Clásicos

Maese Cornelio Tácito

Este era un sastre.

Y dijo el sastre a su mujer (que era su cruz): “ya se ensució en el faldón de la levita nueva del licenciado Piñones”.

Y replicó la maestra (que así la llamo aunque ni era sastra): «tal y tan nueva que aún la tienes por concluir.. pero a ti sólo suceden esas cosas; porque yo ya le hubiera repasado las plumas” Y así diciendo, se daba los aires de pelar pollos.

De resultas del caso, se produjo en el matrimonio un diálogo desagradable, que terminó sin escándalo: gracias a que las sensibilidades estaban trocadas entre los cónyuges.

El sastre, para desviarla de sus conatos, regaló a la sastresa un tierno palomino, que le supo a ella muy bien en pepitoria.

Durante la mesa, fue la sastresa tan generosa contra su costumbre, tan expresiva contra su carácter, que hizo un obsequio al sastre.

Diole con mimo todo el pico del palomino; y además, las dos patas enteras.

Quiero decir en lo de las patas, que le dio desde los corvejones exclusive hasta las uñas inclusive.

El sastre se limpió las uñas con las uñas del ave, y los dientes con el pico; pero la sastresa, que había tomado algo de la lengua latina en la propia lengua del licenciado Piñones, hirió con punta de mofa a su marido, diciéndole: “Aliquid chupatur.”

A eso ya no pudo resistir el pacientísimo esposo, y se tragó de enfado los extremos de aquel pájaro adolescente, cuyo cuerpo y sangre había consumido por entero su mujer.

Pero nada dijo, ni se notó cosa que sea de contar; como no sea cosa contable lo que tengo por chisme de lugar; y es, que desde entonces dio en piar cuando sentía el hambre, y en comer algarroba.

Entró en el acto el licenciado Piñones, que vestía de luto añejo. Había dejado de crecer desde los veinte años, se arropaba con la de entonces, y hacía otros tantos que él y su traje marchaban juntos cuando el cuervo se ensució en el faldón de la levita nueva; pero en sus primeras décadas había el licenciado crecido mucho.

Estaba más alto que un palomar.

Entró, y dijo: «que me chupen brujas, si no adivino lo que anda”. Y arrulló de buche profundo, como palomo ladino, a la sastresa.

“No está la Magdalena para tafetanes”, le respondió ella; y dice que pió el sastre de pura necesidad.

Dios quiso que aquello no pasara adelante, porque el licenciado quería probarse la levita; Maese no había hecho más que chuparle la mancha de primera intención, y la sastresa refunfuñaba en secreto, movida de dos voluntades en un solo provecho.

Entonces, fue cuando el licenciado Piñones dijo aquello que está escrito en piedra: “Sicut palominus dividitur ita jungitur in uno’.”

Y no hubo más.

Ello es, que no constando su nombre, le llamaban Tácito por lo sufrido; pero el sastre en puridad se llamaba Cornelio desde la pila; y apellido no le tenía de herencia generativa, aunque le sucedía lo que pasa a otros, que lo heredan del día del santo en que nacieron. Y la fe de bautismo reza que se llamaba Cornelio del Espíritu Santo.

Era la sastresa hija del ama del cura, que la casó con Cornelio Tácito: y el licenciado pasaba por natural de Valsaín; pero nadie sabía de fijo si había nacido o no en aquel lugarejo, sino que a él se le encontraron pequeñito como grano de piña desprendido, y le llamaron Piñón.

Después creciendo se llamó Piñones, porque es fama que los cascaba juntos a maravilla.

El licenciado quiso y no pudo matrimoniar con la sastresa antes que tal fuera.

Cuentan que por no perder un beneficio simple, que le vino de la Granja; pero bien la tenía conocida vísperas que casara con Cornelio Tácito; y este que no gozaba beneficio, casó con ella, sin conocerla, porque le pusieran tienda.

Esto se sabía de público; y no hubo más.

Habían transcurrido unos días, desde que la sastresa se comió en pepitoria las noventa y nueve centésimas del palomino, cuando entré en la tienda, para que Maese Cornelio Tácito me diese una opinión facultativa.

Tenía yo unos pantalones que me venían chicos, porque fueron heredado de mi tío el enano, señor de poca menos talla que un chivo, y yo mido cinco pies y seis pulgadas.

Iba, pues, a preguntarle, cómo podría sacar de ellos una montera completa para mí, sin aventurar la empresa a un quién pensara.

Éntreme de rondón en la tienda como solía, y topé con el sastre.

Dios y ayuda necesité para que le conociese; porque estaba bobo de penas que por largo espacio habían dormido en su corazón, y ahora se le despertaban todas juntas.

Traía los ojos emponzoñados de lágrimas que le cegaban; volábanle canas esparcidas; y hacía aspavientos con los brazos en alto, crispadas las manos en que mostraba unas tijeras sangrientas.

Aunque siempre le tuve por blandísimo corazón y sobrado de bondades, sé lo que son los buenos y pacientes cuando rompen; que rompen tarde y exceden el rigor.

Movióme a susto él verle y a compasión dejarlo solo, tanto, que cerré la puerta y le dije: ¡Maese! ¿Qué gran pena es ésa?

Y al mirarme nada dijo; pero se le desató el nudo de los sollozos en torrente de lágrimas, y me abrazó.

Yo creí que hubiese dado muerte a su mujer; y en verdad que toda la vecindad hubiera declarado lo contrario, aunque así fuese.

Mas no era, porque en el punto mismo la vi en la trastienda, altercando con el licenciado Piñones; y al cabo de otras inmodestias, entendí que le dijo: «Pues que me apliquen aquel cantar que se canta:

Como me entró el antojo Me dio la gana;

• unas les entra flojo

• otras que rabian.

