Relatos Cortos

La cortesía

En el regio salón de la casa, la señora, todo elegancia, preguntaba amable e insistente a sus asombrados invitados.
-¿Desean tomar los señores un cafetito caliente, o acaso prefieren unas deliciosas pastas caseras, acompañadas de un aromático té de Java. O tal vez poleo del país a la hierbabuena. ¡Delicias de delicias!, de verdad se lo digo.
-¡Que no mamá, que no!, que los señores no quieren un cafetito caliente, ni pastas, ni tampoco té de Java o poleo de la Cochinchina.
-Pero…!
-Ni pero ni para, ¡mamá!, quieren un cuarto de millón de dólares.
-Pues aún así, insisto.
-No insista señora, su hijito tiene toda la razón del planetario al completo, no es ésta una vista de cortesía.
-Pues allá Uds., pero sepan que la cortesía es la forma más cabal de practicar pleitesía. Además, no hay asunto por espinoso que sea que no se pueda resolver con las más cortés de las formas.
-¡No es este el caso, señora!. Otros son los vientos que nos apuran. Y es que harto está ya el jefecito de tomarse tácitas de café esperando el dólar deudoso.
-Sí, ya lo sé, pero insisto, tómense un té, o una tisana. ¡Déjense obsequiar!, ¡por Dios!, no hagan de su corazón navaja y de su oficio una herida.
-¡Pero mamá no ves que van armados! Pero es que no puedes entender que me van a matar si no les entrego un cuarto kilo de dólares, ¡ahora mismo!, en el acto, ¡ya!
-Así es, tal y como se lo ha explicado el niñato.
-Raúlito, ¡cállate!, e insisto, invita a estos señores a que se sienten. ¡No me avergüences con tu tozuda descortesía! Sabes que la educación debe distinguirnos siempre, ante todo y ante todos. Te repito que no hay asunto ni corazón por espinoso y adverso que sea, que no encuentre en ella el bálsamo propicio para que todo suceda dentro del buen gusto aristocrático que tanto nos honra. O has olvidado a caso el nobilisimo ejemplo de tu padre.
-Pero ¡por el amor de Dios mamá!, es que no puedes entender que hasta sentados pueden matarme. A estos no les ablandas el corazón ni con huesecillos de santo, ¡mujer!
-Ellos han de hacer lo que deban, pero no por ello vamos nosotros a ignorar, y menos aún, ¡por Dios!, contravenir nuestra sagrada tradición.
¡Siéntense señores!, se lo ruego, y no tomen en consideración a mi hijo.
-Déjese de rollos y suelte la pasta, o la pasaportamos a Ud. y al niñato.
-¡No ves!, ¡no te lo dije!
-No estimado hijo, eso te lo dije yo, y no una vez, sino cientos de veces, si amado hijo, cientos de veces te advertí; ten cuidado con quien realizas tus transacciones comerciales, mira que el mundo está loco. ¡Ten cuidado hijo! ¿Te lo dije o no te lo dije? ¡Vaya que si te lo dije!, hasta repetirme, y mira que me cuesta.
Tu padre que en paz esté, sí que sabía. Recuerdo que un día se trajo a casa a un par de italianos, que por cierto, venían a matarlo por unas diferencias de esta misma índole, es decir, monetarias. Esos sí que eran unos señores ejecutores.
Dos marqueses, ¡sí señor!, recuerdo que nada más entrar me saludaron reverenciosos, besándose ligeramente la mano que yo por supuesto les ofrecí con todo el resplandor femenino que me embargaba. Luego se sentaron en el viejo sillón y saborearon una buena copa de coñac francés, mientras hablábamos de tantas cosas hermosas.
Antes de irse hicieron lo que debían hacer, no se crean, y luego tomaron su camino como en un sueño que les lleno de bendiciones estéticas y realismo cósmico. Aún hoy resultan inolvidables. Dos días estuvieron esperando el momento oportuno para matar a mi amado esposo. Cuando lo decidieron recuerdo que el sol caía sobre el mar y el cielo se hallaba bordado de vuelos de gaviotas. Era una tarde inolvidable, hasta yo habría muerto gustosa, desvanecida en medio de tan melodiosa y poética armonía, pero no era mi hora. Esos si eran unos decentes, corteses y románticos verdugos, ¡no Uds.!, y perdonen el atrevimiento, pero las cosas claras y transparentes como alas de mariposas, ¡ese es mi lema!
-No se ofenda Señora, pero a nosotros lo que hicieron lo italianos nos la…, me entiende.
