Clásicos

¡Adios Mundo!

EN 1834 LA GUERRA era a muerte: el ejército de las provincias del norte no dominaba más suelo que el que momentáneamente tenían los soldados bajo sus plantas.

Cierto día de invierno la división del general había desde muy temprano empeñado acción contra las fuerzas reunidas de Zumalacárregui; y como al rayar la noche los enemigos hubiesen desaparecido para irse donde les plugo, el general siguió, andando, andando y tropezó por último con un pueblecillo que vínole bien, porque acorraló allí su gente, harto cansada, asaz hambrienta y algo reacia en cuanto a persuadirse por completo de que el último tiroteo hubiese sido para ellos una gran victoria. Verdad es que en punto a victorias contra facciosos, nuestro soldado ha estado siempre un si es no es dudoso; no ha podido nunca comprenderlo bien a las claras, pero es de suyo tan excelente el soldado español que toma a buena cuenta del bien y del mal; y como ello se dice, lo que pasó, pasó, no es nada y adelante, y vengan penas con tal que vengan panes, que todo cae en el morral; y el morral es la despensa, el tocador, el guardarropa, la almohada, la casa y los penates del veterano español.

La aldea donde el general alojó seis mil hombres constará de veinte y tantas casas, se llama Galdeano, y está situada entre Estella y las Amescuas.

Naturalmente se infiere que dentro aquellas viviendas no tocaban a ladrillo por huésped, pero esto era tan frecuente en la campaña, que en lo más mínimo alteró a la tropa, sino que por el contrario alojó cada individuo su fusil bajo techado y echó después cada: uno su cuerpo con su morral a la calle.

El caso era prevenir la cena. Juntáronse para este acto los camaradas en rancherías parciales, y seis mil hombres encenderían sobre dos mil fogatas.

La leña estaba verde, las calles húmedas y pantanosas, la niebla no dejaba ascender el humo; y se armó un infierno que lo atizaban las caras más atrevidas de los más fieros diablos con los carrillos inflamados y los bigotes tiesos.

En medio de esto flameaban opacas las hogueras, y acá y allá cruzaban figuras fantásticas como de condenados, que se perdían en el caos haciendo aspavientos.

Aquello era un gran cuadro, no para Vernet, que es amanerado y metódico en su fingido desorden, sino para un pintor flamenco con sus tintas chocantes, sus términos vislumbrados que se huyen, su naturalidad grotesca y su síntesis resaltante que lo arroja todo envuelto en un efecto sorprendente a la primera ojeada.

¡Oh! aquello era un gran cuadro para visto a distancia, pero en la aldea ni los caballos que se desgañitaban a relinchos podían resistirlo.

La cena de los soldados en campamento es tan escasa como larga, tiene parte de la colación del cenobita y mucho de la orgía: fríen primero la carne, generalmente con sebo, se la comen hebra por hebra, beben, fuman, charlan, siempre al amor de la candela, porque es una propiedad momentánea de que son tan avaros como los frailes de la cama, y entre sorbos y bocanadas de humo que huele a pimentón, sueltan chistes de la boca, y de las manos dejan caer patatas en las ascuas, que mientras las asan, las pelan y se las comen pasase la noche, suena la diana y vuelven a la noria.

Cuándo duermen no lo sé, cuándo reposan tampoco; no parece sino que el fusil duerme por ellos y que ellos reposan cuando el fusil los descansa.

La noche de Galdeano había una ranchería compuesta de cinco imprudentes soldados, excéntrica de las otras y contigua a las tapias de la aldea, a igual distancia de dos guardias avanzadas; y sentados a la redonda los cinco hombres sobre sus respectivos morrales, hacían arder la fogata que daba gusto.

Un soldado de bigote chamuscado, pequeñuelo y más feo que Picio, dando vueltas a una ascua entre los dedos, díjole a otro que tenía todo el aspecto de un nocivo y vestía pantalón de lienzo:

-Novato, alarga un pito.

El otro, que bien claro dejaba ver que era un quinto, le alargó con presteza un cigarrillo de papel, y el veterano lo encendió sin darle las gracias.

De allí a poco otro soldado tan feo como el primero y más amenazador, dijo al segundo:

-¿Oyes, recluta, me secaste el fusil?

-Sí, señor camarada Romero.

-¿Le diste aceite?

-Sí, señor.

-¿Le pasaste el baquetón 159

-Sí, señor.