Y soy de aquellas que no niegan al cuerpo Lo que le peta.

Y lo entonó por lo recio, tal y como digo; cuando aún sollozaba el sastre por lo bajo, tal y como iba diciendo.

«¡Oh sastres!”, exclamó Maese, apenas concluida la seguidilla por la sastresa: “¡Aquí me tenéis, oh sastres, que clavé mis tijeras en mis propias entrañas! … “.

Entonces creí que a la manera desesperada de Catón’ se hubiese infligido la muerte con sus armas.

Para semejante acto le bastaba no ser estoico: y compadecido de su flaqueza, le registré todo el cuerpo hasta que vi no tenía roto en que no hubiese remiendo.

En esto comenzaba a anochecer.

Perplejo me tenía el espectáculo, y entraron en la tienda el licenciado Piñones y la sastresa… que por cierto se me había olvidado decir su nombre; pero que la llamaban la Sotanera; y en su vida cosió una.

La Sotanera traía con ambas manos una cazuela humeante a borbotones, y el licenciado un candil vivo pendiente del dedo índice. Ella entraba muy cernida y él muy tieso, al paso que estaba el sastre todito encorvado en un rincón; y yo no tuve tiempo de mirarme a mí mismo, porque me faltaban ojos para ver lo ajeno.

Plantificárosle a Maese Cornelio Tácito un veladorcillo de pino a tocaropa, y encima de este velador puso lasastresa la cazuela a quema-ropa.

A todo esto diciendo: “Está diciendo comedme” Sin que el esposo mostrase más ganas que las de llorar.

Donde hay candil no falta garabato; y al resplandor dudoso y vacilante de un candil recién colgado, sentáronse a la redonda con el sastre, que ya lo estaba, la sastresa y el licenciado.

Creí que si no me saludaban fuese por no convidarme y quédeme de bolo, sirviendo de percha a los pantalones de mi tío el enano, y parado tan en firme como estatua de sastre… Si los sastres no colgasen ropas más que en las Venus, en los Apolos o en los Mercurios de yeso con que adornan sus talleres, andarían más honestos. Pero yo he visto en ciudad, en la ropería de la Buena-Muerte, dos levitas, dos casacas, dos chupas y dos chaquetas, que todas juntas colgaban de los solos brazos de un Santo Cristo de la Buena-Muerte, cuyo divino Señor más parecía por esto el hortera voceador de las excelencias de la tienda, que su Santo Patrón… Y quédese lo dicho por paréntesis, que no por digresión impertinente, aunque lo sea.

«Está que dice comedme”, repitió la Sotanera, y destapó.

Si no lo hubiese yo visto tan grande, creído hubiera que fuese perdiz.

En mi ánima que no vi en mi vida pájaro tan rollizo y sazonado.

Estaba boca arriba mostrando lo mejor, y estaba solo porque lo llenaba todo, salvo que le murmuraban aplausos las espumas por bajo y los costados.

Era un buen bocado para cuatro que se dieran mano a ello. Y si digo que era un buen bocado para cuatro, entiéndase que la frase un buen bocado me la encuentro; y es prueba que estaba hecha aun antes que el guisado.

Bien advertí que el sastre no piaba, y me di cuenta; mas no así me expliqué cómo no se relamía el licenciado con ser chupón de lo ajeno y nada sobrado de lo suyo.

Pero en mitad de este silencio e inmovilidad expectante, sólo la Sotanera comió todo, hasta mondar los huesos, y se sorbía los dedos por añadidura.

“! Rara avis in terra!” exclamó el licenciado a las pechugas, hecho todos ojos, mientras que el sastre apretaba los suyos, tanto que más que ojos me parecieron ojales sin botón.

Y proseguía el licenciado diciendo a los bocado”Sic pani corvo jungitur Palominus”.

Y añadió, por último, cuando hubo visto que no veía nada en la cazuela:

“Consummatum est”.Habló el sastre y dijo:

“íFiat voluntas tua!” Mas no fue a ella la muy tragona; que bien noté cómo el pobrecito despertaba para poner la expresión de su voluntad en la más alta voluntad de Dios.

Es el primero y el último latín que escuché en boca del sastre; latín que por ser sencillamente tomado del padrenuestro, sentabale muy bien con ser tan lego.

No así el licenciado Piñones, que todavía dio mas que hablar culto; y poniéndose en pie que medía tres varas, abrió otras tres los brazos, extendió las manos, que las tenía como dos infolios, sobre la cerviz de los esposos, y habló y dijo: ‘Amen dico vobis quod sicpani corvo palominus additur’, .

Y echó la casa afuera, para ir donde tuviese su manida

La sotanera le despidió con un bostezo, den todas”, se fue a ella.

Quedámonos: el sastre, que era de palo, y yo que me iba: pero como sintiese el desdichado esposo que abrazaba en muda despedida, volvió al dolor, y me retuvo quedo para hablarme estas palabras, que le respondí como van unas y otras.

El sastre. -¡Tengo miedo!
Yo-Maese, ¿De qué tenéis vos miedo en vuestra propia casa?
El sastre. -¡De la soledad!
Yo. -La soledad es nada: ¿tenéis vos miedo de la nada?
El sastre. -La soledad es todo lo que somos nosotros dentro de nosotros mismos, ¡y tengo miedo!…
Yo.- será, pues, de vos mismo.

