Clásicos

La nariz de mi mujer

El número trece es fatídico sin duda, porque trece fueron los que se sentaron en la cena de Nuestro Señor Jesucristo, y el rubio judas se apretó el pescuezo.

Sea por esto o por otra cosa que yo no me sé, ello es que el número trece es tan fatal entre los españoles, como lo es entre los alemanes el verter la sal en sus manteles.

Yo más que nadie puedo decir lo que es el tal número, pues en día trece vine al mundo, y a eso atribuyo cuantas desgracias me han pasado en la vida, que ha sido innumerables, y de ellas habré de contar algunas.

A los trece días de estar en el mundo, tuvo mi nodriza la inadvertencia de asomarse a un balcón para oír un organillo: yo estaba entretenido con una parte del cuerpo de aquella mujer que me llevaba en sus brazos, y levanté la cabeza para ver un animal peludo que se había subido al balcón, obligado por el que tocaba el instrumento, para que le dieran algunos cuartos.

Comencé a llorar asustado, y aquella mona, pues mona era, me mordió la punta de la nariz, y me la dejó despuntada, lo que me hizo quedar bastante feo.

Cumplí trece meses, diéronme las viruelas y el sarampión, y a los trece años me fracturé un brazo por trece partes. Me he enamorado trece veces en lo que llevo de vida, y trece veces he sido engañado. Saqué el número trece en la quinta, y le costó a mi padre trece mil reales él ponerme un sustituto.

El día trece de cada mes ha de sucederme algún percance, y cada trece percances es mayor la desgracia.

En fin, sería cosa de no acabar si contara la historia de mi vida, que es tanto o más complicado que lo es el cuerpo humano, que no deja de tener que estudiar.

Así pues, sólo referiré lo más grave que me ha acontecido, por más que para ti, lector, no tenga valor ninguno ni te importe lo que a mí pueda sucederme.

Entre los viajes que llevo hechos dentro del globo, que han sido algunos, fue uno de ellos desde Suiza a Italia. Esta vez me acompañaba un íntimo amigo que se llamaba Enrique, joven como yo, alegre como yo y más bonito que yo, pues no le había mordido ninguna mona.

Viajábamos juntos en la mejor armonía, y después de llevar nuestros cuerpos de acá para allá, enseñándonos por esas tierras a la par que veíamos cosas nuevas para nosotros, dimos con nuestros individuos en Florencia, en donde saludamos bellísimas estatuas, visitamos las principales plazas y edificios más notables, entre ellos, el Palazzo. Vecchio, la biblioteca, rica en manuscritos y en libros del siglo xv; los gabinetes de pinturas; el museo de historia natural, rico en piezas anatómicas en cera y madera, en petrificaciones y minerales, y vimos cuanto que ver hay de curioso en aquella bellísima población.

La noche en que llegamos, pues llegamos de noche, era avanzada la hora, y nos hicimos conducir al hotel Schneider, donde nos hospedamos, después de haber esperado a la puerta más de cuarenta minutos, cargado cada uno con nuestra manta de viaje, y nuestro saco de mano, esperando a la vez el carruaje en que habíamos ido, del cual no se habían sacado nuestras maletas, hasta saber si teníamos o no habitación.

Abrieron la puerta del dicho hotel, y entramos y dormimos unas cuantas horas, lo que nos hacía notable falta para reparar algo las fuerzas, porque estábamos más que molidos.

A los cinco días de estar allí, habíamos visto cuanto de curioso había que ver, y pensábamos salir aquella tarde para Roma.

Era domingo y, a las doce, fuimos a oír misa a Santa-María-del-Fiore. Al salir de la iglesia, agolpabas la gente a las puertas, me pisaron un talón, volví la cara instintivamente, y al volverla me di en la mejilla derecha con una nariz femenina.

