Clásicos

Adelina

En 184… estudiaba yo el último año de Leyes en la Universidad de Sevilla. Mis padres, labradores de las cercanías, me dedicaron a esta carrera para la cual no me sentía con vocación, creyéndola de un brillante porvenir. Y, a la verdad, los hombres que ocupaban los puestos más distinguidos en España, eran legistas que en su mayoría se elevaron de las clases más modestas de la sociedad.

Estos ejemplos no bastaban para reanimar mi desaliento en el estudio y gané los seis cursos, únicamente para evitarles el sentimiento que una repulsa mía les hubiese ocasionado. Pero si me decidí a estudiar durante siete años, lo cual era para mí un gran sacrificio, no por eso abandoné mis esperanzas para el porvenir.

Me sentía con una organización especialísima para la música.

Siendo muy niño todavía, me embelesaba escuchando los armoniosos acordes de un piano, los rasgueos de una guitarra, los sones graves y religiosos de un órgano y hasta los repiques penetrantes y melancólicos de las campanas de la gigantesca Giralda. Y, más de una vez, durante la noche pasé horas enteras oyendo, aproximado a una reja, las armonías que, a través del muro, llegaban a mi oído, producidas por las voces argentinas de algunas jóvenes que cantaban acompañadas por el piano.

Mi afición y mi entusiasmo crecieron con la edad, y excusado es decir que aprendí música y que no pudiendo comprar un piano me contenté con poseer una guitarra.

Yo sabía de memoria casi todos los spartitos de los grandes maestros, que había estudiado con profundo respeto y admiración.

Muchas veces dejaba cansado el Tratado de derecho civil y penal o las Instituciones del canónico sobre la mesa de mi cuarto; y estudiaba ansioso, hasta las altas horas de la noche, alguna nueva composición que había llegado a mis manos.

Para adquirir obras de una manera económica, en relación con mis escasos recursos, hice conocimiento con un almacenista de música, el cual me dejaba copiar las óperas y composiciones que yo deseaba.

Poseía, por tanto, una pequeña biblioteca música, toda adquirida con mi pluma.

Mi excesiva afición dio lugar un día en clase a un equívoco bastante risible. Explicaba el catedrático derecho canónico; yo estaba, como siempre, abstraído pensando en reglas de armonía y composición. De repente se dirige a mí y pregunta ¿qué entiende usted por canon?

-Es una especie de fuga -dije yo- que consiste en la repetición indefinida del mismo canto por varias partes que entran unas después de otras. El canon se divide en abierto, cerrado y enigmático. El abierto es el que…

Una carcajada general de mis condiscípulos, y la extraña fisonomía del profesor, me impidieron continuar y comprendí la torpeza, o mejor dicho, la distracción que había padecido.

El catedrático me reprendió fuertemente y yo me senté mohíno y avergonzado.

Este hecho, unido a las frecuentes distracciones que solía tener, así como a cierta propensión a buscar el aislamiento y la soledad, dieron lugar a que mis compañeros me llamaran el Filósofo distraído.

Con estos antecedentes, ya habrá comprendido el lector cuáles eran mis esperanzas, mis deseos.

¡Ser compositor! ¡He aquí mi sueño dorado!

Mis proyectos eran abandonar la abogacía en cuanto pudiera y marchar a Italia a perfeccionarme, a conocer y a estudiar a los grandes profesores.

Si me hubiesen dado a elegir entre una corona, y la gloria de ser un gran músico, hubiese optado sin vacilar por esto último.

Era una noche del mes de abril, de ese mes que se respira en Sevilla una atmósfera tan perfumada como la del Edén.

Aún resonaban en mi oído las últimas notas de la grandiosa y melancólica composición de Haydee’, La Creación, que acababa de oír. Mi espíritu extasiado se elevaba a no sé qué regiones desconocidas.

La brisa suave impregnada del perfume de las flores de la reina del Betis, la luna plateando las blancas fachadas de las casas y el recuerdo del canto sagrado, abstraían mi alma de este mundo, en donde me encontraba solo entre el torbellino de la inmensa muchedumbre. Ni las hermosas mujeres que cruzaban las calles, ni el bullicio de los hombres que conversaban en torno mío, ni el movimiento de todos, podían sacarme del dulce aislamiento en que me encontraba.

La música, ese don precioso del cielo, había herido como siempre mi alma, predispuesta a sentir su influjo. Y ¡cosa rara!, sus ecos encantadores desenvolvían los gérmenes de dolor, de luto y llanto que existían en ella, arrastrándome hacia la soledad y la meditación.

Huía, pues, de la bulliciosa ciudad buscando en las afueras un lugar apartado.

A orillas del Guadalquivir y entre los árboles me senté, dejando volar libremente mis pensamientos.

Creo que sería un gran músico, me decía, si mi educación preferente hubiera sido este arte; porque siento en el fondo de mi alma ignotas armonías que si pudiese desenvolver ¡asombrarían al mundo!

Pero no basta sentir, es menester hacer que los demás también sientan, y he aquí la habilidad del compositor; esto requiere profundos estudios, que yo no tengo.

Aquí exhalé un profundo suspiro.

¡Cuántas veces he llorado, no sé si de sentimiento sólo o también de envidia, al ver los aplausos tributados a un artista! ¡Ah!, debe ser una cosa embriagadora la gloria!

