Relatos Cortos

La máscara de Atnoyenth

Me encuentro a unas quince millas de las costas de EEUU y gracias a este diario de abordo, que utilizare de improvisado block de notas, intentare relatar con la máxima precisión como me sea posible las causas que me llevaron a partir de la isla de Aureum.

Como cada jueves, yo me encontraba preparándome para emprender el camino hacia la casa de mi buen amigo y mentor Adrián Lewis, cuando sonó el timbre de mi casa. Al abrir la puerta el amable cartero, me entrego una extraña caja de caoba con una serie de inscripciones en un idioma que yo desconocía, firme en acuse de recibo y partí junto con la caja sellada hacia la casa del Profesor Lewis.

Debían de ser casi las once de la mañana cuando llegué allí, el Profesor me abrió la puerta y me invito a acompañarle hacia la salita de estar. Era una habitación muy amplia, de unos ocho por cinco metros, en un rincón como si de una lamina decorativa se tratara, había una pagina del libro que ese loco árabe, Abedul Halas red, escribió bajo la atenta mirada de El Gran Estrangulador. Tras servirme un poco de whisky en un vaso bajo y grueso, procedimos a la apertura de la extraña caja.

Según me explico el profesor Lewis, la caja contenía algo que él esperaba con gran devoción. Tras romper las cuerdas que aprisionaban tan preciado cofre, procedimos a descubrir el objeto en cuestión. Allí entre un montón de papel de periódico y pajas mezcladas, se encontraba la mascara más grotesca que yo había visto en mi vida.

Su composición, ébano básicamente, nos transporto casi inmediatamente a la profunda selva africana. Su forma, que era igual a la cara de un hombre mutilado y sin nariz, sugería que había sido tallada hacia siglos, mas de diez quizás. Su parecido con las antiguas mascaras, que aparecían dibujadas en la hoja que mi amigo conservaba de ese extraño libro que he mencionado antes, nos situó frente a ella en busca de respuestas a las preguntas que nos asaltaban.

Tras mas de tres horas de intenso estudio sentenciamos que aquella mascara, más antigua que el primer habitante de Boston,
Pertenecía a uno de los cultos que citaba aquel árabe loco en su demoníaco libro.

“La Mascara De Atnoyenth”. Así era llamada aquella abobinacion. Tras algo menos de un cuarto de hora de estupefacción y maldiciones pronunciadas al viento, procedimos a buscar información sobre aquel al que llaman El Devorador De Almas.

No tardamos en encontrar información al respecto de este espantoso ser. Al parecer, siempre según Asentó Sennescal en su libro : “Holy Cults And Blaspheme Rites”, El Devorador De Almas había habitado la tierra mucho antes de que cualquier organismo unicelular hubiera existido. Según el maestro Sennescal, había convivido junto con otros primigenios como Cthulhu y Shudde M’ell en los albores de la vida en la tierra, cuando esta no era mas que lava, cenizas y polvo.

Debido a este descubrimiento, el Profesor casi perdió el sentido, cargando todo su peso sobre un enorme tresillo que había tras Él. Transcurridos diez o quince minutos y cuando el profesor se hubo calmado, comenzamos a pensar en que deberíamos hacer con la mascara. La idea del profesor no era ni tan siquiera un poco distinta a la mía. Debíamos destruirla, ¿Pero como?…

Durante horas recopilamos información de los libros que teníamos a nuestra disposición. Con tanto movimiento y desesperación se había pasado ya la hora de comer, pues debían de ser mas de las cinco cuando acabamos. Hicimos una pausa para comer algo y después de degustar los sabrosos platos que la cocinera del profesor nos había preparado, concretamos el siguiente movimiento a realizar. Según el profesor debíamos conseguir, por medio de la biblioteca local un ejemplar del libro ” Razonamiento Meritorio y Otros Estudios Sobre El Ego En La Sociedad Actual”. Sin llevarle la contraria en ningún momento, objete que de que demonios nos serviría un libro semejante, cuando el caso que nos ocupaba era cualquier cosa excepto juicioso y actual. Su contestación fue firme: “No contradigas a tus mayores y vete”. Esa fue su orden y así procedí yo.