El sastre. -¡Ah! ¡El que nunca lastimó a otro, mal pudiera temerse contra sí!… Acompañadme os pido, vecino mío, donde estemos los dos y la soledad, pero que no sea ésta: llevadme a aquella soledad sencilla en que duermen sin asechanza las aves libres… ¡Ay de mí! Nace en el hombre un temor con riesgo y sin peligro, que no es miedo de la muerte… hay temor que es el miedo de la vida…

¡Oh, cuán dulcemente sentí que donde sé poeta y llora la poesía!…

Como cada nota musical tiene tres tonos, multiplicados luego por el arte, y así resulta que no son siete, sino veintiuna, elevadas por la inspiración al infinito, las notas del alfabeto mágico con que expresa la música; conque la armonía evoca los espíritus, afines, vagabundos; y penetrando la expresión del canto en nuestra vida hace que se compenetren los corazones y las almas.

Así, así también el timbre de su voz era todo su ser, todo su ser mistificado por su dolor; y encerraba conceptos más íntimos, demostrativos y elocuentes que la significación de sus palabras.

¡Cuán conmovido lo apreté a mi pecho!

Si en aquel momento me preguntan: “¿sabes tú, de qué te condueles?”,
hubiera respondido: “¡Sí, que siento la compenetración del alma de ese
hombre con el alma mía!” . Y si me hubieran mandado explicar este fenómeno
del sentimiento por la eufonía, hubiera llorado por toda respuesta, y los
buenos me hubiesen comprendido.

Maese Tácito casi se sonrió de gratitud; conoció por impresión que hallaba un amigo en el punto y lugar mismo en que acababa de perder otro; uno hasta entonces en su amargada vida.

Parecía haber restaurado por entero su vigor.

Se levantó, ante todo, para recoger con esmerada solicitud, y guardar en su pañuelo, los huesos mondos y lirondos que por allí estaban esparcidos, y después anduvimos.

Las noches se parecen a la mar, ambas son insondables… muy anchas, muy largas y muy profundas; y muy mansas y muy soberbias, pero siempre augustas.

Esta noche estaba serena: sobre su fondo se dibujaban los contornos de los cerros y de los árboles, y los dintornos in- orían apagados en la sombra, macizando la arquitectura ingente de la naturaleza.

Pudiera tal vez decirse que entre el mar y la noche tomaron generación confusa y manifestación exigua los monumentos druídicos.

Dejábame yo guiar del sastre, ya que iba con él, por él y para él; pero mi pobre amigo nada me habló, ni miraba más que a la senda, hasta que hubimos llegado a la margen del río.

Allí hay, en un ángulo saliente, un pequeño promontorio a cuyo pie remansa el agua; y en la cumbre un sauce cuyas ramas descienden voluntarias a jugar con la corriente… parece una mujer hermosa, melancólica; con amor y sin amante, que distrayendo en el fondo de aquel fugaz espejo su mirada, deja que floten libres sus cabellos.

Este sauce lo había plantado el sastre; lo vio crecer pagando su cuidado; y después a su sombra se sentaba a coser sin sobresalto, a deplorar sin testigos; y acaso a contemplar sin verla, pero sí sintiendo la relación conjunta, ecuable y majestuosa; la armonía infinita con que la creación se ostenta, habla y camina.

Ya puestos junto al árbol me dijo: “Dejadme ahora hacer un hoyo con mis propias manos y os contaré después”; y diciendo y haciendo, escarbó la tierra y puso en el hueco los huesos aquellos que en su casa y tienda había recogido.

¡Restos inútiles a la voracidad de su mujer!

Los tapó con el polvo removido y pareció consolarse a la manera de aquellos hombres primitivos, que se desceñían de su dolor después que enterraban a su muerto.

Yo le contemplaba no sin extrañeza, cuando me dijo: “Sentaos y me sentaré, para que hablemos y sepáis… He cumplido con mi corazón y Dios me lo perdone; ahora cumpliré con vuestra amistad, y perdonadme vos”.

Le oprimí la mano, él me entendió, y puse toda mi atención resuelto a no interrumpirle.

Habló así:

“Esos huesos recién enterrados por mí, son los huesos de un cuervo; yo he dado la muerte a ese cuervo que era mi único compañero, mi amigo, mi amor y mi familia toda. Durante quince años partí con él un alimento que hubiera sido parco para mí solo… ¡Oh! en la constante necesidad de nuestra común pobreza, ¡cuántas veces vino a mí mi compañero provisto de sustento; recordándome aquel cuervo providencial con que Dios socorría al ermitaño!… ¡Oh, y cuántas veces su generosa acción fue castigada!… Mi mujer le llamaba ladrón; ¡y era mi hermano en el amor de la caridad!… Comprenderéis que no se llamaba ladrón; se llamaba Pan.

“Pan concurrió conmigo a plantar este sauce que sombreará su sepultura.

»Seamos buenos con todos y con todo, para que los árboles nos paguen con su sombra y las aves con su gratitud; nos dé su luz el sol, su tibia claridad la luna, la piedra nos preste su resistencia, su elasticidad el aire, la fuente su frescura, el fuego su calor, la hierba su molicie, las fieras su mansedumbre, Y venzamos al hombre.

»Pan concurrió conmigo a plantar este sauce, y dije a Pan: ayúdame con tu pico a ahondar un hoyo para plantar un árbol; y labramos juntos una cuna en que yo puse un árbol niño… ahora, bien lo veis, he abierto yo solo una sepultura para enterrar los restos de un amigo al pie de un árbol ya lozano.

»Estaréis pensando por qué maté a mi amigo, Lo maté por no matar a mi enemigo; culpadme vos, en tanto que yo no me disculpe.

“En quince años enteros no hizo Pan más acción indigna que la de ensuciarse en la levita nueva del licenciado Piñones; y eso yo no se lo vi hacer.

