Clásicos

Amor paternal

Una hermosa mañana de las de abril salí yo de un pueblecito de tránsito en el camino de Castilla la Vieja, con intención de dormir en una de las mejores capitales de esta provincia. No había andado aún media legua, cuando reparé que delante de mí, y a bastante distancia, hacía el mismo camino que yo un hombre, jinete en un rucio, el cual hombre llamó mi atención por las extraordinarias contorsiones que encima de su cabalgadura, la cual no dejaba entretanto su trotecillo cansado, ejecutaba.

Abrazábase unas veces al pescuezo de su asno, y entonces, levantando entre ambas piernas en alto, hacía mil difíciles figuras con ellas, y otras veces, levantando con ambos brazos por encima de su cabeza unos papeles, que, como luego veremos, eran unas cartas, bajábalos luego, y metiendo los papeles en el bolsillo, se pegaba un par de mojicones con poca fuerza y con cierta como si dijéramos nonchalance, y seguía después su camino, al parecer, sereno, hasta que de nuevo comenzaba con sus gestos de endemoniado, que aunque yo no sabía si eran en él resultado del placer o del dolor, porque ambos a dos entes morales hacen que el hombre se sacuda trompazos y haga otros extremos; aunque, como digo, yo no sabía si era aquello en aquel hombre alegría o pesadumbre, me daba a mí tanto gusto el observar sus aspavientos, que nunca hubiera procurado alcanzarle si él no hubiera pasado más de media hora, después de la última pantomina, tan juicioso en su pollino como un deán cualquiera en su mula.

Entonces yo, cansado de esperar, aguijé mi caballo, y en poco tiempo emparejé con el de los aspavientos, a la sazón en que, comiendo pan y queso, para engañar la sed y meterla dentro de sus tragaderas, la mataba después cobardemente con bien menudeados tragos de lo que, metido en una bota, así se podría jurar que era vino y no otro ningún licor.

-¡Buen día! -le dije entre dientes y con cierto acento que se da a los saludos de camino, que tiene algo entre indiferencia y valentonada.

-¡Buenos días! -contestó él por su parte con el mismo acento, pero con más sequedad y, sin mirarme siquiera, siguió comiendo a grandes bocados y a dos carrillos.

Acorté yo el paso y, aprovechándome de la poca atención que en mi ponia, tuve tiempo para examinarle detenidamente.

Tendría mi hombre hasta unos cincuenta años; pero, a primera vista, se conocía que había gozado de perfecta salud la mayor parte de su vida, porque vertía por todos los poros de su ancho semblante salud y rústica fortaleza. En todo su traje no había de campesino más que la montera castellana, que, puesta de medio lado, dejaba descubierta a la vista una cabeza cubierta de entrecanos turujones de pelos rebeldes y cerdosos, y descubierta a la vista a la acción del sol, que la tenía roja como un pimiento, una desmesurada oreja, que más que oreja parecía cualquiera otra cosa, grande, carnosa y sanguinolenta.

Exceptuando, como he dicho, la montera, todo lo demás de su traje, más que de labrador era de acomodado y modesto artesano, y si al lector le parece mejor que fuera de sacristán o cosa así, bien puede parecerle, porque algo había de eso en sus pantalones, chaqueta y chaleco de paño negro, y en sus medias de lana, negras también, y no de las más bastas.

Un buen rato pasé yo en estas y otras observaciones, admirando además la serena tranquilidad con que comía aquel hombre que momentos antes daba muestra de tanta agitación. A todo esto, ni él me había mirado una sola vez, ni yo me había resuelto todavía a entablar conversación con quien, al parecer, tan pocas ganas tenía de ella.

Por fin, distraído, le dije por casualidad, más que por otra cosa:

-Vamos juntos, ¿eh?

-Parece que sí -me contestó con la misma sequedad que antes.

Volvió a interrumpirse la conversación, hasta que, mirando a mi caballo, mi compañero de viaje volvió a decir:

-¡Poco anda el jaco!

-No quiero yo que ande más, porque cuando en el camino se encuentra buena compañía y no se va de prisa, debe uno aprovecharse de la ocasión, y hablar cuatro palabras, y echar un cigarro con el compañero.