Era propiedad de una mujer que llevaba un gran pañuelo sobre sus hombros, y al sentir mi cara en una de sus facciones, echóse con tal prontitud aquel pañuelo sobre la cabeza, y de tal manera se cubrió el rostro, que sólo pude ver con lo que había tocado, pues tanto cerraba aquella tela, que no dejaba al aire libre sino lo que a mí me faltaba, esto es: la punta de la nariz.

Deslizóse aquella tapada por entre el bullicio, yo quise seguirla, pero me lo impedía la muchedumbre que me apretaba por todos lados, y no me era posible adelantar un paso por más esfuerzos que hacía.

Salí como pude de aquel sitio, dando codazos a los que me apretaban, diéronme algunos alfilerazos y pisotones las viejas para vengarse, y cuando me vi libre, fuera del santo edificio, reparé que mi desconocida iba lejos, pero aún podía alcanzarla.

Corrí hacia ella, porque me había enamorado al verle aquella nariz tan perfecta, pues se le había irritado la membrana pituitaria, había estornudado al salir a la calle, y al movimiento que hizo para arrojar el aire que acababa de aspirar, se le descubrió toda aquella facción, y pude ver que era de forma griega, y de lo más bonito que puede imaginarse.

Aún sentía el frío de aquella nariz en mi cara, y sentía no poder besarme a mí mismo en aquel sitio en que se habían escondido dos líneas de aquella angelical facción, que es lo que más me ha gustado siempre en la mujer, así como a otros les gusta el pie, la mano u otra cualquiera cosa.

Andaba aquella tapada como si fuera un perdigón perseguido; Yo, por no perderla, corría detrás como un loco, arrollando cuanto al paso me encontraba.

Todo el que podía se separaba de mí, algunos asustados, porque tal vez me creerían mordido de perro hidrófobo.

Dejé caer una señora anciana que llevaba un perrito sujeto con un cordón, le pisé el perro, que murió en el acto, caí encima de un hombre que conducía en sus brazos unas porcelanas, éste cayó sobre otro que llevaba un fanal, rompiéronse aquellos objetos, saqué el dinero que llevaba en el bolsillo, indemnicé aquellos tiestos sin cuidarme de lo que podrían valer, pues lo que sólo me importaba era no perder de vista a mi tapada, a la que seguía con los ojos, y luego otra vez con las piernas, pues tan pronto como me levanté del suelo y di las monedas que llevaba, volví a correr como un desesperado, abierto mi chaleco, suelta la corbata, que el viento movía a su placer, desgreñado y sin sombrero, pues al caer sobre mis víctimas se me salió de la cabeza y no quise detenerme en recogerlo, porque no estaba para perder el tiempo en pequeñeces.

Antes de llegar a acercarme a la que así me llevaba, se entró ésta en una bonita casa, que estuve contemplando, y cuyo sitio y número anoté en mi cartera. Era en la Piazza del Gran-Duca, y el número 13.

Me fui al hotel en que paraba, para combinar con mi amigo la manera de averiguar quién era aquella señora que tanto me interesaba, y que no había podido alcanzar.

Al entrar en el cuarto de Enrique, pues a su cuarto me dirigí, vi a éste liado en conversación con gente de justicia.

Ya sospeché que aquello tendría que ver conmigo, y sin darme tiempo a preguntar me dijeron que habían venido para que pagase los daños y perjuicios causados a la señora del perrito. Habían tomado nota de quiénes éramos los dos extranjeros, mientras yo corría, y me costó no sólo el dinero, sino el quedar agradecido porque no me envolvieran en papelotes.

Era el día 13 de junio.

Después que se fueron aquellos caribes, y nos quedamos solos Enrique y yo, le dije cuanto me había pasado, porque como él me vio correr y la gente no lo dejó salir de la iglesia hasta unos minutos después, me había perdido de vista, por lo que no pudo seguirme, ni saber por qué corría yo de aquella manera, ni qué me habría sucedido.

Cuando lo enteré del caso, se rió como un bobo; pero luego tomó la cosa por lo serio, y creyó que se me había ido la chaveta.

