Relatos Cortos

Solo un cuento

Antes de emprender viaje al norte llegó al bufete un sobre certificado, son habituales este tipo de comunicaciones en nuestro oficio, estudiamos hechos que aun respondiendo a la realidad se distraen de ella, no así por comunes y poco formales, otros que lo pretenden, apariciones místicas, curaciones irracionales o cadáveres que de sus panteones regresan más pesados que cuando partieron. Pretendemos ser serios. Con todo, aquel día cuando nos disponíamos a partir hacía un pueblo solo habitado por hembras fecundadas, nos llegó la llamada de nuestro superior notificándonos el aplazamiento de la investigación, Mejor esperar, los varones aún no han nacido, nos dijo. Fue cuando por envenenar el tiempo, actividad frecuente en este trabajo, leímos el contenido de la mencionada carta y marchamos a seguir la pista de cuanto en ella se relataba, para que ustedes y próximas generaciones de este desautorizado oficio, añadan evidencias a la ya nutrida documentación existente sobre las peculiaridades de la raza humana. Es por ello que sin más dilación les dejamos con todo lo que allí transcurrió, quedándoles correspondidos por la inestimable atención, al ser siempre meritorio y de admirar en estos prosaicos tiempos que vivimos, que aquella se malgaste en esta categoría de asuntos.

Con los que creía eran sus ojos aun pegados, aquel hombre apartó de un manotazo las sabanas y se levantó. Tenía que estar temprano en el despacho del notario de la calle Sebastián, cuestión de unas propiedades que Doña. Remedios, clienta de la correduría, pretendía vender a unos turistas de algún país extranjero. Se sentó en la cama, el cuarto aún quedaba sombrío, sobre su cabeza estiro los brazos y al querer abrir la boca no pudo. De nuevo lo intentó y nada, no consiguió mover los labios. Perturbado se tentó la cara y con rapidez retiro la mano, ¿Donde estaba su cara?, se preguntó. Cerró los ojos, Estoy soñando, se dijo. Un poco de agua en la cara y un café bien cargado lo arreglará todo, volvió a decirse. El agua la sintió en su esfumado rostro, pero el café no pudo probarlo, verlo, ni olerlo, y tampoco escuchó el silbido de la cafetera que a tientas calentó, acuérdense que no tenía boca, ojos, nariz u oídos, ni nada que se le pareciese. El susto le zarandeó el obeso cuerpo cuando se exhibió ante el espejo del cuarto de baño y advirtió que su cabeza era una gran concha compacta con líneas paralelas de tonos negros y grises, de la que emergía un pringoso cuerpo que se unía sin distinción aparente con algo que se asemejaba a una cabeza, de cuya parte superior subían y bajaban, para volver a subir y bajar en lentos movimientos dos pequeñas antenas. Volvió a cerrar los ojos y a abrirlos, para de nuevo volverlos a cerrar, y así muchas veces más. Quiso regresar al dormitorio y en ese instante sintió como una fuerza que salía de sobre sus hombros le tiraba al suelo. Tumbado avanzó arrastrado por aquella cabeza, en tanto un pegajoso brebaje, que no sabía de donde procedía, le pringaba el pecho. Con las manos se agarró a cuantos marcos y resquicios del pasillo pudo intentando frenar su lento avanzar. Sin éxito sus manos se fueron desprendiendo, llegó al dormitorio y con el pulgar del pie derecho cerró la puerta. Fue un movimiento, pensamos, no mandado por el caracol, que nos figuramos por el ruido del portazo, retorció el cuerpo, y si bien no tenía ojos, le miró.

Leopoldo, que así se llamaba este hombre, era, como ya anunciábamos, obeso, bajo, y de unos treinta y pocos de años, o así lo parecía, su rostro era rosado, el pelo rojizo y algo exiguo. Soltero sin vocación, propenso a las miradas lascivas, había ingresado, tras una decena de años enredado en ocupaciones de corta duración y menor enjundia, en una acreditada correduría de comercio. En poco más de un año, pasó, y sin que nadie conociera porqué méritos, menos aún sus compañeros, pero ellos si sabían, aunque hacían como que no sabían, que eran al menos cinco y más antiguos, de hombre para todo, a oficial primera de correduría, mano derecha de D. Jacinto Montaraz, que día tras día acudía invariablemente no muy tarde, tampoco muy temprano, firmaba sobre el antefirma con su nombre que Leopoldo todas las mañanas en los papeles timbrados estampaba, y se marchaba, opinamos que al domicilio de Doña. Remedios, porque de allí le vieron salir y entrar para volver a entrar y luego salir muchas mañanas, pero esa historia se la contaremos si lo que nos ocupa y perdónesenos la redundancia, no ocupa los folios en blanco adquiridos para este fin, dejando a Leopoldo que a sus anchas hiciera, deshiciera, y dispusiera.

