chupada”. Felación completa, con esa voz ronca e insegura. Me acerqué a él, besando su pecho mientras le masajeaba el pene y le apretaba los testículos. Lamí su cuello hasta llegar a su oreja y le susurré el precio. No es barato, claro, pero lo valgo. Asintió, jadeando, y se acercó a sus pantalones, que colgaban como piel muerta de la percha del baño. Puso en mi mano el dinero que le había pedido, añadiendo un billete de cincuenta.
–Podrás quedártelo si lo haces bien –dijo sonriendo.
Lo hice bien. Dejé que se tumbase boca arriba y me puse a lo mío, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, cómo sus caderas temblaban en cortos espasmos al ritmo de sus jadeos. Un par de minutos después de empezar, comenzó a ponerse nervioso. Agresivo. Sus manos, que tenía al principio detrás de la cabeza, agarraron mi pelo con fuerza creciente, obligándome a metérmela más en la boca, casi hasta la garganta. Su jadeo fuerte y ronco, de fumador viejo, se interrumpía cuando farfullaba no sé qué, supongo que “Chupa, puta” o algo por el estilo, y hasta sus piernas lanzaban leves pataditas, como si no pudiera controlarse. No me asusté. Soy vieja en el oficio y sé que muchos hombres quieren disfrutar de esa sensación de dominio y autoridad que les da no sólo el pagarnos, sino el someternos físicamente. Apoyé mis manos en el interior de sus muslos para evitar que me golpease con las piernas y aumenté el ritmo, usando mi lengua para llevarle al final cuanto antes. Conseguí por fin que se corriese en mi boca, aunque sus manos siguieron aferrándome el pelo, como instándome a cumplir mi parte hasta el final. Empecé a asustarme seriamente, incluso llevé mi mano al colgante que alertaría a los gorilas, pero me soltó antes de que llegase a tocarlo. Fingí una sonrisa mirándole a los ojos, me pasé un dedo por los labios y lo chupé sin dejar de mirarlo. Él sonrió también, jadeando. Les encanta.
La timidez había desaparecido de su mirada. Supuse que, como todos, estaba en ese momento en que se creen dueños del mundo, capaces de excitar a cualquier mujer, como si pagar por sexo fuese un trámite innecesario, como si nos hicieran un favor por follarnos o tocarnos. Hombres. Me retiré despacio. Había algo de amenaza, de ansiedad posesiva en esa mirada.
Se vistió despacio, sin perder su sonrisa de conquistador, de propietario. Observé sus músculos, su físico flexible y de alguna forma, poderoso, su piel perfecta y sin marcas. No era uno de esos cachas de gimnasio ni un tipo muy grandote, pero había fuerza en él. Podría haberme hecho daño. Me vestí, sin apartar demasiado la mano derecha del collar, sin perderle de vista, manteniendo una conversación banal mientras él se fumaba un cigarrillo, mientras me recorría con su mirada como si jamás hubiese visto una mujer.
–El tiempo se acaba, jefe –dije antes de que su excitación creciese de nuevo, caminando ya hacia la puerta de la habitación.
–Claro… claro, sí –respondió él–. Ya nos veremos.
Y Jonathan Silencio se marchó, como se marchan todos, sin importarme, sin ser nada en mi vida.

