Relatos Cortos

Cueva

Salí temprano a dar un paseo, tenía la cabeza llena de pensamientos, incluso al caminar las ideas regresaban, todo ese dinero que estaba a punto de ganar, caminé por horas, dejé a mis pies hacer el trabajo duro, en mi cabeza solo había espacio para el dinero. Sin energía me encontré frente a un bello paisaje, por un instante olvidé los sueños que me atormentaban y empecé a buscar el camino de regreso. Intenté mantener la calma, caminé concentrado en lo que hacía, con cada paso se fue despejando mi duda, estaba perdido.

De un lado a otro busqué el camino de regreso, me fue imposible encontrarlo, decidí empezar a bajar, debía regresar a casa antes de que caiga la noche. El dinero perdió su importancia, la noche empezó a caer, instante disminuía la luz que pasaba entre las hojas, solo podía caminar a través de un inmenso bosque de troncos delgados, el profundo verde se fue tornando en oscuridad. El latir de mi corazón era lo único que podía escuchar al correr, uno tras otro los latidos retumban en mi mente, el ritmo solo incrementaba mi desesperación.

A la distancia alcance a ver una luz, está era la señal que estaba buscando, la travesía estaba a punto de terminar. Me acerqué despacio, cada paso hacía que disminuya el latir de mi corazón, recuperé el aliento y llegue a la luz. Uno extraño faro de poste largo estaba solo entre los árboles, alumbraba un lugar poco natural, llegue a la excavación que solo las maquinas humanas pueden dejar. Esto era lo que tanto estaba buscando, una muestra de civilización, luego de caminar por horas me encontraba cansado de caminar por lo arbitrario de la naturaleza.

La excavación creaba una planicie del tamaño de una cancha, su profundidad la hacia tener cuatro paredes, era imposible no ver el agujero que en la mitad de una pared, era como ver una puerta en dirección al corazón de la montaña. Perdí la urgencia, no puedo explicar el cambio repentino, me llene de curiosidad por mirar el interior del agujero, algo me decía que este era el lugar que salí a buscar. Una parte de mí quería regresar a casa, intente girar y alejarme del lugar, el misterio me llamaba.

El agujero no era claro desde la distancia, tenía que acercarme, caminé alejándome de los arboles, entre en la planicie de superficie lisa; se podían ver profundas huellas de pasos, pensé que debió ser un pantano, quizá el lugar era un reservorio de agua. Seguí por la tierra firme, me acerque al agujero y poco a poco fue tomado forma. De repente una fuerte brisa paso a mi alrededor, escuché el silbó del viento junto a mi cabeza y me detuve. La entrada del túnel estaba a pocos pasos, ahora era fácil distinguir su construcción de concreto, sus paredes era lisas como las del interior de un tubo de concreto, pero no podía ver uniones entre los pesados de tubo, al parecer el túnel fue hecho en una sola pieza.

El piso se veía plano, limpio, como si alguien se encargaría de remover la suciedad, la cueva parecía ser profunda, solo podía ver oscuridad en el interior de la cueva. Me quedé admirando la entrada de un túnel, el piso plano para que puedan caminar dos personas con suficiente espacio, las paredes interiores eran lisas. Su entrada no parecía invitar a extraños a pasar, alcancé a ver los símbolos grabados en el contorno de la puerta, ninguno de ellos tenia un significado para mi, note que la secuencia de símbolos se repetía ocho veces.

Sentí frió y curiosidad, una parte de mi quería entrar en la cueva. Otra dudaba en los misterios que se alojaban en su interior, temí seguir. El túnel estaba a unos pasos de distancia, mi cuerpo congelado entre dos decisiones, me esforcé para dar un paso. Imaginé en mi vida sin tomar este paso, el tormento de pensar que hubiese sucedido si luchaba contra mis temores, presione mis puños y caminé al interior de la cueva.

Nada, mis ideas mágicas desaparecieron, los temores mal dirigidos se esfumaron. Traté buscar algo especial, en túnel perdió su magia, la oscuridad hacía imposible que vea en su interior, podían ser metros o kilómetros de profundidad, sin una linterna no sabré. Sentí un fuerza apoderarse de mi cuerpo, regreso toda la energía que perdí al correr por el bosque, disfruté sin entender lo que sucedía. Recordé estar perdido, volví a recorrer el camino que tuve que tomar para llegar a este lugar, tantos barrancos que limitaron el paso, caminar cuesta arriba para buscar otro camino fue la peor parte. Debía salir de esta cueva y regresar a casa.

Giré sin prisa, estaba en paz, di un paso para salir, sentí a mi rostro golpear contra un vidrio, busqué desesperado un espacio de la salida de la cueva que no este cubierto por el cristal, fue inútil, estaba atrapado. Golpeé el vidrio con todas mis fuerzas, una y otra vez sentí a mis puños estrellarse contra el cristal, pensé en gritar, el único camino era hacia el interior de la cueva. Mi corazón empezó a chocar contra las paredes de mi pecho, los tambores regresaron a mis oídos, el ritmo de mis latidos se aceleraba con cada instante.

La sensación de calor desapareció, toda la fuerza que llego al entrar en la cueva se alejó, en su lugar sentí frió y temor. Mantuve mi mirada en el exterior del túnel, era cuestión de segundos antes de que el vidrio vuelva a desaparecer. No quise girar, temía encontrarme con el causante de mi desdicha, estaba atrapado sin escapatoria, la curiosidad me llevo a perder lo poco que sobraba de sensatez.

Pasó el tiempo, pero mis manos seguían firmes contra el cristal, la pesadilla estaba a punto de terminar, esperaba con todas mis fuerzas que mi camino se abra. Sus palabras fueron claras, llegaron sin sonido, hablaron en el interior de mi mente, una voz diferente a la mía. Escuché que estaba advertido, ninguno de nosotros podría cruzar el túnel, estaba cansado de la constante invasión. Giré con curiosidad, pude sentir la frustración del ser que se comunicaba, sus sentimientos eran tan claros como sus palabras, entendí todo.

Al mirarlo me sorprendí de lo familiar que se veía, no tenía brazos o piernas, flotaba en medio del túnel, su luz distinta a cualquier imagen existente en la tierra, su color se asemejaba a la sensación que uno tiene al morder un kiwi maduro. Era inexplicable, me hacen falta palabras para describir lo que en ese instante pareció algo rutinario, como mirar a un amigo.

Se alejó despacio, supe cuando giró, sabía que él caminaba dándome la espalda, por más que me esfuerce no puedo recordar el color de sus ojos. Una fuerza me empujó fuera del túnel, caí sobre mi espalda, perdí el aire de mis pulmones, cuando recuperé la respiración estaba en el piso de mi cuarto a unos centímetros de mi cama, me levanté, subí a mi cama y me quede dormido.

Acerca del autor

Sebastián Iturralde

Planeando improvisaciones.

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