Relatos Cortos

Proveedor de almas

Me miro en el espejo y me detengo a pensar. Ya no recuerdo cuando fue la primera vez que lo hice. Normalmente no tengo tiempo para la reflexión. Y menos cuando me miro en el espejo del baño mientras me arreglo para ir al trabajo. Mi cerebro me atrapa en multitud de pensamientos, mil y un problemas, como ese cliente distribuidor de zumos. Hace cuarenta días que no paga el muy ladino. El seguro del coche vencerá la semana que viene. Comprobaré si hay suficiente saldo en la cuenta. Y el viaje a Bruselas para la reunión de… Si, esta vez parece que esa convocatoria internacional esconde algo bueno. Casi todos los agentes de ventas del departamento de espumosos se darán cita allí. Claro que a todos nos atrae lo mismo: hacerse valer ante la Junta. Sólo espero que no nos devoremos unos a otros; me guardaré bien las espaldas… ¡Vaya!, el teléfono sonando justo ahora! No hay cosa que más me reviente que pegar la cara llena de espuma de afeitar a ese cacharro.

–Sí, diga…
–Hola hijo, ¿Cómo estás?
–Hola, madre. Estaba intentando afeitarme. ¿Qué tal papá?
–Sigue con la pierna fastidiada, pero se encuentra bien. Ya sabes lo exagerado que es…
–Supongo que no le quedarán muchas ganas de volver a hacer senderismo. Al menos, no por los picos de Europa. ¿Qué dice Mayte?
–Tu hermana anda tan preocupada como él. Asegura que a los setenta ya no se tiene edad para ciertas cosas.
–¿Irá a veros a la montaña?
–No va a poder. La tienda no le deja tiempo.
–Vamos, mamá. Empieza el mes de Julio. Hay poco movimiento. La gente desaparece de Madrid. Lo que pasa es que a ella le apetecerá más estar con su Daniel del alma.
–Qué le vamos a hacer… ¿Y tú? ¿Vas a venir?
–Estaré un par de semanas en el extranjero.
–Esta bien, no contaré con vosotros hasta Septiembre. Por cierto, ¿sabes algo de… Yolanda?
–Nada, excepto que debe sentirse muy feliz por haberse librado de mí. O es que hay algo que deba saber…
–No. Pero me parece que no debes darte por vencido, hijo. No es la primera vez que te digo que ella no tiene la culpa.
–¿Culpa de qué?
–De que el trabajo no te haya permitido atenderla como se merece.
–Venga, madre, no me vengas ahora con lo de siempre.
–¿Por qué no pruebas a ser más humilde con ella?
–Reconozco que no he sido la pareja ideal, pero… Yolanda tampoco ha puesto mucho de su parte. Es absurdo volver sobre este asunto.
–Yo sólo deseo vuestro bien.
–Es un camino sin salida.
–Plácido, hijo, te vendría bien intentarlo. Estás encerrándote demasiado en tu mundo y… no dejas que nadie entre allí. Tu padre está preocupado; ve que te alejas de nosotros sin motivo.
–No me pasa nada, madre. ¿Es tan malo desear independencia?
–No creo que te haga ningún bien en estos momentos, Plácido. Precisamente cuando más nos necesitas…
–Vale, madre. No sigas. Mira, ahora he de dejarte o llegaré tarde al trabajo. Da recuerdos a papá. Y a Mayte. Hasta luego.

Vaya con la familia, siempre haciéndote sentir culpable. En fin, esto no durará mucho, no. Estoy deseando que llegue el momento de dar el salto y marcharme lejos, una casita oculta entre montañas… Ellos tienen una. Que les aproveche. Hacen que me sienta enquistado, bajo su atento ojo fiscalizador. ¿Abandonar mis raíces? ¿Y qué? Lejos quedarán las andanadas verbales de mi padre. <>.

Pretendían que las cosas siguieran su curso apaciblemente, que nada perturbara sus armoniosas vidas. Nada de eso, padre –pienso yo–. Mi realidad no coincide con la tuya. Afortunadamente, me siento libre. Ahora sí. Nada me retiene ya en esta etapa errónea de mi vida. ¿Qué hay de malo en querer hacerse un buen sitio en la sociedad? Seguiré adelante con familia o sin ella.

