Relatos Cortos

Cena de navidad

Hilario, hermano de Saturnino, este soltero, aquel viudo desde hace cinco años, hará algo así como treinta minutos que se ha levantado de la cama y si bien es hombre de costumbres estables, hoy, a pesar del tiempo transcurrido, aun no ha entrado en el cuarto de baño para ajustarse la dentadura, no ha preparado el tazón de leche miga con galletas, ni se ha sentado frente al televisor para ver el Peque Prix que presenta Ramón García. Desde que Séneca está en casa es otra la preocupación que tiene en su cabeza, por eso con los ojos legañosos y un aspecto lamentable, Hilario es dos años mayor que Saturnino y aquel tiene setenta y dos, deambula por su casa ataviado con un horrendo esquijama color añil que simula el uniforme del comandante Spock en Star Trek. Duda si llamar a Saturnino o empezar con sus hijos, tres, un varón y dos hembras. Por fin y tras meditarlo, no sin cierto desorden, entra en el salón y coge el listín telefónico, busca en la S, pero en esa letra no está Saturnino, cae en la cuenta que puede estar en la H, pero tampoco, así que lo cierra e intenta recordar el número. Cuando por fin cree saberlo descuelga el teléfono y marca pero no es Saturnino el que contesta, cuelga el auricular, deja el listín sobre la mesita y se marcha al cuarto de baño. Abre el grifo del lavabo, mete las manos en forma de cuenco bajo el chorro de agua, agacha la cabeza, acerca la cara y resopla con ganas sobre el agua que le empapa la cara, salpica el espejo y el suelo. A continuación se humedece con agua y jabón los ridículos pelos blancos que aún le quedan, y con un peine fino color carey se los extiende muy bien hacia atrás. Enjuaga la dentadura y se la coloca sobre las encías, Buenos días Hilario, gesticula y pronuncia para probar que aquella ha quedado ajustada. Parece haber relegado el asunto que le rondaba la cabeza, entra en la cocina y se prepara el desayuno, agarra el tazón, y en el salón enciende el televisor, un “Invicta” en blanco y negro con un trozo celofán azul sobre la pantalla, y cuando Ramón García presenta al Director del Colegio privado concertado, no se ha enterado del nombre, se toma la primera cucharada de leche y galletas. En aquel momento se acuerda de Séneca, deja el tazón sobre el televisor y va al dormitorio, Está dormido, murmura. Retorna al salón y al finalizar el Peque Prix decide ponerse
manos a la obra.

En la cocina se coloca un delantal de hule con tomates y pimientos verdes, abre un cajón y saca un cuchillo de exageradas dimensiones, el más grande que tiene. Son las once de la mañana y en este momento el aspecto de Hilario caminando por el pasillo de su casa en dirección al dormitorio, con el esquijama de comandante Spock, el delantal de hule con motivos hortofrutícolas y el cuchillo bien sujeto en su mano derecha con la hoja señalando al techo, no sabemos si es aún lamentable o sencillamente aterrador. A todo esto Séneca que parece haber intuido el peligro se ha despertado y ostentosamente hace ruidos que se oyen desde el corredor. Esta no se la perdono a Arcadio, comenta. Arcadio era quien se ocupaba de estas tareas todos los años hasta que María la más pequeña se marchó de casa, recuerda que llenaba al menos tres cacerolas de sangre espesa. Camino del dormitorio piensa en Séneca y en como encajarle una única y certera puñalada que ponga fin a su vida. En estas se percata que el dormitorio no es lugar idóneo para tales ocupaciones, pues la sangre lo pondría todo perdido y el olor tardaría días en marcharse. Así que regresa a la cocina, suelta el cuchillo y vuelve al dormitorio. Séneca está erguido con el pecho henchido, y sus ojos le miran con fijeza. Con cuidado se le acerca, desanuda la cuerda de la pata de la peinadora y se lo lleva. Nuevamente en la cocina, lo vuelve a amarrar, esta vez a la de la mesa de formica plegable que en tiempos, cuando eran una familia, usaban para desayunar, abre la puerta central de la alacena y saca tres cazuelas grandes de metal plateado, Serán suficiente, piensa. Cuando se dispone a clavar el cuchillo en la parte que une la cabeza con el cuerpo de Séneca, se acuerda de como lo hacía Arcadio, Hay que ponerlo en la encimera, dice, así que deja el cuchillo, agarra a Séneca, y no sin cierto forcejeo lo coloca sobre la tabla de la cocina, pero Séneca, liberado de sus ataduras, dando saltos y alaridos sale corriendo de la cocina. Hilario coge el cuchillo y le persigue pero cuando va por la mitad del pasillo escucha el teléfono, es Saturnino, Como va la cena, le pregunta, Bien todo controlado, crees que debería llamar ya a los chicos, pregunta él. No te preocupes lo haré yo. Gracias Saturnino. En el dormitorio, Séneca se ha agazapado debajo de la cama y se niega a salir. De rodillas Hilario intenta meterse debajo, pero su artrosis y los problemas de locomoción de su sangre le impiden estar en esa posición, así que opta por empujar la cama. Luego agarra la cuerda y se lleva de nuevo a Séneca a la cocina. Lo pone sobre la encimera le agarra el pescuezo, cierra los ojos, y en ese instante algo en él se conmueve, no es capaz de matarlo. Que hago ahora, con Séneca vivo no hay cena que valga, piensa. Por fin una luz le ilumina el entendimiento, Se lo llevaré a Arcadio, se dice. Al principio Séneca le seguía obedientemente disfrutando del paseo, pero a poco que hubo andado dos calles, algo debió hacerle dudar y se negó en redondo a seguir caminando, Hilario tira de la cuerda pero él se resiste más. Tras tragar saliva y soportar las bromas de los niños y los improperios de algunas señoras que le reprochan sus crueles maneras, llega a la carnicería. Arcadio no está, entonces se acuerda que murió hace tres años y que ayer mismo él estuvo hablando con su viuda, Margarita, Como puedo tener tan mala memoria, murmura. De vuelta en casa, se arma de coraje y cuando Séneca descansa placidamente entendiendo que el peligro se había retirado, en el pasillo le atiza una puñalada que acaba de inmediato con su vida. A las ocho de la tarde cuando Hilario abre la puerta del horno Séneca parece otro. Luego junto a la mesa, con el mantel, los cubiertos, y Séneca acicalado con rodajas de naranja, Hilario arreglado con su traje gris y la corbata azabache, espera impaciente sentado en el sillón que tintinee el timbre de la puerta. Como las horas se suceden y nadie aparece se acuerda ahora de Saturnino y de su mala cabeza, Seguro que ha olvidado telefonear a los niños, luego se queda dormido. Antes medía noche el teléfono le despierta, María, la más pequeña, le recuerda que mañana es noche buena, que va a cocinar un pavo y que le espera en casa para cenar, No olvides avisar al tío Saturnino, un beso, le dice. Hilario mira a Séneca, que parece dormido, porque tiene la cabeza encogida, deja caer dos lágrimas, piensa en lo injusto de la existencia y se vuelve a quedar dormido.

Acerca del autor

Juan Miguel Garrido Peña

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