Relatos Cortos

Avula

Avula se encontraba absorta en sus divinas cavilaciones. Las plumas de su cabeza y de sus hombros, de un blanco nacarado, brillaban con la luz de las lamparitas de cristal, unas pequeñas esferas con candelas llameantes en su interior. Llamaron a la puerta de la cámara con tres golpes suaves. Cuando Avula dio permiso, una pequeña Doncellita abrió con cuidado una de las hojas de madera perfumada. Asomó su cabeza de pelo dorado, peinado cuidadosamente con raya en medio, dejando entrever también el cuello abotonado de su camisita blanca almidonada.
– Con permiso, mi Señora. Espero no molestarla.
Avula rio con una voz suave y musical, unas notas ligeras y vibrantes que quedaron suspendidas trémulas, en el aire. En la ventana ojival que se abría en la pared circular de la estancia, los pequeños tallos de una hedrera había alcanzado tímidamente el alfiz. Animados por aquella risa, brotaron de súbito en unas hojitas apuntadas, de un verde brillante con vetas doradas.
– Por favor, adelante, querida. Ven aquí, mi pequeña. ¿Qué es esta vez? – preguntó Avula, observando como la Doncellita se acercaba a su escritorio con gesto profesional, sujetando contra su pecho un cartapacio ajado de piel teñida de rojo. Sus pequeños pasos, acompasados y de zancadas simétricas, apenas movieron su vestido plisado color gris perla, abrochado por delante con cuatro botones negros. Sus zapatitos de charol, también negros, como sus medias, sonaban con rápida eficiencia en el suelo de cerámica.
– Son los ojarancos, señora.
– ¿Otra vez? – repuso Avula, alzando una ceja, pero sin perder la sonrisa en su rostro almendrado. Aquellos pajarillos eran una fuente constante de problemas. – ¿Qué es ahora?, ¿los picos? ¿Siguen enredándose con las rabacetas?
– No, mi señora – la Doncellita alcanzó el escritorio. Poniéndose de puntillas y alzando mucho los brazos, estirándose como un gatito perezoso, consiguió poner el cartapacio sobre la mesa. – Sus huevos no terminan de eclosionar con el calor del sol en Medianía. Se cansan y juegan con ellos hasta tirarlos por el suelo.
Avula tomó el cartapacio delicadamente con sus finos dedos y lo abrió con sumo cuidado en el lugar que indicaba un marcador de tela negra. Leyó el texto escrito en letras pequeñas de rabillos estilizados, formando unas filas apretadas, mientras fruncía el ceño, contrariada. Fuera, se pudo sentir el estallido sordo de un trueno. La Doncellita lanzó una mirada de reojo por la ventana, nerviosa.

Tras leer el informe, dio un suspiro de resignación y dejó la mirada perdida en dirección a la puerta, que la Doncellita había cerrado cuidadosamente al entrar. Los pensamientos cruzaron rápidamente por su mente, mientras recordaba, repasaba y sopesaba. La Doncellita esperaba con paciencia el final de sus cabilaciones mirando fijamente las puntas de sus zapatos mientras se mordía repetidamente el labio inferior, con las manos de delicada manicura a la espalda.
– Debemos afrontar el problema de otra forma. Ningún animal nos había dado tantos problemas. ¡Qué lástima! La solución de darles plumas no fue buena idea – Avula acariciaba distraídamente las hojas quebradizas del cartapacio mientras hablaba. – Parecía la mejor solución para dar salida a su fogosidad, pero sólo nos ha traído más problemas. Los pobres colorigos… y las rabacetas, ¡cómo se molestan! Dime, querida, ¿tú qué piensas? Me gustaría mucho oír tu opinión.

La Doncellita dio un respingo al escuchar la propuesta de Avula, y tardó un momento en responder, mientras buscaba la respuesta más adecuada.
– Señora, el problema de la puesta de huevos afecta a la reproducción, y en mi opinión es un elemento capital. Pienso que si mi Señora les confiriera un hábito nocturno, los huevos eclosionarían a su debido tiempo y así no acabarían jugando con ellos. Del mismo modo, no compartirían el tiempo con los colorigos y podrían dejar a las rabacetas tranquilas.
– ¡Excelente solución, querida mía! – repuso Avula con alegría, encantada de escuchar la propuesta. – Con su nocturnidad solucionamos dos problemas de una vez… bueno, tres, si tenemos en cuenta a los colorigos. ¡Pobrecitos, que nunca me acuerdo de ellos! Habrá que darles un nuevo trino: que provoque la melancolía en los poetas y que anime las puestas y salidas del sol, para recordar a los nostálgicos que siempre hay otra oportunidad. Así nos acordaremos mejor de ellos. Perfecto, querida, manos a la obra.
– Pero mi señora…
– ¿Sí?
– ¿Y respecto a los ojarancos?
– ¡Oh, es cierto! Les daremos nocturnidad y todas contentas. Pero de día o de noche, me temo que seguirán con sus juegos y travesuras, y seguirán incordiando a los colorigos, y las rabacetas y los cornijos seguirán peleándose con ellos. Por eso, me parece que lo mejor es que hagan sus nidos en la tierra. Que aprovechen las oquedades en los acantilados y las playas, en las montañas, o en los cortados de los cañones de los ríos. Así estarán lo suficientemente alejados de los demás para que no los molesten, y los mamíferos no les darán problemas. ¿Está todo?
– Así es, mi Señora – repuso la Doncellita, terminando de apuntar en su cuadernito de notas, que guardaba junto con una pluma en los bolsillos de su blusa.
– Excelente, entonces. Puedes retirarte.

Avula extendió el cartapacio por encima de su escritorio, y la Doncellita lo tomó con diligencia. Las llamas de las lámparas de cristal tremolaban, haciendo que su sombra se agitara como en una danza mientras atravesaba la estancia. Avula observó cómo se alejaba y cerraba la puerta con cuidado al salir. Otra vez sola, sonrió para sí, satisfecha con lo que parecía ser la solución definitiva del viejo problema, mientras se acariciaba con cuidado las níveas plumas del píleo. Mantener en equilibrio aquel mundo era una tarea ardua e incesante, pero le llenaba de íntima satisfacción.

A través de la ventana, ahora cubierta totalmente por las hojas de la hedrera, el Lucero del Alba brillaba como una joya sobre el cielo de terciopelo.

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