Olía a hojas mojadas, que se filtraba por la ventana del dormitorio, no en vano constatamos que esa mañana era de las iniciales del otoño y aquella noche, la anterior, la lluvia había estado inventando ruidos sin cesar sobre toda la casa, porque también hizo mucho viento, y las madrugadas así tan oscuras suelen ser muy ajetreadas. Tumbado sobre el suelo cerca de la cama, Leopoldo se detuvo, aunque bien no sabemos si fue él o su cabeza quien dio la orden, porque en esos días no alcanzábamos a diferenciar si Leopoldo y su cabeza eran una unidad, pues viendo lo que aconteció y atendiendo al presente relato, uno conseguiría llegar a la conclusión de que no nos encontrábamos ante una sola identidad, o por el contrario en ocasiones si. Pues allí, como dijimos, en esa posición, Leopoldo pensó, o no sabemos si pensó el caracol, en adelante depondremos estas disquisiciones para que sean ustedes quienes conquisten sus certezas y no aburrirles más con esta invariable duda. Lo primero, una vez tranquilizado el nerviosismo inicial, fue que había perdido la razón, razonamiento este intachablemente cabal e impropio de alguien como él, que creía haber perdido el juicio por creer, y no solo por ello, más también por haber acreditado que su cabeza había desaparecido y en su lugar figuraba la de un caracol. Este discernimiento sobre la imposibilidad de ser preso de un ataque de confusión mental o locura, igualmente lo efectuó Leopoldo. Retirada pues la idea de que la presencia de aquel animal sobre sus hombros obedeciera a su imaginación, Leopoldo repasó la situación. Los caracoles suelen medir 0,01 centímetros de longitud aproximadamente y el diámetro de su concha no suele ser superior a los 0,02 centímetros, eso si excluimos a los caracoles africanos, pues estos dicen pueden medir hasta 20 centímetros. Y si la información era cierta y su cabeza era la de un caracol, este obligatoriamente debía de ser originario de aquel continente. Estos animales son Gasterópodos, nombre que literalmente significa animal con el pie en el estómago, Cosa bastante extraña, pensó, y se calcula que hay unas cincuenta mil especies de estas criaturas. Entre sus rasgos característicos está su forma de andar o avanzar, pues lo hacen mediante una serie de contracciones musculares ondulatorias, segregando un líquido mucoso que les ayuda desplazarse. Tras concluir esta reflexión, con la que habría podido escribir el inicio de un tratado sobre estos bichos, Leopoldo cayó en la cuenta que no conocía nada sobre esos animales. Entonces, cómo había obtenido tan experta información se preguntó. Un sudor frío pareció recorrerle la frente, o al menos así lo sintió, al abordar la posibilidad de una simbiosis entre sus pensamientos y los de aquel primitivo animal, pero no era posible, Estos seres no piensan, lo habré leído, el que aquí está pensando soy yo y a partir de este momento seré yo quien tomé las decisiones, concluyó. Lánguidamente intentó avanzar por la habitación, empujado por la fuerza de su voluntad trepó por la puerta cerrada, y cuando “la otra cabeza”, en adelante la llamaremos así, superó el tirador, extendió su mano izquierda se agarró a el y lo giró con fuerza, luego apoyado ya sobre sus pies dejó caer el peso de su cuerpo sobre la puerta, hasta que esta se abrió dando un golpe contra la pared. En ese instante “la otra cabeza”, que parecía estar dormida, salió de su concha, extendió las antenas, retorció el cuerpo e hizo como que le miraba. Leopoldo no se amilanó, quiso caminar pero sus piernas no le siguieron, aún así con los movimientos de aquel animal, retorno sobre el rastro de baba que había dejado en su ascensión, deslizándose nuevamente hasta alcanzar el suelo del pasillo. Había logrado dominar la voluntad del caracol se dijo entusiasmado.