“Cuando Pan no tenía nombre propio, ni hogar mancomunado con el hombre, ni sello de esclavitud en sus tendidas alas; y era libre, feliz como lo son todas las aves del cielo, entonces lo derribó de un tiro el licenciado Piñones.

“El pobre pájaro había caído manco; pero como un cuervo herido vale más que un cuervo muerto, lo trajo vivo el licenciado y probó venderlo.

-Tres días lo tuvo expuesto al público, sin curar ni darle de comer.

“Los muchachos, en vez de juntar cuartos para la redención del cautivo, juntaban piedras en su daño: yo sentía lástima, y movido de ella hablé con el cazador, y le dije: ‘Mirad que si quitasteis la libertad a un ser viviente, y no le disteis por cálculo la muerte, la razón os dicta que le deis de comer a ese pobre animal, que hallaba carne en la mesa de la Providencia… dadle siquiera pan’

Rióse el licenciado, y me respondió: ‘A vos que nada os debe dadle de lo vuestro, que a mí todavía me debe el tiro’.

»Esta fría crueldad, tan puramente humana, confieso que me sacó de quicio, y le argüí diciendo: ¿Pues por qué gastasteis ese tiro en quien no lo esperaba, ni os lo hubiera tirado a vos, porque ni él era hombre ni vos su necesidad?’

“Tal reprensión dio mucho más que reír al licenciado, y burlándose de mi compasión me reprendió a su vez de que quisiera yo dar limosna con lo ajeno, guardando lo mío.

“Le pedí, pues, que me vendiese el cuervo, no por dineros, que no tenía, y sí a cuenta de puntadas.

“A esto se avino pronto por falta de otro postor; y diome una ropilla muy rota para que de mi cuenta y con mi aguja le llenara los huecos.

“Cerramos trato y me llevé mi cuervo.

“Aquí, que sólo Dios nos oye, os confío todo, mi buen amigo.

mujer no puede ver a los pájaros vivos: nunca dio de comer a uno, ni arrojó jamás sobras a perro, ni en su vida mantuvo gato, ni tampoco la asustan los ratones.

Con esto ya conocéis a mi mujer; dice de los ratones, que aunque son muy tunantes, se la suelen pagar; de los gatos dice que le sobra con los de la vecindad; asegura que el mejor perro es el de San Roque, porque no come ni ladra, y afirma que los pájaros son pura cosa de comer.

“Por no criar nada, ni cría gallinas; y sólo sabe capar pollos, que mantiene en su corral el licenciado, y luego nos los comemos los tres juntos.

“Cuando entré en mi casa, y la maestra me vio sacar el huésped que traía, lo tomó a peso y me llamó zopenco.

“Yo no me atrevía a preguntar el motivo; pero añadió en el acto arrojando el cuervo, que ya que compraba grajos, cuidase en adelante de comprarlos pelados.

“Como comprendéis, aquí topé con otro contratiempo, y vi claro que el mártir había pasado tan solamente de la de Anás a la de Caifás`.

“Mirad, vecino, hay satisfacciones que cada hombre las saca a su manera del capital de su desgracia.

“Lo que voy a deciros será una simplicidad sin fundamento; pero es una simplicidad que me consuela, que me alienta en el camino de la piedad.

“Yo creo que los sentimientos de amor constante y profundo hacia todos los seres, sean ya seres racionales, irracionales, animados o inanimados, los penetran.

“Creo que el amor es penetrativo hasta en el duro hierro; y que, por ejemplo, mis tijeras me sirven más y mejor porque bien las quiero, y que este árbol se goza cuando lo cuido, me aguarda cuando le dejo; y que me dice algo que percibe mi alma cuando lo acompaño… así me parece a mí; reíos vos si lo merece, que yo digo esto a propósito de que aquel pobre pájaro, de naturaleza bravía, que mi mujer condenaba a la muerte, arrojándolo con despreciativa violencia, y que yo antes había abrigado al calor de mi pecho, me miró en su desconsuelo con la expresión de un niño desamparado… Repito que Dios está presente y Él sabe cuánto me animaron aquella mirada intensa, junto con aquella actitud desvalida de un cautivo salvaje, caído a traición en las garras del hombre desde los abiertos espacios. Y dije a mi mujer: ‘Mira, mujer, ¿tú no has comprendido aún que yo he contado antes con tu bondad? Este pobre animal, tan flaco y tan maltratado, no es cosa que se come; esto es cuervo; tú bien ves qué malo está, y yo lo traigo..’

»mi mujer, que como ella dice con razón de sí misma, es muy lista, me interrumpió diciendo: ‘Cornelio, yo no entiendo en más bondades que las que reza el refrán, Pájaro que vuela a la cazuela’. No, mujer, la repliqué con cierta entereza; te advierto que lo traigo para sanarle las heridas, domesticarlo bien y que me acompañe después.

»Me miró al rostro la sastresa, y se impuso pronto de que yo, por la primera vez de mi vida, estaba resuelto a una defensa.

»La miraba yo a ella, y vi que relampagueaba, pero no rompió en truenos, sino en lluvia de lágrimas… Vecino, ¡me mantuve firme! ¿Podréis creerlo?

»Me mantuve más firme cuanto más arreciaba el llanto de mi mujer; y cuando ella se persuadió que aquello era llover en seco, tornó en sereno como sí tal cosa: me volvió de súbito la espalda dando tornillazo; y fue y se sentó a la puerta de la calle, y allí, a cuantas gentes pasaban, decía:”‘mi marido ha traído un pan”.