No he conocido grandes obstáculos en mi trayectoria como vendedor técnico de Molfruit Limited. Soy responsable de cuentas importantes para el negocio que mantiene la multinacional americana en España.

Atiendo la distribución de bebidas refrescantes a cadenas hoteleras, grandes superficies y centros de ocio. No se puede decir que esté a disgusto con mi trabajo. Percibo un sueldo que la Compañía ingresa en mi cuenta con puntualidad todos los meses. Con él puedo pagar la hipoteca de la casa. Es un acuerdo al que llegué con Yolanda cuando decidimos romper hace unos pocos meses. Le he pagado la mitad del valor que tenía el piso cuando lo compramos el año pasado y sigo pagando las letras a cambio de ser el único propietario. Me he empeñado en otro crédito para poder acarrear con todo ello, pero creo que ha merecido la pena. Cuando llegue el momento venderé la casa seguramente por el triple de lo que nos costó. Pero no caeré en la trampa de adquirir otra en una zona donde el metro cuadrado de suelo se haya triplicado también.Me apartaré todo lo que pueda de lo convencional. Nada de urbanizaciones con enormes zonas comunes, piscinas de adultos y niños, “paddle”, tenis y unidades familiares de dos sueldos que aunque no les llegue para acabar el mes con la despensa suficientemente abastecida, son capaces de mantener impecables sus todo-terreno y coches de marca, a los que se les ve subir o de los que se les ve bajar perfectamente vestidos con su ropa también de marca, en muchos casos adquirida en esas tiendas que rebajan el precio por tener el género algún defecto.

Seguramente, con mi nómina segura y las responsabilidades de mi puesto en Molfruit, muchos aceptarían llegar a jubilarse en esas mismas condiciones sin mayor problema. En mi caso, sin embargo, observo que mis jefes me alientan con palabras de apoyo a mi labor y todo eso, pero esas buenas intenciones no llegan a materializarse en recompensa alguna. Ni promociones, ni incremento salarial que no sea el estipulado en uno o dos puntos por encima de la inflacción.

–<> Es lo que suele decir Benito Hidalgo, mi superior inmediato, poniéndome una mano sobre el hombro y sonriendo desde un rostro carnoso en el que dos ojos como dos trozos de carbón se hunden en sus cuencas atrapadas entre tanta masa facial. Créanme si les digo que, a veces, da la sensación de que sus rasgos cambian por momentos, como una gran bola de plastilina que unas manos invisibles deformaran a su antojo.

En Molfruit, las carreras profesionales se desarrollan con extraña lentitud. Somos un total de doscientos empleados entre los que hay muy pocos que no tengan un master o galardones así. Personalmente estoy convencido de que para triunfar en la vida no hay que tener más que talento. Nada más y nada menos. Llega un momento en que es inútil atesorar títulos. En Molfruit seleccionan a la gente mediante criterios tan aleatorios que no sabes si la capacidad de hablar correctamente tres idiomas y haber realizado no sé cuántos cursos de postgrado, significa lo mismo a efectos de contrato y promoción que haber sacado a duras penas la carrera y chapurrear el inglés, como les ocurre a la mayoría de los directivos de la filial española. A ellos no les hacen falta esas herramientas.

Aquella mañana, la de aquel día en que empezó todo, miré el reloj con los ojos entrecerrados por el aturdimiento de haber dormido poco. Al comprobar que habían dado las ocho media decidí poner rumbo a la oficina sin tomarme un segundo vaso de café, aunque eso habría contribuido a resucitarme del todo. Debía asistir a una reunión a primera hora con mi superior Benito Hidalgo. Me tenía intrigado con el secretismo que impuso sobre ello, pues no me adelantó ni una palabra al respecto. De cualquier manera, yo intuía que se trataba de algo bueno.Mis jefes han intentado siempre convencerme de que Molfruit Limited aporta una seguridad y estabilidad en el puesto de trabajo que no se encuentran en ningún otro sitio. Claro que, corres el riesgo de empeñar tu vida en ello y al final encuentras que te has estancado, como si hubieras permanecido todo ese tiempo en medio de una ciénaga intentando salir a flote, persiguiendo un objetivo que está ahí delante, retándote. Siempre a la misma distancia, inalcanzable.