Hayde, Beethoven, Mozart, Haendel, Pérpora, Bellini, Meyerbeer: ilustres intérpretes del lenguaje de los ángeles, ¡yo os venero! ¡No cambiaría, ni por un cetro, la gloria imperecedera que han alcanzado vuestro genio e inteligencia!

-¿Quién habla ahí de genio e inteligencia? -dijo una voz seca y cascada.

Entonces comprendí que, entusiasmado, estaba hablando en alta voz.

Miré y vi delante de mí un viejecillo de rostro descarnado y pálido, escasa estatura, aspecto severo, traje negro y raído.

-Caballero -contesté-, estaba aquí reposando un poco y acordándome de los grandes maestros del arte musical.

-¿Y quién os ha dicho que Hayde, Mozart, Beethoven, ni ninguno de los que habéis nombrado son maestros?

Al oír aquella blasfemia, dije con acento irritado:

-Ésos son genios colosales a quienes todo el que conoce sus obras no pueden menos de admirar.

-¡Genios colosales! -replicó con un aire de profundo desdén-, os equivocáis: en música no hay genios colosales, todos son pigmeos. Los compositores conocidos hasta el día no la escriben, como Dios ha querido que sea, como nos la enseña la naturaleza y la comprende la razón. No es, como debiera, el acento de los seres angelicales, no es la más sublime poesía del lenguaje, no es la verdadera música la que se compone; es la grosera parodia, la risible caricatura de todo esto. La música propiamente dicha es otra cosa más sublime, más encantadora que lo que vos habéis oído. Es la varilla mágica que transforma las ciudades, que cambia las costumbres, que derriba los más sólidos cetros y domestica los más fieros animales. En los primitivos tiempos, cuando la humanidad estaba más cercana a la época de su creación; cuando recordaba aquella aura armoniosa de la palabra de Dios misericordioso, o el eco tremebundo y fiero del Dios ofendido por el pecado del hombre: éste podía imitar aquellos sonidos capaces de hacer los más grandes milagros. Por eso veis en la antigüedad más remota que nos ha legado la historia, que la música convertía a los leones en mansas ovejas y las ciudades se edificaban mágicamente al son de los instrumentos. ¡Hoy todo se ha perdido, se ha olvidado! ¡Hoy no se oye la verdadera música!

Los ojos del desconocido fulguraban con el entusiasmo, y su cuerpo se crecía a la vez que relataba.

Yo permanecía absorto escuchándole.

-Cuando el arte se olvida de la naturaleza -prosiguió-, no produce más que monstruosidades absurdas. Los músicos no han admitido más que doce sonidos distintos en la escala y esto es falso. Entre cada semitono hay comprendidos infinidad de sonidos que sirven para expresar las grandes pasiones y las luchas gigantescas del alma. Observad el grito desgarrador que da una madre que pierde a su hijo: no es ningún sonido músico y, sin embargo, conmueve, estremece; basta oírle para saber que es un efecto del dolor y la desesperación.

-¡Ah! !es cierto! -dije arrastrado por la fuerza de raciocinio de aquel hombre.-¿Es cierto?, pues todas las grandes sensaciones se expresan con gritos desgarradores, no con los sonidos que han llamado musicales. Habréis oído el famoso Miserere de X… le creeréis magnífico y sin embargo es detestable.

-¡Detestable! -dije, pareciéndome que me las había con un loco. Pues a juicio no sólo mío sino de todo el que le conoce, es una obra de gran mérito.

-Le tiene si se consideran en absoluto las armonías, los contrapuntos, los cantos, las combinaciones, en fin, que posee: pero es detestable, antifilosófica y absurda en atención a lo que debía expresar. ¿Creéis que los gritos desesperados de la humanidad condenada por el pecado, se pueden interpretar con una melodía larga, monótona y triste? No, el que escribiera una composición que tradujese la angustia de toda ella, alcanzando sus lamentos al Creador y diciéndole: “porque tú sabes que en iniquidad he sido criado, y que en pecado me concibió mi madre”; haría estremecerse de espanto, llorar de contrición y gemir de dolor a todos los oyentes. Pero, ¡no hay en el mundo quien haya traducido en música esta frase, con toda la sublimidad que encierra!

-Luego, ¿no existen músicos, no hay quien conozca esa sublimidad de que me habláis?

-Joven -me contestó con acento solemne-, yo he dedicado mi vida a la realización de una sola idea, constante, eterna en mi cabeza. Al dormir era la última que giraba en mi mente y con ella me despertaba. Así he llegado a la vejez, siempre trabajando para conseguir mi objeto, que es una regeneración completa del arte. Los instrumentos, las obras de los mal llamados compositores, los símbolos músicos conocidos, todos los medios hasta el día usados, desaparecerán como insuficientes y mezquinos el día que el mundo se apodere del fruto de mis largos estudios. ¡Oh!, ya estoy para concluirlos; un año, tal vez menos, y los hombres científicos se asombrarán del vasto horizonte que les presentará mi teoría, de las nuevas y mágicas composiciones que han de escuchar. Colón descubrió un mundo lleno de riquezas, yo descubriré otro lleno de armonías. Ambos existían, pero faltaban hombres que fuesen bastante osados y sufridos para que pudieran salir a encontrarlos.

-Todo esto es sobrenatural, fabuloso -repliqué.

