Clásicos

La atanasia

Escrito por Ildefonso Ovejas

¡Oh tierras del Mediodía, orillas del Mediterráneo, coronadas de flores! Vosotras os bañáis en las límpidas aguas cuyas mansas ondas vienen reflejando todas las pompas orientales; vosotras aspiráis un aire embalsamado, y las nubes de vuestro cielo semejan páramos inacabables de lumbre y esplendor; vosotras os vestís de cien colores, ceñido el cuerpo con la flexible palmera; vosotras sustentáis un pueblo jovial y movedizo, de donde están desterradas todas las hondas pasiones que roen y acaban con la vida, todos los incansables pensamientos que tiranizan el alma. Ahí las pasiones son flores de un día, y los pensamientos son nubes relucientes que, apenas aparecen, ya han pasado. ¡Oh tierra arenosa que eres tan fecunda y tan liviana, morada de la imaginación, asiento de la suspicacia, madre de alucinaciones, porque así como deslumbras la vista, deslumbras el entendimiento! Tú eres la tierra de promisión para las almas cansadas y tristes; los pensamientos que infundes son el jardín de los pensamientos; las pasiones que excitas son el jardín de las pasiones. ¡Oh tierras del Mediodía, orillas del Mediterráneo, coronadas de rosas!

Vosotras no tenéis, como aquellas regiones que cruza el Misisipi, isletas flotantes que bajan con la corriente de los ríos, llenas de flores y semejantes a una virgen entre sedas; pero tenéis unas mujeres muy bonitas y graciosas que son unas verdaderas isletas de flores, y que también fluctúan y siguen la corriente y muchas corrientes. Y si en esto de corrientes no sois solas; si tenéis por competidoras otras muchas tierras, lo mismo al Septentrión que al Sur, al Este que al Oeste, en cambio tenéis unas granadas exquisitas, como las hay en pocas partes, y váyase lo uno por lo otro; y en cambio tenéis muchos poetas y pintores, y sobre todo abundáis en arqueólogos, que no es grano de anís.

Siento tener que echaros en cara una cosa, oh tierras del Mediodía, y es que habéis sumergido en la oscuridad y en el olvido a Murcia y sus contornos, a esa tierra privilegiada, hermana vuestra carnal, de quien nadie se acuerda. Y esta injusticia a fe que la he de reparar yo, y he de hacerlo para encarecer mi modestia, pues no hay cosa que en el mundo dé más desventajosa idea del seso de un hombre que el meterse a reparar injusticias. Bien dice el refrán “lo que no has de comer déjalo cocer” Oh caros lectores, no quiero se diga de mí que escribo cosas de donde no se puede sacar fruto alguno, pues sentiría ser el único así motejable entre tantos que escriben cosas sensatísimas, profundas y sustanciosas; por tanto, voy a darte un consejo, que si lo sigues bien, ha de serte muy provechoso: “no hagas caso de nada ni de nadie, y aparenta hacerlo de todo y de todos”.

Hay do quiera tantos desengaños y tantas amarguras, oh corazón, en el mundo físico y en el moral, que debes cerrarte con cincuenta y siete compuertas para que no penetren en tu seno, o bien debes abrirte de par en par para que entren todas de una vez y ya no quepan más dentro. Oh lector caro, el que de entre vosotros haya logrado esto, será hombre superior, porque éste es el secreto de los héroes.

Yo he pasado por Vallecas muy a menudo, y a la salida del pueblo he visto siempre un ciego muy anciano que mendigaba; y en su rostro había grandes padecimientos, y de sus labios aprendí una triste historia.

-Joven -me dijo-, todavía tus mejillas no están surcadas por las aguas del llanto, pero mi cabeza ha encanecido con el soplo de ochenta inviernos, y mis hombros se han encorvado bajo el peso de las desgracias. joven, tú ves todavía la luz del cielo, pero mis ojos los cegó el sombrío dolor.

-Anciano -le dije-, cuenta la historia de tus canas a tu hijo, siquiera porque te lo pido con el lenguaje de Chateaubriandl.

