Relatos Cortos

!Asco de domingo!

Hoy no ha sonado el despertador, es domingo. A través de las rendijas de la persiana el sol ha taladrado mis párpados, pero no me importaba; es más, su capacidad luminotérmica me hace sentir henchido de vitalidad.
Luego de ceder a las acometidas de mi mujer, que me perseguía sin parar entre las sábanas y el edredón (me pone a cien que haga esto), accedo a prepararle el desayuno. ¡Ya te digo la muy taimada…!

Conecto la radio de la cocina. Adela, mi mujer, grita desde la cama que ponga música; algo bonito… Diana Krall, casi ordena. En ese mismo instante, la locutora de la radio está diciendo no sé que gilipuertez a cerca de cierto estudio sobre los gustos musicales de las mujeres menopausicas; me llama la atención. Afirma que a las mujeres de más de cincuenta años, o sea las pre o menopausicas, o sea Adela, ya no les va la música movidita tipo rock y sí la mas matizada del jazz (por ejemplo), porque asocian ésta (este tipo de música entiéndase) a su más pausada actividad sexual y por supuesto la de sus compañeros, cuando éstos son más o menos de su misma edad. O sea yo… ¡Joder con Adela! (y conmigo… creo), ¡cualquiera lo diría!

¿Tú Mariano? Tú eres un tigre cariño… Parece responderme con una mirada cómplice que no me deja muy convencido; en fin.

Ahí podría haber acabado todo, como una anécdota que terminará a bien seguro, por diluirse en el cómputo de las veinticuatro horas dominicales; pero luego viene lo del puñetero diario en el buzón. Ese refrito semanal repleto de anuncios, ofertas de trabajo, suplementos a todo color y frustraciones de bobainas. ¡Para qué lo compraría cojones!

Primero; en las páginas de opinión, un artículo con ambiciones ensayísticas de la machorro esa… como se llama… Bueno da lo mismo; un artículo que ha escrito esa especie de estrecha congénita. Inconscientemente me la imagino en pelotas: Anda que el que… ¡Uf! Ya hay que echarle estómago, vamos…

Pues no va la tía y cuenta, muy mal contado por cierto, un rollete que supuestamente se marca con un escultor veneciano de reconocida prosapia, que vive en una especie de palacete medieval semiderruído, que tiene mas años que la Revolución Bolchevique y que se le queda seco en mitad del acto… ¡Pues qué quieres zorrón! Que ordinariez, que rebuscado ¡qué patético! Y encima va y dice que el vejestorio apenas se empalmaba y que ella se pasa todo el tiempo mirando los frescos del techo hasta que se da cuenta que el tipo la ha guiñado… Penoso, ya digo.

En realidad, he de reconocer que leer semejante basura me ha dejado el ánimo un poco más tocado; mas nada comparado con lo que todavía me quedaba por pasar.

Continúo leyendo el diario, y en las páginas nacionales destinadas a la salud y esas memeces modernas, me vuelven a tocar los cojones (nunca mejor dicho) con otra absurda estadística que correlaciona la longitud del pene con el apetito sexual y la edad. Me la mido… ¡Digo! me lo mido… el ese… ¡el pene hosti! ¡Joe! Lo que ya sabía… ¡Entonces para que cojones vuelvo a insistir con el puto metro del costurero! ¿Para qué me martirizo? A ver. Mira que soy masoca…

Me llego a la tabla adjunta y busco: 19 centímetros… no; 18…, 17…, 16…, 15. Comprobemos… ¡Venga! Hay que ser legal, que no se va a enterar nadie. 14 centímetros, 13 (ya estoy por debajo de la media), 12. ¡Se acabo! ¡Ya está bien, hombre! De aquí no bajo. Una cosa es el rigor y otra la dignidad.

Doce centímetros y cincuenta y un años sale que… ¡Buag! ¡Vaya una mierda! Entonces, según esto ¿el de esta mañana ha sido el semestral?