-En toda fábula se encierra una gran verdad. La mitología es una enseñanza profunda, disfrazada con el carácter de fábula; en ella se nos dice que los antiguos domaban fieras y levantaban ciudades con el impulso mágico de los sonidos. Descartad a esta relación de la parte mitológica y quedará reducida a que la música fue en los primeros tiempos un elemento de fuerza explotado por algunas personas. El día que yo concluya mi trabajo, tendré en mi mano un medio de excitar las pasiones más fuertes, el odio, la venganza: o los sentimientos más tiernos, el amor, el reconocimiento… Todos los resortes del alma los impeleré con la misma seguridad que el mecánico pone en acción una máquina.

Yo escuchaba cada vez más atónito y conmovido.

-La naturaleza humana -prosiguió- posee íntimas fibras de vitalidad latente, que únicamente la música puede conmover. Vos mismo, ¿no habéis llorado al oír cierta melodía?… ¿No habéis sentido deseos de venganza, de odio, con otras?… Pues si esto sucede ahora que no se conoce más que el bosquejo, ¿qué fuerza no tendrá cuando se perciba la obra, el cuadro concluido?

-Pero, ¿cuál es vuestro plan, vuestra idea?

-Es mi secreto. No lo sería para vos si queréis aceptar las condiciones que os proponga.

-¿Condiciones?

-Sí; escuchad. Os he visto muchas veces en el teatro conmovido, inmutado por el influjo de la música. He espiado vuestra fisonomía, vuestros movimientos y he conocido que sois una naturaleza privilegiada para este arte.

Si aquel viejo me hubiese hecho rico y poderoso, creo que no se lo hubiese agradecido tanto. ¡Era mi pesadilla, mi idea constante!

-Yo podría morir -continuó- y quedaría infructuoso el trabajo largo y penoso que he emprendido. Si queréis uniros a mí, os iniciaré en estos secretos, seréis mi sucesor y alcanzaréis más gloria que ningún hombre de los que nos relata la historia. Pensadlo bien: os doy de término hasta mañana a las doce de la noche, hora en que vendré a buscaros en este sitio. No olvidad que hay causas extraordinarias, agentes desconocidos, fuerzas ocultas que Dios no ha querido revelar al hombre, si no es dejarle el trabajo de encontrarlas; fuerzas que cambiarán de tal manera su existencia en la tierra, que las futuras generaciones compadecerán a las que las precedieron por su ignorancia y estupidez. Hasta mañana, pues, y ¡reflexionad!

Dichas estas palabras se alejó pausadamente y se perdió entre la alameda de árboles.

-¡Extraño personaje! -pensaba yo, tiene un no sé qué en su fisonomía de superioridad, que le hace respetable y siniestro a la vez.

Me levanté y, sumido en profundas reflexiones, soñando días de gloria, de esa gloria que era mi esperanza desde la niñez, me dirigí a casa.

La luna hundía su disco en el horizonte y tres sonidos metálicos agitaron el aire con sonoras vibraciones y se repitieron en prolongados ecos.

Noche de terribles y angustiosos ensueños fue aquélla.

Los recuerdos del viejecillo de ojos penetrantes no dejaron reposar mi espíritu.

Una música celestial, encantadora, cual podría producirla un coro de ángeles, daba una serenata en la calle. Ansioso me asomaba al balcón para embriagarme más en la onda sonora y armoniosa, y a reconocer los que ejecutaban aquella música tan bella. Pero al abrir la puerta, el huracán penetraba zumbando fuertemente; apagaba la débil luz que ardía sobre la mesa; tiraba al suelo la imagen que adornaba la cabecera de mi lecho y derribaba con ímpetu violento las hojas de papel que habían quedado sobre el velador.

Al mismo tiempo, multitud de pajarracos repugnantes sin color, forma, ni nombres conocidos, invadían mi alcoba dando espantosos graznidos y revoloteando en torno mío. Un relámpago iluminaba esta extraña escena; el viejecillo de aspecto siniestro aparecía entre ellos y, dando una estridente carcajada, decía: “he aquí la música sublime que te preparo; tú serás también músico. Canta, canta con nosotros. Ja, ja, ja, ja…’.

Y me sentía suspendido en el aire por una fuerza desconocida, formando parte de la turba de asquerosos y negruzcos pajarracos, y a mi pesar entonaba aquella infernal algarabía de horripilantes y atronadores aullidos.

Desperté, por fin, y la brillante luz del sol disipó los ensueños de la noche.

Pasé todo el día pensativo, inquieto y turbado, recordando mi entrevista con el incógnito personaje. Deseaba la hora de la cita con temeroso desasosiego. De ella dependía mi suerte, mi fortuna, mi vida…

Eran las once de la noche. Noche triste y silenciosa. Sin más rumor que el del viento que movía las hojas de los árboles, o el de las aves nocturnas que revoloteaban en el espacio.

La hora se aproximaba.

¿Iría o no a la cita?

Aquel viejo misterioso, ¿era un loco o uno de esos hombres de genio privilegiado que se sobreponen a su época?

¡Loco! ¡No ha existido ningún hombre de gran talento que no haya sido calificado con esta palabra!

