Relatos Cortos

Dame razones para una guerra

“La guerra es semejante al fuego; los que no quieren deponer las armas, perecen por las armas”
(Máxima china)

Maurina, había sobrevivido a los golpes, las caídas, el agotamiento, hambre, guerra y desastre, con una voluntad de hierro e intacta a pesar de ello había algunas cosas que no comprendía y otras cosas que a veces olvidaba.

En un anochecer, de los últimos días de sol de otoño, sopló un viento frío desde las cordilleras atravesando los bosques moribundos de Kosovo, que olían a polvora, humo y nieve. Maurina, se adentraba por el bosque, iba caminado sobre las hojas muertas. Sola. Nadie la llamó, siguió por un tenue sendero que llegaba hasta el oeste en el límite donde el camino se bifurcaba prosiguió en línea recta. El viento parecía querer arrastrarla a la ciudad de Mitrovica con su fuerza el viento gritaba malas noticias; tormentas de nieves, desatre, invierno y guerra… indiferente, ella, caminaba por el tortuoso sendero hacia arriba, en la cima vio el cielo, bajo él un poco mas abajo la ciudad. Apoyandose sobre enormes piedras negras, se extendía un puente rodeado de alambradas de espino dividiendo a la ciudad entre las dos riberas del río Ibor. El puente resaltaba negro, siniestro, sombrío de roca negra y obstinada, a ambos lados del puente acuaban vigilantes las fuerzas internacionales del ejercito, intentado que los kosovo-albaneses mantuvieran la calma.

El increíble puente de Mitrovica, -pensó- en aquellos tiempos lejanos en los que no había guerra, ahora a Maurina le resultaba extraño construido en una época pasada que nada tenía que ver con ella no tenía parentesco con su sangre, fue construido por ingenieros de mentes ajenas, era pavoroso, y sinembargo le atraía la idea de cruzarse a la otra orilla.

Entonces, de repente, sin pensarlo, de forma impulsiva, se arrastró por debajo de la alambrada sin ser vista, su cuerpo reptaba por la tierra humeda y fría casi sin respirar, ella, llegó a la otra orilla, notó que el viento era algo menos frío en aquella parte de Mitrovica, una ciudad herida, dividida por la religión y la guerra, Maurina sin detenerse para coger valor, respiró hondo y se palpó junto a su pecho para asegurarse que allí seguía su fusil oculto bajo el abrigo un frío trozo de metal, entre el calor y la ternura de sus senos, descendió por la ladera de una pequeña montaña y llegó a la otra ciudad, ya en ella continuó andando como si tal cosa, aunque mas bien le movía el orgullo, su corazón latía con una fuerza inusual, mientras caminaba por una calle de piedras grises y planas, nerviosamente miraba en todas direciones levantado la mirada hasta las altas casas abandonadas casi todas, destruidas por las bombas, frente a las que aún se mantenían en pie, había estrechas zanjas abiertas en la tierra, en muchas el color estaba cayendo en grandes costras de yeso y las ventanas habían desaparecido, peró descubrió que más abajo descendiendo por la calle las casas estaban habitadas y ella, empezó a encotrarse en su camino con civiles y guerrilleros. Se la quedaban mirando. Maurina temblaba, ninguno de ellos la detuvo, su abrigo con la piel raída no se diferenciaba mucho de el de ellos, tampoco su cutis era mucho mas oscuro que el de aquellos hombres. La calle por la que caminaba de golpe, terminó en una plaza bañada de oro y sombras; sólo cuatro calles llegaban hasta la plaza, rodeada por cuatro edificios grandes, de manera que se había convertido en un gran fortín dentro de un fuerte, como esas muñecas rusas, unas dentro de otras, dominaba el conjunto un edificio que sobresalía hasta el cielo, era un lugar poderoso pero vacio de gente, una ciudad dentro de la ciudad, con la cabeza alta y paso firme se encaminó hasta el gigantesco edificio. Nadié la siguió, nadié pareció fijarse en ella, subió los grandes escalones y al llegar arriba miró hacia atrás, el puente era inmenso visto desde esa altura, Maurina, pensó, que a ninguna persona se le hubiera ocurrido subir hasta alli.

Maurina, recordó la vida en las madrigueras escabadas bajo la tierra, cuerpos amontonados de mujeres, ancianos y niños durmientes, las ancianas despertándose a lo largo de la noche para ir a reavivar el fuego que enviaba calor y humo a todos los cuerpos muchos de ellos, exahustos, mutilados y casi todos enfermos, podía inquerir el olor a hierba de invierno hervida, el ruido ensordecedor de las detonaciones, el hedor y el calor que el invierno daba debido a la proximidad de los refugios subterraneos construidos bajo un suelo helado. Y, arriba la vida azotada por el viento, por la guerra y la nieve. Ella estaba sola. Todo lo demás no importaba, todos estaban muertos, familiares, amigos y vecinos, tal vez desaparecidos porque no había encontrado ni uno de los cadáveres de sus seres queridos, estaban perdidos, sepultados entre la nieve y las lluvias, sólo los deshielos de la primavera arrastrarían los huesos de las victimas de las matanzas humanas junto con las tiendas podridas, como el recuerdo y los nombres. Memoraba como algunos soldados se llevaron a niños pequeños, a asdolecentes y mujeres que nunca volvieron, se dijo que pensaban hacerlo pronto ya han pasado mas de tres años.