No me sorprendió que regresase a la siguiente noche. Muchos de mis clientes son habituales, gente que encuentra en nuestra compañía un consuelo o una satisfacción completas y que no se arriesgan a cambiar de chica, de club. En el caso de Silencio, yo no quería que eso ocurriese. La violencia contenida que había notado en él la noche anterior me inquietaba. Pero tampoco iba a rechazar su dinero esa segunda ocasión.
Vestía de la misma manera informal, mundana, que la otra vez. Una camisa negra y vaqueros grises, muy desgastados. Botas de trabajo, chaqueta de cuero viejo. Pero había algo diferente en su lenguaje corporal, más seguro, más fuerte. Caminaba entre los clientes del atestado club sin apenas sortearles, y ellos se apartaban un poco a su paso sin llegar a mirarle, como si percibiesen una corriente de aire frío. Recorrió el local con una mirada y se dirigió directamente a mí. Yo estaba bailando en la pista con otra de las chicas, mostrando al público la mercancía con movimientos sinuosos y fáciles de cadera, de esos que vuelven locos a los hombres.
-Vamos a tomar algo -me dijo.
-Claro, muñeco.
Lo primero que noté fue que su mirada había cambiado. Nada de inseguridad, nada de titubeos. Más clara y limpia que la vez anterior, más… más vieja y sabia, pensé sin saber por qué. Y mucho más cansada.
Me precedió hasta la barra y me cedió el único taburete libre mientras apoyaba un codo en ella y levantaba la mano para llamar la atención del camarero.
-Jack Daniels para mí y lo que quiera la señorita -dijo con voz segura.
Después me miró largamente, como grabando mis rasgos en su memoria.
-Me gustaría repetir lo de anoche, Marisa -dijo tras dar un trago largo y encenderse un cigarrillo.
-¿Nada más que la mamada? -casi me sentí herida en mi orgullo profesional-. Puedo hacer que lo pases aún mejor…
-Nada más que la mamada… -lo dijo como hablando para sí mismo, reflexivo-. Nada más. Pero quiero que te lo tragues.
-Como anoche, cariño, no dejaré una gota.
Asintió, sin timidez. Sentí un extraño calor en mi bajo vientre, algo que no suele ocurrirme ante un cliente, y menos con uno que se ha portado así conmigo. Pero esa noche yo estaba especialmente motivada. Vaya, estaba caliente. Acaricié su rostro y su cuello con lentitud.
-Podemos pasarlo mucho mejor -le dije- y acabar con la mamada. Te dejaré mi boca al final, y el precio no será mucho más alto.
Él sonrió. Una sonrisa triste y dura como cicatriz vieja.
-El precio siempre es más alto. Vamos, Marisa, subamos a la habitación.

