Relatos Cortos

El invasor

Escrito por Gabriel Tovar Bravo

Oscuridad. El suelo debe ser negro, pues no despide brillo alguno ni reflejo cuando el tenue resplandor que emite la pantalla del televisor incide sobre él. No hay techo ni paredes, o al menos no dentro del campo de visión. Lo único que salva al lugar de ser un desierto de oscuridad infinita es un viejo televisor Telefunken de veinte pulgadas. Lo reconoces: es el aparato que había en casa de tus padres, en tu niñez. Lo recuerdas desde que tienes uso de razón y probablemente llegó allí antes que tú. A la izquierda de la pantalla, el altavoz. A la derecha, cuatro potenciómetros para regular brillo, contraste, intensidad del color y volumen y ocho dispositivos sensibles al tacto para seleccionar los canales. En el centro, la pantalla. Levemente combada hacia fuera. Recuerdas que, cuando estaba apagado, la pantalla era de un gris antracita, nada de negro mate como las pantallas ultraplanas de hoy en día. Sin embargo, en estos momentos no está apagado. La pantalla brilla con el fulgor blanquecino de la estática. Miles (millones )de puntitos blancos, grises y negros se encienden y apagan en todas partes a la vez -o eso parece-, en una caótica explosión de movimiento estático. El lugar se ve iluminado con ese resplandor pulsátil que irrumpe en la negrura como una gota de aceite en un vaso de agua.

Intentas mirar en derredor pero algo te lo impide. Es como si mirases a través de una cámara de video que no puede moverse en absoluto. Dudas de tu propia presencia física en el lugar pues, pese a que tu cerebro da la orden, tus manos no aparecen ante tu campo visual.
Algo se agita entre los millares de puntos de la señal de estática en la pantalla. Te concentras en el aparato de televisión, pero no observas nada extraño. Has(¿has…)visto algo,( …visto algo?)pero te parece fuera de lugar, ya que nada en ese abismo de oscuridad podría proyectar sombras ni brillos.

Entonces lo ves, como en uno de esos estereogramas en los que sólo se ven manchas de colores y cuando miras sin mirar aparece el barco de vela en tres dimensiones. La cara en la pantalla te observa, impasible. Tan sólo puedes distinguir los contornos de sus facciones y con dificultad, ya que -igual que en los cuadros estereográmicos- sabes que si pierdes la concentración e intentas fijar la vista sobre la imagen, ésta desaparecerá y volverás a ver una nebulosa de puntitos. Pero aun así, tienes la certeza de que ese rostro te está observando, como analizando… evaluándote.

Puedes verte frente al televisor. No es que te hagas una imagen mental de cómo debe ser la escena. Te estás viendo frente al televisor como si te hubiesen grabado con una cámara y ahora estuvieras viendo la cinta sentado en el salón de tu casa. El tú que ves tiene la pantalla a escasos milímetros de su (tu)nariz. En ningún momento has notado que te movieras y -desde luego- tú no has pensado siquiera en acercarte. Sientes miedo por lo extraño de la situación y el pánico se apodera de ti como una coriente eléctrica cuando te das cuenta de que el rostro que has atisbado segundos antes entre la lluvia de estática está emergiendo del televisor. En el perfil de la pantalla se va dibujando una cabeza. Parece la de uno de esos crash test dummies, esos muñecos que utilizan para las simulaciones de accidentes de coche.

Sin previo aviso vuelves a estar dentro de ti y ves la escena en primera persona. Parece la cabeza de un maniquí. La imagen que ofrece es de total inexpresividad, pero la envuelve un frío halo de malignidad que llega hasta el más profundo rincón de tu ser. Se ladea a izquierda y derecha, y fija de nuevo la vista en ti. Sus difusos rasgos se desdibujan en un gesto de pura maldad, arrugándose lo que se adivina es su nariz y abriéndose su boca con furia.

Antes de que puedas comprobar si va a aparecer un cuello y, detrás, unos hombros, el pánico se convierte en terror. Abres la boca y adivinas lo que va a ocurrir justo antes de que pase. Abres la boca en una grotesca mueca que desfigura tu rostro y, de repente, aquello que emerge del televisor se precipita en tu interior como la grabación de una bocanada de humo pasada al revés.Temblores
Kein Smith despertó bruscamente en su despacho, envuelto en sudor. Más tarde se daría cuenta de que la primera sensación que recordaba tras despertar era que había algo dentro suyo que no formaba parte de él. Un invasor. Y, estampada en su cerebro, la vívida imagen del rostro desfigurado por el mal que emanaba, una imagen que sólo sugería hacer daño. Violencia.

Los informes sobre los que se había quedado dormido -eso no lo recordaba- estaban húmedos por el sudor. Alzó las manos ante sus ojos y percibió el incontrolable temblor que las dominaba. Se las frotó en los pantalones y se levantó del sillón reclinable forrado de cuero auténtico, tiritando aunque no sentía frío. Esquivó la bandera de barras y estrellas que colgaba de un mástil dorado de casi dos metros de alto, se dirigió tambaleándose al pequeño aseo en una habitación contigua y apenas tuvo tiempo de levantar la tapadera del retrete. Vomitó tres veces entre violentos accesos de tos. Soltó un sonoro eructo que tronó en el interior de la taza de cerámica del inodoro y vomitó de nuevo. Tras unos instantes de jadeos, se irguió y comenzó a cepillarse los dientes compulsivamente, sin poder evitar sentir extrañeza ante la imagen que reflejaba el espejo redondo que había sobre el lavabo. Era la de siempre pero, al mismo tiempo, no lo era. Kein tenía la absoluta certeza de que, fuera lo que fuera aquello que había salido del televisor, estaba dentro de él y se iba a manifestar. Ese “algo” estaba ahora dormido, pero despertaría tarde o temprano.

Volvió al despacho y se dirigió hacia el escritorio de madera oscura, tembloroso. Se dejó caer sobre el sillón giratorio y se sujetó la cabeza con ambas manos, frotándose la frente con la yema de los dedos.

“Tan sólo ha sido un sueño, joder -se dijo-. ¿Por qué te dejas asustar como un niño por un estúpido sueño?”

