Relatos Cortos

La chica que endulza mi café

Recuerdo la primer vez antes de entrar al trabajo pase a una pequeña cafetería recién inaugurada entré y dije: -Buenos días me das un americano sin azúcar. La chica de espaldas respondió -¡Buen día!, Si, con mucho gusto. Luego me miró y preguntó ¿Chico o grande? -Chico. El café tenía un agradable aroma pero más que el café me atrajo la bella chica y así iniciaba mi rutina, las primeras mañanas pasaba por mi café unos 5 minutos antes de entrar a trabajar pero luego llegaba con más tiempo y me sentaba en una de las tres pequeñas mesas que tenía dentro del pequeño local, le pedía una cuchara para mover el café y enfriarlo.
Después de un par de semanas me recibió diciendo -Americano, chico, sin azúcar y tibio; me entregó el café ya listo con una servilleta -Muchas gracias, le dije mientras sonreía, yo comencé a llevarle un chocolate cada día. Poco después me tenía listo no sólo el café sino también una de las pequeñas mesas con un pequeño mantel, una servilleta y una cuchara. Luego mientras ella continuaba con sus tareas me ofrecía una pieza de pan, todo esto me obligó a salir cada día más temprano de casa. Me sentía muy agradecido con la vida, luego comenzamos a platicar sobre el clima y la música  y al despedirnos nos deseábamos un buen día acompañado de un ¡hasta mañana! Una ocasión me dijo: -pocos toman café sin azúcar, use una de mis respuestas favoritas: Lo que pasa es que el café se endulza con la compañía, y en este caso tu presencia lo endulza lo necesario para mi, sonrió y me dio las gracias. Las últimas veces le pedía dos tazas de café y le pedía que me acompañara a tomarlo, a lo cual no se negaba pues a esa hora no había más gente que nosotros. Luego tuve que ausentarme una semana se lo comente el último viernes y nos despedimos con un “Nos vemos en una semana”. A mi regreso no imaginé que mi vida fuera a cambiar. Para cuando regresé me encontré con la desagradable sorpresa de que la cafetería ya no existía más, ahora toda su fachada era blanca, me acerqué a ver si había alguna señal que indicará si había cambiado de local, una hoja pegada en el muro me llevó a leerla pero nada de ella decía. Faltaba una hora para entrar al trabajo, no fui a buscar otra cafetería pues no me encontraba de ánimo así que caminé unos pasos más hacia un pequeño parque y ahí me senté en una de sus bancas. Me puse a leer sin ganas un libro cuando apareció frente a mi vista un café con ese agradable aroma acompañado de la voz de ella: -Americano, chico y sin azúcar, agregue a sus palabras: -Y endulzado con tu linda compañía. Y hoy 8 años después sigue el aroma de café inundando esta casa donde escribo y ella a mi lado endulzando mi vida.

Acerca del autor

Pablo Hernández Bravo

Diseñador de profesión, pero dedicado a la docencia durante los últimos 16 años. Disfruto hacer fotografías, especialmente retratos; también dibujar; escribir; hacer música y en general crear.

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