Relatos Cortos

El viaje del Sol

Cuando su hermana Luna abandona su viaje alrededor de la bóveda celeste, acompañada de su corte de somnolientas doncellas, el Sol se levanta en su palacio de mármol, preparado para emprender una nueva cabalgata. Aurora ya ha partido para adelantarlo y alentar a las estrellas más perezosas para que abandonen el camino antes que el Sol inicie su recorrido.

Después de ser vestido por sus criados con brillantes ropas de amarillo y oro, el Sol se acomoda la fulgurante diadema en la cabeza y se dirige hacia su barca. Su navío de cristal se encuentra amarrado en los muelles de mármol rosa  con un centenar de cisnes de largo cuello uncidos en el pescante de oro bruñido. Alegre con un nuevo día de marcha, Sol monta de un salto en el barco. Con un grito de mando de su señor, las ánades agitan alborozadas sus largas alas y emprenden el vuelo, ascendiendo hacia el oscuro firmamento en busca de Aurora, que montada en su caballo de largas crines rosadas, se divisa frente a ellos en lontananza, ya cercana a la línea del horizonte.

Acompañando al Sol cabalga una comitiva bulliciosa de jinetes de rubios cabellos y ojos ardientes. Montan briosos corceles y llevan en sus manos lanzas empendonadas con estandartes rojos y amarillos y afiladas espadas fulgurantes. Algunos hacen sonar trompetas y tocan con fuerza cuernos de caza, anunciando la partida del Sol en una nueva carrera por el firmamento. Todos ellos cabalgan feroces y magníficos en pos de su señor, remontando las montañas de Oriente hasta alcanzar la cristalina cúpula del cielo.

Al verle levantar el vuelo en el horizonte, los gallos, heraldos del Sol, se alzan con sus crestas erguidas con soberbia y sus pechos henchidos de orgullo y anuncian con solemnidad la salida de Sol de su palacio, alumbrando los campos bajo su frenética carrera acompañado de toda su corte celestial. Sintiendo el suave toque de Aurora, que se esmera por satisfacer a su señor, al que ama con ternura, las aves se despiertan entre las ramas de los árboles, desperezándose y cantando con miles de voces distintas alabanzas hacia el Sol que despeja las tinieblas de la Noche, a la vez que las flores abren sus coronas para recibir la luz del astro rey.

En los frondosos bosques que cubren la tierra con mil tonos de verde, los grandes astados, los reyes de los bosques, despiertan en sus refugios entre las zarzas junto con el resto de su corte de ciervas y cervatos. Al contemplar los rayos de luz que se filtran entre las copas de los árboles, los ciervos realizan su genuflexión matutina, inclinando sus grandiosas coronas de cuerno en reconocimiento a la majestad del astro solar y flexionando sus patas en una profunda reverencia.

– ¡Contemplad, Señor, como todos los seres de la Creación os reciben con humildad y regocijo!, ¡allá los gallos os anuncian!, ¡allí los pájaros os aclaman!, ¡mirad, señor, como los reyes del bosque se humillan ante vos! – exclaman sus sirvientes a Sol. Y mientras tanto, haciendo sonar con fuerza fanfarrias de trompas y trompetas mientras hondean los flamígeros estandartes, la comitiva avanza por la bóveda celeste hacia los palacios situados más allá del horizonte oceánico, en poniente.

Acerca del autor

De Pluribus Mirabilia

De Pluribus Mirabilia es un blog dedicado a difundir los relatos de su autor, docente por vocación, y un apasionado de la historia, de la naturaleza y de la fantasía en todos sus aspectos.

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