Nada más lejos de lo que Kein en realidad pensaba en esos momentos. Había tenido una pesadilla sobre una posesión, y lo peor era que en alguna parte de su cerebro algo le decía que no había sido sólo un sueño. Un mal sueño debido al festín de la noche anterior de biscotes con paté. Un sueño premonitorio quizá, pero no tan sólo un estúpido sueño.

Kein era una persona realista y difícil de impresionar (le gustaba pensar que su oficio le obligaba a ser así, puede que nunca hubiese llegado tan alto de no haber tenido ese carácter) y era esto lo que más inquietud le producía: encontrarse verdaderamente asustado a causa de un sueño que a la hora de comer se habría desvanecido de su mente por completo como cualquier otro sueño.

“A propósito -pensó-, ¿qué hora es? Será mejor que me organice un poco.”

Este pensamiento le devolvió un poco al mundo real, al de todos los días. Un mundo en el que mendigos andrajosos te piden unas monedas por piedad. Un mundo en el que, cuando fuera hace frío, puedes pasear calentito dentro de tu coche -y viceversa-. Un mundo en el que, para la gran mayoría, el que más vale es el que más tiene. Un mundo que, en definitiva, no le gustaba en muchos aspectos, pero un mundo en el que los televisores servían para ver programas tipo “periodista”- insulta-a-hijo de la Duquesa porque “tú sabías que ese fotógrafo estaba allí y te liaste con esa bailarina a conciencia, tu vida es una farsa”, o tipo “¡Bienvenidos al maravilloso mundo de los pareos!”, o bien “Wendolyn, tu ex-novio está detrás de esa puerta y quiere pedirte perdón para que vuelvas con él”. En el mundo en que Kein Smith había vivido desde que naciera en 1947 no salían caras de los aparatos de televisión.

Así, con el ánimo un poco más sosegado, Kein consultó la pantalla de cristal líquido del reloj-calendario-agenda que descansaba en un extremo del escritorio. Eran casi las doce y media. Pulsó el botón alargado del intercomunicador de sobremesa y ordenó que le llevaran su almuerzo. A continuación, volvió al pequeño aseo para uso exclusivo de su persona y accionó el tirador de la cisterna del inodoro.

Mientras observaba la porquería girar y desaparecer por la misteriosa boca del túnel que lleva al paraíso de las heces, una voz asaltó su pensamiento:

“LA NADA NO EXISTE. SÉ CONSCIENTE DE ELLO. ALLÍ DONDE TU VES NADA FLOTAN LAS ESENCIAS DE AQUELLOS QUE HAN DEJADO DE PADECER EL VIVIR EN TU MUNDO. ALGO PODRÍA SURGIR DE LA NADA… EN CUALQUIER INSTANTE.”

Permaneció inmóvil, con la mirada fija en el agua del urinario, que recobraba la tranquilidad tras la marejada, mirando sin mirar
(…como en uno de esos estereogramas en los que sólo se ven manchas de colores…)

¿Había alguien en su despacho? ¡Qué tontería! No necesitaba asomarse a mirar porque sabía de sobra que estaba absolutamente solo. Entonces, esa voz… Había sido como si alguien le hablase desde dentro. Un escalofrío recorrió su espina dorsal hasta la nuca.

Abriendo y cerrando los puños, volvió al escritorio, pulsó el botón de encendido del ordenador portátil y pulsó dos veces sobre el icono del “solitario”.Cavilaciones

Tras el almuerzo, Kein estuvo ocupado con un informe que tenía que presentar al gabinete del presidente. Sabía que iba a ser decisivo en su carrera hacia el puesto de jefe del Estado Mayor, pues si la opinión que sobre él se tuviese fuera desfavorable, le alejaría de los asuntos de la Casa Blanca. Había luchado mucho en su ascenso hasta su puesto actual, pero siempre había tenido en mente que su meta era ser comandante supremo de los ejércitos norteamericanos, y le fastidiaba que en un momento tan crucial, mientras preparaba el informe que sería decisivo para ganarse la confianza del presidente del gobierno del país más poderoso del mundo, ese maldito sueño que había tenido por la mañana no le permitiera centrarse.

Y así era. Le resultaba imposible apartarlo de su cabeza. Podía hacer un esfuerzo sobrehumano y concentrarse en cualquier cosa. Pero el sueño permanecía ahí. En segundo plano. Pero estaba.

“Sin duda, esto debe significar algo más.”

Empezaba a pensar que ese sueño era una manifestación de algo que no iba bien en su vida. No es que viviese en Jauja, pero no podía quejarse. Disfrutaba de un puesto importante y lo había conseguido sin corromper su honestidad ni su dignidad, cosa que había visto ocurrir montones de veces durante su carrera. Vivía feliz con su esposa, en una casa de cuatro plantas, en uno de los mejores barrios de la ciudad, por la que se movía en un coche que, al pasar, robaba miradas de admiración. ¿Qué demonios quería decirle su cabeza con ese sueño?

A punto de dejarse dominar por la ira, se levantó, empujando el sillón giratorio, que rodó y chocó con la pared, y se acercó al mueble bar que había en un extremo de la habitación. Era de madera oscura, a juego con el escritorio que había sido de su padre, y tenía una puerta abatible sujeta al interior por un brazo hidráulico. La abrió hasta que descansó en posición horizontal y el olor a antiguo y cerrado le abofeteó los sentidos. Tomó un vaso de culo ancho del estante de cristal y una botella de Maker’s Mark llena hasta un cuarto de su capacidad del bourbon de color pardusco. Casi arrancó el tapón y vertió el líquido hasta llenar medio vaso. Soltó la botella con tal violencia que temió que la puerta del mueble se descolgara. Sujetó el vaso y lo alzó hacia sus labios. Y ahí se detuvo.

Hacía relativamente poco que Kein había decidido reconocerse a sí mismo su problema con la bebida. Siempre había gustado de tomar unas copas con unos amigos -o solo-, al concluir la jornada de trabajo, o después de una reunión importante. Recién ascendido, era raro el día que no encontraba alguien con quien celebrar su ascenso. Podía presumir de no haber perdido nunca el control -y así era-; de no haber llegado nunca a casa sin ser capaz de encender las luces del pasillo. Nunca había tenido un percance con el coche por haber bebido más de la cuenta. Pero ese “lujillo” que se permitía “de vez en cuando” se había convertido en los últimos meses en “el cigarrito de después de comer”. Necesitaba dar un trago a media tarde. Y si no daba un par de ellos antes de acostarse le costaba la misma vida conciliar el sueño. Cuando esa necesidad comenzó a surgirle un par de horas después del desayuno, no tuvo más remedio que admitir que tenía “un problema con la bebida”.