Pero es que además, no se queda ahí la cosa. Las conclusiones de la estadística invitan a que el varón pregunte a su compañera si ésta se encuentra satisfecha con la calidad y frecuencia.

Cuando Adela, que conoce más que de sobra esa mirada mía de cordero degollado si algo me contraría, me interroga por fin a cerca de los males que me aquejan, ya tengo más que decidido no seguir con lo del test estadístico. Por supuesto a ella no voy a preguntarle nada; por si acaso. A estas alturas me siento más que jodido con el puto domingo y sus consecuencias colaterales.

Afortunadamente, luego nos hemos puesto de martinis hasta las cejas en el bar donde nos juntamos todos los amiguetes. Los langostinos y el pulpito estaban de vicio, por no hablar de las raciones de callos y oreja que han caído una detrás de otra.

Pero mira por donde la cosa ha amanecido torcida y torcida tenía que continuar. El Pompete va y dice que tenemos que leer el artículo del periódico, sección Madrid, donde se da cuenta de lo poco saludable que son los hábitos domingueros, en jornada matutina, de los madrileños: de las cañitas (tocamos a quince per cápita y domingo al año), de los vinitos, los martinis, las grasazas y las fritangas a base de aceites vegetales saturados, con los que se elaboran la mayoría de las porquerías que nos endosan cada vez que salimos de casa para picar algo y que nos llenan las arterias y otros lugares de nuestra anatomía de colesterol (del malo), ácido úrico y guarrerías por el estilo. Lo que traducido al román paladino quiere decir que nuestros hábitos son una mierda, por no hablar del despilfarro pecuniario.

Conclusión; que donde más se nota esto es en la salud, ¿y dónde se ve esta más socavada? ¿Eh? ¡Claro! En el puñetero sistema cardiovascular. Y mira por donde (¡casualidad!), que éste incide directamente en la efectividad de nuestras prácticas más concupiscentes y mundanas.

En resumen: he mandado a tomar por el culo al Pompete, los he dejado a todos plantados, incluida Adela y luego, una vez en casa, me he echado una siesta de órdago con sueño incluido, cuyos pormenores mejor omitiré, puesto que Naomí Campbell se ha empezado a descojonar de mí apenas se la he… ¡cagoendiez! Encima eyaculación precoz. Ya he vuelto a manchar el edredón. ¡Verás Adela!

Me cojo el suplemento dominical… Hombre, por fin algo que posiblemente me aclarará alguna duda. ¡Tío masoca…! Leo: Cuestionario para detectar la andropausia. Sí, eso que el cachondo de mi amigo Gerardo llama pitopausia. Lo cumplimento (el cuestionario). ¡Joder, joder, joder! Resumo. El cuestionario dice que si respondes afirmativamente a más de tres preguntas de un total de diez, o simplemente a dos específicas… Vamos, que en tal caso te sirve para poco más que las funciones básicas de micción. Contesto a todo que no ¡uf! Menos mal. Más, obligado por la conciencia a realizar una revisión pausada y rigurosa de las preguntas, introduzco cambios. Digo que sí a todo.

Adela llega casi a la hora de cenar. Por cierto, se la tengo preparada (¡la cena joder!), pero ni con esas; el morro le llega hasta las rodillas.

Enciendo la tele para ver el resumen de los partidos y me entero que el Madrid ha perdido. A estas alturas, semejante acontecimiento casi me resulta anecdótico y trivial, pero lo que vuelve a hurgarme ahí (donde se me viene hurgando todo el puñetero día), es la noticia asociada al partido. Ronaldo… ¿O ha sido Raúl? ¡Joder Adela. Por tu culpa ya no me he enterado a quién le ha pasado! ¿Para qué pones el microondas con el ruido que arma?

Adela me dice entonces eso que dice siempre que está de mala hostia, y yo estoy a punto de responderle aquello de “pequeña pero revoltosa”, pero mejor no lo digo, por si ha leído lo de los centímetros, la virilidad y la edad y encima quedo como el culo.