Los que viven en las madrigueras se figuran que debimos de perder la guerra, otros sin embargo piensan que la ganamos con mucha dificultad y los pocos hombres que sobrevivíran serán olvidados en los años de la guerra, ¿quíen sabe si alguno quedará con vida, si hay supervivientes?, cualquier día lo descubriremos si no viene nadie. Maurina salió del refugio, para buscar algo de comida y las razones para un guerra llevaba su arma con ella, porque simbolizaba una especie de epítome del alma, mientra bajaba por las escaleras ruinosas, casi sin peldaños, el aire que entraba por los huecos que antes fueron ventanas era muy frío y volvió de nuevo el viejo temor de su infancia, el terror crecía dentro de su espirítumjunto con las razones que tenía sobre un mundo en el que había nacido y en el cual una vez, sus padres y hermanos vivieron. No era su país ni su hogar. Ella era una extraña y en su interior esta vida y la guerra la estaban matando, aquella era la razon de su resistencia. Recorrió los refugios y en alguno las ancianas le dieron un poco de carne seca y pan duro, no le hicieron preguntas. Al regresar hasta lo alto de su fortaleza, desde el punto de mira de su fusil ahora en este momento sabía con diáfana claridad que no había llegado a comprender mucho, ella moriría con toda seguridad, su guerra, el largo exilio y la soledad, dentro de lo que fue una habitación la más alta de aquella ruinas, que apenas la ocultaban, podia ser vista a través del gran boquete de lo que fue ventana. Nadie miró. Maurina disparaba todo, acabaría pronto muy pronto y cada vez se hacía mas tarde. El ruido de los disparos resonó en los tejados,las cuatro calles y en la plaza, y… se hacía cada vez mas tarde nadie miraba la procedencia de aquellas detonaciones, alguna vez caía un cuerpo abatido por las balas en mitad de la plaza. Nadie iba a buscarlo. Ahora un grupo de soldados subía por la calle principal, iban a por ella, los gritos se oyeron mucho tiempo y algún soldado cayó en la plaza, hasta que de repente un segundo disparo le siguió otro con ritmo rápido y otro más, hasta que Maurina perdió toda medida dentro del estruendo confuso del ruido, tenía que disparar por todo lo que le habían robado, roto y humillado, la mujer francotiradora seguía disparando en aquel fragor de ruido insensato y aturdidor. Soportaría la verguenza pública, cuando la detuvieran, pero no quería soportar la perdida de su propia estimación. Los soldados inesperadamente se marcharon, y temblando un poco por el frío, la noche y la soledad, llorando se quedo dormida.

Al despertar -pensó-, que lo mas raro de todo era que aún no la habían capturado dentro de la extraña casa donde la dueña era la muerte, Maurina se quedó mirando la pintura de la pared de la gran desolación de lo que debió ser un gran salón y tuvo la sensación que ella se había convertido en el mundo y en la guerra, ella era la pared y, el mundo era una enorme red junto con su guerra, como las ramas entrelazadas en el bosque, como la corriente de agua del río Ibor, donde se mezclaban los colores; plata, gris, negro, marron, verde, rosa y un amarillo pálido como su piel , al observar la red se veía atrapada en ella, tejida con ella y tejiendola, la pared-red formaba pequeños y grandes dibujos de guerra: desolación,árboles pintados, hierbas, flores, hombres, mujeres, ancianos y niños libres como los pájaros. Cuando el crepúsculo de volvió oscuridad, Maurina miró por encima de las casas desde la hoquedad de la pared-ventana, vio por lo alto de los edificios de formas siniestras, medio deruidos, había pequeñas estrellas de luz de fuego que emanaban de las tiendas de campaña de los que nada tenían que perder y se negaban a abandonar porque ya no tenían miedo, el campamento rodeaba la ciudad y se levantaba tras las ruínas. Y añoró el calor humano, la cena y la compañía, podía ver a las mujeres arrodilladas junto al fuego cocinando cualquier cosa, entre llas jugaban ajenos al hambre y a la muerte los niños. Sintió la vieja sensación de rabia, de perdida de locura en su mente. Apretó el fusil contra su pecho y le pareció que apretaba un poco de oscuridad. Se observo el dedo índice de su mano derecha, encallecido por la presión que ejercía en él el gatillo, cuando disparaba, se acarició la piel del rostro, pálida y sin curtir al no haber sufrido los rigores del invierno, de la guerra, eran las señales que la llevarían hasta la pena de muerte.