Yo comprendo, o cuando menos entreveo, algo de lo que dijo aquel anciano. La música puede ser un resorte que conmueva todas las pasiones, que impela todos los instintos, que cambie la naturaleza del hombre, que le dirija y hasta le subyugue. Es a la vez el narcótico que adormece, y el tónico que da fuerzas. Sí, todo esto lo percibo y ¡aún lo siento!…

Me ha prometido gloria, más gloria que ningún hombre ha alcanzado. Es mi ilusión, mi sueño realizado…

No: ese hombre no es un demente: aprenderé con él, me someteré a sus caprichos, a sus exigencias, con tal de heredar sus conocimientos. Llegará un día en que yo diga al mundo: todo eso que admiráis en Mozart, Bellini, Hayde, no es más que un bosquejo, un esqueleto: «ahí tenéis la gran obra”.

Y el mundo se humillará ante mi suprema inteligencia y la fama llevará mi nombre a las regiones más apartadas del mundo.

Pero… ¿y si ese hombre fuera un malhechor que me preparase una emboscada para exigir dinero por mi rescate?

Entonces vinieron a la mente los recuerdos de algunos casos de desaparición de personas, de asesinatos y secuestros que había yo leído en los Crímenes célebres.

Aunque para mí no era verosímil esta idea, puse en el bolsillo una pistola de dos cañones y un cuchillo de monte de afilada punta.

Sumergido en estas graves reflexiones, llegué al lugar de la cita, donde me senté.

A poco, la campana dio doce sonidos argentinos.

¡Era la hora!

El viejecillo de la noche anterior apareció delante de mí, sin que yo me hubiera apercibido de su llegada.

-¿Estáis decidido? -me preguntó.

-Sí.

-¿Aceptáis?

-Acepto.

-Pues, seguidrne.

Después de estas lacónicas palabras, atravesamos el campo con paso largo; mi guía andaba con tal velocidad que me era imposible seguirle, sin correr. Así continuamos un largo espacio; yo juzgué que estaríamos a una legua de la ciudad.

Ni una palabra se cruzó entre nosotros.

Por fin, descubrí un edificio antiguo y ennegrecido, que tenía trazas de una fortaleza de la Edad Media.

La luna, iluminando sus almenas, le daba un aspecto un tanto pintoresco.

El viejecillo dio tres silbidos que fueron contestados por otros tres.

Yo, creyéndome vendido y en manos de algún ladrón, eché mano a mi pistola. Volvióse entonces hacia mí, y dijo:

-Caballero, supongo que no creeréis que soy un bandido que trato de robaros.

Me avergoncé de mi acción y dejé el arma en el bolsillo.

Entretanto, la gruesa puerta del edificio se abrió sin que se oyese ningún cerrojo ni aldaba, ni persona alguna apareciese en su dintel.

El viejo encendió una luz, subimos una escalera, dimos varios recodos por pasillos y corredores y entramos en una salita adornada modestamente. Me llamó la atención un mueble cuyo uso me era difícil adivinar. Tenía apariencia de un armario; pero todo él estaba lleno de laminitas metálicas de diferentes tamaños, fijas en uno de sus extremos y libres en el otro.

Yo fijaba mi vista en estos accidentes con indecible curiosidad y no pregunté a mi presunto maestro, porque el estado de mi ánimo me lo impedía.

-Para que comprendáis -me dijo- que no he exagerado, vais a escuchar un trozo de la música que yo poseo.

El viejecillo salió, y a poco rato apareció acompañado de una joven que apenas contaría dieciocho años, hermosa, más hermosa que ninguna de las que yo he visto en mi vida. De regular estatura, talle esbelto, pelo onduloso y negro, y una palidez extrema. Los ojos eran hermosos y negros; pero la mirada permanecía vaga y extraviada, y a veces fija e inmóvil. Así es que no reparó en mí, ni me saludó. Tenía todo el aspecto de una sonámbula.

La joven se sentó, y el desconocido me dirigió una mirada escudriñadora.

-Aquí tenéis a mi discípula más querida, Adelina, una inteligencia música sublime. Se inspira como una Sybila’ y canta mejor que un ruiseñor. Vais a juzgar vos mismo.

Entonces el viejo se dirigió a la joven que permanecía extática, y con voz firme, autoridad y dominio, la dijo:

-Adelina, canta.

La misteriosa joven se conmovió al oír aquel mandato, un momento permaneció en reposo; pero de pronto su fisonomía se animó por no sé qué secreto resorte, sus labios se entreabrieron y una melodía sublime, encantadora, celestial y mágica salió de ellos; pero de un carácter tan conmovedor, tan triste, que jamás había oído yo una cosa parecida.

Parecía un lamento, un quejido prolongado, que destrozaba las fibras más recónditas del corazón.

Las lágrimas acudieron a mi pesar y la tristeza nubló mi corazón.

Cuando terminó aquella salmodia el viejo dijo: “escríbela”.

La encantadora joven se levantó, tomó una pluma que había sobre la mesa y sobre un papel trazó unos caracteres para mí indescifrables: pues no eran los símbolos músicos que yo conocía.

-Armonízala -dijo el maestro.

La pluma de la escritora volaba y ponía signos y más signos sobre el papel. Yo seguía anhelante el movimiento de su mano.

-Ahora voy a despertarla -me dijo.

Yo empezaba a comprender.

-Creo que usáis del magnetismo para vuestras experiencias.

-Sí, éste es uno de mis recursos.

¿Cuales serán los otros?, pensé yo.

