Relatos Cortos

En mi tren

Sí que pasa rápido la vida, sí que pasa. Cada vez que te paras a valorarlo han pasado…, no sé, mucho tiempo. Y es que el tiempo se nos escapa, su velocidad es incalculable y nos empequeñece, por eso no sólo nos damos cuenta de vez en cuando y siempre queremos volver atrás, ¿o no?

Y digo esto porque desde la hoy transparente ventanilla del regional que me lleva a Sevilla desde El Puerto de Santa María se nota, y se nota porque cada vez que viajo admiro un paisaje diferente, y viajo muy a menudo, siempre que puedo o debo.
Desde mi asiento, que siempre intento coger el mismo, acción ardua difícil porque siempre viene lleno desde Cádiz, o desde Santa Justa, tengo un campo de visión perfecto, sólo y parcialmente perjudicado por un engorrosa pegatina de salida de emergencia. Cómo si fuéramos a buscarla en caso de accidente, yo personalmente saldría por donde fuera, pero eso no lo entiende el revisor, y tras dos años de formales peticiones, nadie ha quitado la pegatina, lo entiendo, pero mi misión es insistir.

Mi estimado asiento del tren ha sido testigo de numerosos anécdotas que han marcado mi vida, mi rápida, fugaz y tranquila vida. Anécdotas, casualidades y acciones que el destino ha subido en mi vagón, el cuarto, te subas por donde te subas. En el tren he conocido el amor, el poder del dinero, a las personas, los problemas, la inteligencia, la cultura… creo que lo he conocido casi todo, o por lo menos casi todo lo que yo he valorado y aprecio. He admirado a García Márquez, y he creído ver Macondo entre Jerez y Puerto Real; he conocido a dos presidentes del Gobierno, tal para cual, depende de que prensa compres; he sufrido atentados, narrados fríamente por la emisoras; también he vivido el deporte, he escalado montañas, he comido manjares, he sufrido enfermedades, he resuelto crucigramas… y he hablado mucho, sobre todo eso.

Aún recuerdo a José, un joven adolescente con granos, esbelto y alto, usuario acérrimo de los pantalones vaqueros y camisetas de moda, siempre por fuera, aunque fuera invierno, despeinado y con ojeras y siempre con la misma maleta, esa enorme maleta que todas las semanas hacía el recorrido completo de Sevilla a Cádiz, ¿qué llevaría en esa maleta? Nunca se lo pregunté, pero era asombroso para ser estudiante como casi todos. José estudiaba un profesión que le apasionaba, que para él era algo más que escribir, hablar o analizar, era una forma de entender la sociedad, era la posibilidad de dar a conocer a todos lo que a diario sucedía. Para él el periodismo era poder ayudar a mejorar todo. Ahora es bombero, las vueltas que da la vida ¿verdad? Seguro que la maleta le ayudó a hacer cuerpo para la oposición.

José fue la primera persona que me hizo reflexionar acerca del valor de viajero, de la importancia que tiene alejarte 120 kilómetros de tu hogar, durante cinco días, todas las semanas, y lo hizo cuando por segunda vez, volviendo al Puerto me quedé dormido y desperté en Cádiz, en la Segunda Vaguada, y me despertó. Se bajó del tren como si un héroe de guerra hubiera llegado a casa tras tres años de dura guerra, sólo faltaba el alcalde para recibirle, estaban sus padres y su hermana Carola, la rubia Carola, estaba Eduardo, Javier y su cuñado Emilio, y por supuesto, estaba María, mi mujer.

También recuerdo con agrado a Luis, Luis Quintanilla, un anciano casi ciego, desarropado y bonachón que subía a diario en Utrera a vender mostachones… y cupones. Se empeñaba en que le comprara y yo lo hacía porque de una manera que no he terminado de comprender sabía mi nombre, desde el primer día que me vio, y yo nunca se lo dije ni recuerdo conversación donde lo hubiera podido averiguar, pero era así. Luis me tentaba al azar, pero el azar nunca me tentó. A él sí, por lo visto, porque desde hace dos meses que no sube, igual le ha tocado el gordo y ya está arriba.

Y qué decirles de Charly, así se hacía llamar el fantasma. Un jerezano bobalicón que presumía de dominar el inglés, y haber vivido siete meses en Iowa, dondequiera que esté eso. Charly era un tío interesante, con pintas de ligón de playa y con el mismo perfil que Luis Figo, no se le resistía ninguna, o eso contaba. Yo doy fe de que no conquistó ningún corazón femenino en el tren, masculino alguno que otro. Tenía a Juan, el revisor, rendido a sus pies, el 70% de los trayectos los hacía gratis, los que sabía que era Juan el revisor. Se subía sin billete, iba a saludarlo efusivamente al primer vagón, y cuando Juan hacía su rutinario recorrido lo único que le pedía a Charly era una sonrisa, y a veces ni eso, creo que sólo yo me daba cuenta, y me hacía gracia.