Llegue a la biblioteca y como el profesor me había dicho, pregunte por el profesor William Anderson. Este no tardo en asomar su cabeza desde detrás de unos volúmenes de Sociedades Ocultas. Se levanto y dirigiéndose hacia mí, me pregunto por el asunto que me había llevado a pedir su ayuda. Nada mas pronunciar el nombre del profesor Lewis arqueo sus cejas y tras una pausa, pregunto el nombre del libro que me había mandado llevarle. -Razonamiento Meritorio- comencé a decir, y antes de terminar él titulo del libro, él lo termina por mí. Entonces me hizo señas para que lo siguiera.

Me llevó a la sección de civilizaciones antiguas y allí en un rincón abrió una puerta estrecha que había entre dos estanterías. Él entro primero y hizo un gesto con la mano para que yo entrara con él.. Bajamos unas escaleras rectas durante al menos un par de minutos, tras las escaleras un pasillo de unos cincuenta metros nos llevo ante una puerta cerrada con llave. Anderson saco un llavero repleto de llaves con unas formas rarísimas y giro una de ellas en el interior de la cerradura. Esta abrió la puerta y ambos entramos en la habitación. Estábamos en un pequeño despacho, un pequeño escritorio apoyado contra la pared parecía ser el único objeto actual que había allí. Extrañas mascaras y velas se hallaban colgadas por las paredes, y extraños volúmenes de Sabiduría Universal descansaban sobre o bajo el escritorio.

El profesor Anderson abrió un cajón del escritorio y de allí saco un libro que yo tome, mientras hacia la promesa de no abrirlo antes de estar en presencia del profesor Lewis. Después de esto nos dirigimos hacia la escalera que ya he mencionado antes pero justo antes de llegar, en un rincón, vi colgada una especie de sallo o capa que creí reconocer, la había visto antes en casa del profesor Lewis. Pese a la coincidencia no le di importancia ya que pensé que se trataba del atuendo de una antigua orden de una universidad, que tan comúnmente abundan en estos tiempos. Salimos al exterior y el profesor me dijo que en cuanto solucionase unos asuntos se reuniría con nosotros en casa del profesor Lewis. Así pues, emprendí el camino de vuelta a casa del Profesor Lewis.

Al llegar allí el profesor me insto a que me fuera a casa e hiciera el equipaje, pues debíamos partir hacia Aureum, una isla en el Pacifico cercana a Hawai, pues allí nuestro objetivo, que no era otro que destruir la mascara para evitar desgracias mayores, podría ser llevado a cabo, pues esta mascara había sido modelada con Arcilla Arcana, la misma que había producido siglos atrás, la locura de Leonardo Da Vinci, ese genio loco italiano, que tan cerca estuvo de entenderlo todo.

Yo partí hacia mi casa y prepare mi maleta, así que a las diez y treinta como habíamos planeado me reuní con el profesor Lewis en el muelle de la ciudad. Cuarenta y cinco minutos después partimos hacia la isla, con la promesa de que al regresar olvidaríamos todo lo ocurrido con la mascara.

Tras dos días de tempestades inexplicables, cambios en la dirección del viento y calamidades varias, como la muerte de un viajero, llegamos a Aureum. Una vez allí desembarcamos y partimos hacia el hotel, donde nos esperaban desde hacia mas de veinticuatro horas.

Cuando llegamos al hotel, el encargado se intereso por nuestra salud y nuestro viaje y nos condujo a nuestra habitación. Si, dormimos en la misma habitación, ya que como objeto el profesor, si le ocurría algo a alguno de los dos el otro lo sabría de inmediato. Una vez deshecho el equipaje, el profesor me explico que solo en su lugar de origen, la mascara de Atnoyenth podía ser destruida. Acordamos ir en busca de la cueva donde se encontraba la arcilla dos días después, pues el tiempo entonces era encrespado y había peligro por las fuertes tormentas tropicales.

Bastaría con hundir a mascara en la arcilla, para que esta volviera a ser arcilla nada más. Lewis me explico que la mascara había sido tallada por los hombres primitivos durante una noche especial, cuando un cometa se acerco demasiado a la tierra y daño con su calor la tierra que ahora era el Gran Cañon Del Colorado, confiriéndole así él poder invocar con ella al Devorador De Almas, el horrible Atnoyenth.