Púsose en frente de Adelina, la miró fijamente, la hizo varios círculos misteriosos con las manos y después pronunció la palabra: “¡despierta!”.

Un suspiro ahogado, como el que exhala el que ha tenido oprimido el pecho, se escapó de sus labios, la fisonomía perdió aquella inmovilidad que yo había notado, se restregó los ojos, echó una mirada en torno, me vio, sorprendióse, bajó los ojos y su semblante perdió la palidez.

Ni una palabra, ni una sílaba la oí pronunciar.

-Adelina -dijo el viejo-, pasa al armónico y ejecuta la composición que acabas de escribir.

Adelina se levantó, miróme con una expresión de dulzura y tristeza indefinibles, se sentó delante del instrumento que había llamado mi atención y con el papel lleno de los signos que había visto trazar, colocado en un atril, comenzó a golpear sus lengüetas metálicas con unos cilindritos de acero.

Una combinación de sonidos melodiosos y suaves, de un efecto mágico, acompañaban a la joven el canto que durante el sueño había modulado y que repitió.

El viejo no mentía, ¡aquélla era la música embriagadora, capaz de adormecer y de hacer olvidar los mayores sufrimientos! Su mirada permanecía clavada en mí observando el efecto que me producía.

Concluido el canto, el viejecillo mandó a su discípula se retirase.

La inspirada joven, más hermosa aún para mí, desde que había escuchado su voz angelical, me dirigió otra mirada expresiva, hízome un saludo grave y salió.

Mis ojos la siguieron hasta que se ocultó.

-Habéis oído una música de un carácter y una belleza extraordinarias. He conseguido inspirar a esa joven y a otras muchas; ya habéis visto el resultado.

«En aquel estante (señaló uno que había en el testero) guardo preciosas
obras que harán un día mi fortuna. Como habréis observado, he tenido que
inventar un nuevo sistema de signos para expresarlas. Este sistema se ha
compuesto por inspiración del sonambulismo magnético. Además, estoy muy
adelantado en el método que explica los nuevos signos y accidentes, para poder
interpretar las composiciones del nuevo sistema. Lo que habéis oído no es más
que una débil muestra, un juguete; aquí tengo una obra maestra”

Se levantó y me enseñó un gran libro con iguales signos que los que había escrito la sonámbula.

-Desgraciadamente -continuó- me falta la última pieza y para escribirla necesito un hombre, pues los cantos inspirados por el sonambulismo femenino no caracterizan bien las pasiones del sexo fuerte.

-Y ¿qué habéis hecho para conseguir las melodías de este último género, pues creo que habrá algunas expresadas por varones?

-Así es; pero antes de contestaros dignaos aceptar una copa de vino, en señal de la amistad eterna que nos unirá.

Se levantó y cogió una botella y dos copas.

-Bien -contesté, aunque creí notar algo de siniestro en su semblante.

El desconocido llenó las dos copas de líquido. Yo, algo desconfiado, hice que al brindar se cambiasen.

No sé si el viejecillo lo notó; pero nada dijo y propuso el siguiente brindis:

-Por la gloria que ha de alcanzar mi gran obra La Creación.

Después de haber apurado las copas, nos sentamos y mi interlocutor continuó hablando.

-Me preguntabais por qué medios había obtenido los cantos de fuerza y valentía que posee mi obra. Pues sabed que he hecho con los hombres lo que habéis visto con Adelina; si bien en este caso se necesita alguna preparación para ir debilitando la parte física y que aparezca en toda su fuerza la espiritual. El último que me sirvió ha muerto hace poco y lo he sentido mucho, porque se inspiraba heroicamente. Ha sido un contratiempo, mi obra iba a quedar incompleta

-¿Y qué pensáis hacer?

-Buscar otro que le sustituya.

-Pero entonces descubrirá vuestro secreto.

-Os equivocáis. Ninguno de los que he necesitado para mis experiencias ha aprendido mi sistema; pues no les he demostrado el resultado al volver del sueño inspirador. únicamente Adelina está iniciada en los secretos. Los demás han sido instrumentos ciegos.

-No sé como habéis podido encontrar personas que se aviniesen a esas condiciones.

El viejo me dirigió una mirada extraña, siniestra y, desentendiéndose de mi observación, dijo:

-Voy a buscaros la última inspiración del difunto, veréis una composición de gran mérito.

Salió y el ruido de sus pasos se fue perdiendo en el largo corredor.

Quédeme, pues, agitada la mente con los sucesos de aquella noche.

Mis sueños de ventura y felicidad estaban a punto de realizarse.

Ya no tenía duda alguna: existía una música aún más sublime que la que yo admiraba en los maestros de gran fama. Sin ir a Italia, como pensaba, sin ningún esfuerzo por mi parte, llegaría a ser más famoso que Bellini, Mozart, Meyerbeer.. ¡que todos los hombres que aplaudía el mundo con frenesí!

¡Ah!, ¡la felicidad de una persona depende a veces de un solo momento, de un solo hecho al parecer insignificante!

Si yo no hubiese conocido a este singular personaje, es evidente que no hubiera podido jamás saber los arcanos que ha de revelarme.

¡Qué alegría, cuando me presente a mis padres con el rostro radiante de entusiasmo y les diga: ya tengo una carrera, ya soy mucho más que un pobre abogado! Aquí, en estos papeles tengo un tesoro, más gloria que ninguno ha gozado.