-¡Si usted supiera el compañero que se ha echado -me dijo con cierta sonrisita burlona, que, por más señas, le caía muy mal.

-¡Un excelente compañero! -repliqué yo, alargándole un cigarro.

-No fumo: gracias. ¿Quiere usted un polvo? -y diciendo esto me alargó una riquísima caja de oro, de forma antigua y trabajada con mucho primor.

-Venga un polvo, que, aunque no lo gasto, de tan buenas manos no puede venir cosa que de tomar no sea.

-¿Sí, eh?… -y se sonrió como antes, con cierta calma, más que maliciosa, estúpida.

Yo tomé mi polvo y me quedé examinando la caja, que era buena de veras.

-¿Le gusta a usted esa caja?

-¡Mucho: es muy buena, es muy buena!

-Pues no puedo ofrecerla, porque…

-Gracias, buen amigo.

-Pues mire usted, de veras no puedo ofrecerla, porque es regalo de uno a quien ajusticiamos…

-¡Cómo!

-Sí, señor, por ladrón y…

-¿Pero usted?

-¡Toma! Yo solo, no. La sala le condenó, y como yo soy el que ejecuta…

-¡Ah! ¿Conque usted es?…

-Sí, señor; yo soy el verdugo -y entonces, dándose una palmada en la frente, exclamó: -¡Tonto de mí! Vamos, ¡ni sé lo que me hago, con esta desgracia!

Y luego, mirándome de hito en hito, con unos ojazos muy abiertos y con cierta expresión de susto en el semblante, pasó un buen rato, hasta que, al fin, me dijo:

-¡Va!… Ya veo yo

que usted es todo un caballero, y que voy bien seguro.

-¿Qué quiere decir seguro?

-Mire usted: suponga usted que usted fuera un ladrón; se aprovecharía usted ahora de esta ocasión, y ¡pobre de mí!, porque yo no llevo ni una mala navaja. Y ahora le voy a pedir a usted un favor, que es que si se adelanta, o si va conmigo, o se queda usted atrás, al fin, que no se le escape a usted decir que vengo yo por aquí. Me hará usted ese favor, ¿verdad?

-¡Con mucho gusto!

-Yo siempre viajo con escolta, que así es como caminamos los del oficio cuando salimos de la capital a hacer alguna justicia; pero esta vez, así que acabé de ajusticiar a mi Leoncio, ni estuve para pensar en pedir escolta… ni… nada… ¡Como atontado!… Jesús!… Jesús!.- y, haciendo estas exclamaciones, lanzó dos resoplidos y se pegó un par de puñetazos como los de marras, y después, tan sereno como si tal cosa, me dijo: -Conque no dirá usted nada…. ¿no caballero?

-No, hombre, no; me callaré. Pero ¿qué puñetazos y qué sollozos son ésos?

-¡Calle usted, que todo el camino vengo así!… ¡Lo menos me he pegado ya mil pechugones!

-Pero, hombre, ¿por qué es eso, por qué?

-No estoy para contarlo, porque estoy que no me conozco, y si no fuera porque he cumplido con mi deber y que tengo, gracias a Dios, tranquila la conciencia, me moriría de sentimiento. ¡Pobrecico! ¡Pobrecico!

Y el bueno de mi compañero, sin verter una lágrima, hacía todos los gestos repugnantes que hacen los que lloran, y lloraba seco que no había más que ver.

Yo, que me alegraba mucho de tener esta ocasión de tratar con tanta llaneza a tan temible personaje, y que, a pesar de estar convencido de que si alguna cualidad rara puede haber en ese ser tan misterioso para los hombres de imaginación, en el verdugo, tiene que ser, por fuerza, la brutalidad llevada al último grado, no dejaba, sin embargo, de estar un poco interesado en examinar a mi buen compañero, a quien seguiré llamando así, a pesar de su profesión, porque ni soy orgulloso, ni me inspiró tanto misterioso temor como me han inspirado una porción de jueces y de fiscales con quienes he viajado, y a quienes llamo también compañeros de viaje.