Vamos, que le han pegado un balonazo en los cataplines y lo siguiente que se le va a caer es el vello de la cara. Y es que, según concluye lapidario el facultativo de los servicios médicos del equipo, sólo la perfecta sustentación de esa parte de la anatomía, nos permite (como machos entiéndase) reafirmarnos con fundado criterio en la premisa aquella: Ment sana, córpore sano. Pero al revés.

Otra conclusión: apoyándome en la ilustración del galeno colijo que me quedan dos o tres telediarios.

Adela se ha tumbado en el sofá, pero cuando llego yo (llego yo de terminar las labores propias de mi sexo en la cocina…) primero me obsequia con una sonrisa cómplice y luego levanta una pierna y dobla el dedo gordo del pie. Con él me señala la silla de madera. Mi silla. Me siento convencido de que el mosqueo ha empezado a pasársele; si así no fuera, me hubiese dejado un sitio en el sofá. La verdad, no sé que me conviene más…

En la tele están poniendo uno de esos aglutinadores programas divulgativos; pero ante mi sorpresa Adela dice que me deja ver el resumen de los partidos. Algo trama, seguro. No creo que así, de repente se eche a mis pies. Me hago el duro y la digo ¡no, déjalo! Si me da igual… (me da igual porque ha perdido el Madrid, claro). Así es que finalmente dejamos el programita divulgativo. Está hablando un tipo con cara de amargado y cuasi jubileta. No tiene el menor reparo en reconocer que su vida sexual está finiquitada a pesar de que su mujer… ¡Joder cómo está su mujer!

El tío gilipollas va y dice que ahora donde más a gusto se encuentra es en el trabajo. Y que además, cuando sale de él (del trabajo), pasa por una zona de esas que frecuentan los travestidos. Que sabe que son tíos, pero que no puede evitar que se le vayan los ojos detrás de esos pedazos de cuerpos. Que encima le ponen…
Entonces va Adela y se me queda mirando, sin decir nada. Lo cual jode, porque sus ojos sí que dicen. ¡Ya lo creo que dicen! Más aún, me interrogan. Me interrogan algo así como: ¿No irás a volverte como éste? ¿Yo? ¿Hacerme gay…? Le respondo con la mirada procurando mantener la compostura. ¡Por supuesto que no!

(Que quede constancia de mis respetos por el colectivo ¡eh!).

Nada, que le pueden dar mucho por ahí al reprimido ese de la tele, yo ya tengo bastante con mi dominguito y sus estadísticas.

Me voy a la cama. Digo. Pero Adela apenas reacciona con un gruñido. Parece interesarle mucho más la incontinente verborrea de la impresentable presentadora que dirige el impresentable programa televisivo.
Lo de subir el volumen seguro que lo ha hecho aposta. Desde el dormitorio puedo escuchar ciertas afirmaciones que hace otro listillo licenciado en psicología (naturalmente es argentino, como casi todo psicólogo que se precie), relacionando una vez más la andropausia, con la escucha de programas nocturnos deportivos… Me rindo. Guardo el puto transistor en la mesilla de noche. Mejor leeré un ratito.

Me disponía a comenzar algo de lo último que he adquirido. Un texto árido y procaz a más no poder de uno de esos escritores escatológico-hedonistas; pero creo que no. Pienso que mejor me pongo con las obras completas de los Hermanos Grimm, que a estas alturas y visto, escuchado y leído lo visto, escuchado y leído, empieza a parecerme lo más apropiado dado mi estado psico-emocional y físico-sexual.

¡Ahí va, qué viene Adela! Y se ha puesto los ligueros… ¡Glup! Esa se ha estado viendo la película porno…

Venga Mariano, en momentos tan delicados como estos es cuando un tío demuestra lo que tiene que demostrar. La verdad es que Adela me pone bien puesto… Viéndola llegar a la cama así, acechándome como una pantera a punto de devorarme, hace que piense que todo eso de la inapetencia en la menopausia son bobadas… bueno de la menopausia y la andropausia ¿O no?

Acerca del autor

Enrique Javier de Lara

Deja un comentario