¡Y mi buen padre y mi madre cariñosa derramarán lágrimas de gozo y de felicidad!

¡Algunas veces era necesario que el tiempo volase!…

Todas estas ideas pasaban en tropel por mi exaltada imaginación.

Pero el viejo no volvía.

Todo estaba en el mayor silencio.

¡Ni un suspiro, ni un rumor, ni el ligero murmullo que produce el viento en el ramaje, ni el canto del búho: nada se oía!… únicamente los fuertes latidos de mi corazón turbaban el silencio de muerte que me rodeaba.

La tardanza del viejecillo empezaba a inquietarme…

Instintivamente salí fuera de la habitación, seguí un corredor y me dirigí hacia un sitio en que veía claridad, creyendo encontrarle.

Llegué a él, penetré con precaución, era una salita pequeña… en una mesilla ardía una luz… nadie aparecía en él… di dos o tres pasos en su interior para cerciorarme bien… y oí un portazo detrás de mí.

Me volví rápidamente, la puerta por donde penetré se había cerrado. Corro hacia ella, la empujo violentamente y.. nada, no cede.

Doy fuertes golpes, llamo a grandes voces, grito desaforadamente… nadie contesta.

Me acuerdo de la pistola: descargo uno en pos de otros dos tiros a la puerta fatal … ; el eco de las detonaciones se repite en las bóvedas del edificio; pero la puerta permanece inmóvil y el silencio es profundo.

Reconozco bien la estancia a ver si hay otra salida… imposible; ¡los muros son de piedra y la única puerta, de hierro y bronce!

Vuelvo a llamar, a gritar, a hacer ruido rompiendo las viejas sillas contra la férrea puerta… ¡y siempre el mismo silencio aterrador!…

Cansado y jadeante, convencido que mis esfuerzos son vanos, me senté desfallecido.

A poco una voz cascada y cavernosa interrumpió aquel profundo y pertinaz silencio.

¡Era el viejecillo que hablaba a través del muro!

-¡Vaya, vaya, tranquilízate! Ya ves que no te he engañado: pues has oído la música verdadera, sublime. Pero después de esto no puedes volver al mundo porque podrías divulgar mi secreto y yo perdería el fruto de mis afanes. Además me haces mucha falta. Vas a sustituir al difunto, y espero que tus inspiraciones sean tan sublimes como las suyas. Ya has bebido el narcótico que preparará tu ánimo a la espiritualización; es necesario darlo a los hombres para exaltar el sonambulismo.

Yo escuchaba admirado.

-No hace su efecto hasta las veinticuatro horas, y produce un sueño de seis; en las que haré mis experiencias y te daré la nueva pócima que te adormecerá al siguiente día. Ya comprendes que así estás a mi disposición por un tiempo indefinido. En el que estés despierto permanecerás encerrado, hasta que tu parte física sea más manejable. Adiós, y cuidado con hacer locuras. Mañana volveré a verte.

Y se marchó con paso lento, perdiéndose el ruido de sus pisadas.

Escuché este fatídico relato con la ansiedad de un reo a quien notifican la pena de muerte.

¡Estaba en poder del viejecillo, no como un discípulo sino como esclavo!

Mi abatimiento era tal que no contesté ni una palabra.

La opaca luz que ardía en el aposento se apagó falta de aceite, y me quedé en completa oscuridad y sepulcral silencio.

Largas, eternas me parecieron las horas pasadas en aquella oscuridad.

Los rayos de la aurora vinieron a iluminar mi prisión.

Tendí la vista y observé que la luz penetraba por una claraboya practicada en el techo, cubierta con una fuerte reja de hierro y a más de quince pies del suelo.

Se habían tomado todas las precauciones para evitar mi fuga.

En el aposento no había más que unas cuantas sillas desvencijadas, un sofá viejo, y una mesilla de muy mal aspecto sobre la cual había ardido la luz.

Con impaciencia y temor esperaba la hora en que mi carcelero volviese.

El narcótico no debía producir su efecto hasta las dos de la madrugada. Tenía, por consiguiente, muchas horas de estar despierto, si antes el cansancio, la fatiga y el insomnio de la noche anterior, no vencían la exaltación que me impedía reconciliar el sueño.

Temblaba al acordarme de la hora fatal en que aquél, bien a mi pesar, me entregase en manos del viejo egoísta, como un instrumento de su gloria.

Allí, en aquel encierro, comprendí todo lo que valía la libertad; por ella hubiese dado la gloria que tanto ambicionaba. ¡Y pensar que nunca iba a salir de la maldita prisión!…

No hay nada más desgarrador que perder la esperanza de cualquier deseo: pero ¿a qué grado no llega el tormento de verse esclavo, juguete de un miserable, sin esperanzas de poder libertarse de su tiranía?

Y ¡no había remedio posible! La fuga era una locura, y el narcótico tomado, sin intervenir mi voluntad, me encadenaba a la del viejecillo, ¡sin oponer la menor resistencia!

Recordé entonces aquella sublime frase del gran poeta italiano:

«¡Lasciate ogni speranza, voi chi entrate!

Y creo que empecé a sentir los crueles tormentos que deben sufrirse en la morada infernal.

Un ligerísimo ruido producido por un papel que, meciéndose en el espacio, cayó desde la claraboya al suelo, me sacó de la meditación en que estaba.