A sus fosas nasales llegaba el oscuro e intenso aroma del licor. Podía imaginarse a la perfección el ardor que sentiría al tragar un sorbo. En la boca, primero, picando un poco en la lengua. Una ráfaga de napalm al pasar por la garganta y la confortable calidez soporífera que quedaba cuando llegaba al estómago. Como si te hubieras tragado un yunque.

Puso el tapón a la botella, la guardó y cerró el mueble bar. Fue al baño, vació en el lavabo el contenido del vaso y lo enjuagó repetidas veces. Se sirvió un poco de agua y engulló el líquido aguantando la respiración. A continuación, colocó el vaso bocabajo en la repisa que había bajo el espejito redondo y allí permaneció unos instantes, con las manos apoyadas en el lavabo, contemplando su rostro cansado.
“Desde luego, hoy no va a ser un buen día -decidió-.”

Volvió al despacho y tomó la guerrera del uniforme de gala, que descansaba en el respaldo del sillón. Desconectó el portátil y apagó las luces antes de cerrar la puerta.

Cuando le vio salir, su secretario interrumpió su conversación telefónica con un “espere un momento, acaba de salir de su despacho”.

-Señor, es su esposa -indicó, mientras tapaba el auricular con la mano izquierda-. Quiere saber si va a llegar para cenar.

A través del teléfono de su secretario, Kein Smith comunicó a su mujer que iría directo a casa para cenar con ella, que sí, que pararía en Dexter’s a comprar pan de molde, manteca de cacahuete, ketchup y un par de lechugas. Sí, se aseguraría de que estas no tuvieran hojas podridas. Y, si tenían buena pinta, llevaría también kilo y medio de manzanas rojas. Un beso. Te quiero.

Colgó el auricular y, tras dedicar una pesada sonrisa al administrativo (la comisura de sus labios pesó toneladas), suspiró.

-Esta noche quiero cenar tranquilo, Daniel. Que no me pasen llamadas a casa. Encárguese de que el relevo quede enterado.

-Sí, señor. Buenas noches, mi General. Que descanse.

-Gracias, Daniel. Buenas noches.La Balanza

La cena fue bien. Velas, la chimenea encendida -aunque aún no hacía frío en serio- y una de las botellas de Vega Sicilia que le mandó a Kein su hermana cuando volvió de Europa este verano… En el equipo estéreo sonaba “So Far” de Crosby, Stills, Nash & Young.

Kein comentó a su esposa lo del sueño, pero no supo darle la importancia suficiente como para que ella entendiera lo agobiado que estaba. El informe para el gabinete presidencial copó la mayor parte de la conversación y luego ella le estuvo contando los proyectos que había acometido como recién elegida jefa de estudios de la escuela. Si a continuación hubiesen hecho el amor, Kein se habría sentido como si tuviesen treinta años. Pero no los tenían. Y no lo hicieron.

De eso hacía unas cuatro horas. Kein Llevaba una dando vueltas en la cama. Estaba cansado y tenía sueño. El vino le había amodorrado;todos los ingredientes para la conciliación del sueño estaban sobre la encimera, pero se había ido la luz y la vitrocerámica no funcionaba.

Cada vez que cerraba los ojos y comenzaba a entrar en las Tierras del Sueño, una garra sobrenatural aparecía y le separaba los párpados (o eso era lo que sentía él). Cuando ya no pudo aguantarlo más, se quitó las sábanas de encima y se sentó en la cama. Mientras lo hacía,

una voz se asomó al balcón de su cabeza y murmuró:
“DIOS ES CRUEL.”
Fue como un soplo de viento a través de las hojas de los árboles.

“Sí, hombre, ahora voy a tener alucinaciones. ¿Tendré un tumor cerebral? Mañana iré al médico. Sería un alivio que en el electro apareciera un bulto del tamaño de una manzana.”
A este hilo de pensamiento, la voz alucinatoria pareció responder tronando como el motor de un camión:
“¡¡¡DIOS ES CRUEL!!!”

Kein se levantó de un salto. Al borde de la histeria, buscó a tientas el interruptor de la lamparita que había en su mesita de noche, tan fuera de sí que derribó mientras lo hacía el despertador digital que había junto a la lamparita.

En su lado de la cama, su mujer se revolvió.

-Mmm… mcurre algo? -preguntó con voz adormilada-.

-Nada, cielo -consiguió a duras penas que no le temblara la voz-. Sigue durmiendo.

Mientras tranquilizaba a su esposa, Kein registraba el dormitorio con la mirada. Allí tenía que haber alguien aparte de ellos. Un hombre con voz de ultratumba. Aquella última respuesta a sus pensamientos había producido ecos en la habitación. Y sin embargo, al tiempo que pensaba esto, aterrado, estaba seguro de que esa voz no había sonado más allá de los límites que su cráneo imponía a su cerebro. Sabía a ciencia cierta que su esposa no había oído nada más que el golpe del despertador contra el suelo.

Se movió hacia el cuarto de aseo contiguo a su dormitorio, con la mirada fija en la puerta que daba al pasillo mientras pasaba, convencido de que en cualquier momento iba a abrirse para que entrara quien quiera que fuese que había introducido aquellas voces, en su cabeza.
Entró en el baño, cerró la puerta y se recostó contra ella. Sus ojos estaban cerrados, apretados, así como sus labios, y sendos regueros de lágrimas surcaban sus mejillas.

-Dios, ¿pero qué está pasando? -las palabras salieron de su boca con esfuerzo, en un sufrido lamento susurrado. Abrió los ojos, como esperando la respuesta.-
-¡¡DIOS!! ¡¡ES!! ¡¡¡CRUEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEL!!!

La última parte de la palabra “cruel” se convirtió en una explosión de cacofonía. Parecía que varias voces le hablasen a la vez, a destiempo. Con furia. Un relámpago surcó el cuarto de aseo, deslumbrando a Kein. Cerró los ojos y vio manchas de luminosidad. Como aros de humo que se deforman de mil maneras antes de deshacerse. A medida que las manchas iban variando, también variaba el trueno de ruido que cegaba sus sentidos. Cayó de rodillas, sujetándose las sienes, apretando como si su cabeza corriera peligro de abrirse como un huevo. Y lo más terrorífico es que las voces eran tan inhumanas -como moduladas con un wah-wah de guitarra- que no parecían estar pronunciando unas palabras. Más bien parecía una actuación de la Royal Infernal Satanic Orchestra del Infierno.