‘Tan te has de llamar en adelante, lleno yo de la vanidad de mi triunfo, dije al desdichado pájaro, que casi expiraba, y lo recogí del suelo, repitiendo: Tan has de llamarte con el bautizo de tus enemigos, para que tu nombre sea recuerdo de nuestra alianza’

»Esta segunda vez noté hasta la evidencia que Pan, a la manera peculiar que sienten y comprenden los irracionales, había penetrado mi buen corazón.

»Mi pobre compañero, mi reciente amigo, dio con toda la expresión de sus sentidos un graznido que era entonces todo su idioma. Pronunció aquel graznido manso con que había saludado en las selvas el nacimiento del día, la proximidad a su compañera, la llegada al nido de sus hijos, y luego que se dejó coger sin amagar defensa, escondía su cabeza en los pliegues de mi seno, palpitando de gozo.

“En tal estado me lo llevé a un corralejo en que tiempos atrás tuve también una borrica, que por cierto mi mujer cambió por un guarda-pies; recuerdo, me dijo, que lo había hecho porque la burra tenía mala voz; pero no era sino muy sonora, y ella no lo hizo por aquel motivo, sino porque el zagalejo tenía lentejuelas.

“Como iba diciendo, alojé mi huésped, acomodé su cama, partí con él mi comida sin cercenar la ajena, y curábale diariamente las heridas.

“Al paso que Pan se sentía mejorado, salía más adelante a recibirme brincando de gozo. Yo le prodigaba caricias, yo le hablaba; él atendía, él entendía; pero nada me dijo hasta los seis meses.

‘Pensando estaréis vos, mi buen vecino, lo que me dijo el cuervo al cabo de medio año de amistad… pues habéis de saber que, estando yo despiojándole la cabeza, y él dejándosela despiojar, muy esponjado del gusto que recibía en ello, me llamó ¡Pichón! en el mismo tono, con la misma voz, ni más ni menos, que si lo pronunciara mi mujer.

“Como yo no tengo nada de pichón, y como la maestra es de condición estéril y de palabra seca, nunca de sus labios había llegado a mis oídos semejante expresión de cariño, y admirábame de oírla en el pico de Pan, sin habérsela enseñado.

»Seguía el cuervo llamándome pichón, a tiempo que entraron mi mujer y el licenciado Piñones.

-Oíd, les dije, cómo comienza a explicarse mi pupilo’; el cuervo repitió pichón.

El licenciado palideció de asombro; mas la sastresa soltó una carcajada y pegó al aprendiz de idioma un puntapié que hubo de saberle bastante mal.

»Desde este suceso el cuervo no volvió a proferir aquella palabra en presencia de persona extraña; pero cuando estaba solos él y yo, siempre que lo acaricié me llamaba pichón.

¡Pobrecito! Llegó a hacer tales progresos en el arte de la palabra, que oído y no visto parecía loro; con esta misma frase me lo afirmó un indiano, que me daba por él catorce pesos, y gracias a Dios pasó de largo, así que le vio la pluma.

“Por cierto que se iba el tal indiano diciendo, ‘buena pata tiene el loro’, como si las patas de loro, que son patas por concluir, fuesen cosa buena o en algo mejores que las patas del cuervo, que parecen pie y pierna de señor de justicia.

¡Pobrecito! Nunca picó por alto más que las moscas; y todo lo que hallaba por los suelos, incluso el dedal y las sabandijas, me lo traía.

“¡Oh pobrecito! Cómo vivía por mí, vivía siempre conmigo y para mí: pisaba en mis pisadas, se reposaba en el palo de mi silla, comía de mi comida, tomaba de mi razón, dormía pegado a mi estrecha cama, solíamos estar juntamente tristes; me anunciaba la aurora y sacudía de su pluma el grato peso de las sombras, cuando yo sacudía la bondadosa pereza de la noche, para reanudar el necesario trabajo de cada día.

“En este continuado trato, en este cambio de favores, no tan sólo se identificó nuestros gustos, nuestros
instintos y se asimilaron nuestras almas, sino que también alcanzaron a parecerse nuestras facciones.

»Bien veis, vecino, lo que difiere un hombre blanco que anda paso tras paso de un negro cuervo que vuela; pues yo, lo he oído a los muchachos disputar muchas veces sobre si yo era el que me parecía a mi cuervo, o si era mi cuervo el que se me parecía.

“Alguna vez pensé en esto, que mide más tela de la que puede cortar un sastre.

»Que yo me estampara en mi cuervo, o que mi cuervo se estampara en mí, esto ni cosa semejante se dijo nunca respecto a mi mujer, siendo así que de más antiguo nos tratamos; y que más nace parecida una mujer a un hombre, que un hombre blanco y cristiano a un pájaro negro. Hoy mi semejante ha desaparecido en el estómago de mi mujer, y ya no disputarán por aquello los muchachos.

» ¡Oh, Pan, mi asesinado Pan! ¡El amigo en mi desgracia! ¡La víctima dos veces confiada y sorprendida!

“¡Oh mansa víctima de mi cruel virtud! ¡Ya no me oyes! ¡Ya no me acompañas! ¡ni me ves, ni te veo, ni padecemos juntos! Oh latido de mi corazón… ya no me despertará otra voz que la del remordimiento!…

»Dejadme llorar, vecino, y bien veo que no conviene que os aflija con mayor relato, por vos y por mí; pues hay dolores que hieren hasta de reflejo, sin aliviar por eso al desdichado, y que lejos de enaltecerlo lo abaten más: porque hay dolores que siempre son inmensos, y que sólo son generosos cuando los consagra la santidad del silencio.

»Lo que nos conviene es que yo acabe pronto y que vayáis vos a dormir.

“Así os digo, que llevo ya veinte años de casado y mí mujer anuncia tener el primer hijo.