No es que yo sea muy exigente con la vida que me ha tocado vivir… No, lo que sucede es que algo se ha roto en mi interior. Un resorte ha puesto en marcha un maligno mecanismo y he dejado de ser dueño de mí. No encuentro ningún consuelo para mi conciencia y lo necesito. Quiero descargar de mi mente este fardo insoportable que es mi afán de venganza. Por despecho sé que sería capaz de cometer actos de los que me acabaría arrepintiendo. Y ya he empezado. El primero en sufrir las consecuencias de mi desatino ha sido mi jefe. Don Félix no ha podido soportar que hayan vaciado todos los armarios de su despacho y extraído de su PC el disco duro. Qué decepción al comprobar que sus agendas, tanto la electrónica como la de mano han desaparecido sin dejar rastro. El desgraciado notó un agudo dolor en el pecho que se le extendió por los brazos y finalizó en un infarto fulminante. El siguiente en caer por su propio peso fue Adámez… Mi viejo Adámez. Ese sí que era un buen fichaje. Trepó al puesto de supervisor en tan poco tiempo que le dieron una mención honorífica…ja, ja. El pobre ingirió una dosis de cianuro como para acabar con un bisonte. Alguien la colocó distraídamente en su plato favorito: setas de cardo. Tampoco resultó falto de interés el cese en este teatro que es la vida, de mi estimada y servicial Irene. Ella sola se forjó el sobrenombre de la comecocos. A todos acababa encandilando. Hasta el día en que dio conmigo y la ayudé a abandonar sus miserias encerrándola en la sauna del gimnasio. Estoy seguro de que me lo agradecerá, aunque ahora esté tan lejos que no pueda oírla.

Pero el que más favorecido ha salido de todo este aprendizaje he sido yo. He conseguido aficionarme a una gratificante actividad: impartir justicia en este mundo pervertido, donde nadie mueve un dedo por otro, ni obra sin buscar el propio interés. Y nadie que no juegue a eso interesa. Ya no me planteo si he de entrar en acción, porque ya lo he hecho. Sólo me preocupa el siguiente paso que voy a dar, a quién he de liberar. Demasiados corazones de piedra. En esta vida prieta de egoístas desalmados… ¡Qué vaguen como almas en pena los desalmados de la tierra!

A veces pienso que mi hermana Mayte ha sabido dar con algo mucho más tangible. La tienda de deportes de la calle Ayala le está reportando un jugoso beneficio. Ella no fue a la Universidad. Es un ejemplo de aquellos que no han necesitado una preparación especial para ganarse bien la vida. Siempre la he admirado por la facilidad con que parece resolver sus problemas. Espero que le vaya lo mejorposible con Daniel.

En fin, en esa mañana de finales del mes de Junio llegué hasta mi mesa dispuesto a iniciar una nueva jornada; eso lo hago todos los días con buen ánimo. Encendí el ordenador y antes de que pudiera sentarme, observé la breve figura de Benito quien, situado bajo el marco de la puerta de su despacho, se dirigió a mí con un gesto indicando que le acompañara.

–Hola Plácido– me saluda con su sonrisa irregular–. Pasa y cierra la puerta, por favor.

Me invita asentarme y me hace entrega de un memorando escrito en inglés.