-No ya, ¡ya lo veo, ya!, pero sepan que eso no les disculpa. Crápulas, infames detractores del noble oficio de negociar con lo prohibido. No merecen ninguno de Uds. pertenecer a tan señorial gremio.
-Pero mamá, no ves que estos son del otro lado del charco. Que no entienden de modales ni modas. A estos o le das la pasta o te cortan el cuello y punto.
-¡Así mismo es!, ¡Así no más! Los tiempos cambian señora, acá y allá, y nosotros tenemos que rematar esto y tomar el avión que parte sin espera de lugar y hora que sólo a nosotros concierne.
-Tonterías, lo que no hay es clase, la prisa no disculpa su clara falta de cortesía, ni impide por supuesto al auténtico profesional serlo.
-Lo somos, eso puedo jurárselo. ¡Pues anda que no hemos hecho esto veces!
-!Menudos degüellos señora!
-Carnicero, eso lo es cualquiera. La elegancia del torero es la que les falta para que el sacrificio sea más arte que venganza. El arte de establecer las pautas de honor que deben primar en toda transacción comercial de esta categoría. Donde no se comete otro delito que comerciar con géneros prohibidos. Nuestra actividad empresarial señores, se somete a una casuística que asienta sobre la honorabilidad de unos y otros. Vivimos, por tanto, en un mundo sin normas legales, donde impera el honor y el respeto que unos y otros nos debemos. Nadie puede mediar en nuestros pleitos. No hay justicia ni juez que dirima nuestras diferencias, tenemos que ser nosotros lo que lo hagamos, por ello debemos cuidar las formas y mostrarnos civilizados al ejecutar nuestros actos de justicia. Debemos en definitiva señores velar para que ella no sea la cenicienta de las legalidades.
-¡Mamá, no les calientes el corazón!, ¡no empeores las cosas!
-Hágale caso al difunto Srª. No sea que le hagamos el corbataje a Ud. también. Mire que tenemos prisa y no estamos para discursos. No hemos venido de tan lejos para oírla charlotear.
-¡Dios mío!, que sociedad, cuanta prisa, que moral más disipada y materialista. Que pena hijo que hayas dispuesto tratar con esta gentuza. Pero no será porque no te lo avisé.
-Pero con quien iba a tratar mamá, si son estos lo que mueven el negocio.
-En fin, tu allá. Pero que sepas que yo no estoy dispuesta a soportar este escarnio. O se sientan, se presentan y me hacen el honor de tomarse un té o lo que les plazca, o ahora mismo llamo a la policía.
-Ni lo intente….¡que la frío!
-Ni se le ocurra, que la multiplico por cero.
-Dos caníbales me han tocado, eso es. Pero a mí no me aterrorizan, tengo yo demasiados años para temerle a la muerte. Si dejo morir la cortesía, entonces más vale que me maten ahora mismo. Porque será entonces cuando haya muerto de la forma más cruel y terrible que se pueda morir.
Seguidamente y con la elegancia y rotundidad propia de una diosa, eso sí, evidentemente apolillada y reumática, se dirigió a la barroca mesita de caoba donde descansaba el teléfono. En ese momento el más alto de los dos, le dijo apuntándole con el revólver:
-Levante el aparato y le vuelo esa jodida olla de grillos que tiene por sesera.
Sin embargo, el otro, el que parecía el jefe, añadió en tono conciliador:
-¡Sea, mamita, sea!. Déjese de vainas, que ya nos sentamos mientras Ud. prepara ese cafetito. No quiero yo que piense que somos unos desconsiderados.
– Así está mucho mejor, Vda. de Barroso para servirles.
-Paco Wilson y Nelsón Parrita, también a su servicio.
-¡Pero siéntense, siéntense por favor!
Ambos pistoleros se sentaron tímidamente en sendos sillones de cuero, mientras Raúl Barroso se comía las uñas en medio de aquel sofá frío y solitario, aún más ahora que su madre se había ido hasta la cocina dejándolo sólo con aquellos dos energúmenos que lo miraban con un gesto de fúnebre guasa. Mientras, por hacer algo, cultivaba un gesto como de resignación, pena y bochorno a la vez, que ni él mismo sabía que buscaba en el corazón de los dos colombianos.
En ese momento llamaron a la puerta. Raúl Barroso se levantó después de mirar para ellos y comprobar que éstos lo aprobaban con un leve gesto de revólver. Al abrir cayó dentro y con un estrépito que sólo tuvo resonancia en el corazón de Raúl y el de los dos colombianos, la sombra negra de un policía de verde. Raúl pensó en echarse a sus brazos y rogarle que lo liberara de aquellos dos matones.
