Relatos Cortos

Indefenso

Un grito me despertó, era muy temprano para abrir los ojos, pensé seguir viviendo un sueño, otros sonidos llegaron, me levanté con un brazo, el cuerpo desnudo de mi mujer casi no se podía ver por la oscuridad. Una sombra se movió, el aroma de las llamas llegó, tomé la espada por el mango, la delgada mano de mi mujer me sostuvo, sus ojos pedían protección, salí en búsqueda del disturbio.

Frente a mi tienda pasó un caballo, el jinete hizo lo posible por esquivar mi ataque, casi sin notarlo lleve mi espalda contra su pecho, el hombre cayó, dos más trataban de aprisionar a la mujer de otra tienda. Era probable que esté sin protección, no había escapatoria, debía luchar hasta la muerte para proteger a los míos.

Me acerqué rápido pero sin prisa, debía sorprenderlos, con toda mi fuerza llevé la espalda contra su cuello, la sentí a punto de soltarse de mis dedos, el otro hombre intentó defenderse, no tuvieron tiempo para reaccionar. Otros quemaban tiendas, uno de mis compañeros peleaba contra tres, corrí, debía encontrar a alguien que cuide mi espalda.

Los tres hombres de torsos desnudos parecían jugar, no había forma de que mi compañero logre defenderse, incruste la espada por la espalda de uno de ellos, los otros dos me atacaron, di un paso para atrás, mi compañero terminó el trabajo. Debía mantenerme cerca de mi tienda, encontrar más hombres para defender a nuestras mujeres, un grito, dos de ellos tomaron a una mujer, estaban cerca.

No podía defenderse sola, señalé hacia ella, mi compañero estaba congelado, era imposible que sea la primera vez que mate, volví a insistir, salí corriendo, él siguió. Corté el brazo de uno de los hombre tomando a la mujer, el otro casi me logra cortar con su espada, faltaba poco para que todos se reúnan, nos superaban en número.

Otro grito, esta vez el hombre que intentaba tomar a la mujer cayó, ella saltó de la tienda, parecía estar poseída, sus navajas incrustadas del agresor. Me quedé congelado, ella se veía inofensiva, una navaja que cada mano, sus delegados brazos desnudos, el cabello negro y alborotado cubría su rostro, parecía obstruir su vista.

Estaba en posición de defensa, sus armas levantadas, el cuerpo desnudo, sus bustos descubiertos se movían un poco después que el resto, jamás pensé ver a una mujer pelear. Otro hombre la atacó, ella lo esquivó con facilidad, sus fuertes piernas la sostenían, su agilidad era impresionante, debía ayudarla.

No hubo tiempo, el hombre atacando llevó su espada con fuerza, la mujer predijo el movimiento, vio pasar el arma, volvió a saltar, sus navajas lo cortaron, el hombre quedó en el piso. Giré para ver a mi compañero, los dos parecíamos estar viendo un espejismo, esa mujer logró matar a dos hombres.

Sentí la energía del acecho, estaba listo para estas ocasiones, el hombre que los atacó cayó, ella levantó la mirada, sus ojos llenos de fuego, se veía imponente con la sangre de sus víctimas corriendo por sus manos. Nos acercamos, la batalla recién había empezado, debíamos encontrar a más de los nuestros, proteger a nuestras, la idea desapareció de mis labios, ellas no nos necesitaban.

Acudimos al llamado de auxilio, la mayoría de veces eran mujeres indefensas, en otras ocasiones eran hombres débiles, algunas de ellas se sorprendieron al verla luchar, no podían entender la sangre que cubría su cuerpo. La batalla continuó, nuestro grupo creció, todos fuimos indispensables, jamás pensé dejar a una mujer cubrir mi espalda, ahora siento que estaba equivocado.

Luchamos hasta ahuyentarlos, uno por uno cayeron los que cruzaron nuestro camino, ella probó que una pequeña navaja puede ser letal en las manos apropiadas, la pelea terminó, los hombre huyeron. Nuestras mujeres salieron de las tiendas, debíamos asegurarnos de estar a salvo, mi mujer corrió, sus brazos rodearon mi cuerpo, me sentí poderoso, cumplí mi trabajo.

La mujer que peleó a mi lado esperaba junto a la fogata, dos niños llegaron, los pequeños la abrazaban, su hombre fue uno de los que perdimos, ella se quedó sola, hizo todo lo que pudo para proteger a sus hijos. Me sentí confundido, orgulloso por su hazaña, débil por la lucha, ella logró más de lo que otros hombre intentaron alcanzar, me pregunto si todas ellas reaccionan de esa forma, no existe un limite que las convierta en armas mortales.

Me equivoqué, intentar entrenarlas fue un error, mi decisión parecía sensata, duplicar el número de guerreros, estar listos para nuevos ataques, las ancianas de la tribu no aceptaron mi solicitud. Pocas mujeres empezaron a entrenar, aún menos llegaron a desarrollar habilidades, las que quedaron fueron ridiculizadas por el grupo femenino, criticadas por sus actitudes, al parecer las ancianas preferían mantener las viejas tradiciones.

Acerca del autor

Sebastián Iturralde

Planeando improvisaciones

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