Relatos Cortos

La mona lisa

La opción sexual de Jerónimo (Nimo, le llamamos en el barrio) son las monas. Chimpancés, para más señas. Es por ello que Nimo vive desde hace mucho, a la espera de tiempos más propicios, enclaustrado en un armario infecto atiborrado de ropa demodé, periódicos viejos, y recortes de números atrasados del National Geographic. Cuenta una y otra vez que sueña con un naufragio en la costa de Marfil. Que en ese accidente pierde a su madre, con la que viaja rumbo a Sudáfrica. En fin, que sobrevive de los nueve a los quince años como un tarzán adolescente, pero a lo bestia bestia, apareado con una chimpancé en la selva. -A falta de una criatura de mi raza, -nos dice con mal disimulado pesar. -Nimo: cuando el instinto aprieta, no hay barreras que valgan-, le ríen algunos desaprensivos en el barrio, dándole unas palmaditas en el hombro. Los vecinos venimos escuchándole este rollo, por lástima, desde que alquilara el sexto derecha.

Les cuento. Hace seis años, Nimo amaneció un mañana con una expresión risueña en su rostro. Días atrás se personó en el portal un aspirante a político de progreso, con vistas de futuro. El tipo había oído la llamada del poder con la noticia de la curiosa opción sexual de nuestro vecino, y no tardó en acudir a conocerlo. A.G. -iniciales de aquél candidato al poder-, sí creyó a Nimo. O, al menos, le hizo creer que le creía. Le alentó a romper con su complejo de hombre raro, degenerado, perverso, con discursos del siguiente tenor: -La zoofilia es una inclinación natural del ser humano hacia sus semejantes menos evolucionados. No podemos reprimirnos ningún deseo por imperativo de ninguna ciega ley evolutiva, moral caduca, o creencia subyugante. Nimo: ¿Qué culpa tienen los monos de haber quedado atrás en el arduo e implacable camino del progreso? ¿Qué méritos, salvo los causados por circunstancias medioambientales favorables, podemos atribuirnos los
humanos?-. Etc., etc. Aleccionamiento que levantó el ánimo caído de Nimo. A.G. apostó fuerte, muy fuerte, regalándole a su pupilo, al año siguiente, una chimpancé adulta. Se llamaba Lisa, por la mujer de aquél famoso cuadro renacentista. Estaba adiestrada. No era esta la palabra, -adiestrada-, la que utilizaba A.G. para referirse al pacifismo de la simia, sino -educada-.

La mona Lisa estaba educada. El caso es que un sábado por la mañana vimos a Nimo de paseo con la mona, vestida de vaqueros y chaquetilla de cuero, por el parque de las Nuevas Tecnologías, tres calles más abajo. Y desde entonces hasta la aciaga tarde del 7 de septiembre.

El gran día de la rueda de prensa, hace un par de años (lo recuerdan, ¿verdad?), y para que el país se enterase de la existencia de la singular pareja, fue todo un acontecimiento. Pero no sólo Nimo y Lisa tuvieron ocasión de comparecer ante las cámaras. Con el ruido de los flashes también se dio a conocer a la ciudadanía, entre divertida, temerosa y escéptica, un eufórico A.G.

Lo sorprendente -al menos sorprendente para mí- es que muy pocos fueron quienes pusieron reparos a esta relación bárbara. Eso dijeron los oráculos de las encuestas. La respuesta del gobierno a este dato fue el anuncio de un anteproyecto de ley para penar, hasta con cárcel, a quien discriminase, entorpeciera ofendiese, de palabra o sin ella, a parejas como la que hacían mis vecinos del sexto.

La tragedia sucedió, como les digo, el pasado 7 septiembre, cuando Juan Alonso, el del ático, subía en el ascensor. No iba solo. Con él viajaba Lisa, de regreso de sus ejercicios diarios. La mona bajaba a la calle con la complicidad de su- amante (amo, iba a decir) para estirar las extremidades en los árboles del bulevar. Nimo nos había pedido el favor a los vecinos de subirla al piso si coincidíamos con ella en el bajo. No le gustaban las escaleras. Lisa se confundía con los botones del ascensor, pero sabía abrir la puerta de su casa sin ayuda de nadie. Siempre portaba una llave en un bolsillo trasero de su pantalón vaquero. Bien. No sé qué vio la bicha
aquélla en Juan Alonso (qué fantasía sexual simiesca pasaría por su mente excitada), el caso es que se le abalanzó al cuello para morderlo con fruición. Juan se asustó, claro. El bueno de Juan sacó su navaja multiuso (es un apasionado del bricolaje) y, sin pensárselo dos veces, le insertó en la nuca de la mona, hasta el mango, la espiral del sacacorchos, matándola sin remedio.

La esperanza de Juan Alonso es que el -Anteproyecto de Ley para la Integración de Animales no Racionales en Núcleos Afectivos sin Distinción de Razas- no prospere. Aunque no sabemos: la oposición se muestra dubitativa a este respecto. Hay demasiados votos indecisos de por medio. Como salga adelante el susodicho y maldito anteproyecto, a Juan le juzgarán por homicidio y le meterán en prisión. Vaya que sí. La agravante es que Nimo padece una depresión insondable de la que no saldrá jamás. Se volverá loco. En la autopsia que le practicaron a la chimpancé resultó que estaba preñada. Se ha denunciado a un laboratorio por su implicación en la generación del engendro. Con las alas que le dieron entre todos al pobre Nimo

Acerca del autor

Francisco Navarro Rodriguez

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