-Nací en las verdes florestas de Carabanchel, y mi cuna de palo se meció a la sombra de un cobertizo. Un hermanillo mío la meneaba. ¿Quién es ese Chateaubriand que decías?

-Anciano, hay flores que nacen en parajes misteriosos, y allí no ha penetrado nunca el morador de los campos.

-Hijo, desconfía de los hombres y clava bien la vista en el ave que vuela, porque no creas que es la garza si se remonta. Mi cuna se meció bajo un cobertizo; un hermanillo mío la meneaba.

“Allí entre los ancianos de mi tribu vi muchas cosas, y guardé sus palabras como la cierva sus cervatillos. Allí se reunían a tomar el sol los ancianos y fumaban cigarrillos de seis maravedises, cuyo humo enviaban al Oriente, y al Poniente, y al Norte y al Mediodía, y entre ellos estaba un hijo del sol que decía: ‘los hombres son hombres’,

“Un día llegó un habitante de tierras extrañas y me dijo: hay lejos de aquí, muy cerca del gran lago, unas regiones donde nace el sol y se crían muy buenos tomates; esa región los hombres la llaman Murcia. Joven, allí habitan gentes de tu raza que un día salieron desterrados de estas tierras por el gran espíritu que decía ser alguacil. Un hermano de tu madre salió de aquí, llevándose consigo la hija de un hermano suyo, y cruzaron el desierto metidos los dos en una cosa que rodaba, y que era semejante a media nuez de una de las que nacen en estas praderas. Joven, tu tío se va con el gran espíritu y habla de ti. ¿Y cómo, dije yo, dejaré las tierras natales? Decidles a los huesos de mis padres: levantaos y marchad a tierras extranjeras. Joven, contestó aquel viajero, ¿tú no conoces que estos montes no tienen ya caza, ni estos campos frutos para mantener a los hombres? El hermano de tu padre posee riquezas escondidas.

“Adiós, montes natales, exclamé; ya no volveré a ver las torrecillas de Madrid, ni sabré de las grandes cosas que hace ese gran consejo de ancianos, encanecidos en la sabiduría, que nos mandan sus prudentes palabras desde Oriente, como hijos que son del sol.

“Y abandoné mis patrios lares. Doce noches anduve caminando; cuando amanecía, el sol me ocultaba en las espesuras y bosques. Los ancianos de mi pueblo decían que es menester ser astuto como la zorra y cauteloso como la serpiente, al atravesar tierras extrañas, porque los hombres son enemigos de los hombres. Diez lunas pasaron cuando a la undécima aspiré en el viento el olor de un gran bosque; el viajero pone su olfato en el viento para oler la cercanía de las selvas donde ha de hallar abrigo, y sus ojos son como los del lince, que ve crecer la yerba de los campos. Joven, estarás andando seis días, y mi nariz Olfateará tu rastro; la hormiga que hace su morada al otro lado de los mares, la verán moverse mis ojos.

-Padre -le dije yo al anciano-, tu cabeza está emblanquecida, y los años enseñan la ciencia. El gran espíritu ha dado a los ancianos el don de la sabiduría y la verdad.

-Tu cabeza es negra como el ala del cuervo; pero tu espíritu es justo; yo he corrido todos los países del mundo; cerca del río por donde se comunican los dos mares, hay una tierra en donde aprendí la verdad; allí los labios de los hombres son como el buen amigo.

Y en el corazón del anciano debió de levantarse una tempestad de recuerdos, porque de aquellos ojos ciegos, brotó una lágrima muy amarga, aunque no la probé.

Y el anciano volvió a hablar.

-Pronto a la luz de la luna -dijo-, descubrí una selva en el horizonte, y apresuré mis pasos. Llegaba a la entrada del bosque, cuando oí un ruido semejante al aleteo de la alondra; después el ruido se hizo semejante a una voz humana. Entonces no dudé que cerca de mí había hombres, y me subí a un árbol, porque mis antepasados dejaron escrito que la cercanía del hombre es como el lazo donde va a caer el león.

«-Hola, muchachos -dijo uno de los hombres que venían-, ese mozo se nos fue al cielo.

“-No hay tal -dijo otro señalando al árbol-, el pájaro está en el nido.