Le dije que estaba perdidamente enamorado de aquella nariz, y más se confirmaba en que se había extraviado mi razón cuando me oyó decir aquello.

Le recordé muchas cosas de su pasada vida y de la mía, para convencerlo de que me hallaba en mi cabal juicio: al fin se convenció; pero no veía medio hábil para que supiéramos quién era la que tanto mal me había ocasionado.

Le propuse mil planes a cuál más desatinado, que él no admitió, y quedamos en estudiarlo detenidamente.

A poco rato, comencé a bostezar, sentí frío, luego calor, me dolía la cabeza, y, por último, caí en cama con escarlata.

Me veló aquella noche el pobre Enrique, me asistió como si fuera mi hermano y yo no olvidaré nunca lo mucho que lo fastidié, pues no dejaba un momento de suplicarle que averiguara quién era la señora de mis pensamientos.

Tomó mi cartera, leyó lo que yo había anotado, y al otro día por la mañana, salió para hacer averiguaciones.

Volvió después de tres mortales horas, diciéndome que había hecho cuanto le fue posible por averiguar lo que yo pretendía, pero que en último resultado, nada había conseguido, por lo que estábamos lo mismo que antes.

Le pregunté de qué medios se había valido para averiguar tanto, y sacamos en claro que todo lo que había hecho era hablar con un hombre que estaba parado en la puerta de la casa, que ni aun sería el portero, que ni el uno ni el otro se habían entendido, pues cada uno hablaba distinto idioma, y, por último, que mi amigo se había paseado dos horas y media por la Piazza del Gran-Duca, sin quitar los ojos de la casa de mi amada, de donde no vio salir a nadie, ni asomar más cabeza que la de un gato, que salió a una ventana.

Convinimos ambos en que había perdido completamente el tiempo, en que no servía para el caso, y en que era preciso adoptar un medio más seguro para llegar a nuestro fin.

Después de varias reflexiones y de habernos propuesto uno a otro mil desatinados planes imposibles de ejecutar, convinimos en que, lo más seguro sería confiarle este encargo a uno del país, y pensamos que quien mejor podría servirnos para ello sería uno de los criados del hotel, a quien gratificando bien porque averiguase, habría de averiguar más de lo que quisiéramos.

Tiré del cordón de la campanilla y entró un criado, al que, antes de hablarle una palabra, le puse en la mano un francescone o escudo, y después de haberlo enterado de lo que se pretendía saber, le ofrecí diez monedas como la que acababa de darle, si bien cumplía mi encargo.

-0bligato ecelenza -me dijo, saliéndose del cuarto haciendo mil reverencias; pero sin decirnos si se encargaba o no del asunto.

Pasó aquel día con su noche sin que supiéramos más de lo que habíamos sabido, esto es, nada; pero a la mañana siguiente se presentó el referido doméstico y, después de llamarnos príncipes, nos dijo que venía más que informado de todo sobre la persona que se le había indicado: que era un pintor.

-¿Cómo pintor? -exclamé yo asustado.

Entonces siguió diciendo que yo no lo había dejado concluir de hablar, pues iba a decir que un pintor a quien él había servido en otro tiempo, lo había enterado de todo, porque visitaba con frecuencia aquella casa.

Este criado nos hablaba a mi amigo y a mí en mal castellano, aunque él se preciaba de hablarlo por haber estado sirviendo a un cantante medio año en España.

Siguió diciéndonos que la señora en cuestión era hija de una griega y de un ruso que habían ido a Florencia hacía veinte años, que la hija había nacido a los dos meses de llegar sus padres, que era soltera amante de su familia y recatada como ninguna otra.

Yo le dije que me aclarara lo de recatada, pues si quería decir que estaba más que catada, no quería saber nada más de ella.

Entonces el criado, un tanto serio, me contestó que él lo había dicho en el sentido de honestidad y modestia.

Le di doce escudos en vez de los diez que le tenía ofrecidos y lo despedí del cuarto, porque para nada lo necesitaba.