–Ten, léelo –indica escuetamente. Yo obedezco sin pestañear y a los dos minutos le miro con expresión de sorpresa:
–Parece que la central quiere lanzar un nuevo producto a escala internacional y que seremos el primer país en ponerlo a prueba ¿no es cierto?
–En efecto. El Jefe de Ventas para Europa, Marvin Dumas, nos lo ha asignado como prioridad. Ha establecido como plazo de inicio de campaña el primer día de Agosto.
–¿Tan pronto? –me oigo decir. Al instante siguiente quiero rectificar prudentemente–. Es que me parece poco tiempo para emprender algo así. Los estudios de mercado, las pruebas de paladar… y poner a punto la línea de producción, ¿Crees que los de la factoría de Hamburgo la tendrán lista?
–Ya hemos avanzado ese paso. Durante todo este mes he estado haciendo gestiones con los alemanes y la línea de espumosos tendrá habilitado un tren para embotellar la nueva bebida a finales de la próxima semana.
–Un batido “revitalizante”. Parece interesante… innovador, sí.
–Sobre todo en verano, una estación en la que tenemos puntas de ventas del treinta por ciento sobre el resto del año. Piensa en eso, Plácido.
–Desde luego, Benito. Es solo que… los grandes clientes demandan más atención en esta época y la gente de nuestro departamento se va de vacaciones –reflexiono un momento antes de continuar–, pero ¡qué caray! Es una buena oportunidad para aumentar la cifra de negocio.
–Bien, Plácido, bien. A partir de ahora te responsabilizarás de preparar la campaña –afirmó, rotundo, sin dejar un resquicio para la duda o la objeción. Pese a ello consigo reunir la entereza suficiente para decir:
–Ehh, sólo una cosa más, Benito. ¿Quién colaborará conmigo?

Al oír esto, los dos tizones que son sus ojos me miran de arriba abajo:

–Pues nadie, Plácido. ¿Acaso necesitas a alguien? –detecto un reflejo de cinismo en el comentario.
–No. Olvídalo –titubeo–. Esto… Supongo que nadie en el departamento sabe nada aún.
–¿De qué? –inquiere con sequedad.
–Sobre la campaña.
–Mira, desde este momento te harás cargo de todo lo referente a este asunto. Haz lo que estimes oportuno. Me mantendrás informado cada día de tus progresos y nada más.
–Bien, así lo haré, Benito.
–Adiós Plácido –dice. Se levanta de su sillón giratorio y me acompaña hasta la puerta.

–Que tengas suerte –concluyó.Francamente, si yo no hubiera deseado cubrirme de gloria ante aquella oportunidad, la nueva responsabilidad que Molfruit quería depositar sobre mis espaldas me habría llenado de temores. He de reconocer que mi ambición por escalar posiciones en la jerarquía empresarial me motivaba sobremanera. Como también he de aclarar que, al contrario que los tiburones que pululaban por el departamento, yo me conducía con excesiva dosis de un entusiasmo puro que rayaba en la inocencia. Nunca había concedido importancia al hecho de emplear la cantidad de tiempo que hiciese falta para contentar adecuadamente a mis jefes. Y eso me obligaba tanto a desplazarme durante días al extranjero como a asistir a reuniones que se prolongaban hasta la noche. Esto pasó factura a mi matrimonio. Mi relación con Yolanda fue deteriorándose progresivamente hasta que la cosa no tuvo remedio. Quizás ha sido demasiado ingenuo por mi parte haberme entregado ciegamente a mi trabajo, confiando en llegar a consolidar una posición respetada en Molfruit, creyendo que mi mujer aguantaría aquello estoicamente. Ni siquiera pensaba en que podría llegar a hacerle daño. Es la misma ingenuidad que me animaba a ofrecer mi ayuda incondicional a mis compañeros cuando les veía apurados de tiempo o a hacer favores a quienes me lo solicitasen. No me consideren un bendito. Nada de eso. Lo que creo es que me dejo llevar por el impulso, sin reflexionar mucho en la conveniencia o no de tomar una decisión u otra. Si puedo echar una mano a quien lo pide, sigo adelante. Probablemente doy la sensación de ser conformista, como un soldado que acata todas las órdenes. Si intento cuestionar algo que me proponen, como ocurrió en el caso de la campaña de lanzamiento del batido energético, no tardo mucho en mostrarme sumiso. Quizá sea por instinto de conservación, en lo que al trabajo se refiere. No contrariar a los jefes suele ser una actitud prudente. Lo mismo puede trasladarse a una conversación con familiares o conocidos; basta que muestre disconformidad para que de inmediato el otro se abalance sobre mí intentando imponer su criterio como sea, lo cual puede que me indigne, pero no deseo echar leña al fuego y prefiero no ser beligerante. Al final, el que pretende avasallar con razones o sin ellas se calma y se vanagloria de su supuesto triunfo. La fiera se muestra mansa. En realidad me importa un rábano si el interfecto se siente ufano a mi costa. Cada cual es libre de continuar por lo que cree es camino seguroaunque conduzca a un despeñadero ¿Qué más da? Nadie gana.