Por los poco plausibles métodos de su vertiginoso ascenso, y que irán ustedes adivinando, Leopoldo no gozaba de cariño entre sus compañeros de la correduría, como tampoco entre sus amistades, sencillamente porque a buena fe podemos atestiguar que no las tenía, o al menos no se le conocían, y ello en un pueblo de apenas cinco mil habitantes, del que por cierto ahora reparamos no les hemos hablado, suponemos que porque en el pocas cosas meritorias de mentar acaecen, es poco imaginable, por no afirmar que insostenible. Tampoco su proceder era merecedor de tales apegos, pues era Leopoldo un tipo exageradamente engreído, de aquellos que juzgan que su sabio entender rebasa los límites de la normalidad, no teniendo oídos para captar sugerencia, consejo o insinuación alguna. No obstante esa condición despótica, carente de sentimiento que se asemejara a ese que denominamos escrúpulo, por tener por significado cierta duda o aprensión de hacer algo malo, con la que Leopoldo dispensaba a sus semejantes, se tornaba cuando de alguien superior se trataba. Así sucedió y pasó con D. Jacinto, por quien por estar en juego sus intereses, Leopoldo arrastró y arrastraba su cuerpo, por no mencionar su dignidad, materia que por ser de naturaleza tan personal no opinamos, por cuantas alcantarillas y desagües del pueblo y la comarca D. Jacinto bien tenía y ocultaba, como cualquier análogo que desde la nada, y con solo el ardor de su trabajo, hubiera llegado a disfrutar de tan elevado nivel de bienestar económico. Quizás allí estuvieran, y eso aún nos lo preguntamos, aunque no lo podemos asegurar si no es sino haciendo propias las palabras de las malas lenguas, que haberlas muchas las había en tan reducido pueblo, las razones de tan presurosa y prometedora carrera, sobretodo si tenemos presente, como ahora lo hacemos, que D. Jacinto, y eso presumimos lo habrán alcanzado sospechar, era un tipo consumido, de poco derrochar y mucho almacenar, algo debilucho ya, de avanzada edad, y al que previsiblemente en aquellos días de los que les hablamos no debían aguardarle muchas estaciones. De lo dicho hasta ahora podemos llegar a la conclusión, sin recelo a equivocarnos, que Leopoldo era un individuo solitario, pero no obstante, ello no era motivo para sospechar que fuera desventurado, nada más alejado de su realidad. Porque Leopoldo era un personaje que, si olvidamos el amor, sentimiento del que tenemos testimonios tuvo una sola experiencia, se sentía cómodo y satisfecho con la persona que era y en no escasas ocasiones, en las conversaciones del café Lirio, centro principal de la localidad, se jactaba, recostado sobre la barra ante una copa del más costoso coñac y no pocos tertulianos, de ser un hombre completo por no precisar de nadie. Sermoneando febrilmente a todos aquellos que según su pensar despilfarraban su dignidad por lograr algunos afectos. Seres frágiles de corazón y voluntad les denominaba, y más de una vez con voz en alto, y esto que en aquellos días pudiera ser estrictamente una forma más de las numerosas que hay de hablar, ahora que llegamos a este punto de conocimiento de cuanto sucedió, podría transformarse en algo más, Son como caracoles, arrastrándose por conseguir compañía, decía. Codiciaba Leopoldo, y a bien seguro que lo estaba logrando, era él quien ordenaba en la correduría, que a D. Jacinto no le prorrogaran mucho más tiempo la existencia. Pero eso bien lo callaba, pues ante esa gente, debía aparecer, para que así tocara los oídos del viejo corredor, como un empleado de los que ya no quedaban. Pues en tanto eso así sucediera, él podría continuar con sus desordenadas mañas, traspasos y depósitos a varias cartillas que en la Caja de Soria D. Jacinto tenía y desconocía, y de las que Leopoldo era titular de las únicas firmas autorizadas, después lo supimos por Anselmo el interventor, todo legal murmuraba.

