Clásicos

La muerte de Isolda

Escrito por Horacio Quiroga

No ha mucho que en Nápoles un hombre pobre tomó por esposa a una bella y gentil mocita llamada Peronella, y él con su arte de albañil y ella hilando, ganaban lo poco necesario para vivir como mejor podían. Un joven apuesto viendo un día a aquella Peronella, de ella se enamoró y tanto la solicitó de un modo y otro que al fin consiguió su intimidad. Y a fin de poder verse acordaron que, como el marido levantaba temprano para ir a trabajar o a buscar trabajo, el joven se apostaría en un lugar desde donde lo viese salir como era la calle que del Marfil se llama muy solitaria, él,al salir el esposo, entraría en la casa. Y así lo hicieron muchas veces. Pero ocurrió una mañana que, habiendo marchado el buen hombre y Juanillo Strignario, que tal era el nombre del galán, penetrado en la casa y estando con Peronella, a poco rato el esposo, que no solía tornar en todo el dia volvió y, encontrando la puerta cerrada, empezó a llamar y a decirse: «Dios mío, loado seas siempre, porque, si has hecho pobre, me has consolado con tan buena y honesta esposa. Y ello se ve en que en cuanto yo salí, cerró la puerta para que no pudiera entrar nadie que la importunase.

Peronella, al oír al marido, dijo:

– ¡Ay, Juanillo mío, muerta soy! Ahí está mi marido, a quien Dios confunda, que ha vuelto. No sé lo que esto querrá decir, porque nunca vuelve a esta hora, y quizá te vio cuando entraste. Ya que, pues no tiene remedio, métete en este tonel que ves aquí y yo iré a abrir.

Juanillo se metió precipitadamente en aquella especie de tonel y la mujer corrió a abrir a su marido.

-Por qué vuelves tan pronto? -le preguntó con tono de enfado-. Te veo volver con tus herramientas, ¿es que tienes la intención de no trabajar hoy? ¿Cómo viviremos ?¿Crees que voy a aguantar que me empeñes la falda y las demás ropas, mientras no hago día y noche otra cosa que hilar, al punto de que ya se me separa la carne de las uñas, y todo para tener al menos aceite con que encender nuestra lámpara?

Y, así diciendo, comenzó a llorar y siguió:

-Ay, pobre y triste de mí. ¡En mala hora nací y qué mal acierto tuve! Sí, que habría podido casar con un joven de bien y no lo quise, para dar con este, que no piensa en lo que ha traído a casa. Las demás se solazan con sus amantes y no hay ninguna que no tenga dos o tres, y gozan y hacen pasar a sus maridos la luna por el sol, y yo, mísera de mí, por buena y por no andar en estos lances, así me veo de desventurada. No sé por qué no tomo amante como las otras. Y has de saber, marido, que si yo quisiera obrar mal, encontraría con quién, que muy apuestos los hay que me aman y me han mandado a ofrecer muchos dineros, o ropas o joyas, a mi gusto, y nunca me lo toleró el ánimo, porque no soy hija de mujer de esas; y con todo, tú vienes a casa cuando debías ir a trabajar.

-Vamos, mujer, no te entristezcas, por Dios, que debes comprender que sé quién eres y aun esta mañana lo he advertido más. Cierto es que salí a trabajar, pero se ve que no sabes, como yo mismo no lo sabía, que hoy es la fiesta de San Galeón y no se trabaja. Por ello he tornado a casa, pero no obstante, ya he provisto y hallado modo de tener pan para más de un mes, porque a este que ves conmigo le he vendido nuestro tonel, el cual hasta ahora sólo ha servido de estorbo; y me da cinco florines de oro por él.

Dijo entonces Peronella:

-Véase si no tengo causa de pena. Tú, que eres hombre y andas por el mundo y deberías saber todas sus cosas, has vendido un tonel en cinco florines y yo, mujer y sin salir apenas, viendo el estorbo que en casa hacía, lo he vendido en siete a un buen hombre, el cual, cuando tú tornaste, se metió en él para ver si era sólido.

El marido, al oír esto, alegróse mucho y dijo al que le acompañaba:

-Buen hombre, vete con Dios; que ya has oído que rni mujer ha vendido en siete aquello por lo que tú sólo me dabas cinco.

-Sea en buena hora -dijo el hombre. Y se fue.

Peronella dijo a su marido:

-Ven, puesto que aquí estás, y trata nuestros negocios.

Juanillo, que estaba con el oído atento, por si algo ocurría que le hiciera temer o deber prepararse, al oír las palabras de Peronella, salió prestamente del tonel y, como si no hubiera sentido regresar al esposo, preguntó:

-¿Dónde estás, buena mujer?

A lo que el marido, que ya llegaba, respondió:

-Aquí estoy. ¿Qué quieres?

Dijo Juanillo:

-¿Quién eres tú? Necesito ver a la mujer con la que ajusté este barril.

-Habla sin rebozo, que soy su marido.

entonces dijo Juanillo:

-El tonel me parece sólido, pero debe haber contenido heces, porque está todo untado de una cosa tan seca, que no puedo arrancarla con las uñas, así que no me lo llevaré si antes no lo limpiáis.

Dijo entonces Peronella:

No se deshaga por eso el trato. Mi marido lo limpiará todo

-dijo el albañil.

Y, dejando las herramientas y quedándose en mangas de camisa, mandó encender luz y que le diesen un raspador, y se metió en el tonel y empezó a raspar. Y Peronella, como si quisiera ver lo que hacía, metió la cabeza por la boca del barrir, que no era muy grande, y puso también un brazo y toda la espalda y empezó a decir:

-Raspad aquí, y aquí, y allá, y mira que todavía queda acá un poco.

Y, mientras estaba así y al marido enseñaba y recordaba, Juanillo, que no había saciado su deseo plenamente aquella mañana, viendo que no podía satisfacerlo como quisiera, hacerlo como pudiese y, aferrándose a ella (que tapaba toda la boca del tonel) en la forma en que en los anchos campos los desenfrenados y de amor caldeados caballos asaltan a las yeguas de Partía, a efecto llevó su juvenil deseo, el cual llegó a su extremo casi en el mismo punto en que la limpieza del tonel acababa. Separáronse ambos, Peronella sacó la cabeza del barril y el marido salió.

-Toma esta luz, buen hombre, y mira si esto se ha limpiado a tu gusto -dijo Peronella a Juanillo.

Juanillo miró y dijo que sí y pagó los siete florines e hizo que le llevasen a casa el tonel.

Acerca del autor

Horacio Quiroga

(1878-1937)

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