Yo, como iba diciendo, hice todo lo posible por insinuarme en el ánimo de mi compañero, y después de mucho rato que se pasó en preguntas mías y respuestas suyas de que nada se podría sacar en limpio, por fin, me dijo verraqueando, pero a ojo enjuto:

-Señor caballero, yo no puedo hablar de esto, porque esto, vamos al decir, es un fenómeno que ha sucedido conmigo; pero tome usted esos papeles, y lea usted, porque usted es un guapo caballero, y quiero yo que usted lo sepa todo! ¡Lea usted, lea usted, que, entretanto, voy yo a arreglar aquí unos chismes del oficio que traigo en las alforjas!

Entonces me dio unos papeles, que eran, indudablemente, los mismos que yo le había visto levantar en lo alto con gestos desesperados. Eran estos papeles unas cartas que, por orden de fechas, decían así, aunque todavía con peor ortografía:

Salamanca y marzo .-Querido padre, me alegraré que goce usté la misma salud que yo para mí deseo. Ésta sólo se dirige a decirle a usté que me van a ahorcar. ¡Padre mío!, ¡ánimo!, que al hijo no le ha de faltar, a Dios gracias. Mi causa es poco honrosa, pero yo soy tan honrado como siempre, y otros hay más bribones. Padre no se fie usté de personas que dicen que han sido. A mí me han vendido miserablemente. Uno que decía que había sido alguacil me salió calabaza. Siendo buenos compañeros, él me ha descubierto y ya no hay más remedio que mucha conformidad y chitón. ¿Qué se ha de hacer, padre? eso es otra cosa, yo si acaso me condenan estoy arrepentido, bueno es que usté lo sepa. Yo creo que sí me condenarán, o al menos tal me presumo, y mire usté, lo siento, por usté padre, porque al cabo, aunque a mí no me está bien, peor le está a usté, que por lo menos usté me engendró, y yo a lo menos no he hecho nada conmigo. El señor fiscal pide la muerte y sólo falta la sentencia, con que como si no faltara nada. Con que no hay que asustarse por eso, que es poca cosa, y sobre todo yo avisaré las novedades, que para eso me han de dar tiempo. No quiero cansar más. Esta se la entregará a usté Jorgillo Rango que es un amigo mío que le trasladan a ésa, porque le tienen que ahorcar de precisión en esa ciudad. Estará antes, algo de tiempo en la cárcel: de todas maneras, salga pronto o salga tarde, ya sabe usté que se lo recomiendo, y darle buena muerte al pobre, que bien la merece. Padre que yo le quiero a usted: y usté lo sabe y sepa que aunque sea lo que sea, daría cualquier cosa por no poner a usté en este compromiso, y bien lo puede usté creer de todo corazón.

R D.-Por esta que no va por el correo, le digo a usté que no tiemble de nada, porque aquí entre otros compañeros y yo tenemos proyectos, y vamos, para que usté lo entienda y no le sirva de incomodidad, me parece que lo lograremos, el escalar nuestros hierros. Conque ya lo sabe usté, a mi madre que no se asuste y mande a su hijo como guste, que aquí está para servirla en esta cárcel el pobrecico.Leoncio

Valladolid 24 de marzo.-Querido hijo me alegraré de que puedas recibir esta que no he podido escribirte antes, y sentiría que sin participármelo te hubiesen ya ajusticiado como tú sabes. Leoncio, !válgame Dios!, y qué ratos das a tu padre y a tu madre! en fin a tus padres los has de matar a sentimientos. Sábete que aquí nos has hecho llorar quedaba compasión, y lo que es tu -madre sigue tan triste que yo no sé, pero harto será que no pare yo en mal con ella, por que no se la pueden aguantar sus malos humores. Yo soy individuo de la justicia, y así, aunque me alegrara que te salvases, lo que es a cara descubierta, siento tener que decirte que el escalar la cárcel no me parece bien, porque sea lo que sea siempre es delito. Haz tú lo que puedas, que yo me callaré como un puto, porque no estaría bien que tu padre descubriese tus proyectos aunque «que no sean buenos, que eso no puedo menos de decirte que no lo son.