De nuevo abrí la puerta y entré con él, abrazándole y besando su cuello mientras desabotonaba su camisa. Calentándole, pero también sintiendo cómo me calentaba yo. Sus manos acariciaron mis caderas y subieron hasta mi cuello, acariciando mi nuca mientras yo mordía sus pezones.
-Vamos, cielo -susurré-, deja que te enseñe lo que es follar.
Noté que se hinchaba contra mí, que se ponía duro por momentos. Pero su voz sonó controlada cuando habló.
-Todo igual que anoche.
Le quité la camisa, respirando hondo para controlarme. Me sentía nerviosa, empezaba a arder. Joder, me lo habría follado gratis. Recorrí con la lengua una larga cicatriz en su pecho, justo sobre el corazón, en la que no me había fijado la noche anterior. Lamí su cuello, su oreja, y le susurré.
-Tú mandas. Lávate un poco.
Le dí la espalda y me dirigí a la cama, quitándome el vestido y recogiéndome el pelo mientras lo hacía. En ese momento me dí cuenta de que el collar con la joya no colgaba de mi cuello. De rodillas sobre la cama me giré, sobresaltada, y vi que Silencio estaba allí, frente a mí. Su mano derecha sostenía un cuchillo de aspecto antiguo, y en la izquierda sujetaba mi collar. Me lo había quitado al acariciarme sin que ni siquiera me diese cuenta.
-No hagas un solo ruido. No grites -susurró-, nadie tendría tiempo de ayudarte.
Miré el cuchillo, alucinada. El miedo, el deseo y la rabia se mezclaban en mi estómago, haciendo que me costase respirar, como si toda mi piel presionase hacia dentro, estrechando mis pulmones.
-No tengo intención de hacerte daño -siguió- pero lo haré si es necesario. Ahora, apaga la luz.
Me estiré y le obedecí. Caminó hasta la cama y se sentó en el colchón, apoyándose en el cabecero.
-Túmbate sobre mí, Marisa. Como si me la estuvieras chupando. Mientras lo haces, Matamuertos estará a pocos centímetros de tu cuello, así que nada de tonterías.
Joder, estaba tan loco como para poner nombre a su cuchillo. Incapaz de pensar con claridad, obedecí sus instrucciones. No podía hacer otra cosa. No podía, pero sentía crecer en mi interior una rabia, una fuerza que me impulsaba a actuar, a enfrentar a aquél lunático. Pudo más la razón, e hice lo que me dijo.
-No quiero hacerte daño -repitió.
Me arrodillé sobre el colchón, entre sus piernas, con mi cabeza cerca de su regazo. Sin comprender qué pretendía de mí, temblando de miedo, y a la vez con una absurda y creciente sensación de deseo, de rabia.
-Sé que no entiendes qué ocurre -susurró- y te lo voy a explicar. El de ayer no era yo. Era alguien, algo, usando mis rasgos, mi cara.
Está loco, me dije de nuevo. Está loco.
-Seguro que has notado alguna diferencia entre nosotros -siguió hablando en voz baja-, como las cicatrices. Tienes que haber visto las cicatrices de mi torso, y el hombre de ayer no las tiene. No, no levantes la cabeza. Sigue moviéndote como si me la chuparas. No olvides mi cuchillo. Vale, así. El ser de ayer es lo que yo llamo un comecaras, un metamórfico.
Dejé que hablase. Tenía que ganar tiempo mientras él continuaba con sus delirios. Era cierto que la noche anterior no me había fijado en su cicatriz, que su actitud era diferente, pero ¿qué locura me estaba contando? Me apoyé mejor sobre mis rodillas, deslizándome un poco hacia atrás. Tal vez tuviese tiempo de llegar a la puerta…
-Ese ser copia lo que analiza por contacto físico, como decían en Terminator Dos. Luché con él hace unos días y por eso puede tomar mi aspecto. Es un macho de su especie, y busca hembras para reproducirse. Sus motivaciones son básicas, como las de los humanos. Primero, alimentarse. Para eso caza humanos. Puede copiar a un amable padre de familia, vivir su vida durante un tiempo y comerse a unos cuantos compañeros de trabajo o a los niños del barrio antes de desaparecer de nuevo. No, no me mires así. Que parezca que estás a lo tuyo. Él está cerca, puede que mirándonos ahora mismo desde la calle.
Mi cuerpo se tensó cuando traté de retroceder sobre las rodillas, de acercarme a la puerta. El cuchillo rasgó mi piel con la levedad de una caricia, haciendo que me asustase y me… me excitase.
-Su segundo motivo para contactar con los humanos es igual de primario. Sexo puro y duro. Las prostitutas o tomar la apariencia de alguien tan guapo como yo le ayudan en eso, claro. El tercer motivo, el que debe preocuparnos hoy, es la reproducción. Para eso necesita una hembra de su especie, tan despierta como él. Y la forma de despertar a una hembra…
En ese momento Silencio me empujó, arrojándome fuera de la cama, y vi por el rabillo del ojo una sombra oscura en el balcón. Se puso en pie y se enfrentó al hombre que entraba desde el callejón. Vi el cuchillo de Silencio, reflejando en destellos intermitentes las luces de la calle mientras trataba de herir al otro hombre; vi algo metálico en las manos del intruso, vi sus sombrías siluetas entrelazadas en una lucha silenciosa. Me arrastré hasta el suelo y encendí la luz, para enfrentar una escena irreal y tan absurda que tardé varios segundos en asumir lo que veía.