Ansioso lo cogí y en unos caracteres que debieron trazarse con mano trémula, leí con afán las siguientes líneas:

“Sois el cuarto que ha venido a esta mansión y no ha salido. Los otros tres han muerto al llegar al sexto grado de espiritualización.

“Si antes de obrar el narcótico que os han administrado no habéis huido, estáis prisionero para siempre. En el primer sueño, esta noche, os debilitarán de tal manera, que quedaréis imposibilitado para acometer ninguna acción valerosa. Después, cada vez seguiréis más espiritualizado, pues así es como el alma se inspira.

“Yo estoy en el cuarto grado, sometida completamente a la voluntad de nuestro carcelero; aunque tiene gran confianza en mí.

“Tened mucho cuidado en no tomar ningún alimento ni bebida.

“Esperad en Dios, y atended al menor ruido; pues con su ayuda me propongo salvaros. ?Adelind’.

Mil veces leí este misterioso escrito, único consuelo, única esperanza que me quedaba.

Era evidente que en el sistema del repugnante viejecillo entraba la debilitación del cuerpo para exaltar las facultades inspiratorias del alma, que sus promesas eran un engaño; pues yo iba a convertirme en un instrumento necesario para sus estudios, sin alcanzar la más débil aura de gloria.

Todas estas ideas acorrían a mi mente y me hacían odiarle más y más. Creo que a tenerle al alcance de mi brazo, le hubiera destrozado sin la menor piedad.

Una tosecilla seca y la aproximación de las pisadas de una persona que oí, me hicieron aproximar a la puerta del aposento.

-Vamos, hijito, ¿qué tal noche has pasado? ¿Tienes ganas de almorzar? Pide lo que apetezcas, pues no quiero que carezcas de nada.

Estas palabras las decía muy cercano a la puerta y por la parte exterior.

Yo no le contesté; pues aunque tenía los labios y la boca ardiendo de sed, me acordaba de la prevención que me habían hecho.

-¿Quieres oír la música del difunto?

Me retorcía las manos y me las mordía de coraje al ver mi impotencia, mi nulidad para salvar aquella barrera que me separaba solamente un pie del odiado viejecillo. Pero tuve bastante fuerza de voluntad para no contestarle y prosiguió.

-¡Vaya! ¿no contestas?… ¿No deseas alguna cosa?… Si tienes hambre o sed, dilo, que se servirá. Aquí se trata muy bien a los amigos.

-¡De ahogarte entre mis manos, es de lo que tengo sed y hambre! -Díjele sin poder contener más mi reconcentrado furor.

-No, no lo harás, no lo puedes hacer, porque no pienso entrar ahí, hasta que hayas perdido el conocimiento. Mi brebaje es infalible, y aunque me lo hiciste beber a la vez que tú, tomé el contra- narcótico que poseo y estoy libre de su acción. Deseo que llegue la hora para ver qué tal te conduces. Tu antecesor, el difunto, era un chico muy aficionado y se inspiró magníficamente. Le hacía beber durante el sueño un licor compuesto con la sangre del que le había precedido, y éste aceleró mucho su espiritualización. Lo mismo haré contigo, pues tengo preparada la bebida excitadora con la sangre caliente del último, que murió en un exceso de inspiración.

-¡Cobarde, asesino! -exclamé dando fuertes golpes en la puerta que nos separaba.

-¡Así, así me gusta! Tú debes inspirarte y darme el canto guerrero que me hace falta para mi obra. Me parece tan largo el tiempo… Pienso que llegues hasta el último grado de inspiración, y sin que dejes de vivir como Augusto, que era una joya.

Estas palabras me hicieron recordar la desaparición de un joven de este nombre que había yo oído referir en la ciudad.

-¡Con que tú, infame, has puesto tu sacrílega mano sobre la obra más perfecta del Creador, y la has privado de la vida para tus inicuas experiencias!

-No: yo no: ha sido el fuego de la inspiración. Era un genio que me sirvió para escribir uno de los trozos más bellos de mi gran obra. Si hubiera vivido un año más, se hubiera concluido, y yo sería el hombre más rico y famoso del mundo… pero creo que tú me servirás lo mismo.

-¡Primero me suicidaré!

-¡Vaya, no digas tonterías! Que no sea como Felipe, el que precedió a Augusto, que tuve que atarle las manos y los pies, hasta que llegó al quinto grado, en el que se pierde la fuerza de todos los músculos.

-¡Verdugo!, ¿así martirizas a tus semejantes? Si pudiera abrir esta infernal puerta me parecería poco el beber tu sangre.

-No, no la abrirás. Cuando Antonio, que era mucho más robusto que tú, quiso un día forzarla, se rompió las muñecas, se hizo sangre y se tiró desesperado contra las losas, con intención de abrirse la cabeza; pero era una naturaleza hercúlea y únicamente consiguió el abrirse el cráneo y perder el sentido. Como entiendo algo de medicina, le curé y aproveché el desmayo para darle un licor calmante y un brebaje especial que yo tengo para estos casos; de manera que cuando volvió en sí estaba más suave que la seda. Hubiera sido una lástima perderle sin aprovechar su índole fiera, casi selvática. Figúrate ¡un mocetón de cara morena, ojos negros y musculatura de hierro! Por eso le escogí… Tenía necesidad de un canto de bravura, y en cuanto entró en sonambulismo músico, se inspiró con una música perfectamente salvaje. ¡Qué lástima haber perdido una complexión tan buena!… porque es muy difícil encontrar un hombre que tenga rasgos tan fieros como aquél. Ya oirás su última composición y estoy seguro que ha de hacerte un efecto prodigioso. Pero a todo esto, no has comido nada y debes tener necesidad. Es necesario hacer por la vida, porque si no mi obra se quedará sin concluir.