El caso es que, tras conocer mi nueva misión de llevar a buen puerto lo del batido, me puse manos a la obra de inmediato. En menos de una semana logré recopilar las estadísticas del mercado de bebidas refrescantes que me resultaban necesarias: El número de personas que consumen tal o cual brebaje, estimado según las encuestas más recientes echas en la calle o en el domicilio de los encuestados por entidades especializadas y cosas así. Incluso distribuí un cuestionario por Internet para tener mi propia visión sobre el asunto. El resultado lo resumí en la reunión de departamento del diez de Agosto, ante un auditorio compuesto por Benito Hidalgo y una treintena de compañeros, algunos de ellos ávidos por descubrir algún punto débil en mi exposición:

–Los casi cincuenta millones de litros de este tipo de bebidas consumidos en nuestro país –decía yo–, suponen casi el doble de lo consumido en el período anterior. Teniendo en cuenta que los medios especializados anuncian que en nuestro país aún está en pleno crecimiento ese sector del negocio, el futuro a corto y medio plazo es más que prometedor. Puede que encontremos una mina en nuestro nuevo producto.

Una voz familiar intervino para poner en duda lo anterior:

–Sí, pero la competencia tiene copado el ochenta por ciento del mercado y tendremos que luchar contra esa realidad. La mina puede convertirse en explosiva y estallar en nuestras manos– se atrevió a afirmar Javier Gómiz, el principal candidato a supervisor de zona –¿Cuánto crees que nos costará poner en marcha el proyecto hasta hacerlo rentable?

El ladino de mi jefe podría haber informado a los allí presentes que la idea procedía de la Central en Estados Unidos y que yo era un simple empleado con la única responsabilidad de cumplir órdenes, pero, como descubrí más tarde, se lo guardó a buen recaudo con una doble intención: que yo demostrara saber defenderme para no servir de carnaza para los lobos y a la vez permitir que voces imprudentes, excesivamente arrogantes o bien entrenadas para descalificar, dejasen palpable si yo, Plácido Ruán, contaba o no con las simpatías de unos y otros. De ello sacaban provecho los superiores para escoger a las futuras figuras promocionables que resultaran menos conflictivas.

–¿Quién formará el equipo y cuánto durará la campaña? –escupió el supervisor Ronaldo Asís, encarnizado oponente de todo aquél que aparentara querer destacar en Molfruit.

Contesté sin inmutarme:

–Únicamente yo he sido designado para sacar adelante la campaña, que empezará el uno de Agosto –el exagerado gesto de escepticismo con el que Ronaldo reaccionó a mis palabras fue acompañado por un murmullo general.
–¿Tú …sólo?– inquirió con tono incrédulo.

Media hora más de diatribas con otros que siguieron el ejemplo de Javier Gómiz, permitió por fin desvelar el enigma:

–Plácido –dijo Amelia Cifuentes, encargada de publicidad–, ¿has tenido en cuenta que en este país la cantidad de gente que practica deporte no es mayoritaria? Esos cincuenta millones de litros son la suma de un buen número de bebidas que no deberías meter en el mismo saco.
–Nuestro producto cubre ampliamente todo el espectro –repuse sin dudar, aunque cada vez más convencido de que allí en medio crecía la confusión como consecuencia de los manejos de una malintencionada mano invisible.
–El nuevo refresco –continué– es resultado de los estudios de la Central de Atlanta. Allí lo tienen que tener muy claro para haberse decidido a dar este paso, amiga mía.
–Entonces… ¿no se trata del “Action Beverage” que llevan promocionando en Europa desde hace meses?
–No sé por qué pensabas eso.
–Vamos, Plácido. Los que estamos aquí lo sabemos. Y tú el primero –apuntó Javier Gómiz.
–Siento contrariarte, Javier –repuse–, pero el producto es tan nuevo que aún no tiene nombre y España será el primer lugar donde se lanzará, a modo de prueba.

