Relatos Cortos

Eugenia

Escrito por Rocio Aguilar

Junto a una pequeña mesa un hombre sentado, una taza de café y dos mujeres, también sentadas, de similar edad que el hombre que esta del otro lado y a quien una de ellas habla. Por su expresión la mujer parece irritada. Por el aspecto de curiosidad que posee, pensamos el está interesado en lo que ella le dice.

Que Usted este al tanto de mi nombre no es algo que me sorprenda, bien pudiera deberse a una casualidad o acaso a alguien común que le conversó de mí o talvez me observó en el trabajo. Así que dejémoslo, es inservible dar giros despilfarrando el tiempo en algo tan trivial como que usted me conozca. Más porque se impone esa obligación, ninguno de los dos, ni usted ni yo, poseemos ya edad para estos juegos. Échese una vistazo, su pelo está grisáceo, los ojos difíciles y su cuerpo no populariza estar dispuesto a muchos júbilos. O es que no se mira por las mañanas al espejo. Acaso se da miedo. Entonces que quiere usted de mi, no piensa que ya tuve suficiente. Deseo estar tranquila, no estimule ideas que expatrié y juro, tómelo en serio, usted debe figurarlo, lágrimas me valieron.

No le conozco, no sé su nombre, ni si quiera su fisonomía hilvana interrogantes en mi memoria, resígnese por favor, renuncie usted a esa obsesión que parece haberle brotado. No tolere que su pesadez haga que yo desista de estos hábitos que me han dado seguridad. No reviente sus adentros, ni descomponga sus sueños, sus plácidas mañanas o acaso tardes de paseo y lectura, figuraciones mías, ya le expliqué que le desconozco, y no se me afrente, nada me incumbe, pensando en mi. No soy mujer de más hombres y eso, siendo usted un desconocido, ante su obstinación se lo digo bien claro, para que luego no me venga con engaños. Que interesa sí soy Maribel, Eugenia, Julia o Alejandra, no emplee más mi nombre, no intuye usted que no deseo hablarle, No te das cuenta como lo hago, que abomino las rosas que me envía, que me atosiga tenerle por sombra, tengo la propia. O es que procura que cambie mi domicilio y renuncie a mis costumbres. Usted no está enamorado de mi, dejemos el teatro a los comediantes, el amor es otro cosa, si señor otra cosa, el amor es serio. Como puede pretender que yo crea que usted sin mi no puede vivir, por favor seamos sensatos, no nos hemos vuelto amnésicos, eso no lo cree nadie. Talvez quiere usted burlarse, Me tenias bien acostumbrada a ello, pero no le veo aspecto de eso. Sí de mi, de una solitaria vestida de solterona, dígalo no me ofende, que renunció a sentir. Pues si señor así soy y razones tengo. Pero y usted quien es, o quien se cree que es. Especula que tiene encantos y motivos para fijarme en usted, es que no tiene recuerdos. Porqué, porque estoy sola y preciso un hombre. No ya se lo dije no soy mujer de esas, uno hubo en mi vida, usted debe estar al tanto, y maldita la hora, más le olvidé. Pero fastidio, entré en su talego, que hago contándole estas cosas. La hipocresía jamás la soporté así que le ruego deje de mentir, no soy linda ni mis ojos dan vida por mucho que usted lo repita. Es cierto que lo fui, pero de eso hace años. No tanto para otros, más para mí fue como tormentoso atardecer, mis ojos poseyeron vida y mi cuerpo sintió pero todo eso acabó, así que no insulte más mi inteligencia.

Sé que opina que me como por dentro, que me he enclaustrado en mi cuerpo y en la soledad, que no soy nada sin usted. Pues no señor don nadie, o don quién sea, porque ese es usted para mi, discúlpeme, vivo. Nadie me va a inquietar otra vez, por nadie voy a sentir ni a sufrir. Sola me valgo y sola me cuestiono. Que si tengo ganas de amar, se preguntará, pues amo sola, nadie mejor que una para esas cuestiones, ni me afrento ni hago daño y me importa un rábano, que en tiempos debieron ser costosos, lo que a usted le parezca, si señor me masturbo y además a menudo, pues que se creía y si con eso no tiene suficiente, le diré que me meto el dedo, que por donde, pues por ahí, por ese sitio que ustedes piensan que solo siente cuando ustedes pasan, ja, que equivocados están de la naturaleza de nuestro cuerpo. Así que ya me va conociendo, ya tiene algo más que el nombre propio, puede estar hinchado, cuéntelo a sus amigos, o predíquelo, así soy y aunque no me crea estoy orgullosa de serlo, de haber sobrevivido a todos los golpes, a todos los silencios, a las risas de las compañeras, a las eternas promesas y las largas esperas. O es que ya no recuerda y procura que le refrigere la memoria.

El empezó a toser con un sonido que le salía de lo más adentro, sus manos temblaron y su frente se bañó en sudor. Que le ocurre, no creo que haya sido para tanto. Usted insistió, no tengo la culpa de que las cosas transitaran así, yo no, eso se lo aseguro, a usted tampoco le culpo, es más ya se lo dije no quiero saber de usted y se lo repito o es que no percibe la frialdad de mis palabras. Si, al principio muy sentimental, muy maravilloso, pero después, luego sucederá como la primera vez. Opinaba usted que era tonta, por desdicha o suerte no lo sé, las mujeres tenemos una señal que nos dice cuando algo no van bien, ya sabe, con Julia o no se acuerda. Luego vinieron otras, lo sabe usted mejor que nadie. Usted hizo mucho daño. Su indeferencia, los permanentes silencios, las sempiternas ausencias en la cama y no es que una fuera una mujer desmedida, pero una pizca de ese amor que regalaba podía requerirlo, derecho tenía a ello. Las palizas o tampoco las recuerda. Si pero dirá usted que estaba mamado, como dicen por su país, que la culpa fue del alcohol. Eso pasó cuando empezó a irle mal en los negocios y las mujeres no le miraban como antes. Entonces como el gran luchador que usted es, se aisló en el bar, malditos amigos esos que frecuentaba. Por las noches al volver, si le hablaba me golpeaba, si callaba también, en fin para que acordarse de aquellos tiempos ya supere ese dolor. Ahora cuando le miro hay sentado sin moverse, casi sin hablar, no sé que hago aquí hablándole.

Es por eso señor, que no aguanto su presencia, ni que repita mi nombre o me diga que estoy linda y todas esas chifladuras. Sí, ahora que anda usted en con esos años, ahora que casi no puede moverse, porqué, porque me precisa, porque le turba la soledad, pues yo a usted no, que le quede claro, hace tiempo que decidí olvidar su nombre, fue un olvido deseado si señor y no me arrepiento, para eso lo decidí. Por eso no me venga con milongas ni monsergas, o es que piensa que quince años no transcurrieron o tampoco recuerda que un día se marchó. Por lo demás mi nombre no es Marisa, ella murió el día que decidí olvidarle. Déjeme se lo ruego.

Eugenia tomo el abrigo azul, abrió la puerta de la cafetería y se marchó. En la calle hacía frió, la lluvia caía con ímpetu y el aire le descompuso el cabello. Fernando se quedo mirándola, yo la acompañé, no hablamos, mas no fue necesario, estaba todo tan claro.

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Rocio Aguilar

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