Todo es valorable en la vida, y todo es susceptible de analizar, sobre todo en un tren, aunque les parezca banal. Recuerdo, aún con terror, cuando un pasajero nervioso y ofuscado entró en mi vagón y tras analizar los asientos libres decidió sentarse a mi izquierda, tras pensárselo detenidamente. Afortunadamente no me molestó, pero para desgracia suya despertó mi curiosidad su pasado, y le pregunté:

– ¿Viaja usted a Sevilla?
– Pues claro, como todo el mundo. Respondió sarcásticamente.
– Le noto tenso, si desea hablar, soy todo oídos. Le comenté cautelosamente.
Se hizo el silencio, y apenas unos kilómetros después, explotó:
– Me dirijo al juzgado, soy testigo de un asesinato. Pero yo no vi nada, el fiscal me apabulla insistiendo en que hable y delate, pero yo no vi nada, no vi absolutamente nada, y no lo entienden.
– La justicia es así de insistente. Le susurré en tono apacible para tranquilizarle.
– Demasiado, no se dan por vencidos, y encima te obligan a dejar tu trabajo, tus cosas… todo para nada, porque no diré nada. Comentó.
– Y no sería más fácil que les contara todo. Me arriesgué y pasó.
– Usted tampoco se entera, ¡no vi nada! Exclamó con contundencia antes de levantarse e irse.

Fue más fácil de lo que pensaba deshacerme de él. Al día siguiente pude leer en la prensa que efectivamente lo vio todo, el fiscal pudo con él y cantó. Se trataba de un portero de discoteca que intentaba no desvelar como sus compañeros de trabajo le había pegado una terrible paliza a un joven magrebí que intentaba acceder al local con unos horrorosos calcetines blancos, así los definió.

Pero aquel elemento, R.T.A., lo llamaba el diario, no fue el único que se cruzó en mi vagón, los hubo peores, hasta coincidí en una ocasión con un presidiario en libertad condicional con ansia de venganza. Odiaba a un compañero suyo de trabajo que le había delatado y por su culpa, según él, estaba en la cárcel. Se imaginan, también fue portero de discoteca. La vida es así de mágica.

Mi destino, mi vida, mis aspiraciones… todo llegó a depender de los trayectos diarios en mi tren. No sólo conocí a mi mujer en una casualidad maravillosa, sino que también conocí al que sería mi jefe, mi gran jefe, 170 kilos de jefe. Aquel enorme Eduardo se me sentó al lado un martes, a eso de las 8:45, recién abandonada la estación de El Puerto. Es la primera vez que lo veía, aunque les extrañe. Demasiado temprano para entablar una conversación de más de un minuto, su primera reacción al verme fue exclamar: ¡joder, me prometieron que iban a poner asientos más holgados!, Buenos días, ¿está ocupado?

– Está sufriendo. Me entraron ganas de responderle mirando al asiento que me acompañaba. Pero sólo le respondí con un no, y se sentó, como pudo.
Tras media hora de letargo, Eduardo Márquez, así se llamaba, tuvo la ocurrencia de preguntarme algo que despertó mi interés por esa, desde entonces gran persona:
– ¿Tanto le gusta viajar en tren?
– ¿Por qué lo dice? Le pregunté asombrado.
– No hombre, tiene cara de viajero, sin ánimo de ofenderle, y no ha dejado de mirar el paisaje desde que me he subido, con una sonrisa constante en el rostro. Aclaró para mi agrado.
– Pues sí que me gusta, serán los años que hace que realizo este trayecto. A lo mejor si voy a cualquier otro lugar, en cualquier otro tren, no es lo mismo. Le comenté, sin entender muy bien porque había dicho eso.
– A veces la rutina es agradable, si se sabe llevar. Yo no la he conseguido, y el estrés me ha llevado a engordar como un cochino, a perder a mi familia y a olvidar muchas de la cosas que seguro son básicas para disfrutar de la vida. Dijo Eduardo.
– Siempre se puede cambiar. Le dije.
– Eso es exactamente lo que estoy haciendo. Lo he dejado todo y me voy a Sevilla a empezar una nueva vida. Voy a montar una empresa para mejorar la calidad de vida de las personas, de los turistas, y que mejor sitio que Sevilla. Expresó con rotundidad, antes de preguntarme:
– ¿A qué se dedica usted?

Mi gran jefe nunca ha vuelto a montar en tren, pero siempre sabe donde estoy, o casi siempre, afortunadamente.
Poco después del encuentro con Eduardo no me han vuelto a suceder muchas cosas, pero si he presenciado curiosas anécdotas. Tan curiosas como que se te sienten encima.

Acerca del autor

Antonio Rivero Onorato

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