“En su embarazo le han ocurrido ya dos antojos; uno eran castañuelas, que por cierto se las compró el licenciado, y repican juntos; el otro ha sido comerse a mi compañero, al pobre Pan, que nunca le debió una migaja.

“Bien se comprende en sana moral que yo no podía negar a mi esposa encinta un sacrificio posible, sin que me atribuyese el mundo una maldad inaudita, dado el caso, también posible de que tras la negativa naciera un niño negro.

“Ya os he dicho mucho, vos habéis visto algo de lo demás.

“Sabed ahora, que aguardando la voluntad de Dios deseo morirme… No tengo ningún amigo antiguo, y no se tornan tan de pronto los hombres en amigos, como mi mujer se transforma de blancos en negros los cabellos; antes al contrario vanse formando las amistades despacio, como a mí se me han cuajado las canas, poco a poco… ¡Ay del que tiene canas recientes, sin contar amistades añejas, porque ése estará solo en su alma hasta la muerte y su alma será su soledad en toda la vida!

“Nada más que una cosa me falta confiaros, mi buen vecino.

“Tenía Pan, entre sus excelencias, la de la probidad más acendrada, y la de la economía doméstica por norte de sus acciones.

“Jamás tocó moneda que no pasará de mi mano a su pico; y por este medio ahorró en quince años sigilosos e insensiblemente una suma que yo no sé de fijo a cuánto alcanza, pero que está íntegra… ¡Bien sé yo que está íntegra!…

“Mañana, cuando mi mujer entre en la iglesia, entrad vos en mi casa.

“Os guiaré al corralejo, y allí donde veáis un sombraje poco limpio y desmadejado, como queda siempre la cama de un cadáver, allí debajito del sombraje hay un agujero que da a una cañería seca: meted la mano, y hallaréis dinero; sacadlo todo y empleadlo… empleadlo en lo que emplearse pueda el peculio de un cuervo muerto… yo no lo sé.

Con aquella frase interrumpida puso fin a su relato Maese Cornelio Tácito; y como el pobrecito aguardase respuesta, se la di afirmativa, hecho ya en mi conciencia testamentaria de un pájaro difunto, ni más ni menos que si las últimas palabras del sastre fuesen la disposición ultratumba del malogrado cuervo.

Mañanita del día siguiente, que era un domingo, me puse de acecho, y cuando la Sotanera entró en la casa de Dios, éntreme yo en la suya donde me esperaba Maese.

-Recogedlo todo”, me dijo señalando el paso al corralejo, y anduve y vi el sombraje incurioso, desvencijado, y como si cediera al peso de la soledad y el abandono.

Lo miré con impresión; lo reflexioné con pena, y me recordó en efecto el mortuorio y beatífico lecho de mi padre, que cuando le arrancaron el cadáver, se quedó vencido y envejeció de pronto.

Apartando las pajas hallé el agujero y tuve que ensanchar para que me cupiese la mano: éntrela en la alcancía del cuervo hasta palpar los ahorros; registré el fondo, y rebané sin dejar nada.

Estaba todo en cuartos y en ochavos segovianos; y como vi después, juntaban doscientos reales.

Salíame ya cargado como cobrador de banca, a tiempo que se me vino encima el sastre muy azorado, empujándome y diciendo que corriera sin ser visto, porque había columbrado a la sastresa.

Fuime hurtado, llegué salvo, puse la suma a recaudo luego de bien contada, y me eché a pensar piadosamente en qué podría emplearse el peculio de un pájaro muerto abintestato, que por ser pájaro no era racional, que por ser irracional no era cristiano, y que por esto, por aquello y por lo otro, no se le sabía la voluntad, ni tenía parientes conocidos.

Era el caso singular como no hay ejemplo, y anduve perplejo por largo espacio de tiempo sin dar en el hito, viéndome tan embarazado con mi cometido, que hasta pensé consultar el punto de conciencia con un cura, y lo hubiera hecho; pero el honrado sastre me había confiado para mí solo el secreto, los dineros y el desempeño.

Entonces fue cuando creí ver luz y me dije: si el sastre era en el cuervo o el cuervo era en el sastre, lo han dudado el mismo sastre y todos los muchachos de Balsain. Ahora ha quedado el sastre todo en sí mismo, y no digo uno solo en sí mismo, puesto que por cosas que le tengo oídas está encuervado: luego si yo aplico al sastre lo que en vida del cuervo era del cuervo, cumplo ciertamente con la voluntad humanizada de la naturaleza afine del cuervo ensastrado… pero me temo al propio tiempo que tal vez no cumpla en todas sus partes con la firme voluntad del sastre encuervado…

Declaro que con esta última cavilosidad se me apagó la luz del entendimiento y volví a quedar a tientas, en tanto que me pesaban los doscientos reales segovianos más que cuando los tenía encima.

Así anduve a tientas hasta la noche, mal hallado con el depósito de confianza, y peor avenido con mi oficio de testamentario, cuando ya muy tarde cogióme el sueño y a ojos cerrados vi que volando hacia mí llegaba un cuervo. Yo le apunté con la escopeta del licenciado Piñones, y cuando iba a descerrajarle el tiro, seguro de partirle en dos pedazos, porque le tenía muy cerca, me dijo el animal: “No seas bruto” Perdone usted, le respondí, que yo creía que era usted un pájaro.

En esto se me cayó el arma de las manos, y cata que con la mayor franqueza se me paró el cuervo en la barriga, de manera que él derecho y yo acostado, nos veíamos las caras, y estaba pico a boca.

Tomó seguidamente la palabra, y he aquí lo que hablamos:

El cuervo. -¿Te peso mucho?

Yo. -Ni una pizca, señor; ni siquiera lo que pesa una pluma.

El cuervo. -¿Luego qué piensas tú que soy?