“-Hola, tú, lechuzo -añadió el primero-; ¿de cuándo acá el búho duerme de noche? Baja, y te arrancaremos la pluma.

«-En mi país natal -contesté-, apedreamos al extranjero; ¡qué me importan a mí vuestras bravatas!

“-Ea, poca música y deja la rama, avechucho -dijo uno de mis enemigos.

“-Los hombres de mi país natal -repliqué- son valientes como el león. Si estuvieras tú sólo en mi tribu, te destrozaríamos como el águila al pajarillo.

“y bajé. Joven, tres eran, tres, los enemigos del hijo de mi padre, y los tres, cuando me vieron en sus manos, hicieron gestos de alegría, bajando y subiendo la cabeza con ademán irónico; pero yo permanecía sereno, como los hombres que cantan la hora. Entonces me registraron, quitándome todos los amuletos que llevaba, hechos de metal y semejante a las fichas con que los jugadores de damas están aprovechando el tiempo horas enteras; yo entonces me herí secretamente el pecho con las uñas, porque en aquellas medallas adoran los hombres de mi tierra al grande espíritu que todo lo mueve. Y después de esto, uno de aquellos enemigos de mi raza me derribó de un revés un cuenco que llevaba en la cabeza, porque los hijos de estos campos llevamos empinados sobre el cogote unos cuencos que parecen vasos de colmena: y después de esto me fueron despojando de todo, riéndose, y por fin me dejaron desnudo; y yo les dije al verme así: ¡qué me importan a mí vuestros insultos, si yo soy la verdad desnuda! Y se rieron mucho y me ataron con cuerdas al árbol de donde bajé, y se fueron.

“Joven, tú no sabes lo que es estar en tierra enemiga, solo, desnudo, atado a un árbol, esperando la muerte, la muerte que es el fin de la vida; hazte cargo bien; es el fin de la vida. Yo pensaba entonces en los montes patrios, y recordé mi niñez y todas las cosas que había oído y sitios que había visto; con lo cual me adormecí en el silencio. De pronto un zarceo y mover del ramaje me despertó; puse el oído como ciervo que oye al can, y miré como el can que acecha al ciervo. Del pie de un árbol se levantó un bulto: la luna lució entonces por casualidad, mi corazón latió agitado, había reconocido a una mujer, y yo dije: ella viene a salvarme.

“Después oí pasos precipitados, y volvieron a aparecer mis tres enemigos.

“-Mocita -le dijo uno de ellos a la mujer-, ¿por dónde bueno a estas horas?

»Ella calló.

«-El diablo ha visto cosa igual -añadió el hombre-, ¿así te vas y te vienes sola por estos mundos, faltando a la moral? Pero no haya cuidado, que yo y estos dos acólitos hemos oído rebuznar el burro en que venías y hemos conocido que nos buscabas para hacer con nosotros confesión general de tus culpas y pecados.

“Y aquellos hombres la despojaron también; y uno de ellos dijo: atemos a estos dos tunantes uno con otro de espaldas, y no podrán correr a dar parte.

“Trajeron la mujer; y a ella y a mí, con las manos para atrás, nos ataron, juntas las espaldas; y ellos se fueron, desapareciendo en la oscuridad.

“-Mujer -dije yo-, tú que estás unida a mi destino, ¿con qué nombre te llaman las mujeres de tu tierra?, ¿en qué bosques naciste?, ¿qué buscabas por los desiertos?

“-Hombre -contestó ella-, me llamo Atanasia, nací en Carabanchel, fui con un tío mío a Murcia, mi tío acaba de morir, y yo dejé la ciudad yendo en busca del hombro de un arriero.

“-Mujer; ¿nuestro tío ha muerto ya? Porque yo soy tu primo de Carabanchel con quien tanto jugabas durante tu niñez. Pero tus palabras son oscuras; ¿no dijiste que ibas buscando el hombro de un arriero?

“-Sí, porque ese arriero pasó un día por debajo de mi ventana, hacía calor y con la camisa abierta dejaba ver un hombro muy redondo y hermoso, por lo cual tuve antojo de darle un bocado en él.