Pero antes de que le diera tiempo a hacer o decir nada, apareció por la puerta de la cocina su madre, la que sin inmutarse y después de guiñar un ojo a sus invitados, preguntó con la mayor naturalidad del mundo.
-¿Quién es, hijo?
-La benemérita mami.
-Diles que pasen.
-Pase Ud.
-No gracias, tenemos prisa, veníamos a entregarle a su hijo esta citación del juzgado.
-Como Ud. quiera, pero podían tomarse un cafetito caliente. Justamente ahora lo estaba preparando para nosotros.
-No, gracias, muchas gracias, pero no. Además, veo que tienen Uds. visita.
-Sí, unos viejos amigos.
Y Raúl muerto por saberse muerto y muerto por ver como se esfumaba la oportunidad de salvar el pellejo.
El guardia después de que Raúl firmara con letra de niño aterrorizado la citación, se despidió con un:
-¡Buenas noches señora, y compañía!
-Buenas noches. – Respondió ésta, y en un tono de voz más bajo los dos colombianos, quizás para disimular su acento de españoles del sur.
Cuando el guardia desapareció por la puerta de entrada al jardín. El colombiano más bajo recriminó al otro.
-¡No ves con tus vainas!, no nos han cazado por los pelos, ¡estás loco!, lo sabías, loco por hacerle caso a esta vieja loca, loco por no terminar con esto de una maldita vez y largarnos.
-Viste, ella cumplió con lo prometido, no nos delató.
-Tú qué sabes, quizás cuando terminemos el trabajo nos estén esperando ahí fuera.
-No van a estar, porque ella no iba a permitir que matásemos a su hijo y después entregarnos, de habernos querido traicionar lo habría hecho ahora, es lógica pura.
-Sí, ¡lógica, lógica!, un día de estos nos va a costar cara tu lógica de los …
-Bueno, no discutan Uds., me sabe mal verlos enojados por algo de lo que no son responsables. Uds. han venido a cumplir con lo que les fue ordenado, mi hijo les debe a sus jefes un cuarto de millón de dólares, que ellos quieren cobrar como es lógico, y nosotros no le podemos pagar. Así que han de cumplirse la sentencia. Ya les dije que yo respeto escrupulosamente las normas.
-Ya ves Nelsón, toda una señora, con delicadeza sin igual. Con personas como Ud. da gusto matar, digo, trabajar.
Mientras, Raúl miraba a su madre desde unos ojos perlados de rabia y una frente llena de miradas de odio. No podía entender como su madre, su querida madre había podido entregarlo a sus ejecutores de esa manera. Después de haberse producido el milagro de que por una vez, sólo una vez en su vida, un policía se acercase en un momento tan oportuno por su puerta.
Ella volvió a la cocina con la clara intención de preparar los cafés y las pastas. Momento que aprovecho Nelsón para preguntar a Raúl.
-¿Qué, la mamita desvaría lo suyo, no?
-No, creo que es así, siempre lo ha sido. – Acertó a contestar Raúl en medio de un molesto castañeo de dientes, y un esfuerzo brutal por extraer saliva de donde fuera, y evitar así que las palabras cortasen su árido paladar y resecas cuerdas vocales-
-Y no te da penita, permitir que mamita tenga que recoger tu sangrecita por todo este lustroso comedorcito, por un quitame allá unos dólares.
-Pero no veis que no los tengo. Ya os lo dije, no los tengo. Si esperáis quizás logre reunirlos, que digo, claro que los consigo, pero ahora no los tengo.
-Mala, muy mala suerte presagian para ti lo astros – dijo Paco Wuilsón después de arrojar sobre la mesa el mazo de cartas de una baraja española, de la que sobresalió dicharachera la sota de espadas-
Pocos minutos después, apareció por la puerta de la cocina la frágil silueta de la Vda. de Barroso con una enorme bandeja de plata en la mano. Sobre ella las piezas necesarias de un sobrio y elegante juego de café de Sargadelos, acompañadas de una pequeña cesta de mimbre, repleta de unas deliciosas y aromáticas pastas y con su inmaculado pañito de encaje de Camariñas cayendo coqueto por los costados. Toda ella invitaba a dejarse invitar y ello lo hicieron gustosos.