Empero no bien había salido, oímos bajar unos escalones, y se había fracturado una pierna le había dado trece monedas sin pensar en ello, y algo le había de suceder.

Cuando nos quedamos solos Enrique y yo:

-Lo ves -le dije-, las narices de la madre; bien te decía yo: ¡griega! ¡griega!

-Cálmate -me decía mi amigo-, cálmate y no te entusiasmes de esa manera, puesto que ella se ha de quedar aquí con sus narices y nosotros nos iremos con las nuestras, la una aguileña, que es la mía, y la otra algo imperfecta, que es la que te miras al espejo diariamente.

-Y con la suya también, si ella quiere -le contesté-, porque me la he de llevar para siempre.

-Me parece -contestó Enrique- que no ha de querer vendértelas ni hacerte ese regalo, porque probablemente tendrá su juicio más cabal que tú, y no se las ha de cortar porque te se antoje; que esas cosas no se pagan con dinero, y aun cuando llegara día en que se estuviera muriendo de amor por ti, no te habría de dar tan grande prueba aun cuando se la exigieras.

-Me la llevaré con ella entera -le contesté-, tú sabes que odio las mutilaciones, y que hasta el partir un pollo asado me hace sufrir; pero he pensado adquirirlas en propiedad, de una manera conveniente.

“Mírame bien, escucha sin interrumpirme y te convencerás de que mi espíritu se encuentra algo más sano que mi cuerpo, que ya empieza a pintarse de granitos y mañana estaré encendido como un rábano.

Lo que voy a decirte es muy serio: acaso sea la primera vez en la vida que te hablo formalmente, y por eso te admire. Toma una silla, siéntate y oye lo que a decirte voy, para que hagas después en mi favor lo que te toca hacer como buen amigo, que por ello siempre te he tenido”

Cogió una butaca para estar más cómodo, encendió un cigarro para oírme con más atención o tal vez para purificar algo la atmósfera que rodeaba la cama de éste su compañero, a quien abrasaba la sangre.

-Ya ves -seguí diciendo-, que siempre me ha horrorizado la idea del matrimonio, sublime y delicioso estado con el que nunca he transigido. Pues bien: hoy me encuentro dispuesto a entrar en el gremio y a cargar con el sacramento, que después vendrá el de Extremaunción, por más que la Iglesia lo ponga antes en sus libros.

-¡Casarte a tus años! -me dijo, levantándose del asiento admirado.

-Casarme -le contesté-, ¿y qué? ¿Crees que me voy a quedar para espantajo en la sociedad? He sido un loco hasta el día y he tenido una cabeza de gorrión; pero ahora conozco que la felicidad está en la familia y quiero formármela. Quiero dejar algo en el mundo al irme al otro, pues quiero que me lloren y no que bailen de gusto el día en que me muera.

-Otra cosa decías antes -me respondió Enrique- y dabas algunas razones que eran tan persuasivas que habrían hecho desistir al más enamorado y decidido, tanto que alguna parte tienes en que yo no esté casado.

-Pues hoy pienso de otro modo -le dije-, tengo razones en contra de aquellas razones, las cuales podría decirte; pero no hacen al caso, ni hay que hablar de ello, pues estoy decidido a tener mujer por junto en casa, y niños, si Dios se sirve enviármelos.

“De ti acaso dependa mi felicidad, porque eres la persona que más puede servirme ahora. Yo estoy enfermo como ves, y no creo sea la última enfermedad que he de pasar, porque ésta ya la tuve cuando niño y no ha de venir muy fuerte la segunda vez. Como he tenido la picara afición a la medicina, pues sabes me he empapado en ella, sé que esto se pasara en unos días solo con guardar cama y dieta, remojándome interiormente con horchatas.

“Ahora bien: es preciso que vayas a ver al ruso y a la griega y pedirles la mano de su recatada hija para mí. Puedes decirle a los dichos padres de la que pretendo el estado en que me encuentro, haciéndoles relación de mis cualidades morales, corrigiéndolas un poco al referirlas: diles mi verdadera posición sin exagerarla, pues no me gusta engañar a nadie: si son ricos puedes decir que no lo soy, pero que tengo para comer unas sopas y nunca fui de los que buscan en la mujer la puchera.

