Clásicos

Los dos burgueses y el rústico

Cuentan que dos burgueses y un rústico que iban a La Meca en peregrinación fueron compañeros de comida hasta que llegaron cerca de la Ciudad Santa, y entonces les faltaron los víveres hasta el punto que no les quedó otra cosa que un poco de harina para hacer un solo pan. Los burgueses, al ver la situación en que estaban, se dijeron uno a otro: «Poco pan tenemos y nuestro compañero come mucho; conviene que estudiemos cómo quitarle su parte de pan y comer solos lo que nos queda.» Entonces decidieron amasar el pan y echarse a dormir mientras se cocía para que quien de ellos tuviera el sueño más maravilloso se comiese el pan. Esto lo decían como treta porque pensaban engañar al rústico de esta manera.

Amasaron el pan y lo metieron en el horno, después de lo cual se echaron a dormir. Pero el rústico, que se había dado cuenta de la astucia de los otros, mientras sus compañeros dormían sacó el pan del fuego a medio cocer, se lo comió y se acostó de nuevo. Uno de los burgueses, como amedrentado de su sueño se despertó y llamó a su compañero, quien le preguntó: «¿Qué te pasa?» Y aquél dijo: «He tenido un sueño admirable, pues me pareció que dos ángeles abrían las puertas del cielo y tomándome me llevaban ante Dios.» Su amigo le dijo: «Admirable es el sueño que tuviste. Yo soñé que, conducido por dos ángeles que hendían la tierra, entraba en el infierno.» El rústico, entretanto, oía todo esto y hacía como que dormía. Pero los burgueses, que habían sido engañados cuando querían engañar, llamaron al labriego para despertarle y él, astutamente y como si estuviera aterrorizado, respondió: «¿Quiénes son los que me llaman?» Ellos dijeron: «Somos tus compañeros.» Y el rústico: «¿Volvisteis ya?» Ellos replicaron: «¿Adónde fuimos para que tengamos que volver?» El rústico respondió: «Hace un momento me pareció que dos ángeles tomaban a uno de vosotros, abrían las puertas del cielo y lo conducían ante Dios; después otros dos ángeles cogían al otro y hendiendo la tierra lo llevaban al infierno. Yo al ver estas cosas pensé que ninguno de vosotros volvería ya, tomé el pan y lo comí. »

El padre dijo a su hijo: «Hijo mío, así ocurrió con los que quisieron engañar a su compañero por su ingenio.» Y él respondió: «Les ocurrió como dice el proverbio: “El que todo lo quiere todo lo pierde.” Tal es la naturaleza del perro, a la que aquéllos se inclinaron: uno de ellos quiere quitarle la comida al otro. En cambio, debieron seguir la naturaleza del camello, que es mucho más suave y tal que si se pone algo para comer delante de muchos al mismo tiempo, ninguno de ellos comerá hasta que lo hagan todos juntos, y si alguno enferma y no puede comer, los otros se apartarán y ayunarán…

»Los burgueses del cuento, ya que querían asumir una naturaleza animal, hubieran debido atribuirse la del animal más suave; con razón perdieron la comida. Por ello también hubiera querido que les ocurriese lo que ya hace tiempo oí contar a mi maestro, sobre lo que le sucedió a un sastre del Rey, víctima de su aprendiz, que se llamaba Nedio.» El padre dijo: «Dime, hijo mío, ¿qué oíste que le ocurrió al aprendiz?, pues si me lo cuentas deleitarás mi espíritu.» El hijo le contó…

Acerca del autor

Pedro Alfonso o Mosé Sefardi

(1602)

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