Relatos Cortos

Relato en el parque

Resultó amargo, casi violento, pero bebió otro largo trago, más generoso aún que el anterior, a su vez más abrumador que el primero y una nueva quemazón desgarró su garganta y avispo su estómago azotado por el cálido vertido, asaltándole un súbito estremecimiento que le obligó a entrecerrar los ojos. Ni tan siquiera era capaz de recordar la marca del whisky que ahora le proporcionaba cuanto necesitaba: olvido. Asió el vaso con fuerza, apreciando la elegancia de los barrocos tallados en el cristal, asumiendo su esfuerzo para no ceder a la sedación del alcohol, aun no, mientras su animo se aferra a un ultimo hálito de buen juicio.

Un niño correteaba sobresaltado con los brazos extendidos, visiblemente afectado, yendo y viniendo del camino arenoso a la hierba rasa, una y otra vez saltando ágilmente el leve vallado metálico que los separaba, mucho mas testimonial que efectivo y de tanto en tanto se detiene, sin dejar de moverse, trastocando las matas o para hurgar tras el tronco repleto de hirsutas excrecencias de alguno de los árboles que despistadamente pueblan esa parte del parque, la que da a su ventana y por la que tantas veces agradeció observar idas y venidas, entretenido con el devenir de quienes allí se daban cita, tan confiados en su dicha, tan ajenos a su desdicha,.

Unos metros detrás del muchacho, en dirección contraria a la que se empecinaba en dirigir su búsqueda, jugueteaba distraído un cachorro de perro, un cocker, según creía adivinar y enzarzado en sus juegos, ajeno a la impaciencia de su dueño, se revolcaba jovial entre un macizo de margaritas, que con callada protesta seguro maldecían su suerte.

En realidad quiso deslizar los postigos de la ventana y gritar “¡ahí, muchacho, detrás de ti, junto al camino!”, pero no lo hizo, ni tan siquiera forzó un leve ademán, solo permaneció inmóvil, indolente y marchito, aferrado a su vaso, enganchado a su locura.

Otro sorbo y una nueva tenaza pinzó su espíritu y embozó su mente.

Los anónimos bancos de hierro y madera aparecen maltrechos, mordidos por el tiempo y sobre uno de ellos la mujer se agita para escupir su particular verdad, zarandea sus brazos y da pequeños saltitos sobre el maltrecho asiento “¡ah!, pero sabe hacerlo, ataca y retrocede, siempre culmina con esa hábil finta de victimismo, tira la piedra y esconde la mano, pero también semeja sucumbir, dando rienda contenida a una falsa debilidad”. Su compañero escucha aturdido, socavado por su astuta maña y asiente, protestar es perder, pues ella sabe hacerlo y él sabe verlo, a través de su ventana, les observa a ambos y sin poder escuchar asiste a su conversación y testimonia el engaño. Un metódico y sistemático lenguaje corporal, sin duda impreso en el material genético femenino, mina con paso seguro cualquier convicción que él pudiera oponer y el rostro del muchacho lo dice todo, al principio airado, al fin consternado. Sin duda ella lo consigue, ha vencido una vez mas y él la abraza, consiente y agracia, sigue el guión perfectamente estructurado, paso a paso. Ajeno al libreto, ha llegado al colofón y al más sutil artificio, la mujer hace uso del poder de vivificar, un salvoconducto que ella le ha deslizado en el bolsillo de la chaqueta para salvaguardar su honor, su dignidad de hombre. No es ceder, es conceder; eso cree él. Ya ha sido timado.

Un revuelo distrae su atención y un grupo de palomas bien alimentadas pugnan por hacerse con la generosa dotación de pan desgajado que les ofrecen, entre risas, dos niños con uniforme colegial de cuadros escoceses. Pero no tardan mucho en huir, amedrentados ante el frenesí avariento de las aves.

Los cubitos de hielo han desparecido, diluidos en el agreste líquido anaranjado, parte del cual se desliza veloz en su interior, enturbiando su sentido con un agradable bienestar, luego vendría lo peor, dolor de cabeza y el amargo despertar a la realidad, lo sabía, era consciente de ello, pero aún era turno de disfrutar de su momento de paz.

Una pareja de ancianos se detienen sobre la greda del camino, buscando apoyo mutuo, no se hablan, se entienden a la perfección y permanecen acurrucados uno junto al otro, ella le sostiene mas y él se deja llevar. Tardarán en recorrer la sinuosa vereda que se adivina a través de los jardines, pero está claro que no les preocupa y siguen su andadura, indiferentes pero atentos a las alocadas correrías de los niños, aprendices de una vida que ellos ya conocen a la perfección, o al menos así lo creen, a medida que envejeces aprendes, pero no tanto.

De pie, junto a su ventana, se deja acunar por el crepitar de unas brasas bien alimentadas con carne de olivo y almendro y el espontáneo despertar de algunas llamas que se deslizan en sinuosa danza sobre los rescoldos, alcanzan a lamer unas cortaduras de naranja, estratégicamente dispuestas alrededor del fuego en un falso acto de valentía y al final, su llanto aporta un raro perfume.

El viento arrecia y los viejos se abrazan a sus abrigos, fieles a su singladura, ajenos al murmullo lastimero que arranca la brisa filtrándose entre los jardines y casi se les echa encima un revuelco de hojas secas. Asi es, a lo largo de su cansino trayecto apenas si han intercambiado algunas palabras, ni falta que les hace. Sus encorvadas espaldas ceden a la insistencia de una vida luenga y ya hace mucho tiempo que dejaron de ser dos. Les admira.