Demasiado tarde se dio cuenta de que estaba gritando. La turbulencia de sonidos que asestaba mazazos a su consciencia se vio atenuada -que no erradicada- por la voz de su mujer desde el dormitorio al otro lado de la puerta. Fue como si bajaran el volumen, reduciéndose las voces a un murmullo parecido al “ommm” de los lamas cuando meditan, oscilando el sonido con cadencia regular.

-¿Kinny? -su mujer le llamaba Kinny-. ¿Kinny? ¿Estás bien?

Kinny hizo un esfuerzo sobrehumano y se obligó a moverse para echar el pestillo a la puerta del aseo. Su cara estaba constreñida como si estuviese recibiendo puñetazos en el estómago. De nuevo hizo un esfuerzo sobrehumano (y dos en el mismo día ya estaban bien) para hablar. La voz no salía de su garganta. De nuevo lo intentó.

-Aaaaargggmmmmmsí.
Era algo.

-¡Sí! ¡Enseguida salgo…!

Entre gemidos, se irguió para ponerse en pie y acercarse al lavabo para echarse agua en la cara, pero más bien se dio de bruces con él. Echado sobre el lavabo, abrió el grifo y metió la cabeza bajo el chorro de agua fría. Se remojó bien de cuello para arriba. A tientas, cogió la toalla que estaba colgada a su espalda, dejando charquitos de agua en el suelo. Echado contra la pared, se secó bien el pelo y la cara y allí se quedó, temblando de frío y de miedo, con la respiración entrecortada.

Cuando retiró la toalla fue como si su vida fuese una película de vídeo y le hubiesen dado al botón de pausa.

(…te estás viendo frente al televisor como si te hubiesen grabado con una cámara…)

Al mismo tiempo, se acordó del sueño y de esa antigua serie de TV en la que una adolescente podía detener a su antojo el transcurrir del tiempo, tan sólo juntando las puntas de sus dedos índice.

La toalla cayó al suelo de su mano inerte. En su cara, los ojos a punto de salirse de las órbitas y la boca petrificada en una mueca mezcla de terror e incredulidad.

El espejo rectangular que había sobre el lavabo mostraba la imagen de un cielo lleno de nubes. Nubes pesadas y plomizas. Nubes gris oscuro, casi negras. Sobre ellas, en la distancia, podía verse cómo el dragón se retorcía sobre sí mismo, con sinuosos movimientos que lo acercaban hacia Kein lenta pero inexorablemente. Era como un cuadro. Pero un cuadro palpitante de vida y movimiento.

El dragón se acercó y Kein no pudo hacer otra cosa que esperar. Esperar a que la criatura llegara al punto que separaba el mundo de las nubes tormentosas del suyo. Esperar a ver qué pasaba. No lo intentó, pero supo en todo momento que sus piernas no le habrían respondido. A lo lejos, amortiguados por la distancia que había en esos momentos entre su mundo y el de su esposa, podía oír como truenos los golpes que esta asestaba en la hoja de madera que había entre ellos. ¿Le llamaba? Seguro que sí.

Cuánto tiempo pasó, Kein no lo supo. Pero el dragón llegó al primer plano del espejo-ventana y lo atravesó. Kein permaneció todo el rato en la misma postura, con la mirada perdida en la distancia y la mente perdida en la nada.

(Algo podría surgir de la nada…)

El dragón comenzó a pasar al cuarto de baño hasta que su enorme cabeza quedó enfrentada a la de Kein, sus ojos fulgurantes fijos en los de él, que retrocedió hasta dar sus hombros de nuevo con la pared de azulejos turquesa.

(…en cualquier instante.)

De repente, Kein volvió en sí y miró aterrorizado a la criatura que permanecía frente a él. Tan sólo había asomado a este plano un fragmento de su “cuello”, pero era tan irreal que su presencia física -que, para Kein, era palpable- significaba una contradicción capaz de hacer perder el juicio a cualquiera. Era como negar E=m�c2.

Se fijó en sus ojos, verdes, fluorescentes, encendidos, como si la criatura estuviese rellena de un líquido de ese color y por esas ventanitas semejantes a rendijas se pudiera ver el interior. Sobre el intenso y radiactivo verde de los globos oculares ardían núcleos amarillos.
Un halo de energía invadió la habitación. Era la meada del perro en la farola. El dragón evidenciaba su presencia hasta en el aire.
-DIOS ES CRUEL.
Kein no vio que sus alargadas fauces se abriesen ni una micra, pero escuchó la poderosa voz como antes había escuchado la de David Crosby y los otros cantando Jude Blue Eyes durante la cena. La voz, más que un sonido, era agua en un vaso. Entraba en él físicamente y tocaba el más recóndito rincón de su ser. Sólo que no podía elegir si beber o no del vaso.

Rompió a llorar. Escondió la cara tras sus temblorosas manos y rompió a llorar cual niño de cuatro años que observa cómo el globito lleno de helio se pierde entre las nubes.

-DIOS ES CRUEL, MORTAL, Y SE SIRVE DE VOSOTROS PARA LOGRAR SUS PROPÓSITOS.

El dragón (su cabeza) flotaba ante él, esperando una respuesta. De nuevo, Kein oyó los lejanos porrazos que su mujer asestaba al otro lado de la puerta. Intentó desviar la vista hacia su derecha, hacia el origen de los golpes, pero no fue capaz (de nuevo el sueño, el maldito sueño…)y balbució algo así como “mmmimmujerrrr…”.

Los ojos de la criatura brillaron con ígneo fulgor.

Cesaron los golpes al otro lado de la hoja de madera y los albornoces colgados de ella. Kein echó un nervioso vistazo a la puerta, volviendo con premura la vista hacia la criatura, como si ésta fuera a aprovechar el momento de distracción para actuar. El espíritu del viejo soldado.

