Relatos Cortos

Venus

Escrito por Rafa Gaona

Con nombre de diosa, a juego con el resto de su ser. Ella reina detrás de la barra mientras nos limitamos a soñar con su cintura. Soñamos en vigilia recorriendo un sendero en compañía de Onán, un camino atravesado a su lado, empapados de ella.

El Sábado, a la hora de las brujas es mi cita con Venus, ¿Querrá, esta vez, su divinidad dispensarme un trato distinto al que reciben el resto de los clones?. Vividores de Sábado noche que presa del consumismo se lanzan a por las copas cual zaguero argentino tras el esférico. En la hora del aquelarre entro en su “Castillo”, saludo a mis secuaces y me dirijo a la barra. La miro, poderosa, espléndida entre los vidrios de colores, bella como ninguna, al menos, ninguna esta noche. De negro semivestida, sonríe y antes de que articule palabra coge una copa balón, la llena de hielo hasta la mitad y con ademanes propios de la ceremonia del té, prepara mi Absolut con limón.

Pago nervioso y regreso junto a mi jauría. La diosa es una presa inalcanzable, buscaré junto a mis licaones una cebra más débil.

Mientras apuro mi copa la observo, a través del humo, entre brillos de botellas, suena música no-celestial y me es imposible evitar que el hecho platónico se apodere de mí. Lavaría mi corsa, haría sonar su móvil más de una y dos veces. Me siento a años luz del superhombre de Zaratustra.

Mis lobos siguen olfateando, necesitamos beber más para soportar el ritmo de la cacería, otra copa balón con elixir ruso. El lobo omega lanza la primera dentellada (¡Joder!, ¡ Cuánto tiempo sin verte Laura!). La pobre corderita presenta el resto del rebaño. Si Venus es diosa, estas no son ni tristes sacerdotisas pero nosotros sentimos los testículos llenos de amor. Como los salmones en primavera, añoramos el momento de depositar las huevas en alguna roca que se deje y no vacilaremos en remontar el curso del río si es necesario.

Como si el lobo alfa lo hubiera ordenado, la manada se articula en busca de los objetivos señalados. Aquí las corderas y cebras son perseguidas sin piedad. No despreciamos ninguna, la que estudia, la que vende en el Corte Inglés, la que puso copas junto a mi divinidad, la que sudaba mallas y bragas en el gimnasio, la que aprendió a conducir con uno de mis lobeznos, todas son dignas de nuestro acoso implacable, a todas les llenaríamos la boca con ese amor que almacenamos.

Son las dos de la mañana, el sistema ha predispuesto que baile el “Papichulo” para relacionarme con las hembras de mi especie, con tan solo dos copas en mi organismo, no soy capaz de resignarme a ello. La diosa lleva tres horas sirviendo copas, aguantando patosos y la envidia de alguna sacerdotisa que también quiere formar parte del Olimpo. Queremos escapar con nuestro rebaño de su “Castillo”. De lejos la veo sonreír, la mueca entra por mi aurícula derecha y sale por mi ventrículo izquierdo. Sudadita, con dos mechones de pelo alrededor, de su cara es todavía más bella. En el camino a la puerta me cruzo con un armario, un guardarropa con vigorexia. La camiseta negra apretada le asemeja a una longaniza, tatuaje en el brazo, pelo de punta y cara de no saber ni las vocales.

Hace frío en la calle, no salgo con abrigo para no estar pendiente de él en los garitos. Intento hilar una conversación con mis cebras pretendiendo resultar atractivo, todas las relaciones humanas tienen un componente animal. Entramos en “La Fábrica de Cerveza”, algunas de las sacerdotisas podría llegar a ser diosa pero yo, como los italianos en el fútbol, decido no arriesgar y me dedico a nuestras corderitas, cabe la posibilidad de que una de ellas me elija hoy para aparearse, ¡Qué feliz me haría!.

Más elixir siberiano pero ya en vaso de tubo y sin la bendición de elemento metafísico alguno. Caigo presa del “Papichulo”, un rebaño nuevo se aproxima, sutilmente se coloca al lado y a ritmo de pachanga comienza a efectuar su danza de la fertilidad, decido trabajar en la dirección ya trazada ignorándolas.

Creo que esta noche es la noche, después de tanto correr tras la cebra he conseguido cansarla, la pobre equina comienza a flaquear y mis manos ya amasan su cintura:

– ¿Te gusta esta música?. –Digo borracho, hecho una piltrafa humana.
– Sí. –Responde alegremente conociendo su inminente muerte.
– Y… ¿Esto te gusta?. –Le clavo mi colmillo asesino en la boca, para después continuar con su lomo.

Tras cruzar miradas cómplices con mis lobeznos, salgo del garito con mi víctima. Finjo interés en la conversación y “por arte de magia” encuentro mi coche. No quiere subir, la persuado, engaño y convenzo, ya es mía. Definitivamente, esta noche es la noche; besos suaves y no tanto, acompañados de magreo. Arranco el Corsa con un único destino en mi cabeza, el polígamo industrial.

Mientras maniobro para sacar el coche me empalmo, paso frente al “Castillo” de Venus y el tiempo se detiene… Mi diosa espléndida pasea por la acera con tacón y “chupamelapunta” en sus botas. Escoltada por el armario vigoréxico, el gorila Maguila, el macaco. No la he sacado de mi mente en toda la noche, eso no me impide continuar mi esperanzado viaje al polígono.

Cristales empañados, saliva en el cuello, presión en los pantalones, la cancerbera coloca la barrera:

– No te conozco de nada cielo, no podemos hacerlo. –Me dice la cebra muy digna.
– Pero… – Aunque me atrevo a disparar, el esférico pega en la barrera sin ver puerta.

Vuelvo a la sabana africana, a dejar a la cebrita en su casa. Se ha revuelto tanto el cariño que almaceno en mis testículos que me duele mucho y me siento enfurecido con la equina. Seguro que Venus tampoco me habría dejado inundarle la vagina de cariño pero con ella no me habría importado esperar. Con esta cebrita ya sé lo que me espera, volver a dedicarme a ella en la cacería de la semana que viene o simular que me interesa algo más que su tierna carne mañana en el cine.

Al menos hoy me he comportado como un digno licaón, asediando a la presa débil hasta alcanzarla y devorarla. Quizá algún día deje de ser licaón para ser guepardo y me atreva con la pieza de caza que más me gusta; me parece difícil, me parece más utópico que el delirio ideológico de Bakunin.

De camino a casa vuelve a mi cabeza la deidad en su “Castillo”, al final se confirma mi sospecha; de negro semivestida, de luto y carne, ha sido la más bella esta noche, como tantas. Aparco el Corsa y camino encogido por el frío, dándole vueltas en la cabeza a la noche, al día, a mi vida; sin duda, la abstinencia es fuente de neurosis. Menos culto a Venus y más a Baco es lo que me hace falta.

Apolo va subiendo el sol mientras entro en el portal. Me dirijo al ascensor y escucho risas en el hueco de la escalera, risitas y gemidos de furcia. Allí mi niña semivestida, mi princesa a cuatro patas, mi reina sometida… Mi diosa vierte su sangre para llevarse el cariño y los fluidos de un macaco por la puerta de atrás.

Yo con el músculo cardiaco roto y lo que es peor; con los testículos llenos de amor. El camino de la caza lleva a palacio de la cebra pero no me acerca a Venus.

¿ Cualquier parecido con la realidad es coincidencia?

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Rafa Gaona

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