Relatos Cortos

La extracción del monte Vädvoy

El monte Vädvoy escondía un oscuro secreto, y es que una de las fuentes de energía más potentes del mundo se encontraba en su interior. Según la leyenda, tan solo alguien digno podría conseguir el poder encerrado en ese pequeño mineral que se hallaba suspendido en el aire bajo un haz de luz azul. Y precisamente por culpa de esa leyenda cientos de guerreros, monjes y magos acudían diariamente para ver si podrían conseguir ese poder tan preciado.
Pero la verdad era otra, pobres desdichados, en realidad el control de la gema pertenecía a la familia real, de modo que cuando la reina quitó la barrera de protección mágica a altas horas de la noche, nadie se percató de que dos soldados salían con un paquetito de la
gruta en la que hasta ahora había residido aquella fuente de poder.
Sin embargo, quiso la suerte que por allí pasaran un mago y un híbrido entre demonio y orco que iban directos a la entrada de la legendaria cueva. Cuando los soldados pasaron al galope a su lado no les prestaron especial atención.
El orco, que se llamaba Logrox, se adelantó en el camino, puesto que la emoción que suponía esta oportunidad de recuperar la gloria que le habían quitado a su pueblo le embargaba. Se dispuso, por lo tanto, a abrir la desvencijada puerta que indicaba la entrada a la gruta. Tal era la emoción que no sintió la daga que se deslizaba hasta su cuello hasta que ya fue demasiado tarde y cayó desplomado al suelo, que se fue empapando poco a poco de sangre.
El mago, aquel al que llamaban Anthonius Raycaster, era un influyente miembro de la nobleza y sabía del secreto de la familia real, así que aprovechando su grandísima habilidad con la magia decidió derribar la barrera mágica y obtener aquella preciada piedra para que así su magia no conociese límites. Cuál fue su sorpresa cuando al disponerse a echar abajo la barrera se percató de que su interior estaba vacío. Se le habían adelantado, entonces se acordó de los soldados y soltó un improperio entre dientes.
Recordó que los soldados iban a caballo así que seguramente le sacaran ventaja. Pero cualquier ventaja era poca para un dragón. Anthonius instó a su criado a que limpiara los restos del orco y elevó las manos en el aire mientras sus ojos se iluminaban y aparecían discos luminosos de runas a sus pies. Anthonius empezó a susurrar una retahíla de palabras en un idioma arcaico y su voz fue subiendo de intensidad hasta que reverberó en toda la gruta. Cuando bajó las manos un flamante dragón escarlata y una salamandra alada de color turquesa les esperaban a la salida de la gruta. Montó a lomos del dragón y su criado hizo lo propio con la salamandra. Alzando el vuelo comenzaron la búsqueda de los soldados y el paquetito que portaban con ellos.
Los soldados llevaban media jornada de viaje a toda velocidad y se encontraban atravesando el desierto de Sindiia en dirección al bosque Vädvoy. En cuanto llegaran al bosque encontrarían el segundo par de caballos que relevarían a los que ya habían cambiado en los inicios del desierto. De esta manera los caballos se mantendrían lo suficientemente frescos como para aguantar esa velocidad.
Como llevaban todo el viaje sin incidentes, los soldados no se dieron cuenta de la amenaza hasta que vieron la sombra de un dragón en el suelo. Espolearon a sus caballos para que fuesen más rápidos, pero apenas aumentaron la velocidad pues ya iban a un ritmo considerable y los caballos estaban cansados por la travesía del desierto. De todas maneras emprendieron una huida vertiginosa y ya estaban a punto de llegar cuando una salamandra alada y un hombre vestido de mayordomo de la corte kiviana les cortó el paso. Los soldados se volvieron al tiempo de ver cómo el dragón posaba sus patas en el suelo con un fuerte batir de alas. El noble que montaba en el dragón bajó de un salto y se acercó a los dos soldados. El noble se les acercó e intentó entablar conversación con ellos:
– Lo siento, esta persecución ha sido muy tensa y probablemente os haya asustado. Esa no era mi intención.- Algo en el deje de su voz indicaba todo lo contrario.
– No te preocupes, no nos asustamos con tanta facilidad, hemos visto cosas que harían temblar hasta al más fiero hombre.-Era el soldado de la izquierda el que hablaba, tenía pinta de ser el de mayor edad. El otro soldado, bastante más joven, permanecía callado mientras jugueteaba con una pistola con una forma un tanto peculiar, pues tenía una esfera vacía en medio del tubo del cañón. Como no parecían muy dispuestos a hablar, fue Anthonius el que dijo:
-Bueno, basta ya de tonterías, mi nombre es Anthonius Raycaster- Un escalofrío recorrió el cuerpo del soldado más joven. Los Raycaster eran una de las familias más hábiles y poderosas de las siete galaxias.- y vosotros tenéis algo que yo quiero, si me lo entregáis sin oponer resistencia nadie saldrá herido.-Los soldados no se movieron ni un milímetro.-Está bien, tendré que acelerar esto un poco, no tengo todo el día.- En un abrir y cerrar de ojos el noble había teletransportado al soldado más mayor hasta sus brazos y le había colocado una daga bajo la barbilla.
-Newton, no le des el paquete.- El veterano parecía tranquilo.
-O me das la piedra o mato al viejo.- Como si quisiera recalcar sus palabras, hundió un poco la punta de la daga en el cuello del soldado. Una gotita de sangre asomó por la herida. Newton no parecía dispuesto a permitir que su amigo perdiera la vida, así que con aire resignado bajó la cabeza y se dispuso a desembalar el paquete. Cuando había retirado la tapa de la cajita y había revelado el mineral en su interior se la tendió a Anthonius, que, complacido, le dijo con desdén:
-Buen chico.- y alargó la mano. Entonces ocurrió algo inesperado, y antes de que Anthonius pudiera hacer nada el chico exclamó:
-¡Que te jodan!- y acto seguido liberó la energía que había estado conteniendo en su mano y la estrelló contra la piedra.
La reacción fue inmediata, se produjo una explosión de un intenso color amarillo que desintegró absolutamente todo en un radio de unos doscientos metros, dejando nada más que cenizas. El cristal, sin embargo, había resultado intacto, es más, ahora parecía activo y lleno de energía, una luz titilante parpadeaba inquieta en su interior.
Pasaron unos minutos hasta que se materializaron de la nada dos formas humanas, una mujer y un hombre, la mujer se arrodilló y se dirigió muy seriamente al hombre:
-Al final siguieron mis órdenes. Una pérdida lamentable, eran de los mejores, pero gracias a ellos hemos conseguido acabar con la mayor amenaza para nuestro plan. Ahora confío en ti Donda, no me decepciones.-Dicho esto le entregó la piedra al hombre, que la guardó en uno de los bolsillos de su chaqueta.
-No lo haré Milady.- y nada más decirlo, se volatilizó dejando tras de sí una lluvia de partículas brillantes.
FIN
“Despierta, Anthonius”
-D… ¿Dónde estoy?
“Estás en la nada Anthonius. Y te voy a hacer un favor a cambio de que tú me hagas otro.”
-¿Qué clase de favor?
“Todo a su tiempo. De momento, no deberías haber muerto hoy, así que te voy a dar otra oportunidad Anthonius. Ahora levántate y anda, tengo grandes planes para ti.”
Y así, en el límite entre el desierto de Sindiia y el bosque Vädvoy, un hombre se retorció entre cenizas y esquirlas de un mineral amarillo. El hombre se levantó y echó a andar.

¿CONTINUARÁ?

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