Con el valor fortalecido y el yo recompensado por el triunfo conquistó el pasillo, repitiendo con la de la casa, similares movimientos que aquellos que le habían llevado a abrir la puerta del dormitorio. En las escaleras, hablamos de un primer piso, resbaló con cautela por cada uno de los diecisiete peldaños, subimos, bajamos y los contamos palabra de cronistas, hasta asomar “la otra cabeza” por el portal de la calle. El sol que afirmaba su poder, aunque con vergüenza aún, sobre la acera, hizo que aquél organismo se guareciese en su caparazón. Advertida tal circunstancia, Leopoldo se reanimó, y apoyándose primero sobre las rodillas, para después hacerlo sobre las plantas de sus pies, adoptó al fin la digna compostura de la figura humana. Ya en pie tuvo miedo, efecto éste insólito en Leopoldo, se tentó la cabeza con la ilusión de haber sometido al rústico animal en la creencia de que la victoria le había restituido la perdida extremidad. Sin embargo no sucedió así, aquella concha seguía sobre sus hombros, Qué hacer ahora, se inquirió. No había gente en la calle, aun así le era improbable asistir a la notaria sin que nadie se percatarse de su aspecto, y eso por no especular qué pensarían, no ya Doña Remedios, cuya vista hacía tiempo no era la apropiada para desempeñar su función, sino esos turistas de ese país extranjero, que chismorreos no le contarían a D. Jacinto, no lograría vender las fincas y eso significaría su fin, aunque más oscuro futuro le esperaba si no acudía, sería como plegarse a la voluntad del molusco. Eso le insufló nervios y con lentitud, su celeridad seguía siendo la del animal, conquistó la calle. Según se aproximaba a las calles principales del pueblo, ciertos vecinos ya iniciaban a marchar dirección a sus ocupaciones, los comercios también iban alzando sus rejas y hasta unos, los más antiguos sacaban sus mercaderías a las puertas. Leopoldo en pijama, cabizbajo, con la mirada en el suelo, no olviden que ojos no tenía, caminaba sigilosamente. Cuando llegó a la calle Sebastián, la más importante, había suficientes vecinos caminando, departiendo, o tan solo espabilándose, y a pesar de ello nadie le saludo, y no es que en otras situaciones más usuales le saludaran, pero esta era distinta, ni si siquiera una mueca de asombro pensó. Leopoldo no dio crédito a lo que vio cuando al llegar al número 29 reparó en Doña. Remedios. Tenía una concha de caracol sobre sus hombros, o de caracola, Porque estos bichos son unisexuales, dudó. Desconcertado miro a su alrededor y creyendo estar alucinado vio que eran muchos, algunos con el bicho fuera, algunos con el bicho dentro, y junto a estos, otros, muy pocos, los menos, tenían ojos, narices, bocas y todo lo que se correspondía con una buena cabeza humana. Estrechó la mano de Doña Remedios, y como si nada estuviese sucediendo, acudieron a la entrevista con aquellos foráneos.

Bien, llegados a este punto, alcanzamos estar al corriente que en adelante, leyendo lo que van a leer, acaso ustedes piensen y motivos existirán para ello, que este no sea más que un subterfugio apresurado para concluir una crónica de la cual sus narradores ignoran el final y no saben como prolongar, pero podemos atestiguar, y siempre en honor de la verdad, que lo contado fue lo vivido e investigado, porque de allí tuvimos que marchar solicitados por nuevas investigaciones, alguien que atestiguaba haber visto a un individuo sin cabeza, uno que andaba afirmando tener una pata de palo que caminaba sola, y hasta alguno, no recordamos en que país, porque era forastero, tendríamos que comprobar nuestros registros para no cometer falsedad, que pretendió mostrarnos su transformación en escarabajo, todos fueron minuciosamente estudiados, raro que es este mundo, no dejaremos de pensar, porque por aquellos días el sol estaba radiante más no sabíamos con certeza si había tormenta, y hasta puede que lloviera, abandonando por tanto a Leopoldo en la calle Sebastián. Aun así no le perdimos el rastro, las buenas investigaciones no concluyen, y conocimos que alcanzó heredar la correduría, amasó una substancial fortuna, continuó soltero y que cuando los militares, cansados, dimitieron de los despachos oficiales, fue alcalde hasta el día en que la palmó, cuentan que lloró como un bebé implorando ante algunos hombres íntegros que le mataron. Fue así como de esas personas honradas emergió el primer alcalde decente que aplicó y practicó una manejo virtuoso y honorable de la vida municipal, y a poco que esto sucedió las cabezas fueron volviendo cada una a su natural lugar, aunque tardo algún tiempo y no se supo hasta que el último hubo desaparecido, porque solo se veían entre ellos.

Acerca del autor

Juan Miguel Garrido Peña

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