Otra vez vio al grupo de soldados subir por la calle, hasta la plaza, esta vez Maurina no disparó, ahora subían ya por las escaleras. Mientras ella poco a poco se incorporaba, al levantarse del suelo su cuerpo estaba entumecido, le dolían las piernas por el frío del suelo, entre los escombros empezó a buscar su abrigo de piel raída, se lo puso y luego colocó sobre su cabello sucio, revuelto y enmarañado una viejo pañuelo negro, ahora se sentía rigida y pesada, pero era una mujer fuerte, era Maurina, la había disparado y alcanzado objetivos que se movían dentro de su campo de visión en la fortaleza, con su fusil, allí abajo era invierno, la nieve, sucia, negra y roja, tapizaba la tierra.

Se oyeron gritos, luego la alta puerta de madera podrida apuntalada por dentro, era golpeada por la culatas de los rifles, Maurina se acercó hasta la puerta y comenzo a quitar las tablas que ella había puesto para protegerse, les dijo que no dieran mas golpes, que iba a abrirla, que se entregaba. Estaba muy cansada y aquel debía ser su momento, se estaba haciendo muy tarde y el tiempo de le terminaba. Era plenamente cosciente que ya no le quedaba por lo que luchar, Mitrovica había sido tomada, arrasada, incendiada y destruida, ¿podia ser cierto?. Sí, la ciudad estaba asolada y en ruínas. Entonces entraron los soldados derribando la puerta antes que ella alcanzara a abrirla. Se la llevaban cuatro soldados, ahora los suyos estaban muertos y aquellos hombres que se reían de ella, la empujaban, la golpeaban con las culatas de sus rifles hasta hacerla caer al suelo y luego le daban patadas para que se levantara, unos soldados tal vez demasiado sumisos en esta guerra con demasiadas ganas de extinguirse, ellos no tenían conocimientos, ni habilidad para conbatir a la muerte, los abortos de las asdolecentes violadas, la matanzas de ancianos, hombres invalidos y niños que masacraban sus propias generaciones cuando los preparaban para la guerra, solo adquirían conocimientos de logística, hambre de miseria y muerte, día a día y un año tras otro, siempre se perdía algunos conocimientos de lealtad, de paz y vida, suplantados por venganza deshumanizados logísticamente, una información mucho mas inmediata, mucho mas útil y que concernía a unaa resistencía, al aquí y al ahora, al final aquel ejercito había llegado a no comprender mucho mas allá de las ordenes de los mandos. ¿Qué les quedaba de su vida de su herencia?. Ella moriría, pero ¿sabían ellos que también eran seres humanos?. Maurina y su guerra, en soledad, alerta, disparando sin tregua, entre el frío, el miedo y el hambre, desde lo alto de un edificio abandonado, asolado y muerto. Un largo exilio, una lucha, una vida en la guerra que acababa. Se tambaleó un poco, por los empujones, los culetazos de los fusiles, las caídas y el cansancio.

La clara y fría noche había despejado su mente y se sentía bien, era como un pequeño brote de gozo, tenía la sensación que este pequeño alivio que nacía en su alma de debía a su captura. Había llevado sobre sus hombros toda la responsabilidad del combate en soledad, durante demasiado tiempo. Maurina era una extranjera de sangre e ideales ajenos el alto tribunal la condenaría a la máxima pena, por crimenes de guerra, por rebeldía, por no compartir su poder, su exilio, ella ya hacía tiempo que nada compartía. Para sus captores y el tribunal era una delincuente cobarde, francotiradora. Antes fue una nómada cuyo único hogar había sido el cielo raso, el duro invierno, el bosque, a veces una madriguera, esta o aquella ladera de la montaña, una u otra orilla del río Ibor, los refugios bajo la nieve y todos aquellos recuerdos le producían una paz en su alma, una ternura hacia ella que nunca podría expresar con palabras. Sin proponerselo, un grito que salía de su garganta desgarraba trozos de noche, ¡Maurina!, ¿que te han hecho?.

Las casas y su último refugio quedaban atrás, la ciudad estaba en silencio, Maurina ahora pensaba en otros refugiados que fueron llegando de la parte norte de la ciudad saqueada: los gritos, techos, casas ardiendo, los cadáveres desparramados. Hay veces que la voluntad de sobrevivir es muy fuerte, era extraño ser pocos, ser débiles, vivir de la caridad y de la benevolencia de las fuerzas internacionales de ejercito. Para ella la guerra, el desastre era solo parte de su propía vida. Sabiendo que se aproximaba su muerte miraba por el ventanuco de su celda, contando las horas que le restaban. Los jovenes, -se dijo- eran los que tenían que abrir los caminos del desarme y la paz.

Acerca del autor

Maricarmen Camacho Adarve

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