Me pareció que todos se miraban unos a otros; algunos se revolvían incómodos en sus asientos. Otros hacían gestos como si aquello hubiese sido un golpe a traición, astutamente urdido por mí para comprometerles ante Benito y los demás. Desde luego, algunos lamentaron sus públicas críticas y miraban al suelo, supongo que buscando la mejor forma de encogerse sobre sí mismos en un desesperado intento por volverse inmateriales.

Cuando finalmente Benito Hidalgo dio por concluida la reunión, me sentí aliviado, si bien do podía evitar una extraña sensación de vértigo, como si hubiera estado a punto de precipitarme por el borde del precipicio ante el que alguien me había conducido para ponerme a prueba. Ahora eran otros los que se veían en situación de equilibrio inestable, perdidos en un mar de dudas. “¿Qué habrá pensado Benito cuando cuestioné la capacidad de Plácido para enfrentarse sólo a la campaña?” –se decía Ronaldo Asís mientras notaba un hormigueo que le recorría el estómago de arriba abajo. Amelia Cifuentes se interrogaba sobre consecuencias similares: “No he debido criticar el criterio elegido por ese mamarracho de Plácido para elaborar sus malditas estadísticas, pues es el mismo que ha utilizado la mismísima central de Jersey. Ahora me he quedado con el culo al aire… ¿Repercutirá esto en mi clasificación en el Ranking?

El único que permanecía sereno tras la reveladora conferencia era Javier Gómiz, a quien puede definirse como una clase de animal omnívoro con la inusitada capacidad para cambiar el color de la piel o incluso mudarla con tal de obtener lo que busca. Abocado a un puesto de cierto privilegio por sus buenas relaciones con Mario Izquierdo, Director General de Molfruit España, S.L., Javier Gómiz sentía sus espaldas bien seguras. Don Mario se graduó en Empresariales en el mismo año que el tío segundo de Gómiz, un preboste miembro del Consejo de Administración de un gran banco, con quien compartió muchas ocasiones de fiesta y desenfreno a lo largo de su carrera universitaria. La insolente actitud ante la vida de Gómiz era consecuencia directa de la facilidad con que habitualmente conseguía superar todos los obstáculos gracias al oportuno respaldo de tío Mario, quien hacía tiempo que llegó a hartarse de acudir allí donde su sobrinito lo necesitara para sacarle del atolladero al que sus relajadas costumbres solían conducirle. Se lo dijo claramente: “No volveré a mover un dedo por ti, Javierito. ¿Lo has entendido? ” Fue su andanza más reciente. Y la última. Había contraído deudas de juego por valor de cien mil euros en el Casino de Torrelodones, adonde solía acudir cada dos por tres animado por una racha de buena suerte que le mantendría atrapado entre los verdes paños de las mesas de los crupieres, convirtiéndose aquel centro de ocio y despilfarro en su segunda morada después de la oficina. Apenas aparecía por su casa del barrio de Moratalaz, un destartalado apartamento ubicado en una apartada callejuela próxima al Arroyo de la Media Legua, donde frondosas acacias ocultaban el triste aspecto de unas paredes de ladrillo viejo ajado por el implacable castigo del tiempo. El ejecutivo aspirante a la gloria adquirió el piso hace un par de años, cuando aún no había sucumbido a las tentaciones del bacarrá o la ruleta y se vio beneficiado por un blandísimo crédito hipotecario inferior al tres por ciento.