Su desaparecido esposo había sido un contrabandista de pro, que había muerto de un infarto un año antes. Un señor entre los señores. Todo un ejemplo de cortesía despiadada y cortés maldad. Todo en él era tierno y refinado. Sus tiros eran poemas que no mataban sino que hacían de la muerte un arte, mató a alguno que más que matarlo pareció darle vida. Sus muertos cobraban fama. Y es que Raúl Barroso padre, se había hecho millonario contrabandeando con todo cuanto se ponía a tiro. Y a tiros tuvo que defenderse de aquellos que en alguna que otra ocasión quisieron burlarlo. Pero todo dentro del más estricto respeto por las normas. Él no mataba cualquier día, ni mucho menos en cualquier lugar. Si llovía se abstenía, no le gustaba ver la lluvia seccionando los limpios versos que invariablemente escribe la sangre que vierte un cuerpo rendido ya a la muerte. Todo en sus ejecuciones se reservaba para si un ritual que las encumbraba. Cuantas veces ante el lirismo de sus actos violentos había recibido la felicitación de los deudos de su víctima. Como él pocos, pero en fin, un día se fue de la peor manera que se puede ir un hombre como él, de un golpe seco que le dio en el pecho su corazón, que vil y bruto como un asno, no supo estar a la altura de su racional y refinado entendimiento. Para mayor escarnio murió en el aseo satisfaciendo sus más míseras necesidades. Allí mismo, si señor, sentado en el excusado, el pobre e inculto corazón tropezó con no sé qué que lo mató con todo el estremecimiento de quien muere de un susto, no se lo merecía, desde luego él no.
-¿Otro terroncito joven? -preguntó la Vda. de Barroso a uno de sus invitados-
-No gracias Srª. – Él que, tras su negativa, y después de tragar más que degustar una de aquellas exquisitas galletas con que acompañaban el café, la interrogó curioso-. ¿Y decía Ud. que a su esposo lo mataron unos italianos?
-No estimado amigo, fue su corazón.
-No te lo dije hermano, esta vieja desvaría.
-Pero mamá, ¿qué puedo hacer yo para salir de esta situación?- Interrogó oportuno y muerto de angustia Raúl.
-Nada, termina tu té y a morir con dignidad, o a convencer a estos señores de que ahora mismo no tienes el dinero, pero que pronto estarás en disposición de devolvérselo.
Fuera el día se volvía aún más gris y desabrido, nada hacía presagiar en el jardín que existiese vida. Era un día en el que ni llovía ni hacía sol, era desde luego un mal día para asesinar.
-¡Pero mamá! -Protestó amargamente Raúl-
-Nada de mamá, es a ellos a los que debes una explicación. Cuando han venido, será por algo.
-Así es señora. Venimos a la madre patria desde el otro lado del mar, porque su hijo nos ha birlado, bueno, se diría defraudado o distraído cierta cantidad de dólares que le habíamos confiado, en especias especiales, coca, se entiende.
-Que cambiazo, como se expresan Uds., ya me parecía a mí que no podía ser, que Uds. tenían madera para hacer algo más que mostrarse groseros y chabacanos. Y no es que sea bruja, que ya saben, haberlas hailas, es que lo canta lo señorial de su porte y la elegancia de sus ropas.
-Pues sí, así es, nosotros somos más leídos de lo que nos exige el trabajo, pero no creímos que fuese propio para el tal, parlotear de Rubén Darío, de Márquez, de Ovidio, de Neruda y de tantos y tantos otros poetas, novelistas e intelectuales. Pero en vista que las cosas han de ser así, pues vaya por delante que yo soy licenciado en lenguas muertas por la Universidad de Santa Fé de Bogotá, y éste mi compañero es doctor en derecho por la de Cali.
-Y tu te atreves hijo, a presentarse así de esa guisa a tu inmolación, que de seguro ha de ser ejecutada con toda maestría por estos dos insignes licenciados. Corre ahora mismo a la habitación, aféitate, viste el frac y lustra tus zapatos. Ofrécele antes licor a tan ilustres señores. Que yo mientras tanto voy a ir metiéndolos en escena con un fragmento de las Walkirias de Wagner, que hará las delicias a sus cultivados espíritus, y templara aún más su templado ánimo, a la hora de dar cumplida ejecución a su deber. Por nada del mundo quisiera que fuese de otra manera. Y conste que si no fuese por la prisa, haríamos de este acto una gran fiesta, pero la vida es así, todo cambia en un vuelo, hasta la educación, y eso no puede ser bueno. Pues de que sirve el ejemplo de una muerte si ésta no ha sido ejemplar. Dignifica el oficio ser señor hasta en este espinoso extremo. Pues como ya he dicho, si esta es nuestra justicia, que lo sea sin recato ni desdoro de la otra, donde el boato y la liturgia no tienen otra estética que la de la negra toga. En algo debemos diferenciarnos quienes tenemos por clase otra clase, y por fortuna otras reglas. Si mi hijo ha de morir, sea, pero sin chabacanería, que sólo se muere una vez, y nada debe enturbiar el prestigio de tan digno ejecutado y el acto de tan ilustres ejecutores.