Aquella noche apenas dormite mas de veinte minutos seguidos. La historia del profesor se sucedía en mi cabeza; monstruos ancestrales, cultos a dioses prohibidos, todo esto rondaba mi cabeza haciendome pensar en las horribles muertes que podian ocurrirme si alguien supiese él proposito de nuestra visita. Durante unos de mis cortos sueños creí oír algo, como si el profesor se levantase, y entonces desperté. Allí de pie frente a mi cama se encontraba el profesor, me observaba y asegurándose de que yo dormía salió de la habitación con un bulto bajo su brazo. Por miedo a que fuera sonámbulo, yo lo seguí.

Durante tres horas caminamos bajo la lluvia, entre la espesa vegetación de la selva pacifica. De repente frente a una especie de gruta el profesor, que portaba una pequeña linterna, exclamo algo que no comprendí. creí comprender lo que pasaba, el profesor protegiéndome, había venido a destruir la mascara, mientras yo dormía. Comprendí su esfuerzo y su buena voluntad, pero aun así entre tras él en la cueva.

Lo observe moverse lentamente hacia una gran galería que había en el interior de la gruta. Allí poso la linterna y desenrollo el bulto que transportaba bajo el brazo desde el hostal. Vi aquella túnica que estaba en su casa, la misma que colgaba de la galería del Profesor Anderson en la biblioteca, tras las estanterías. Se la coloco y tomo la mascara con sus manos y la alzo hacia el techo; de repente descubrí que allí no estaba solo, el profesor Anderson también estaba allí, con su túnica. Ambos comenzaron a proferir unos cánticos indescriptibles mientras alzaban la mascara. Me habían protegido arriesgándose ambos. Era un acto que los honraba de veras.

Decidí salir de mi escondite para agradecerles el acto de buena voluntad que habían realizado, pero su reacción no fue la que yo esperaba. Ambos me miraron con sus ojos inyectados de color verde, y con facciones poco amistosas. Uno de ellos, no sé cuál de los dos, pues el miedo me paralizo, grita algo que aun resuena en mi cabeza:
“Atnoyenth Ausseal Missereum”

Note un gran dolor en mi espalda y al girarme para comprobar que se trataba, observe algo que me paralizo por completo: el ser más horrible que nadie pueda imaginar. Una especie de Planta con rostro de perro y un par de alas semejantes a las de un murciélago gigante clavaba uno de sus numerosos brazos en mi espalda. Casi inconsciente mire hacia el profesor Lewis y le grite: “¿¿¡¡Por que!!??”

Su respuesta fue clara y simple. Necesitaba llegar hasta allí con un sacrificio que ofrecer a Atnoyenth, pues solamente en la isla de Aureum podía ser llevado a cabo. En un arranque de furia homicida, salte hacia el profesor Anderson y le arrebate una pequeña hoz que portaba en su túnica. Sin saber a quien le daba, ataque a aquel que me había atacado. En mi ceguera vi caer a los dos profesores al suelo y como el monstruo herido, se enfurecía y me perseguía por la gruta. Me di cuenta que aunque yo no lo sentía, estaba corriendo, quizás respondiendo a un impulso incontrolable de supervivencia. Salí de la cueva tan rápido como pude; por su tamaño deduje que el monstruo tardaria en salir de aquel laberinto. Con todo lo ocurrido, el terror se apodero de mí y decidí coger una de los botes del embarcadero de la isla.

Antes de arrancar mire en dirección a la la gruta y vi como el monstruo me buscaba con la mirada y al accionar el motor, se daba cuenta de mi huida. Acelere tanto como pude y aun así el monstruo hecho a volar con sus alas de murciélago tras de mí, de mi cuerpo, de mi alma.

Ahora que conoces mi historia, solo tú podrás advertir al mundo del peligro, del mal que han desatado esos locos sectarios. Si encuentras esto en la playa, en la costa de una ciudad o un pueblo, sabrás que he fracasado, que el monstruo me ha dado caza. Te pido como ultimo favor, en estas mis ultimas palabras, que des la voz de alarma del peligro que acecha a la humanidad. Porque yo ahora no podré hacer nada… Ya que estaré MUERTO.

Acerca del autor

Borja Ballesteros Barrantes

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