Las piernas que tan firmes habían estado -pilares maestros- durante emboscadas y escaramuzas, asedios y asaltos, en Hanoi, le traicionaron. Kein se derrumbó. Se encogió sobre sí mismo, abrazándose a sus rodillas, gimoteante e incapaz de interpretar la información que se grababa en sus retinas y saturaba su cerebro.

-DIOS ES CRUEL, PUES LA BALANZA NO DEBE CAER.

Entre convulsiones, pensamientos surcaron su mente. La balanza, el yin-yang, Dios y El Demonio, el Presidente Johnson y Ho Chi Mihn. ¿El bien y el mal?

-LA BALANZA DA TESTIMONIO DE LO QUE CADA UNO LLEVA EN SU INTERIOR.

No pudo evitar sorprenderse cuando oyó su propia voz, balbuceante e insegura. Se sintió extraño al oirla y, al instante, temeroso. Tuvo miedo de que su irrupción en aquella irrealidad tuviera fatales consecuencias.

-Te refieres… ¿al equilibrio entre el bien y el mal?

-EL EQUILIBRIO ENTRE LAS ENERGÍAS QUE MUEVEN VUESTRO UNIVERSO. CAY DE MUN.

Las tres últimas palabras resonaron dentro de Kein como un zambombazo de fuegos artificiales, creando ecos en su estómago, pecho y oídos cual sentencia del juez supremo -visto para sentencia y martillazo-.(…abres la boca y adivinas lo que va a ocurrir justo antes de que pase…)

Al instante, el cuerpo de Kein se tensó, y éste supo que fuerzas ajenas a él y a su mundo estaban interviniendo. Fuerzas contra las que él nada podía hacer, aunque quizá sí su voluntad. Pero en esos momentos, su fuerza de voluntad distaba mucho de ser elevada.
-CAY DE MUN -repitió la criatura-.

Hablaba en el idioma de los muertos y por eso Kein no podía entenderle, aunque en realidad eso importaba poco. Kein abrió la boca, como el dragón le había ordenado. Separó las mandíbulas como si una abeja le estuviera aguijoneando la garganta. Sin ser consciente de lo que hacía, se puso en pie y se inclinó hacia delante. Al mismo tiempo, el dragón se irguió hacia atrás y hacia arriba, topando su testuz con las lamparitas que iluminaban el cuarto de aseo desde el techo. Las bombillas estallaron, produciendo chispas como fuegos artificiales, y la estancia quedó en penumbra, pobremente iluminada por el haz del incipiente amanecer que se filtraba por un ventanuco por encima de la bañera, en la pared del fondo. Los ojos de la criatura eran dos hogueras que destacaban en la oscuridad como si hubiese salido el sol a medianoche. Por vez primera desde que hiciera su aparición en el cuarto de baño de la casa de Kein Smith, el dragón abrió sus fauces. Su boca estaba vacía. No había colmillos largos y afilados y terminados en punta, como Kein inconscientemente habría imaginado. Tampoco estaba dotada la boca de la criatura de una serpenteante lengua bífida. Kein, inclinado hacia delante y con la boca desmesuradamente abierta, los músculos de sus mandíbulas a punto de estallar, intentó vislumbrar qué escondían las fauces del dragón. Pero, cuando -sin mover la cabeza- fijó su vista en ellas, tuvo que apartar la mirada. Lo que allí había dolía a la vista. No era algo tangible, sino una especie de distorsión visual. Como una fotografía desenfocada. Intentó de nuevo fijar la vista en aquel punto borroso y vio que una esfera de luz se formaba allí dentro. No supo si provenía del interior del dragón o se formaba espontáneamente. La esfera creció en tamaño y comenzaron a formarse a su alrededor resplandecientes nebulosas de claridad. Un murmullo llegó a sus oídos. Era parecido a un cántico, pero nada inteligible. La esfera en la boca del dragón comenzó a adquirir textura y Kein pudo centrar su vista en ella.

Parecía de cristal, pero algo se agitaba en su interior. Parecía tener vida en su interior. Kein se dio cuenta de que el resplandor que emanaba de la esfera producía una luz blanquecina y temblorosa, que reverberaba en la semioscuridad de la habitación. También se dio cuenta de que la esfera no era totalmente blanca, sino que su blancura estaba moteada, manchada con miles(millones)de diminutos puntitos oscuros(negros, gris antracita)

La intensidad del murmullo fue creciendo paulatinamente. Cuanto más aumentaba su volumen, más frenético era el movimiento de los puntitos en el interior de la esfera. El cacofónico coro de voces que provocaba el murmullo alcanzó un volumen infernal, atronador y terrorífico y, cuando Kein creía que le iban a estallar los tímpanos, fue la esfera la que estalló, emitiendo un cañón de luz que se precipitó en la boca abierta de Kein. Hubo una explosión de luz blanca y el cuarto de baño quedó desierto. Horas después, la esposa de Kein Smith despertaría tumbada en el suelo del dormitorio, frente a la puerta del aseo y, cuando entrara en éste, tan sólo encontraría añicos de cristales procedentes de las bombillas que había en el techo y del espejo que había sobre el lavabo.

Kein se encontró en medio de un caótico vórtice, una tormenta de luz en la que cada uno de los puntitos oscuros que había vislumbrado en la esfera -y, antes, en la pantalla del televisor, en su sueño- flotaba junto a él sin forma definida, como macrófagos en la hemoglobina. Uno tras otro -¿o todos a la vez?-, los puntos oscuros, en una incoherente danza que no parecía obedecer a ningún orden natural, se fueron acercando. Le tocaban. No físicamente, pero cada vez que uno de esos “macrófagos” le tocaba, una imagen, repleta de vida y movimiento, pero una imagen al fin y al cabo, se plasmaba en su cerebro igual que se impresiona la película fotográfica cuando se expone a unos milisegundos de luz.