“Llévate un retrato fotográfico de los que me acaban de hacer en París, pues en lo que más confío para gustarle a la hija del ruso es en tener la nariz roída, porque siempre se buscan los contrastes. Nunca he dejado de maldecir a la endiablada mona que así me dejó, y ahora la bendigo y a tenerla aquí en este instante, la besaría y la obsequiaría mandándole traer unos pastelillos.

“Ve cuanto antes a cumplir mi encargo y tráeme luego una mona si aquí las venden, que ya siento afición por ese animal intermedio entre el hombre y el perro; pero tráemela si soy aceptado, porque si no para nada la quiero”

Me miró Enrique, compasivo, se arregló y después de haberse arreglado salió para complacerme.

Eran las dos de la tarde cuando me dejó, y volvió a las cuatro.

Al entrar por la puerta de la habitación, le pregunté qué había resultado: sin contestarme se volvió hacia un hombre que venía detrás, cogió una cadenita y saltó un mico.

¡Cómo! -exclamé asustado-. ¡Un mico!

-No hay otra cosa -me respondió-; pero todo es cuestión de rabo. Estás aceptado: sólo falta que te pongas bueno, para que te encargues de tu futura felicidad.

-Tráeme un médico -le dije-, compra malvas, almendras, naranjas y cuantas frutas y plantas se conocen para hacer bebidas: fusila al primero que pase por esa puerta con algo de comida, no sea que por el olfato me alimente. Yo quiero estar a dieta rigurosa y hasta el olor que desprende la carne de ese animal que acabas de comprar, creo que ha de nutrirme, con que llévatelo, pero recomiéndaselo a uno de los criados, para que me lo cuide como sí fuera de mi familia.

Sacó el mico de mi cuarto; después de encargar que lo cuidaran bien, se volvió para acompañarme y a mi lado se estuvo todo aquel día.

Vino un médico, calificó mi enfermedad de leve y a la siguiente semana me hallaba completamente renovado. Había mudado la piel como si fuera una culebra.

El día después del noveno, esto es, el décimo, fuimos mi amigo y yo a la casa de mi prometida, donde fui presentado por Enrique, que durante mi enfermedad había seguido visitando aquella familia diariamente, dándoles cuenta del estado de mi salud.

Era el señor ruso hombre de grave aspecto, alto, demacrado, tuerto del izquierdo, cejijunto, y su canosa barba le llegaba al pecho. Tendría sesenta años bien cumplidos, y grave fisonomía, que revelaba dignidad y rectitud.

La griega era una señora de buena estatura, derecha y flexible como una palmera, trigueña de color, y aunque de unos cuarenta a cincuenta años de edad, bien conservada y todavía aceptable. Su cara era hermosísima, no habiendo en ella una sola facción que no fuera perfecta y que no estuviera en armonía con las otras, lo que daba a conocer que el ruso era entendido en el ramo y hombre de gusto.

Después de habernos hecho mutuamente mil cumplidos, hablamos del país, del tiempo, de mi enfermedad y de todas esas cosas que sirven de recurso en la primera visita, en que tanto el que la recibe como el que la hace, se encuentran sin saber qué decirse.

A los veinte minutos de estar en tan interesante conversación, se presentaron mis narices, o sea la hija de aquellos señores, y al verla me quedé sorprendido. No valía ni con mucho lo que valía la que la había echado al mundo: porque si bien era esbelta y graciosa en sus movimientos, tenía la cara bastante fea, excepto las narices que eran deliciosas, que yo no dejaba de admirar, sin cuidarme de lo demás de su persona.

