Relatos Cortos

Una casualidad

Escrito por María Peula

La casualidad guió nuestros pasos para encontrar aquellas fotografías, que habíamos dado por perdidas cansados de buscarlas.

Mi madre murió un 25 de diciembre, era una mujer joven, y dejó en nosotros una profunda huella; mi familia compuesta por cinco hermanos (dos chicos y tres chicas), mi padre y mi abuela. Cuando ella murió, excepto mi hermana mayor todos estábamos solteros.

Desde aquella triste fecha tomamos la costumbre mis dos hermanas y yo de subir al cementerio cualquier día de diciembre y como es lógico elegíamos un día soleado con objeto de disfrutar del paseo.

Aquel día amaneció esplendoroso, y decidimos hacer nuestra visita a “mamá”. Habíamos acordado que la hora fuese temprana al objeto de estar de vuelta con el tiempo suficiente para recoger a los niños del colegio.

Decidimos subir en autobús por lo que pronto nos encontramos en el cementerio frente al nombre de mi madre, y la frase que le acompañaba “tu familia no te olvida”, y desde luego en nuestro caso no era una frase hecha, reflejaba la realidad de nuestros recuerdos aun habiendo pasado bastantes años.

Nos quedamos en silencio con nuestros pensamientos y durante un período de tiempo, sin recordar cuanto, no dijimos nada, dejamos unas flores y decidimos volver.

Mi hermana pequeña, propuso que bajásemos dando un paseo. “Hace un día estupendo”, comentó. “De acuerdo”, contestamos.

Bajamos adentrándonos hasta el paseo central de la Alhambra, que como siempre nos brindó su bonito bosque vestido de invierno. Continuamos hasta la cuesta de Gomérez, bajamos con rapidez, y antes de llegar a Plaza Nueva nos adentramos hacia la izquierda por una calle peatonal con ánimo de hacer más corto el camino. Sin habérnoslo propuesto nos encontramos en la calle donde habíamos vivido, y delante de la casa en la que habíamos pasado toda nuestra infancia, y buena parte de nuestra juventud. Allí murió nuestra madre.

Nos paramos, como si interiormente una orden nos hubiese sido dada; mi hermana mayor comentó, “que casualidad, sin quererlo estamos delante de la que fue nuestra casa. Está bien conservada”, murmuré yo, “a pesar de haber pasado más de 10 años. Cuánto me gustaría entrar en ella aunque no pasase del portal”.

Nosotras habíamos vivido en el tercer piso, que se veía habitado pues los balcones tenían visillos y en ellos había macetas.

“¿Os atrevéis a intentarlo?”, comenté.

Mi hermana mayor dijo, “no hay tiempo y para entrar sólo al portal no merece la pena”.

Yo decidida insistí, la idea me apasionaba, eran tantos los recuerdos… Así que sin hacer caso, empujé la puerta de la calle que permanecía entornada, y me puse a subir las escaleras, mis hermanas me siguieron sin protestar y casi sin darnos cuenta nos encontramos en la puerta de la que fue nuestra casa.

Mi dedo se dirigió al timbre y obedeciendo impulsivamente mi deseo lo pulsó.

“¿Qué haces?”, dijeron al unísono las dos; no me dio tiempo a responder. La puerta se abrió y una amable señora apareció preguntando que deseábamos.

“Mire”, dijo la mayor de las tres, “nosotras hemos vivido en este piso hace ya más de diez años, pasábamos por aquí y no hemos podido reprimir el impulso de subir. ¿Cómo estará la que fue nuestra casa?. Usted perdonará nuestro atrevimiento, ya nos vamos”.

La amable señora nos invitó a entrar y nos enseñó aquellas estancias ya conocidas y no olvidadas, sólo habían cambiado los muebles.

“No queremos molestarle más, ha sido usted muy amable, muchas gracias”. Nos despedimos.

“¡Esperad!”, dijo la señora, “un momento, que tengo algo que enseñaros”.

Entró a otra habitación y al poco rato salió con una caja de cartón, “¿puede ser vuestra?”.
Impulsivamente cogí la caja y la abrí.

¡Cómo era posible!, allí delante de nosotras estaban aquellas fotos tantos años buscadas.

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María Peula

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