Sintió -más que verlas, las sintió- escenas que se manifestaban como los petardos de una traca. Uno tras otro, estallando casi al mismo tiempo, pero dejando cada uno de ellos un estruendoso testimonio de su existencia. Se vio a sí mismo, avanzando por las calles de Hanoi, con el M-16 firmemente sujeto y la mandíbula tensa. Sudando como un pollo en el asador. Se paraba. Se sacaba el casco y se secaba la frente con un pañuelo blanco justo en el momento en que el cabo Miller pisaba una mina y volaban sus pedazos por el aire lleno de humo de la ciudad vietnamita. Recordó que, segundos después, todo el pelotón echaba cuerpo a tierra y buscaba refugio para protegerse de la mortal lluvia de balas que caía desde los edificios que tenían alrededor. Escombros por doquier, muros agujereados, edificios parcialmente destruidos -algunos aún humeantes-, explosiones, disparos… y la voz de charlie, distorsionada y amplificada por un megáfono, asegurando que todas las noches se lo montaba con la Monroe. La escena fue sustituida por otra no tan familiar y evocadora para él. Veía la plaza de un pueblo o ciudad de aspecto medieval. En el centro, frente a una iglesia de grandes dimensiones, un poste y una pila de leña en la base. Un siniestro cortejo de encapuchados conducía a una joven con grilletes en pies y manos hacia el poste. El pueblo se revelaba contra una guerrera que decía actuar inspirada por Dios. Y Kein vio en sus ojos, mientras el verdugo acercaba una antorcha a la leña seca, que ella no mentía. Ella había hablado toda su vida con Dios, se había entregado a Él por entero. Y ahora se sentía traicionada. ¿O no? No supo interpretar las lágrimas que esos ojos derramaban en medio del humo de la hoguera. La imagen de nuevo cambió y pudo ver un enorme bombardero americano, de la época de la Segunda Guerra Mundial, sobrevolando un océano azul, calmo y despejado. En su costado, una leyenda anunciaba: Enola Gay. Surgieron tras una nube varios cazas Zero japoneses. Las ametralladoras en los costados, panza, cola, morro… del bombardero con piel de plata comenzaron a escupir fuego destructor. Pero los cazas Mitsubishi destruyeron los grandes motores que sustentaban el vuelo de la fortaleza aérea. La escena se desvaneció cuando se superpuso una imagen que mostraba una elegante calle de Washington, soberbiamente engalanada para el desfile de tropas que saludaban con el brazo derecho extendido, mano en alto, cabezas enfundadas en cascos metálicos que encuadraban el rostro tapando hasta las cejas, ocultando rapados cabellos rubios y ojos azules de una “pureza” genética deslumbrante, devuelto el saludo por el líder, que quedaba empequeñecido por el descomunal tamaño del tapiz rojo con la insignia circunscrita en un ojo blanco y redondo en el centro. Kein vio gente que pasaba hambre y miseria, viviendo junto a gente que empleaba su riqueza en beber vino en finas copas de cristal de Bohemia.

Huracanes que arrasaban las casas de personas que pensaban que ya no se podía estar peor. Y, en medio de esa explosión de imágenes, Kein sintió que caía, girando sobre sí mismo, intentando escuchar el grito que salía por su garganta como un torrente de pánico y desesperación. Pero no podía oír nada.Dios es Cruel.Amanecía. El sol asomaba ya dos tercios de lo que se adivinaba sería un perfecto disco de fuego. La temperatura era agradable si llevabas una camisa de mangas largas o incluso un jersey, nada que ver con la flama abrasadora que se disfrutaría pocas horas más tarde. Un escorpión asomó las pinzas bajo una piedra. No le gustaba el escondrijo que habitaba en esos momentos y buscaba uno mejor. Se dirigió hacia un promontorio cercano desde el que divisar mejor el panorama. Sus patas como agujas dejaban en la arena huellas semejantes a microscópicos cráteres. Llevaba la cola erguida, coronada por el amenazador aguijón en forma de corazón, y su abdomen no rozaba el suelo. Poco antes de llegar al promontorio se detuvo. Había percibido un temblor en el suelo. Sí, ahí estaba, y se acrecentaba por momentos. El escorpión sintió cómo los granos de arena comenzaban a vibrar a su alrededor.

Se escuchó un ligero crujir, como cuando se pisa una rama seca, cuando la gruesa rueda del Hummer aplastó al escorpión, dejando sobre la arena rojiza los restos de su caparazón y un charquito de sustancias viscosas. Los ocupantes del vehículo no oyeron nada, en parte porque el poderoso rugido del motor del vehículo militar resonaba en todo el habitáculo y en parte porque ambos, conductor y pasajero, iban sumidos en sus pensamientos.

El todoterreno aminoró la marcha hasta detenerse ante una barrera de hierro pintado a pistola con minio verde oliva. Un soldado salió de la garita, sujetando el fusil de asalto con ambas manos. Dio unos pasos y se acercó a la ventanilla del conductor del Hummer, que se estaba bajando. El conductor le habló:

-Buenos días -dijo, al tiempo que pasaba al soldado de guardia una tablilla con los impresos que autorizaban la inspección sujetos con una pinza metálica-. Traigo al Teniente Coronel Bill Parrish. Inspección.

El soldado echó un vistazo a los tres folios de la tablilla, dejando que el fusil M16 colgara de la bandolera que descansaba sobre su hombro izquierdo. Se inclinó y observó al acompañante.

-Buenos días -saludó, llevándose la mano derecha extendida a la sien-.

El aludido devolvió el saludo.

-Será cuestión de un segundo, señor.

El soldado volvió a la garita y, sin entrar en ella, pasó la tablilla a alguien en su interior. Por un momento sólo se escuchó el ronroneo del motor del Hummer. La tablilla volvió a manos del soldado de guardia y éste se la devolvió al conductor, que observaba cómo la barrera se iba levantando mecánicamente.

-Todo en orden. Pueden pasar.

Repitió el saludo militar.2

El Teniente Coronel Bill Parrish estaba enfrascado en la inspección de los generadores de emergencia cuando sonaron las alarmas. Waaaap-waaaaap-waaaap por todo el recinto. Salió al pasillo del sótano y vio acercarse a varios soldados a la carrera con las armas en ristre.

-¿Qué está pasando? -les preguntó-.

Los soldados se detuvieron y saludaron.

-No lo sabemos, señor -contestó uno de ellos-. Hay problemas en la Sala de Control.
-Muy oportuno. Iré con ustedes.

Parrish se unió a la maratón de los soldados hasta el ascensor del sótano.1

Por un pasillo de paredes blancas y luz de neón también blanca, pasaron ante varias puertas con rótulos que rezaban Sala de Datos, Sala de Comunicaciones y demás. Se detuvieron ante una doble puerta con el rótulo de Sala de Control. Las hojas de la puerta eran de acero y se asemejaban a la de una caja fuerte. Un teclado numérico con pantalla de cristal líquido parecía ser la única cerradura. Delante de las puertas se había congregado un grupo de soldados armados hasta los dientes con fusiles M14 y M16, pistolas y un lanzagranadas y Parrish se quedó mirando al soldado que portaba el lanzagranadas, pensando que no debían tener situaciones de alerta muy a menudo en aquel lugar.