-Es que sino…

Apenas el soldado Romero había empezado su amenaza cuando otro de los compañeros dirigió la palabra muy imperioso al humilde quinto:

-Quintarraco, anda a por agua.

El malhadado se levantó rangueando y volvió lo mismo de allí a un rato con una fiambrera llena de agua; apuráronla los demás, y el último le arrojó al rostro el sobrante. Todo lo sufría el paciente, al parecer contentísimo, pero al sentarse se quitó un zapato y muy dolorido se quejó de las vejigas.

-Eso no es nada, dijo Romero, y si te aplicas lumbre, mañana estás tan corriente.

El recluta a esta insinuación se calzó al momento su zapato por miedo de que le aplicaran a viva fuerza la medicina, y queriendo distraer la conversación se dirigió al más serio de los circunstantes, y le dijo:

-Cabo Rando, ¿no nos cuenta usted nada?

El cabo Rando no le contestó por entonces más que estas palabras.

-Atiza, recluta.

Sopló el recluta, metió leña, sacó una patata y se la dio al cabo Rando después de bien mondada.

-Estimando, dijo el cabo y se echó un poco atrás porque se le tostaban las uñas.

De allí a un instante por el lado del campo se oyó un cencerro como de bestia que pacía, y de los cinco dijeron los tres más maleantes. «Vamos a ver qué casta de bicho sea ese, y si sale vaca la ordeñamos, si sale cabra la mamamos, si es cerdo lo descuartizamos, y si es jaco servirá mañana de bagaje. »

-Alto ahí, muchachos, exclamó el cabo Rando; y el cencerro se oía cada vez más cerca y pausado. Alto ahí, chicos, que no sabéis vosotros cómo anda el andergue del mundo que digamos.

-¿Pues qué hay?, dijeron todos.

-Hay, repuso el cabo, que las brujas se cuelgan esquilas como las cabras para atraer los machos cabríos, y luego que los tienen engatusados se montan en ellos y son capaces de cualquier fechoría.

El quinto se persignó dos o tres veces y el cencerro continuaba sonando.

-No hay más que lo dicho, en Avárzuza estaba yo una noche de avanzadilla, y oí un sol tal como ese, fuime hacia él, y me pareció que veía una cabra; pero como yo diese en perseguirla, se puso en dos pies la tal cabra, que no lo era, me arrojó las tetas que eran dos pedruscos, cada uno corno mi cartuchera, y los dos me dieron en salva la parte, pero tan fuerte que caí redondo: entonces vi cosas del otro mundo, y fui a amanecer al hospital cubierto de unas heridas, que los practicantes decían ser de bayoneta, y yo me sabía que habían sido hechas con las uñas de la bruja. Con que no os metáis, muchachos, que en la guerra, mientras no nos lo manden, lo mejor es la del cuquis.

El cencerro cada vez se anunciaba más cerca, y el cabo volviéndose muy socarrón hacia donde sonaba, torciendo el gesto levantó la voz, y dijo:

-Hermana Salcocha, a mí no me la cuela, que yo ya soy perro viejo. Muchachos, arrojarle un mendrugo para que coma y nos deje en paz.

-Anda, tú, dijo Romero al recluta, y tírale esta patata cruda, que de menos hizo Dios al soldado.

El pobre quinto, que todo lo entendía bajo pena de obediencia, armado de su patata se puso en pie; pero no bien había cobrado posición, cuando a boca de jarro estalló un fusilazo que lo volcó patas arriba, y al caer expirante sobre las ascuas, solo le quedó aliento para pronunciar estas últimas palabras:

-¡Adiós, mundo!

Al fracaso huyeron los compañeros, y un aullido salvaje vomitó el grito subversivo de ¡Viva Carlos V!

Pusiéronse en alarma las patrullas y guardias avanzadas, y prendieron a un joven del país, de rudas y atléticas formas, con una boina azul en la cabeza y un esquilón colgado del pescuezo. En aquel punto mismo lo hicieron trizas, y apenas les quedó tiempo para más operación, y tuvieron que replegarse, porque instantáneamente rompió un fuego vivísimo el enemigo, y las balas crujían por todas partes.

Por la mañana el cuerpo muerto del recluta estaba en cueros vivos, aguardando una cristiana sepultura en el mundo y del mundo a quien había dirigido su postrer a Dios el infeliz ingrato; cuando el mundo ni de vista lo conocía y su madre olvidada se iba a deshacer en lágrimas por él.

Acerca del autor

Antonio Ros de Olano

(1808-1886)

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