En el centro de la habitación había dos hombres exactamente iguales. Uno de ellos, con el torso desnudo y un cuchillo en la mano, era el cliente que había entrado conmigo en mi cuarto. El otro, vestido con la misma ropa que mi cliente llevaba la noche anterior, llevando su misma cara, su mismo cuerpo, estaba frente a él, luchando con las manos desnudas. Pero sus manos no eran humanas, no eran normales. Los dedos, más largos y anchos de lo que recordaba, acababan en garras afiladas y oscuras, con las que trataba de alcanzar a su oponente. Ambos jadeaban, embestían y esquivaban sin intercambiar una sola palabra, controlando su respiración, sus movimientos, buscando la carne del oponente.
Debería haberme quedado paralizada por el miedo, o tal vez salir corriendo de la habitación, gritando para que alguien me ayudase. Debería haberme asustado. Habría sido la reacción más humana.
Pero me quedé mirando la pelea, arrodillada sobre el colchón, excitada y sobrecogida por aquella exhibición de fuerza, por la sangre que surgía de los arañazos. Un calor nuevo y desconocido embargó mi vientre, los músculos de mis muslos se tensaron hasta temblar y sentí que me empapaba, que me derramaba con tal fuerza que mi respiración se detuvo por unos instantes cuando el hombre del cuchillo clavó la hoja bajo el mentón del otro, sus miradas entrelazadas y sus rostros tan cerca que parecían a punto de besarse. Una burbuja de sangre surgió de la boca del herido y la fuerza abandonó sus piernas. Lentamente, ambos se arrodillaron. Cuando la muñeca del asesino giró, agrandando la herida y haciendo que un chorro de sangre empapase sus tendones fuertes y tensos, un nuevo calambre sacudió mi entrepierna y caí sobre el colchón, acompañándoles en su movimiento, sintiendo una especie de comunión con ellos.
El hombre del cuchillo retiró la hoja y sujetó al cadáver por el hombro, dejando que se deslizase hasta quedar tumbado boca arriba. Entonces vi, pensando que era un juego de sombras producido por mis nervios y la escasa luz, cómo el rostro se deshacía, adquiriendo el aspecto y la textura de cera derretida por unos instantes, y sus rasgos se borraban hasta quedar tan anodinos e impersonales como los del maniquí de un escaparate.
-Alucinante, ¿verdad? -dijo el hombre mientras limpiaba el cuchillo en la ropa del muerto-. En las pelis de terror de los setenta usaban chicle mascado y plástico derretido para conseguir un efecto así.
-¿De verdad? -pregunté, sin saber bien qué decir- ¿Cómo sabes eso?
Se encogió de hombros y caminó hacia mí, tendiéndome la mano libre.
-Soy la caña jugando al Trivial.
Tomé su mano y me levanté de la cama, sintiendo cómo la cálida humedad de mi vagina descendía goteando entre mis muslos. No entendía cómo una situación así podía haberme excitado, pero era innegable. Quería follármelo. Apreté su paquete con mi mano libre y vi, satisfecha, cómo jadeaba. Había sudor y sangre en su rostro, arañazos desgarrando su piel, y un brillo terrible y solemne, una autoridad que me calentaba, en su mirada vieja.
-Lo que decías era cierto -dije, masajeando su creciente erección- y me has salvado del monstruo, mi caballero, mi héroe. Como al final de los cuentos.
Hice que mi voz sonase juguetona, melosa, enronquecida mientras me acercaba a su pecho y empezaba a lamer su sangre, su sangre ardiente y deliciosa, brotando de su carne desgarrada pero fuerte, áspera de cicatrices, suave de promesas. Mis caderas sufrieron un nuevo y delicioso calambre y alcé la cabeza para perderme en sus ojos, anticipándome al deseo irrefrenable.
-Todo era cierto -susurró inclinando su cabeza para acercarse a mi oído- y así acaba el cuento. No era mi intención.
Penetró en mi carne con fuerza y decisión, sin duda ninguna. Sin que sus ojos antiguos y cansados pestañeasen. La sentí entrar, dura, firme, imparable hasta el fondo. Susurró algo y lo escuché mientras mi respiración se cortaba y mi boca se abría involuntariamente, y mis dedos se clavaron en su pecho desnudo.
-La tercera y última razón. La reproducción. Cuando encuentra una hembra de su especie que aún no se ha transformado en monstruo, el comecaras la alimenta con su esperma. Magia o biología, o una mezcla de ambas, eso despierta a la bestia en el interior de la mujer.
Su mirada abandonó mi rostro mientras empujaba de nuevo con fuerza, sujetando mi cintura con la mano izquierda, y descendió hasta mis manos. Yo también las miré, y lo comprendí todo al ver mis dedos anchos, más largos de lo que los recordaba, rematados en afiladas garras negras.
-Siento haber llegado tarde, Marisa. Lo siento de verdad.
Se apartó despacio, sin soltar mi cintura. La daga había penetrado firme, innegable, hasta el fondo. Bajo mis costillas y hacia arriba, clavándose en mi corazón con tal precisión que apenas me dolió morir.

Se llamaba Jonathan Silencio, y era el monstruo del final de mi cuento.

Relatos relacionados

El publicitario

Javier Ruiz Nuñez

La Familia (la casa de los fantasmas).

Doctor Dimensional

Mi abuelo

Luis Germinal Megías

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia. Asumiremos que estás de acuerdo con esto, pero puedes optar por no participar si lo deseas. Aceptar Leer más