Clásicos

El estudiante y el barbero

Venía de Salamanca un gentilhombre, estudiante gorrón, de buen hábito, tan alcanzado de dinero como presumido y queriendo entrar en su pueblo, en una villa por donde acertó a pasar un día, se entró en la casa de un barbero, y viendo que el maestro se estaba mano sobre mano, le dijo que le hiciese merced de quitarle la barba.

El barbero, que no vivía de otra cosa sino de su oficio, llamó a su mujer, pidió un peinador limpio guarnecido, sacó un estuche dorado, afiló de pronto una navaja y aparejó la mejor tijera que tenía, y poniéndole una silla de caderas, le hizo sentar en ella. Quitóse el estudiante el cuello, bajó el jubón y el maestro le puso un paño tan limpio y tan oloroso como si fuera para servicio de altar. Comenzó a quitarle el cabello curiosamente, tratándole con el respeto y crianza que su buena traza y talle merecía.

El estudiante, que no estaba acostumbrado a que le tratasen con tanta cortesía, y para tan chico santo como él era le parecía ser mucha aquella fiesta, porque su bienhechor no pecase de ignorancia, con voz humilde y baja le dijo:

-Mire vuesa merced, señor, que estoy sin blanca, que pido limosna para poder ir a mi tierra, y que el trabajo que vuesa merced toma en quitarme el cabello ha de ser por amor de Dios.

Oyólo el barbero y perdida la paciencia, vuelto para el pobre mancebo, con mucho enojo le dijo:

-¡Cuerpo de Dios con el gorrón!, ¿y a eso venía ahora? Ya yo me espantaba que tan de madrugada venía algo de provecho a mi casa, siéntese aquí.

Alzose pacíficamente el mozo de la silla en que estaba; sentáronle en un banquillo y, puestos otros lienzos de jerga, según eran gruesos y con el color de hollín, dejó la obra el maestro, y en su lugar entró el aprendiz a acabar lo que su amo había comenzado y por él debió de decirse: «En la barba del ruin se enseña.» La tijera era tal, y de modo la navaja, que a cada vuelta le iba desollando medio carrillo. Pero como el negocio era de balde, sufría y callaba.

En esta ocasión estaba en un corredor alto de la casa aullando un galgo del barbero, y de suerte que era enfado para todos cuantos le oían, y el dueño, que había menester poco para enojarse, comenzó a dar voces, diciendo:

-Subid arriba y mirad qué tiene aquel perro y por qué está aullando.

Oyólo el estudiante y, mirando al barbero, le respondió:

-No se espante vuesa merced de que gruña y aúlle, porque le deben de estar quitando el pelo de por amor de Dios, como a mí.

Acerca del autor

Jerónimo de Alcalá

(1626)

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