-¿Quién está al mando? -preguntó a todos y a ninguno-.
Uno de los soldados se adelantó y saludó.

-El Capitán Mills, señor.

-Bien, ¿y dónde demonios está el Capitán Mills?
-Está en camino señor… ah, aquí llega.

Por un recodo del pasillo apareció el Capitán Mills, un hombre fornido y alto con la piel tan negra como el ala de un cuervo. Se acercó al grupo y saludó a Parrish.

-Señor… -el Capitán Mills parecía turbado ante la inesperada presencia de un oficial de mayor rango-.
-¿Qué demonios está pasando, Capitán?

-Alguien ha entrado por la fuerza en la Sala de Control y ha abatido a cuatro de mis hombres.

-¿Alguien ha entrado por la fuerza en un complejo de almacenamiento de cabezas nucleares, uno de los establecimientos militares con mayor nivel de seguridad, cuya existencia la mayor parte de la Humanidad no conoce? ¿Es una broma? Y, aún así, ¿cómo demonios ha entrado ese individuo en la Sala de Control? -Parrish formuló la última pregunta poniéndose de puntillas y Mills aún le sacaba una cabeza-.
-Verá, señor… ese individuo es de los nuestros.

-Explíquese -el Teniente Coronel escupió la palabra-.
-Se trata de un General del Pentágono. Creemos que es Kein Smith.

-¿Smith? -frunció el entrecejo-. Tengo entendido que está a punto de entrar en el despacho oval. ¿Y bien? ¿A qué esperan para entrar y reducirle?

-Eeeeh… no podemos. Ha activado las lanzaderas y amenaza con lanzar los misiles sobre la mismísima Casa Blanca.
-¿De qué demonios está hablando, Mills?

-Hace tres meses que se terminaron de instalar. El Congreso no había dado su aprobación, pero Defensa lo hizo, de todos modos. Tenemos tres lanzaderas para misiles de largo alcance. Operativas.

Parrish apretó los labios.

-¡Jooder! ¡Demonios!
-Es evidente, señor, que se han dado mucha más prisa por instalar las lanzaderas que por aumentar los niveles de seguridad.

Acompáñeme, por favor.

El Capitán Mills dio orden a los soldados para que permanecieran junto a las puertas de la Sala de Control en espera de instrucciones y caminó apresuradamente hacia el ascensor, seguido por el Teniente Coronel Parrish y sus reniegos y maldiciones. Durante el trayecto que les llevó a la Sala de Seguridad, Mills relató al otro cómo el General Kein Smith había irrumpido en la Sala de Control aprovechando que uno de los técnicos salía en busca, probablemente, de un café bien cargado. Últimamente se trabajaba sin descanso debido a la proximidad de una demostración práctica para varios de los congresistas que estaban a favor del proyecto. Smith golpeó al técnico y le arrebató su arma reglamentaria. Le hizo entrar en la sala y le disparó a quemarropa en el estómago. Cuando los otros tres técnicos se quisieron dar cuenta, Kein ya les había encajado un par de balas en la cabeza de cada uno.0

Entraron en la Sala de Seguridad justo cuando Mills concluía su crónica. Ésta no era más que una pequeña habitación rectangular. La pared de la izquierda estaba atestada de aparatos que controlaban los sistemas de escucha, vídeo y comunicaciones internas entre el personal de seguridad. A la derecha había una gran banca alargada y, sobre ella, varios monitores de pocas pulgadas que ofrecían imágenes en blanco y negro con la información que recogían las cámaras del circuito cerrado de vídeo del complejo. Al final del bancal de madera había otro monitor, pero de unas veinte pulgadas. Estaba apagado. Dos soldados estaban sentados ante los monitores y, a la entrada de los oficiales, se levantaron de sus asientos y saludaron.

-¿Y cómo demonios ha conseguido entrar Smith en el complejo sin autorización?

-No lo sabemos, señor. Se ha detenido a los guardias de la garita de entrada y se está inspeccionando el perímetro de seguridad, pero no se ha hallado ninguna brecha. Parece haber surgido de la nada.

-¿De la nada? ¡A nada nos van a reducir a nosotros si no detenemos a ese chiflado! ¡A saber qué demonios se propone!
Mills se dirigió a los encargados del vídeo.

-¿Dónde está?

-Sigue en Control -respondió uno de ellos-. Lo tiene por la cinco, señor.

En el monitor marcado con un adhesivo que representaba un número cinco rojo se podía ver a Kein Smith de espaldas a la cámara, sentado ante un teclado de ordenador.

-¿Podemos ver qué está haciendo? -preguntó Parrish con impaciencia-.

Uno de los encargados manipuló un mando a distancia y el monitor más grande que estaba al final del bancal se encendió. Pulsó algunas teclas en el teclado que tenía delante y, manejando un joystick, enfocó la pantalla que mostraba la información en la Sala de Control. Volvió al teclado y la imagen del monitor se fue ampliando, centrándose en la pantalla de la Sala de Control.

Las cuatro personas que contemplaban el monitor resoplaron a un tiempo cuando leyeron la información que mostraba la imagen:
Programa Manager para la Instrucción del Lanzamiento Objetivo Enclavado: Rabat
Unidades Activas: AM1/AM2/AM3
Chequeo de seguridad para optimización del lanzamiento…….
Parrish contuvo la respiración. Todo estaba sucediendo demasiado deprisa.

-¡Ese condenado se dispone a bombardear Rabat con misiles nucleares americanos!
-Sí -sentenció Mills-. Y ha armado las tres lanzaderas.

-¡Pues deténgale!
-No es tan fácil, señor. Ya le he dicho que los nuevos niveles de seguridad están en pleno proceso de desarrollo. Existe un programa auxiliar que permite a los operadores del sistema de lanzamiento aislarse del complejo bloqueando la cerradura electrónica. Sólo yo podría desbloquear el sistema en una situación así, pero los informáticos aún no han programado la cerradura. Iban a hacerlo en los próximos días. Lo que no me explico es cómo ha podido enterarse Smith de esa laguna en nuestros sistemas.