Hablamos de la primera visita que había hecho mi amigo, por encargo mío; ya metidos en este terreno, no salimos sin quedar arreglado el asunto, debiendo empezar desde luego los preparativos para recibir cuanto antes las bendiciones, que yo ambicionaba, y ya me tardaba el ver levantado el brazo eclesiástico.

Nos despedimos de mi futura y presuntos suegros, volvimos por la noche para tomar el té con ellos, comimos en aquella casa al siguiente día, continuando así hasta un miércoles del mes siguiente a las nueve de la mañana, que fue el día y la hora en que me casé.

Debí casarme el día anterior, pero como era martes lo retardamos veinticuatro horas, porque es día en que no se deben hacer ciertas cosas.

Yo no supe a cómo estábamos de mes hasta después de haberme echado las bendiciones, que vi era el 13 de julio, pero ya era imposible retardar la boda otro día, y tuve que conformarme con entrar en el estado en igual fecha en que entré en el mundo.

Ya desposado y hecho todo un marido, me vi obligado a quedarme en casa de mis suegros un mes, pues aun cuando teníamos pensado salir de Florencia la próxima semana, mi destino se opuso a ello, porque al salir de la iglesia en que recibí el Santo Sacramento, por ser yo todo un marido atento y galán, fui a darle a la que venía de ser mi esposa el agua bendita, y al llevar la mano derecha a la pila, donde debía humedecer mis dedos para presentarlos mojados a mi mujer, se desprendió aquella pileta de mármol, viniendo a caer sobre uno de mis pies, del que me magullé tres dedos, que tuvieron que amputarme.

Pasados treinta y un días después que mis tres deditos habían pasado a mejor vida, me hallaba del todo sano, con sólo siete dedos dentro de mi calzado, pero sin hacerme falta los otros tres para andar con igualdad y sin cojear una sola vez.

Salí de Florencia, al mes justo de haberme casado, y muy de mañana salí de casa de mis suegros, con mi Fiora, que así se llamaba mi cara mitad, con mi inseparable amigo, que no me había abandonado en mis enfermedades, y con el animal semi racional, que llevaba Enrique en una jaula.

Ya estábamos caminando para París, y al pasar por Monte Carelli le dio a Fiora un ataque de nervios y creí se moría. Yo no sabía que padecía tal enfermedad; le pregunté si era la primera vez que sufría aquello, pero ella, sin poderme contestar, me señalaba el saquito de piel que llevaba en la mano, yo comprendí que quería decirme que sacara algo que debía de tener a prevención para el caso, y destapando un frasco de cristal forrado en madera, le rocié el líquido que contenía por la cara, y la cambié de color. Le vertí el tintero que llevaba para escribir a sus padres, durante el camino.

Le pasó aquello, fui a darle cuerda a mi reloj, porque se me había olvidado hacerlo antes de salir, y me encontré que la cadena que llevaba valía dos reales, pues era falsa, que tampoco se parecía a la mía, y que tenía en su extremo un higo seco que guardaba en mi bolsillo.

Me había robado el reloj y cadena el barbero que me afeitaba, que fue el que me arregló el equipaje, y el que anduvo en mi cuarto a la hora de marcharnos. Recordé entonces que estábamos en 13 de agosto.

Llegamos al fin a París, mi costilla, mi amigo, el mico y yo, pues el mico no lo habría dejado por nada, a pesar de repugnarle a mi mujer, la que quiso nos hospedásemos en el hotel Du Rhin, en la pláce Vendóme. Allí estuvimos unos días, mi amigo se despidió para volverse a España, donde lo llamaban asuntos propios, yo lo abracé al separarnos y le endosé el mico para que me lo guardara hasta que en Madrid nos viéramos, pues no quería yo andar con aquel animalito por esos caminos, pues ya mi señora había decidido ir a Londres, Bélgica, Alemania, y qué sé yo a cuántas otras partes.

Se marchó Enrique, dejóme un vacío en el alma, porque mucho lo quería, y me quedé solo, con mis nuevas obligaciones, andando por esos países tan pintorescos como húmedos.

