Relatos Cortos

Cartas en botella

Cartas en botella. Mails en violeta.
Quién le escribia versos dime niña quién era
quién le mandaba flores por primavera
quién cada 9 de noviembre
como siempre y sin tarjeta
le mandaba un ramito de violetas
Cecilia – Ramito de violetas…

Empezaron llegando a mi mail unos correos tiernos y extraños.

A veces eran una frase o una máxima, tan sólo. Otras un pequeño cuento. Muchas, las que más, versos.
Sin una explicación ni un saludo. Sólo una dirección neutra de yahoo.

Respondí las primeras veces inquiriendo por la persona que me los enviaba, porque mi dirección la había dado por tantos sitios que lo más normal sería que se tratase de un simple error. Spam no era, no vendían nada, no publicitaban tan siquiera un sitio web.

Eran sólo versos. Y no ocupaban demasiado.Así que ni siquiera bloqueé el remitente, a pesar de que no respondió nunca a mis amables preguntas.

Me acostumbré a recibirlos. A diario, generalmente a la misma hora.

Algunos días, como si su autor estuviese poseído por una pasión desenfrenada, podían llegar tres o cuatro seguidos. Pero sólo de muy tarde en tarde, y luego había largos períodos de habitualidad.

Versos casi siempre reconfortantes, que me abrazaban como una manta de letras tejida a mano.

Me hubiera gustado que hubiesen sido escritos a mano, anhelaba saber qué trazo tendrían esas letras escritas por la mano cálida que me las enviaba.

En ocasiones en vez de versos aparecían algunos cuadros, un paisaje, por ejemplo, y como siempre, resultaba justo de mi gusto, como si mi remitente anónimo y callado me conociese muy bien. Intuir me intuía, no cabía duda.

También algunas webs, algunos lugares a los que ir e la red, algún programita divertido, un midi, un pps o una canción en mp3. Sin otro asunto que no fuera “Para ti”, sin otra explicación o saludo.

Alguien piensa en ti en algún lugar, parecían decir una y otra vez.

Y eso, eso, increíblemente, acompañaba.

Yo casi nunca respondía nada, después de aquellos primeros infructuosos intentos de comunicarme con mi anónimo admirador epistolar. Tan sólo cuando algo me llegaba especialmente, cuando me sentía especialmente acariciada con dulzura en la mejilla, respondía unas palabras. Y el mail de vuelta siempre era el mismo, un cuadro con flores y un gracias lacónico, que a mí se me antojaba sin embargo sonriente.

Un día recibí un ramo de violetas sin tarjeta.

No caía en de quién podía proceder…hasta que una luz se iluminó en mi memoria :¿qué día era? Y consulté la carpeta en que guardaba los mensajes de mi remitente anónimo, bajo el nombre de Violetas en la red (sabía que era mi color, y que adoraba esa canción de Cecilia), y sí…hacía un año justo de su primer envío.

Desde entonces, cada aniversario llegaba un ramo. En navidades, algún libro que era justo aquél que me apetecía empezar a leer. En mi cumpleaños, bombones.

Así durante varios años.

Nunca tuve miedo ni aprensión ante lo mucho que parecía saber de mí aquella persona.
Yo en la red participaba activamente en algunos sitios en que contaba muchas cosas de mí, detalles que podían llevar a conseguir mi nombre y dirección, suponía. Pero tampoco me sentía especialmente preocupada por sus atenciones.

No aumentaba su nivel de contacto, ni su frecuencia. No parecía esperar nada de mí, ni buscar nada más que mi gratitud o mi sonrisa, manifestada en contadas respuestas.

Doce años después del primer mail, acudí a un Congreso sobre el tema que yo estudiaba en esos momentos. Aunque había comentado que asistiría al mismo en mis lugares de red habituales, no esperaba que apareciera. Ya había habido muchas kdds, muchas ocasiones en todos estos años en que hubiera podido encontrarme si hubiera querido, y no lo había hecho, así que no esperaba nada distinto en esta ocasión.

Sin embargo, cuando al llegar a registrarme al hotel me entregaron en recepción un sobre a mi nombre que me estaba esperando, de color violeta y con una violeta aplastada en su interior, tampoco me sorprendió demasiado. En realidad, hacía muchos años que esperaba ese sobre.

En su interior, en la tarjeta estaba escrita tan sólo una frase:

Estoy esperando con el resto de violetas en la cafetería del último piso…Esperaré hasta las siete, si no quieres verme, simplemente no acudas. Lo entenderé.

Eran las seis, me daba tiempo a acicalarme. Subí a la habitación y me duché y vestí como una novia en una primera cita. No conseguía ponerme los pendientes porque mis manos temblaban un poco al hacerlo.

Subí hasta la cafetería. Era todo cristaleras y una vista sobre el mar preciosa,pero yo sólo miraba a las mesas, escasas y vacías, todas vacías…excepto una, al fondo.

Sobre un ramo de violetas pulcramente apoyado al lado de un par de copas vacías aún, me miraban unos ojos interrogadores y cálidos, tan cálidos como siempre me los había imaginado.

Avancé, trastabilleando un poco sobre mis tacones.

–¿Eres tú? — le pregunté mostrándole el sobre malva — ¿Has sido tú todos estos años?

— Sí — me respondió ella, mientras acercaba su mano con dulzura a mi oreja y me cerraba uno de mis pendientes, cuyo broche había quedado abierto en mi precipitación.

— Y, ¿por qué ahora? — pregunté mientras notaba cómo me ruborizaba ante el contacto de su mano, tan cálida como masculina la había imaginado todos esos años.

— Porque me queda un año de vida.

Y nos sentamos una frente a otra, con las manos ya entrelazadas, que no habrían de soltarse en toda aquella noche, la primera de mi vida en que conocí la pasión de labios de otra mujer, ni todas las que siguieron a lo largo de aquel año que resultó ser al final dos años y medio en que el cáncer se la fue llevando poco a poco de mi lado.
…………….
Cita…desde la biblioteca de la casa de Poe

Acerca del autor

Maria de Juan Valdés

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