-Hermana, las mujeres de nuestra tierra hablan de antojos que tiene la que abriga un alma en su seno

-Pues bien, tuve ese antojo y para satisfacerlo abrí la puerta al arriero y mi tío me dio de palos y el arriero dio de palos a mi tío, por lo cual éste ha muerto.

“-Dicen que nuestro tío tenía riquezas escondidas.

-Yo las tomé, pero me las acaban de robar; no eran más que unos cuantos reales. Puede ser que tuviese las riquezas en otro sitio.

“Una tempestad de odio se levantó entonces en mi corazón: aquella mujer había muerto a mi tío y me había robado unos cuantos reales, y para colmo de desesperación estaba atado a ella, no la podía apartar de mí, no podía correr a registrar la casa de mi tío y encontrar los tesoros.

“-Mujer -exclamé con frenesí- yo te odio mortalmente, te odio más que el día a la noche, más que el lobo rabioso al agua. Maldita seas.

“-Maldito seas tú, tú, malvado, que me tienes sujeta y no me dejas andar. Muérete, y cantaré de alegría.

-¡Oh! mujer; ¡cómo me delito en aborrecerte! No sabes tú lo que es esta pasión, este frenesí que se apodera del alma y la consume. ¡Oh! aborréceme, aborréceme, quiero que me aborrezcas, para ver si puedo odiarte más.

-¡Oh! Yo te odio tanto como no odié nunca jamás. Sí, yo te odio.

-¡Oh! ¡Qué placer! Me odias. ¡Qué placer! ¡Quién comprendería estas alegrías, la dulzura de estas palabras pronunciadas en el silencio de los bosques, a la luz de la luna!”

“Sí, joven -me dijo el anciano interrumpiéndose-, tú no sabes lo que es esta pasión, los misterios que encierra para el alma de un viejo esta palabra: odio. Sólo las naturalezas privilegiadas sienten estas profundas delectaciones. Odiar es la vida, la felicidad, el cielo. ¿Por qué esta bárbara sociedad hace escarnio de esta sublime pasión? ¿Por qué la pone trabas? ¿Por qué no deja aborrecer? ¡Ah! esa sociedad es ignorante, estúpida y malvada.

-Joven, yo recordaré toda la vida el placer que sentí cuando, lleno de odio hacia aquella mujer, eché a correr violentamente arrastrándola, destrozándola, haciéndola dar gritos horribles de dolor. Era aquélla una pasión inefable, un frenesí de placer. Ella forcejeaba, se resistía; llegamos a un charco de agua, y me quise precipitar de espaldas para quitarle la vida, diciéndole: aprende de mi odio, prenda mía, te voy a ahogar. Pero aquella mujer era un león, una furia, ¡qué vigor tenía!, ¡qué esfuerzos tan desesperados hizo!, agitándose, revolviéndose, empujándome, unidos los dos como dos blancos cervatillos, pasamos al otro lado del charco. Entonces, oh joven, conocí que la mujer no quiere ahogarse, y dije para mí: la mujer cuando se la hostiga es lo mismo que un gato montés metido en un costal.

“Y ella me decía: ¡Oh tú, aborrecido mío, odiado mío, ira mía, furor mío, te has fastidiado!

“Cuando esto pasaba, era la alta noche; de repente se escondió la luna y el bosque se quedó oscuro como la boca del lobo. ¡Qué magnífico y aterrador espectáculo el de la tempestad en una selva! Bramaba el viento embravecido, el trueno ensordecía el mundo, inmensidades de lumbre surcaban el espacio; de pronto estaba el rayo iluminando el bosque; Atanasia da un rebullido, y me precipita de bruces sobre unos espinos llenos de agudas puntas; logro levantarme con ella a cuestas; la cabeza se me arde con agudísimo dolor; al mismo tiempo parecía que el corazón me lo atravesaban; una fuerza desconocida me arrebata y me hace correr, volar con Atanasia a cuestas; parecía que la fatalidad del destino nos llevaba tras sí.