Mira Leoncio, para prevenirlo todo, no dejes de avisarme si tu causa se pone formal, porque te voy a decir una cosa que no se si sabrás, ¿sabes que el ejecutor de esa ciudad es aquel criado tan torpe que por más que hice no pude amaestrarle? Pues ése es, hijo mío, y ya ves la desgracia que es caer en malas manos que eso te lo dice tu padre que sabe del oficio más que tú, bobillo. Pues por eso yo tengo pensado en cuanto me digas de fijo, tal día salgo, pedir licencia a estos señores, que sí me la darán, porque tengo entendido que me estiman, y pasar a ésa, donde yo me compondré con Perico, y si es necesario, le daré algo encima de sus honorarios, para librarle de la mala muerte que te había de dar, porque yo soy otra cosa, y hasta ahora ningún infeliz ha tenido que arrepentirse de que yo siga mi profesión: con que para que vea si no pondré yo doble cuidado contigo que te quiero como hijo de las entrañas.

Si es que hacemos esto, tú verás como no es tan fiero el león como lo pintan, y esto es para que veas mi cariño; que dejo las comodidades de mi casa sólo porque tú no padezcas en los últimos momentos, que yo respondo de que no padecerás, que es lo que me hace tomar esta resolución, aunque yo sé que me ha de partir el corazón al apretarte entre mis piernas, pero para eso soy tu padre, y debo hacerte buena la muerte, como desearía hacerte buena la vida: que eso no le dudes de ningún modo. Con que así, avísame con tiempo si no quieres morir como un perro, porque eso es otra cosa, pero es un escándalo que Perico esté condecorado con un oficio para el cual se necesita tanto. Si sucede esto, créeme y no te aflijas, que yo tengo mucha práctica de estos lances, y sé que como la mano sea buena, no es cosa de cuidado para el reo y hecha en un santiamén, y sin sentirse, que es lo que me consuela, si logro mis deseos de salvarte de ese bárbaro, que no le daría yo a ahorcar, no digo yo una cosa tan difícil como el hombre, pero ni gatos. Jorgillo Rango era todo un hombre: anda, pregúntale si le fue mal conmigo y verás lo que te dice. Desengáñate, Leoncio, no hay otro como tu padre: sólo tengo noticia que dicen que el de Barcelona, si no me iguala poco le faltará. Manda siempre como mejor gustes a tu padre que te adora. Anastasio.

Salamanca y abril .-Querido padre, ahora sí que ya me parece que ya no hay remedio, ya no hay esperanza, ya no hay consuelo. Encomiéndeme usté a los Santos del cielo, porque ya… ¡Oh! ¡qué desdicha la mía¡ y qué atribulación tan fuerte para los últimos momentos espantosos de esta negra vida. Pero no quiero afligirle a usté con mi entusiasmo. Puede que dentro de pocos días me pongan en capilla, y ya no me queda más esperanza que una, que le voy a decir a usté, para que usté me aconseje, porque usté bien lo entenderá.

Aquí, hablando con un compañero muy versado, me asegura que siempre hay un recurso, como uno tenga serenidad, porque dice él que la escalera de la horca tiene huecos, y que como uno trabe allí los pies al tiempo de que le vayan a tirar, puede caer el ejecutor, y quedarse uno allí sentado, y el ejecutor muerto herido y sin poderle a uno despachar.

Yo con esto estoy tan contento, porque bien veo que las fuerzas no me faltan, pero como ya lo tengo dicho, se lo digo a usté para que me desengañe y me diga lo que hay en el asunto, como maestro en estas cosas. Ya ve usté que entonces no necesita usté venir, ni hacer esos gastos, que yo bien sé lo que ustéd

me quiere, y se lo agradezco lo mismo que si lo hiciera, que no sabe usté el hijo tan bueno que tiene, si no fuera que es más desdichado que la pena negra y más infeliz que la noche lóbrega, y con una estrella que el pobre… pero no quiero enternecerle a usté más de lo regular. Hágame usted este favor, no pegue a mi madre, y esto es lo que le suplica: su hijo que le ama y estima. Leoncio.