-Pero ¡tenemos que detenerle! ¡Sería el principio del fin! ¡Vuele esa puerta, maldición, y métale una bala en la cabeza! ¡Demonios, iré yo mismo si hace falta!

-Esa entrada es inviolable, señor. Estamos intentando contactar con un negociador de Washington para que hable con él, aunque sea por teléfono, y ganar algo de tiempo. Lo jodido de todo esto es que el General Smith no ha pedido nada hasta el momento -Mills se acariciaba el mentón con los dedos-. Y que me cuelguen si no piensa lanzar los misiles a toda costa.

En la imagen del monitor pudieron ver que la pantalla de la Sala de Control había cambiado. Mostraba el siguiente mensaje:
Confirmar lanzamiento: reintroduzca clave de acceso
*************************
Aterrados, los cuatro hombres vieron cómo Kein comenzaba a teclear letras y números, que iban poco a poco reemplazando a los asteriscos en la pantalla. Nadie reaccionó. Nadie dijo nada. Anonadados, se limitaron a contemplar cómo aquel hombre comenzaba a escribir una nueva página en la Historia.

Faltaban seis dígitos. Cinco. Cuatro. Kein dudó. Se acarició la rasa barbilla con la mano izquierda con aire pensativo y reanudó su tarea.

Tres dígitos. Dos. Las luces se apagaron. Parpadearon y permanecieron apagadas unos instantes. Con un tenue gemido, el complejo militar recuperó la potencia y las luces volvieron a encenderse. Uno a uno, los monitores fueron activándose de forma automática.

Parrish miró a Mills.

-¿Qué demonios pasa?

El interpelado hizo un gesto de negación.

-Vuelvan a conectar el monitor.

-Hay que esperar unos instantes hasta que el sistema se reinicie -argulló uno de los técnicos-.

Esos instantes a los que se refería el soldado duraron vidas enteras. Las alarmas habían dejado de tronar y el único sonido que quebraba el mortal silencio en la Sala de Seguridad era el zumbido de los ventiladores de las CPU y los chasquidos de los discos duros que de nuevo cargaban el sistema operativo que mantenía el complejo en funcionamiento. Transcurridos esos instantes, el monitor auxiliar cambió el negro cerrado de su pantalla por un gris blanquecino y, poco a poco, segundo a segundo, la imagen apareció como aparecería en un papel fotográfico sumergido en revelador.

A la mente de Mills llegó un recuerdo: su padre y él, con diez o doce años, en el laboratorio del colegio del cual su padre era el director, pasando tardes enteras revelando carretes en blanco y negro. Cuando llegaba el momento de pasar el papel por el líquido revelador, su padre solía decir “y ahora, el momento de la magia”.

La imagen en el monitor mostraba un pasillo flanqueado de puertas por el que corrían arriba y abajo soldados portando sus armas.
-Busque la cámara de la Sala de Control -ordenó el Capitán Mills a unos de los encargados del vídeo-. ¡Dése prisa!
El soldado obedeció, obligado a salir de su estupor. Tras varios intentos logró dar con la vista adecuada.

En la Sala de Control, Kein Smith contemplaba la pantalla en blanco que tenía ante sí. Aporreó las teclas y volvió a fijar la vista en la pantalla. Seguía mostrando nada. Dijo algo en voz alta y descargó el puño cerrado sobre el teclado que había estado manipulando.
-¿Qué demonios ocurre? -quiso saber Parrish, dirigiéndose a Mills-.

Éste, con la mirada fija en la pantalla del monitor, negó con la cabeza y soltó un quedo “nolosé”.
Alguien llamó a la puerta de la Sala de Seguridad. La hoja se abrió, franqueando el paso a un jadeante sargento.

-Con su permiso, mi Capitán -entró, cerró la puerta, se volvió a los oficiales y saludó-.

Sin esperar respuesta por parte de éstos, se acercó al Capitán Mills y tendió la cuartilla de papel satinado que portaba.
-Esto acaba de llegar por fax. Es de Washington, señor.

Mills tomó el papel y lo leyó en silencio.

-¡Dios Santo! -exclamó, con los ojos muy abiertos, pasados unos segundos-.

Parrish intentó asomarse por encima del hombro del Capitán pero, debido a la formidable estatura de éste, le resultó imposible ver qué contenía el comunicado.

-¿Qué? ¡Demonios, Mills! ¿Qué dice?
Éste, ignorando a su superior, releyó el contenido del mensaje, deslizando los ojos como el carro de una máquina de escribir por las letras impresas en el suave papel. Las manos le temblaban.

-Estamos salvados -anunció, volviéndose hacia Parrish-. No va a poder realizar el ataque -hizo un gesto con el mentón, indicando la figura que aparecía en la imagen del monitor-. Nos encontramos en situación de emergencia.

-¿Es que acaso no estábamos ya en situación de emergencia? -la cara de Parrish rezumaba impaciencia-.
Mills fijó la vista en el suelo de cuadros blancos y negros, como esperando encontrar allí los secretos que desvelaran los misterios del universo.

-Sí, pero esto es nuevo. Es una emergencia externa -Mills apretó los labios y respiró hondo por la nariz, resoplando como un búfalo-.
-¡Maldición, Mills!
-Señor, en caso de que el país entre en estado de alerta de guerra, el sistema de lanzamiento se reinicia y bloquea de forma automática. Ahora es necesaria una clave adicional para poder lanzar los misiles. Y esa clave sólo la conoce el Presidente.

Parrish se quedó mudo, mirando fijamente a su interlocutor a los ojos. No se había fijado antes: los ojos de Mills eran tan oscuros como su negra piel. Su labio inferior colgaba fláccido, como si se le hubiese dormido la cara.

-Señor, a las cero ocho cuarenta y cinco horas se ha estrellado un Boeing 767 contra la torre norte del World Trade Center de Nueva York. Los secuestradores eran árabes.

Parrish cerró la boca de golpe. Sin saber por qué, echó un vistazo al Citizen que llevaba en la muñeca izquierda. Marcaba las nueve de la mañana en punto. La pantallita rectangular que recorría la parte inferior de la esfera indicaba la fecha: 09-11-01.

Acerca del autor

Gabriel Tovar Bravo

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