Hasta que fue ascendido a la posición que en pocos años podría conducirle al cargo de supervisor, Javier no había necesitado disponer de casa propia. Vivía en casa de sus padres, un pequeño piso del barrio de Esperanza, a todo tren y cómodamente instalado como una garrapata aferrada al cuello de su can favorito. No había fin de semana que durmiese en casa, por más que su apurada madre insistiera con el ahínco derivado de la ansiedad maternal por conocer el paradero de su retoño.”Javierito, que te pierdes. Cada vez que sales por ahí a esos sitios de copas y música rara me tienes con el alma en vilo. Y tu padre no aguantará mucho más. El otro día me dijo que iba a hablar contigo en serio. No sé que es lo que le ronda por la cabeza pero … Javierito, que ya no eres un crío.” En efecto, los treinta años recién cumplidos por el hijo de Doña Maria y Don Antonio, tenían crispado a este último ante lo que consideraba una excesiva dosis de caradura del único descendiente que consiguió tener el matrimonio. Los intentos posteriores resultaron completamente vanos, aunque Don Antonio habría sido el hombre más feliz del planeta de haber podido aumentar la prole. Pensaba en ello sobre todo ahora, cuando la falta de responsabilidad de su hijo único le había demostrado en tantas ocasiones que como no sentara la cabeza terminaría por arruinar su vida junto a alguna de las mulatas que frecuentaba en sus salidas nocturnas, por las deudas de juego o por las dos cosas a la vez.

“¿Es que no eres capaz de entablar una relación formal con una chica de tu propio país?”, solía cuestionarle Don Antonio, exasperado por aquella debilidad, una más a añadir a la larga lista de lindezas atribuibles al angelito. El rechazo que producía Javier Gómiz en su propio padre se correspondía con el efecto que causaba sobre todo aquel que llegaba a conocer un poco su superficialidad, propia de una manera de ser que eliminaba cualquier intento de profundizar, de interesarse por las inquietudes que pueden atenazar a uno en un determinado momento y que te inducen a buscar ayuda en una voz amiga. Una voz a la que escuchar y que te escuche, alguien a quien confiar miedos y algún secreto de vez en cuando, alguien que te hable con sinceridad para hacerte sentir mejor, aflojando el nudo de las preocupaciones que oprimen el alma. Javier no era una voz amiga. Más bien se trataba de un muro que se interponía entre tú y la realidad impidiéndote ver claro. Quien se acercara a él con intención de obtener respuestas no encontraba nunca una opinión, un comentario que comprometiera a Gómiz en nada en absoluto. Era un hombre vacío de recursos para nadie. Repleto de ideas para ayudarse a sí mismo.

Las pocas ocasiones en que hemos coincido y que nos han permitido intercambiar palabras ajenas al ámbito estrictamente laboral han tenido como escenario la barra del Goya, un bar del parque empresarial donde Molfruit tiene instaladas sus oficinas. Ahora que hago memoria sobre aquellos días de relativo acercamiento entre los dos, me sorprendo al descubrir que no conozco prácticamente nada de la vida de este personaje, de quien sólo puedo recoger breves notas escritas al azar en apuntes sueltos de mi memoria y que no me resulta nada fácil hilvanar, como si Gómiz lo hubiera dispuesto así deliberadamente, merced a su habilidad para esconderse de los demás. Me hablaba de una hermana a la que no parecía apreciar gran cosa y de un sobrino a quien gustaba tocar la guitarra eléctrica en un grupo de aficionados al rock duro. Parece que le aprecia pues más de una vez se lo lleva a sus correrías por los pubs de Castellana o locales de moda de la zona de Retiro-Salamanca, donde la posibilidad de ligar se ofrece como un rico plato bien condimentado en un ambiente cargado de humo de tabaco, de la sensualidad de muchos cuerpos más o menos esbeltos practicando los ritos del cortejo sexual y un aroma a mezcla de esencias caras de mujer que llenaba los pulmones de Javier Gómiz, quien respiraba esa atmósfera como si revitalara cada centímetro de su cuerpo y oxigenara su mente. Era su universo particular,

Acerca del autor

Marcos Manuel Sanchez

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