Irrumpe una ambulancia que atraviesa la escena de su particular guiñol, las luces se contonean ávidas, lanzando destellos a un lado y otro de la calle, al cielo también, reclamando con afán el protagonismo que les corresponde, él aguza el oído pero no escucha nada y mas atento asiste a su silencio, ésta calla o tal vez está mas borracho de lo previsto y con celeridad se pierde sin dejar rastro, en apenas unos minutos no podría defender la certeza su paso y persiste en su comedia. El vaso vuelve a prestarse jactancioso, pletórico de poder y en su caída, los cubitos arrancan la bravía de un mar que se debate algo por encima de la mitad del vaso. Con mimo aparca la botella sobre el vetusto boureau y su corazón se encoge un poco más.

A lo lejos, el fusco tono grisáceo de unas nubes amenazantes augura tintes funestos, pero por unos momentos abandonan su luto para revelar el matiz ambarino que les ofrece un sol que se despide y que infaustamente se desangra en el horizonte, oponiendo a su tragedia la desgarradora belleza de un cielo encarnado, empeñado en reverberar con sus tintes y tonalidades la apostura del atardecer y en andrajos y jirones invade el mundo un velo acelajado y el día preconiza culminar con la serena transmutación de la luz a la oscuridad.

Ya no esta el niño y con el se ha marchado el cachorro, robándole dignidad al parque, pero también alegría. Los ancianos también se escabullen, a su modo y una vez mas, nuevos participes acopian protagonismo y un grupo de adolescentes se adentran en la vereda, arrecajados unos con otros, ensimismados en sus secretos y banales esperanzas y desesperanzas. Parece que no quedan mas infantes y un suspiro sucede al jolgorio anterior, acabó un envite mas y el parque se jacta, presto a descansar.

Por unos momentos entrecierra los ojos y trata de concentrarse y un insólito silencio envuelve la estancia y la casa. Tan solo el rítmico golpeo de su respiración anegando su torso acompaña su soledad y ha de abrir los ojos espoleado por una súbita angustia, el pecho se le acelera y un escalofrió alerta el vello de sus brazos.

Una extraña sensación le encara y allá en el parque, bajo el ramaje de la imponente encina, el guardián del jardín como gustaba verlo, observa como una figura se desliza arropada por los brazos del árbol, otrora hermosos y desafiantes al cielo y sin embargo ahora apáticos, pero sin duda alguna todavía fornidos, sobrellevando con apurada dignidad la pesada carga de un otoño extrañamente prolífico. No huye ni se apresura y permanece a la espera, medio vestido con las sombras. No puede ver su rostro pero le inquieta el convencimiento de que le observa, a èl, aun parapetado tras su urna y se le antoja imposible, la suya es una ventana anónima cualquiera embutida entre un mar de ellas y la persiana de laminas apenas entreabierta no desvela sino una sombra furtiva, pero su piel se eriza y el cosquilleo propio del espiado toma relevancia. Un torrente de confusas preguntas se desata en su interior y fluye ansioso sin que su conciencia aporte parapeto alguno, atracada por el alcohol. Esta tan cansado para pensar, para sentir, pero le es imposible ceder a su visión y si es real o no es algo por lo que su conciencia pugna.

El hombre se mueve, acaricia el tronco del árbol y abandona las sombras y una línea tan certera como irremediable enlaza sus miradas y amparado tras la persiana le observa cobijado bajo la copa de la vieja encina, más atento escudriña su rostro y con su revelación se estremece y el vaso se precipita al vació para rebotar sobre la alfombra con un golpe seco y sordo, el liquido vertido penetra rápidamente en el entrelazado de lana. Perplejo, se observa a sí mismo tras el cristal, al otro lado, en el parque, junto al árbol al que tantas veces ha admirado, quizás atemperada la dureza de sus facciones, contra la que desde hacia algunos años luchaba denodadamente en su acicalamiento matutino para siempre perder, pero no caben dudas y él lo sabe, su reflejo lo sabe y sonríe, sus ojos refulgen con el brillo del que antaño presumió y cuyo extravió enterró el olvido. Despacio, sin mayor ofrecimiento, da la vuelta y se pierde entre las sombras, sin prisas se marcha en una extraña invitación y detrás de la persiana y a su espalda, el hombre puede atender el devenir de la brisa correteando entre los ramajes y se insufla con el sugerente aroma de una hierba recién cortada, rasa y muy húmeda, mientras el murmullo de una ciudad que ya dormita da paso a otra distinta, pero cuyo rumor también se pierde, ahogado.

Sobre la alfombra, una mano tendida ofrece su rostro al techo y las líneas de su palma se pierden entremezcladas con las arrugas de toda una vida, quizás demasiado corta, quizás demasiado intensa, mientras su diestra se esconde bajo el cuerpo inerte, tendido a lo largo de la alfombra vestida de rubí, que reposa indolente sobre la malgastada tarima de suelo sintético. Ya no harán falta mas disfraces.
Asalta un silencio que perturba, rasgado por el sonido de una ambulancia que voltea el aire, perdiéndose con celeridad, absorbido por una ciudad que devora.

Acerca del autor

Francisco Javier Hernández Rodero

Deja un comentario