Valladolid 10 de abril.-Querido hijo encomiéndate a Dios, que allá voy. Ya sé como está tu causa, y no hay más que esperar. A lo que me decías, te respondo que bien se conoce que eres un niño sin hiel, -¡pobrecico de mis ojos!-¿y qué adelantas tú, suponiendo que enredes las patas en los escaloncillos de la de palo y tires a Perico a la plaza, que lo que es conmigo no lo harías, pero con él puede ser que sí, porque ya te tengo dicho que es un topo? ¿No ves, pobrecico, que al cabo tú nada adelantas? Desengáñate, a ti de todas maneras te sale la misma cuenta, y te han de echar abajo por fuerza, y entonces es peor, porque llevas una muerte de las peores. Déjate guiar por mis consejos, que más sabe tu padre que tú, y sobre todo de esto, y no te había yo de decir nada para mal tuyo. Ya tengo preparado el viaje y voy a probar al mundo entero lo que puede hacer un padre como yo, por un hijo como tú, que de nuestro cariño sólo Dios sabe adónde llega, y ahora lo quiero probar. ¡Sea todo por Dios! que no tengo noticia de que haya habido otro ejemplar, más que el de aquel otro que sin ser del Oficio, que es todavía caso más duro, porque yo tengo la mano hecha y él no sabía lo que se iba a hacer, le mandó Dios también por su infinita bondad despachar a su hijo, pero para eso a éste lo libertó por un milagro especial, porque la intención de Dios no había sido mala, y a ti no te liberta ya ni el sursum corda. En mala temporada me cogen los gastos y trastornos de este viaje, y sólo por ti haría yo este sacrificio, pero para eso somos padres, y como dice el refrán, al que tiene hijos y ovejas, no le faltarán quejas. Mucho más te diría, pero no quiero entristecerte, y así sólo te doy la buena noticia de que ahí me tienes dentro de pocos días, y ya verás si entre mis manos sientes ni la cuarta parte que en otras. Vamos, conformidad y hazte cargo de que más amargo es este trago para mí que no para ti, y con todo le llevo; porque desengáñate, Leoncio, acá abajo no hay más que de estas cosas y otras peores. Te prometo delante de Dios tratar a tu madre lo mejor que sea posible; pues mira, mucho siente la pobrecita este percance, y dice que no te va a ver porque teme quedarse muerta en el acto, y yo no lo extrañaría, porque al fin es madre y las madres tienen mil caprichos por sus hijos. Adiós, y manda como quieras a tu padre que te idolatra y aprecia. Anastasio.

Éste era el contenido de las cartas que mi compañero de viaje me dio a leer. Cuando hube concluido, me volví a él y vi que iba roncando y echado de bruces en su pollino. Entonces me puse a hacer todas las consideraciones que acaso harán también los lectores al leer estos renglones en que ni falta amor, ni ternura, ni ninguno de los sentimientos dulces del corazón> y que, sin embargo, tanto se diferencian de la expresión de los mismos sentimientos en otra clase de la sociedad. Sin hacer muchos comentarios sobre esto, me apresuré a llamar a mi compañero, a tiempo que llegamos a una mala venta, o posada, o lo que quiera, que no era cosa buena. Despertóse desperezándose y bostezando me dijo:

-¡Qué! ¿Vamos a echar un trago?

-Almorzaremos, si usted quiere acompañarme.

-Con mucho gusto: así como así, tengo hambre.

Entramos, pues, en el portal de la posada, donde había hasta media docena de arrieros jugando a los naipes. Púsose a hacer pie mi buen hombre, y no se levantó hasta que en un cuartucho de la casa estuvo puesta una mesa y sobre ella una buena fuente de no mal jamón frito con patatas. Comió mi compañero como un bárbaro, sin hablar apenas una palabra y disculpándose con su dolor para no responder a mis preguntas. Acabamos por fin de almorzar, y entonces me pidió las cartas, diciéndome que las estimaba más que a las telillas de su corazón, porque eran la única herencia que de su pobre hijo le quedaba; y me dijo además que si se sosegaba, en el camino me contaría los últimos momentos de su pobre Leoncio.

Salimos de la venta, pero fue tal el sosiego con que hizo todo lo restante del camino el bueno de Anastasio, que iba durmiendo el mucho vino que había bebido; que habiendo yo, por casualidad, encontrado en un pueblecillo a un labrador amigo, que me hizo parar en su casa, me quedé sin saber circunstanciadamente nada de la maestría que para ahorcar a su buen hijo Leoncio pondría en juego su amantísimo y tierno padre, mi compañero de viaje.

Acerca del autor

Miguel de los Santos Álvarez

(1818-1892)

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