Llegó a enseñárseme mi Fiora, tal como era, esto es, con su carácter dominante e insufrible; caprichosa, exigente, hasta más no poder, y voluntariosa como ella sola. Sacaba más que los pies del plato, pues sacaba bilis del hígado, y la lengua de su caja o paladar, para ponerme en purísimo y castizo italiano, como chupa de dómine.

Yo la dejaba decir y hacer cuanto quería, pero a veces me faltaba la paciencia, me salía de mis casillas, y la echaba de marido. Entonces ella se señalaba con un dedo a la nariz, y me quedaba manso como un cordero. Yo había tenido la inadvertencia de confesárselo todo, por lo que ya sabía la influencia que sobre mí tenía aquella parte de su rostro.

Nunca he podido explicarme el porqué, pero era lo cierto que aquellas narices me dominaban de tal manera, que nada podía negarles, y menos rebelarme contra ellas.

De París fuimos a Londres, de allí a Ostende, luego a Bélgica, nos internamos en Alemania, desde donde debíamos venir a España según el plan que había formado mi costilla.

En Berlín se sintió mi Fiora algo indispuesta: comenzó a dolerle la cabeza, y a picarle lo que yo más quería en ella: aquellas narices que tanto mal me habían traído, y que yo no podía menos de adorar.

Hice que la vieran cuatro médicos, porque se le habían hinchado de una manera escandalosa, y después de reconocer aquellos doctores a mi enferma, le pusieron mil emplastos y menjurges en la dicha parte; al cabo de algunos días, le quitaron el apósito, porque ya esperaban estarían completamente bien.

Yo estaba delante cuando desfundaron mi queridísima nariz, en la que no había dejado de pensar un solo instante desde que la vi inflamada, al descubrir la facción que tan inquieto me tenía, miré, ¡qué horror una excrescencia que le había salido en el lado izquierdo, del tamaño de media ciruela.

Con este pequeño apéndice, perdió todo el dominio que sobre mí tenía.

El día que le quitaron el apósito vi aquella carnosidad, era el 13 de septiembre.

Desde aquel día, no me cuidaba de la enferma, ni me importaban sus padecimientos, toda vez que ya había perdido mis ilusiones.

Todo aquel cuidado y cariño con que la había asistido hasta quitar los vendajes, se trocó en indiferencia. Nada me interesaba mi italiana, antes por el contrario, deseaba venirme a España, para hacer vida independiente, como si estuviera viudo.

Habría abandonado en Berlín a mi cara mitad, a no estar ligado con lazo tan indisoluble, y yo ser hombre que cumplo con mis deberes.

Mi mujer sé amabilizó en mucho, al ver que había perdido aquel talismán con que me supeditaba; Yo, viéndola tan dulce de carácter, me resigné a tener a mi lado una persona a quien no podía querer en adelante, pero a la que consideraría si no volvía a ser caprichosa.

Habría dado cuanto heredé de mi padre, y cuanto hubiera podido adquirir en la vida, porque le hubieran vuelto a mi Fiora las narices a su primitivo estado, pero por mucho menos que lo que hubiera dado, lo conseguí, porque en mes y medio se quedó completamente curada, como si nada hubiera sufrido aquella parte que yo acariciaba continuamente, y que volvió a ser tirana y déspota conmigo.

Yo también volví a ser el que era antes; mi mujer recobró su poder y despotismo, que se iba graduando, porque no se hallaba bien de salud, pues la enfermedad que se le había curado en la cara, según parecer de los médicos, se le había retirado al pecho, haciéndole sufrir grandes dolores que la tenían en un estado de exaltación continua.

La enfermedad, que le habían hecho desaparecer de la cara aquellos sabios galenos de la escuela alemana, se le había fijado en el pulmón, y en poco tiempo murió la infeliz, tísica.

El día en que me quedé viudo, miré el calendario para ver la fecha en que pasaba al tercer estado, o sea al segundo día de felicidad en la vida, según dicen, y vi que era el 13 de octubre.