Yo. -Es vuestra merced cosa negra, cosa que parece clérigo de viento y humo, o togado vacío, o con perdón de vuestra merced, sombra de cuervo.

El cuervo. -Tú vas viendo claro.

Yo. -No señor, que no veo sino oscuro, y por eso y por lo que no pesa vuestra merced digo que me parece más sombra de cuervo.

El cuervo. -Pues por lo mismo que ves oscuro ves claro; que yo ni soy funda de clérigo de viento, ni envoltura de togado hueco, sino la propia sombra del mismísimo cuervo muerto por la Sotanera.

Yo. -Reconozco ahora a vuestra merced; pero dé vuestra merced lo suyo a cada uno, señor mío, que a vuestra merced lo mató el sastre y no ella.

El cuervo. -Si las sombras llorasen, harían estanque de tu ombligo mis ojos con sus lágrimas. A mí me mató la Sotanera; mi buen padre Cornelio fue el verdugo, y no hay ajusticiado que antes no perdone y después no compadezca al miserable que lo ejecutó. El marido humilde de la mujer desenvuelta es como hijo de ejecutor, que sin su culpa hereda deshonras y practica tormentos; pero Cornelio era mi padre entre los hombres, y será redimido de la esclavitud y de la pobreza. Allá lo veredes, y mientras…

Juega el treinta en luna llena
Sin extracto, añade el diez,
Copa al terno en cuarentena,
Y en noche de Nochebuena
Repicará el almirez.

Juro por mi ánima que desperté admirado Para recoger un aviso de la provindencia, sin más parar mientes en el cuervo: presumo que se apagó, porque no lo vi volar, ni me le hallé en el vientre al levantarme.

Apunté mi terno; faltaban cuatro meses para la Nochebuena, y para entonces aplacé la jugada; sin olvidarme de seguir los pasos a la luna para llenar en todo y por todo los preceptos de la cábala.

En cuanto al sastre, sólo le dije que me esperara cuatro meses y un día; y, como la conformidad era su índole, se encogió de hombros y dejó correr.

Mañanita fría del 17 de diciembre a las seis de ella, día por filo y con punta del mártir san Lázaro, abogado del sastre, caminando iba yo para Segovia con mis doscientos del pico… no del pico de mayor suma, que no lo había; sino con mis doscientos del pico del cuervo, que más de dos mil viajes le costaron.

Entraba la luna nueva en Géminis a las siete y treinta y cinco minutos; y a esta hora en punto entraba yo a toda luna en la lotería de Primo-Dígito (que así le llamaban, porque sólo contaba por los dedos), y le espeté a don Primo mi terno seco con todos los cuartos en montón, que le dieron bastante en qué entender.

Volvía yo, hecho mi encargo, asaz aliviado, con sólo la cédula encima, cuando ya, junto a las tapias de Quita-Pesares”, me encaré de súbito con el sastre que andaba jornada en busca de misas; y para aliviarme por entero le detuve y le dije todo: dile además la jugada, descargándome de lleno; y él se puso de rodillas, y besando la tierra rezaba al de la lepra.

Después siguió con prisa camino de ida, y yo camino de vuelta muy despacio, y reposé.

Todo ello pasó como lo cuento, y no hubo más, salvo, y se me olvidaba, que también vi a la Sotanera frente a su tienda. Más media cincha que cinta: cabía en su vientre, y podía dudarse si era ella la madre del feto o si estaba el feto Preñado de la sastresa. Así andaba y desandaba treinta pasos contados hasta sumar quinientos que le tenía recetados el barbero.

La saludé diciendo: «Buenos días”, Y como era fisgona, no me respondió a esto, y me dio aviso de que me habían llevado carta a casa, mientras que yo me iba a picos pardos.

En verdad, en verdad, que a despecho de su sabor a chisme, el anuncio me puso espuela por lo extraño.

Yo entonces no me comunicaba con nadie más allá de la viva voz, y estaba pobre.

Subí pues apresurado a mi cuarto, y hallé en efecto un anchuroso pliego sellado, resellado y puesto a mi nombre con cada letra como un geme; rompí la nema, miré la firma, y era, ¡oh placer! de mi tío el Gigante, que hacía muchos años nos había abandonado a mí y a mi tío el Enano.

He aquí la carta.

“Sobrino: Por un fraile de paso supe que también se murió mi hermano Mínimo Corpúsculo.

“Como aquel tu tiillo era de suyo tan escaso, hombre faldero por lo menudo, y sujeto en fin de poca raspa y de menos tercios, siempre pensé que no llevaría gran vida a la grupa, fundado en que no le cabría toda la natural; y fue tan exacto mi juicio, que se le apeó el alma del cuerpezuelo escurrida por las ancas, y se le vio morir hecho una nada, según me dijo el fraile ¡téngalo Dios, si lo encontró, que sí creo!

»El buen Corpúsculo, que cabía de balde en la tartana del Cuco; el buen Corpúsculo, que no abultó en este mundo lo que un gloria patri de mi rosario, holgado andará en la gloria entera. Téngalo Dios, como lo tuvo el Cuco, y aguárdenme; que si vale el vivir por el tamaño, la cosa va de largo.

” Sobrino: bien escribí al difunto que te midiera, y que me mandase lo que alcanzas; pero como se me pasó advertirle que te palmeara estando tú en la cama, presumo que no pudo complacerme, porque no te llegó de cabo a rabo.

“Sobrinillo: yo no sé si tú sabes que me fui de Europa, porque ahí todas las mujeres me venían cortas. Y porque me ha pasado por acá lo mismo con las hembras patagonas, y porque estoy de non, despareado en el mundo; y por cuanto cuento con muchos pares de pesos y sobrados pares de años, te mando que vengas, y te mediré con este dedo de cuenta.