Un licenciado y un doctor, no saben lo felices que me han hecho, es un honor que no he de olvidar.
-A fe que me halaga su florido y fácil verbo señora, y sepa que si no fuera porque el billete apremia, nos quedaríamos gustosos a disfrutar de su grata compañía. Pero, dígame, si tiene el placer, ¿cómo fue que los italianos no se llevaron a su difunto al otro barrio?, porque no sé si es curiosidad mal sana, o simple procacidad producto de un inusual aturdimiento que me abate, que este tema me huele, ¡por dios!, a las podridas flores de Baudelaire.
-¡A sí, sí!, ¡claro!, se me olvido referirles que en el último término fueron ellos quienes se tornaron difuntos.
-Curioso ritual. ¿Y cómo al fin?
-Pues de beleño y cicuta, al cincuenta por ciento, eran las pastas. Y del punto de cianuro que contenía el cafetito. Todo en la dosis exacta, eso sí, para que pudieran disfrutar de una muerte melodiosa, y es que a veces viene uno a enseñar y aprende, y ellos lo hicieron, no me lo negaran.
-¡Veneno!, ¡les dieron veneno! ¡Ay madrecita!, y nosotros hemos bebido su café y comido no menos de una docena de estas condenadas pastas.
-No teman, que lo que pierden en ello no es nada comparado con lo que con ello se gana.
-¡Ay mi viejecita!, mire que si me ha envenenado, ¡la mato! La mato por muy ilustrado que sea su lenguaje y muy refinada su educación.
-Mira Wilson que no ha envenenado, que yo siento un no sé qué que no me siento ya.
Pero Paco Wilsón tenía en el pecho un ralentizado corazón que no le daba para otra cosa que no fuese morir despacio, al ritmo de pétalos que resbalan de un regazo, o copos de nieve que caen siguiendo el rumbo que les marca su liviano equipaje. Aquello no era morir, porque la muerte por fino que tenga el oído y agudo el olfato para oír y ventear la agonía, ni por asomo podía imaginar que allí, en aquellos rostros felices y aquellos cuerpos lasos y extasiados, se le abría una puerta por donde colar uno de sus innumerables ángeles negros. Y es que aquel veneno no era un vulgar bebedizo, ni un cóctel apresurado, era la suma infinita de un saber estar que iba más allá de las formas, para realizarse plenamente en los actos. Por ello ni un mal gesto le nubló el rostro. Sonaba ahora el otoño de Vivaldi, fuera lloraban los astros, la conversación era fluida, el aroma del café y del brandy orlaban el espacio de aquel cuarto. Qué mejor paisaje para morir que aquel que muere contigo.
Cuando bajó su hijo vestido como para una boda, y a juzgar por su forma de temblar como si fuese realmente la suya, se encontró cara a cara con un sepulcral silencio. Los dos colombianos dormían para la eternidad cómodamente repantingados en sus respectivos sillones. Las armas descansaban sobre la mesa. Y su madre oraba unos poemas de Ovidio para la salvación de sus espíritus. Luego dio comienzo al ritual. Los fieles sirvientes. Los ataúdes de aquellos cien que su amado esposo compró de saldo, infectados de una variedad de polilla que molestaba hasta a los difuntos y nunca pudo colocar sino a sus muertos. Y los demás, lo puso la noche que se trajo al funeral todos los astros del cielo y todo el silencio del universo. En un rincón del jardín, Pacho y Ferlosio que así se llamaban, porque así los habían bautizado sus amos, jefes del Cártel de Cali cuando sólo tenían 10 años, reposan para siempre, con sus pistolas y sus intenciones siniestras. En su rostro -dijo ella- van a germinar rosas y en sus corazones lirios, de felices que murieron con ocasión de tan mortuoso oficio.
Al día siguiente, en Bogotá alguien recibió este mensaje: “Hoy parten para allá con el dinero, los que acá vinieron a cobrar lo que tan justamente se nos reclamaba”.
Nunca llegaron a su destino. Sicarios del cártel de Cali comprobaron que su pista se perdía en el mismo mostrador de las Líneas Aéreas Hawaianas, hasta allí habían ido dos sirvientes de la Vda. de Barroso, los que con los pasaportes de sus eternos invitados habían comparado dos billetes en primera para tan exótico paraíso. No les encontraron jamás, pero tampoco pudieron culpar a Raúl de no haber satisfecho su deuda.
-Madre, que haré sin ti, -le dijo éste en un suspiro, mientras la besaba con dulzura en la frente.
-Di mejor hijo, que haríamos sin la cortesía.

Acerca del autor

José Romero P. Seguín

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