Yo no me separaba del cadáver, pues no podía reconciliarme con la idea de perder para siempre aquellas narices que hacían mi dicha.

Hice me buscaran un disector, me trajeron uno muy rubio y colorado, le ofrecí quinientos thalers si le cortaba las narices a la muerta, y me las preparaba de manera que pudiera llevarlas siempre conmigo, sin que se pusieran secas como un orejón, pues quería se conservaran con la frescura y trasparencia que tenían cuando por ellas respiraba Fiora.

Díjome aquel gran operador que nada había más fácil, pero sería preciso para ello que estuvieran adheridas a un cuerpo humano. Que si yo quería, podría cambiármelas en aquel instante por las mías despuntadas, pero que no había de perder tiempo en decidirme, porque si se corrompían un poco, ya no serviría de nada la operación.

Me pareció que me hablaba un ángel, pues ofrecía más de lo que me pude imaginar, y, sin detenerme, le dije que no sólo consentía, sino que le aumentaría la suma ofrecida, porque iba a labrar mi felicidad para lo que me restaba de vida.

Sacó sus instrumentos, que siempre llevaba en el bolsillo, me pidió unos cuantos pañuelos, los hizo pedazos para sacar trapos, hilas y vendas, preparó unos ungüentos que tenía en unos pequeños frascos, me dijo que me desnudara para irme a la cama, así lo hice, empuñó el cortante instrumento, le cortó las narices a mi mujer, rebanó las mías y las cambió en menos que canta un gallo.

Me plantó mis ligaduras, me prohibió terminantemente que estornudara, ni me anduviera en aquel sitio, lo cual cumplí; siguió asistiéndome, dándome a los pocos días por curado, y tanto lo estaba, que desde entonces llevo la nariz de mi mujer, habiéndose llevado ella la mía al sepulcro.

Este que ahora tengo, tanto la quiero que no la cambiaría por ninguna otra, aunque me dieran encima mayores tesoros que los de Cresso.

Pasaron algunos días, me volví a Madrid, en donde mi primera visita fue a mi amigo Enrique, al que fui a darle un cariñoso abrazo, y se me quedó mirando muy grave y ofendido.

No comprendí qué era aquello; lo quise abrazar por segunda vez, él me contuvo y me preguntó cuál era mi nombre. Yo le contesté riéndome que se fuera a paseo. Lo tomó en serio, porque creía ver en mí uno que quería insultarlo, a quien no conocía.

Me dijo que buscara padrinos, me dio una tarjeta, yo le devolví una mía, por seguir la broma, pues broma la había creído, y al leer mi nombre en la cartulina, se echó en mis brazos, que le abrí con toda la amistad que siempre le he tenido.

Me dijo que le explicara el cómo había cambiado de cara de aquella manera, que hasta mi madre me desconocería cuando llegara a verme.

Le expliqué en pocas palabras lo que había pasado; almorzamos juntos, él se quedó admirado y quiso besarme la nariz, pero yo no se lo permití, porque hubiera sido lo mismo que besar a mi mujer, y hasta ahí no llega mi amistad.

Le dije que le regalaba el mico porque ya para nada me servía; él me contestó que hacía tiempo se lo había dado a una tal Julia, que no era fea.

Me despedí de mi amigo para volvernos a ver aquella tarde, nos vimos, paseamos juntos, siguiendo otra vez en nuestra antigua vida; yo le dejo siempre la elección de teatro y paseo a que hemos de ir, pues me es completamente igual, pero le puse aquel día por sola condición, que en oyendo un organillo, no hemos de pasar por la calle en que lo toquen, pues me tiemblan las piernas al pensar que pudiera otra mona morderme esta nariz de mi mujer, que continuamente me contemplo al espejo, y que hoy tengo algo encarnada, efecto de una grande coriza que siento desde ayer 13 de noviembre, pero esta pequeña enfermedad, espero, pasará pronto, Dios mediante.

Acerca del autor

Carlos Mejía de la Cerda

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