Desde las Pampas, etc. -Tu tío, Máximo Espanta-leones.”

La leía y releía estupefacto… mas para ser breve digo que no cobré aliento hasta salir por agua de este mundo viejo y sentir pies en el nuevo mundo.

De cómo no me despedí de nadie en Valsaín, lo extrañaría sólo el sastre; y de cómo di con mi tío en las Pampas, digo que lo primero vi la sombra y anduve por ella a Pampa oscura hasta dar con el bulto.

Mi tío estaba a la sazón sentado, y al verme se levantó para abrazarme: pero como no me llegaba con las manos, tendióse boca arriba y yo le corrí a lo largo hasta caer en sus brazos.

La escena fue tiernísima, y vivimos juntos diez años, al cabo de los cuales reventó.

Era mi tío Máximo mayor que una fragata; y por el estruendo que hizo calculo que reventó de puro fuerte, o que se le voló la Santabárbara por incendio en la bodega.

El caso horrendo aconteció de noche, y el estallido fue tal, que estremeció la tierra, y caímos todos, incluso los que estaban acostados.

Los que dormían en posición supina despertaron boca abajo, chocando en rudo y simultáneo contraste con los que dormían boca abajo, que despertaron boca arriba sin atinar la causa.

La sorpresa era natural; mas la escena resultó lastimosa en sumo grado, y las consecuencias se lamentan todavía allá en las Pampas.

A sus resultas todos los niños salvajes quedaron con alferecía, las doncellitas se quedaron pochas, las matronas en estado interesante abortaron de golpe, y a los varones les cayó el barbote. Ya con lo dicho, y calcular mi pena, se verá cuán deplorables fueron los resultados de la súbita muerte de mi tío.

¡Guay, que se despanzurró Espanta-leones!” gritaban todos (cada uno en su lengua), y ya repuestos del susto le enterramos entero en dos barrancos porque no cabía en uno.

Mas para ser breve, digo que con los dineros de mi tío me volví a Valsaín.

Entraba yo en la aldea saboreando el ambiente de la patria, ambiente siempre sazonado con los recuerdos de la infancia; y al propio tiempo me sentía benévolamente curioso respecto al incierto porvenir de Maese Cornelio Tácito, porvenir tanto más incierto, cuanto que lo había dejado pendiente de un lote.

Con este deseo pasé por la casa del honrado sastre antes de buscarme albergue, y hallé que la tienda, la habitación y el corralejo habían cedido su lugar a otro ostentoso edificio; era tal, que para ser egregio le sobraba el ser nuevo, o mejor dicho, era tal, que para ser del todo egregio, le faltaba ser viejo.

Quedábame la ignorancia de quién fuese el dueño y la sospecha de sí podría serlo el sastre.

Reconociendo detenidamente la fachada, paré vista en un escudo de armas que por su tamaño bastaría a decorar un palacio de augustas dimensiones, y luego examinando los cuarteles, noté que sólo contenía dos.

Era el primero un palomino atontado en campo simple y orlado el campo con un lema que decía Sicut palus-minus divisum est, ita jungitur in uno, y era el segundo en campo de gules un pan partido con unas tijeras, y sobre el pan un cuervo con un mote en el pico que decía: Sicpani corvus additur.

Coronaba el escudo un yelmo con cimera plumífera, y pendía de todo una gran medalla de oro en cuyo exergo leí este emblema: Con treinta, diez y cuarenta nació, vive y se acrecienta.

¡He aquí mi sastre! ¡He aquí la realización de mi sueño! Dije, y me colé de rondón.

Pasado el portal, allí en aquel mismo sitio en que estuvo la tienda, estaba un venerable anciano tranquilo,limpio, sereno como los justos; me arrojé a su cuello y lloró de placer al conocerme, ni siquiera nos dimos nuestros nombres.

Pregunté a Maese Cornelio por su mujer, y respondió que había muerto la noche de Nochebuena de aquel año que yo me sabía, después de haber dado a luz un niño.

Naturalmente le pregunté por el niño, y sólo dijo que lo quería mucho.

Le pregunté entonces por el licenciado Piñones, contestó a esto que el licenciado había sido el arquitecto de aquella casa; pero que habiendo salido cierto día a cazar gangas, le voló una y la tiró; pero que habiéndole salido el tiro por la culata, cayó muerto en redondo.

Disgregó desde su última respuesta con marcada ternura, sin dejar más ocasión a mis preguntas, Y Siguió así: “Ayudado de vos, mi buen vecino, soy feliz, a Dios gracias; soy todo lo feliz que puede serlo un viejo. Tengo, como tenemos los ancianos, la felicidad del cansancio por la necesidad del reposo.

»Quedaos ahora a vivir conmigo, Os lo suplico, y ya juntos para siempre: cuanto me ha pasado en toda la vida y lo que os haya acontecido en diez años de ausencia nos lo contaremos tranquilos, sin ambición ni pobreza; sentados a la sombra de aquel sauce… ya lo veréis, ¡qué garrido, qué lozano, qué pomposo está! Parece un templo… No, no; parece un altar erigido a la Esperanza en el templo de la naturaleza.

“Junto a este altar en que las aves aplauden a Dios, veréis también una lápida; labrada está con la punta de mis tijeras, ¡y es la losa que cubre las cenizas de mi primer amigo!…

“Así vos, mi segundo y último amigo, cubráis con idéntico amor mis restos mortales y visitéis muchos años mi sepultura sin sombra de dolor en la memoria”

Acerca del autor

Antonio Ros de Olano

(1808-1886)

Deja un comentario