“-De pronto llega una voz melancólica y grave a mis oídos; poco a poco se hace más clara y distinta. Aquella voz entonaba con acento profético y a modo de salmodia, en acompasadas cadencias, esta canción:

La virtud es una flor
escondida y misteriosa,
una peregrina rosa
que en ninguna nace;
que me place
Las hieles que por el mundo
vertiendo los hombres van
las recoge el alacrán
y por eso es tan dañino.
¡Viva el vino!
Cuatro dracmas de mujer
metidas en un mortero,
si las machacas dan cero
por último resultado;
es probado…

“Mientras la fuerza desconocida me arrastraba, y movidos por ella, Atanasia y yo, subiendo la ladera de un cabezo, nos encontramos en una quinta, donde se ofreció a nuestros ojos un espectáculo edificante. Ardía un candil enganchado en una grieta; a su brillante resplandor se veía una multitud de carabinas, sables y pistolas, tiradas a montones por el suelo; en medio se veía sentado en un tarugo un anciano grave, seco, barbudo y de fisonomía ascética.

“-Oh santo cenobita -le dije-, bienaventurado tú, que haces la vida del justo en estas soledades. El destino guía nuestros pasos y nos trae hasta ti.

“-En cuanto a eso del destino -dijo él-, ya sé yo que es el que guía los pasos de todos los hombres habidos y por haber, que con sus profundas artes de gobierno han hecho, hacen y harán la felicidad humana; pero en cuanto a vosotros, el destino no es ni más ni menos que este gran perro que veis aquí, y que a la manera de los del Monte de San Bernardo, tengo enseñado a traer a los caminantes perdidos a esta gruta, donde para su mayor comodidad se les despoja de todo lo que les puede hacer peso en el camino.

“-Pues bien -exclamé yo entonces-, oh caritativo cenobita; yo vengo a ti a que me despojes de este onerosísimo fardo que llevo encima, pues no hay cosa que más pese y abrume que una mujer a cuestas.

-”¿Quién diablos os han puesto así?

“-Tres hombres de esta selva -contesté-, que nos han despojado y amarrado.

– ¿Cómo se hace eso con nadie sin que lo mande Jaime el barbudo? gritó entonces aquel hombre enfurecido- A ver, muchachos, ¿quién ha limpiado a esos tunantes?

«-yo contestó uno de varios hombres que al oír la voz salieron de entre las peñas.

«-¿Y cómo yo no sé nada? -replicó el barbudo.

“-Porque no valía tres cuartos lo que les he tomado.

-¿No? Pues ven conmigo.

»Y se fueron. A poco rato oímos un tiro. Si pasas, oh joven, algún día por el puerto de Mala Mujer, en dirección a Murcia, encontrarán a la bajada un montón de piedras que sostienen una cruz de caña. Allí el hombre barbudo mató de un pistoletazo a mi enemigo del bosque. Cada viajero que por allí pasa reza un padrenuestro, y echa una piedra al montón.

Volvió el hombre barbudo a la gruta y desató a Atanasia; cuando volví la cabeza vi que Atanasia estaba muerta; había abortado y fenecido, sin tener el gusto de dar su apetecido bocado en el hombro del arriero.

Joven, amargas lágrimas vertí sobre el cadáver de la prenda de mi odio. Todo el mundo estaba ya desierto para mí; el objeto de mi pasión había muerto; ¡Oh mujer, exclamé! antes tan vigorosa y ahora yerta; yo te aborrecía mortalmente; pero tu cuerpo será presa de la tierra, desaparecerá, y yo no podré odiar más que tu memoria “

-No te canses en odiar a nadie -me dijo el hombre barbudo-; toma este dinero, y vuélvete a tu lugar. Anda, cernícalo.

Seguí el consejo de aquel hombre justo, y vine a establecerme a Vallecas, donde me devoran los dulces recuerdos de mi odio ya sin objeto, alimentado sólo por la memoria. Desde entonces acá han pasado muchos años; el ojo que me quedaba cegó también, como no podía menos de suceder, porque tanto llanto se agolpó sobre él, que el pobrecillo se ahogó. ¡Oh joven! aprende esto que te dice los labios de un anciano: “el que está triste no tiene alegría”.

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Ildefonso Ovejas

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