-¡Maldita de Dios sea tu obra!

Me tapé los oídos separándome de la puerta, por no oír más crueldades y no sé lo que seguiría diciendo. Al cabo de un rato nada se escuchaba.

El maldito viejo se había marchado.

Entonces saqué el papel misterioso que había recibido y que guardaba cuidadosamente, y volví a leer.

«Esperad en Dios y atended al menor ruido, pues con su ayuda me propongo salvaros. -Adelina”.

Estas palabras eran el bálsamo consolador de las angustias que sentía en mi pecho. Eran la felicidad y la vida…

Aquella beldad misteriosa, pálida y triste, se interesaba por mi suerte. ¿Era el amor o la compasión la que la impulsaba a dar un paso que debía comprometerla en sumo grado?…

Una idea de tristeza vino a herir mi imaginación.

¿Los demás que habían sido víctimas del malvado se había intentado salvarlos?… En este caso, ¿se frustraría el conato de libertad, pasando las veinticuatro horas únicas en que esto era posible?

¿Era acaso que aquellos infelices no probaron ni el consuelo de tener una persona que se interesara por su desventura?

Agitado con estas ideas pasé la mañana.

El sol empezaba a declinar. Haría unas veinticuatro horas que no tomaba alimento; me sentía débil, y una sed abrasadora me acosaba.

Recorría mi reducida prisión a grandes pasos, parándome de vez en cuando, torturado por alguno de los tristes pensamientos que me asaltaban.

Casualmente alcé la cabeza y vi asomada a la reja que cerraba la claraboya la cabeza repugnante del viejecillo, el cual, al apercibirse de que había sido visto por mí, exclamo.

-Estoy aquí observándote hace rato. ¿Qué tal se ha pasado el día?… Ya faltan pocas horas para que duermas… pero antes voy a echarte alimentos y agua, para que satisfagas el hambre y la sed que debes tener. Yo no quiero que nadie padezca por mi causa.
En efecto, con un cordón me echó hojalata, no sé qué alimentos.

– Ahora –continuó – voy a ver si escribo algo sobre el nuevo sistema de signos músicos.

Nada contestó, y desapareció.

Entonces una lucha horrible se despertó entre el espíritu y el cuerpo. La sed me abrasaba; pero no debía tomar nada, ¡según me ordenaban en el billete misterioso! Porque si en aquel agua, que tanto ansiaba, había alguna sustancia que me hiciera perder las fuerzas antes que el narcótico obrase, ¿no era seguro el triunfo del malvado y la pérdida de mi libertad para siempre?

No, no bebería, no debía beber…

Pero las horas se pasaban y con ellas crecía la sed devoradora… hubo un momento en que venciendo la necesidad a la razón, cogí el frasco que contenía el precioso líquido y le toqué con mis labios… aspiré un sorbo… ¡pero la razón triunfó y arrojé el cacharro al suelo con la mayor desesperación!

El ansiado líquido se extendió en el pavimento, que lo absorbió… yo contemplé extático perderse hasta la última gota…

Entre tanto, la noche había llegado y sus negras sombras aumentaban los temores de mi espíritu.

En el silencio que reinaba, un sonido débil y lejano llamó mi atención. Una voz de mujer, pura, Argentina, entonaba una especie de balada melancólica. ¡Era la misma que había yo escuchado, cuando me creía tocar la felicidad!…

Por un momento lo olvidé todo, mi desgracia, mi negro porvenir: no sentía más que la encantadora melodía, que débilmente llegaba a mis oídos, y que entonaba aquella hermosísima joven que me ofrecía una esperanza de libertad.

¡Ah, cuánto la amaba!… hubiera dado mil vidas por la suya.

El canto cesó y todo volvió a quedar en silencio…

La noche avanzaba y los rayos luminosos de la luna penetraban por el tragaluz, iluminando débilmente mi reducida prisión…

¿Podría mi ángel salvador burlar la vigilancia de nuestro carcelero?

La duda y el desfallecimiento se aumentaban a la vez que se acercaba la hora temida y anhelada…

La voz del maldito viejo vino por tercera vez a sacarme de mis reflexiones. La silueta de su repugnante cabeza se destacaba asomada a los hierros de la claraboya.

– ¿Estás despierto? No faltan más que dos horas. Ya estoy preparando el licor sangriento y los útiles para aprovechar tu sueño. Ya verás mañana cómo no tienes los bríos que hoy. Pasado te entrará la fiebre música y harás tu debut.. hasta que llegues siempre creciendo, hasta el período de la alta fiebre, en que no necesitarás tomar nada para inspirarte, concluyendo con la fiebre delirante, que es el máximo de lucidez filarmónica. ¿Qué te parece?… ¿No contestas? ¿Te haces el dormido a ver si entro?… No, no entraré hasta que se cumplan las veinticuatro horas. Mi brebaje es infalible y estarás dormido.

Yo temblaba y no me atrevía a contestar.

A mi salvadora, sin duda le era imposible conseguir mi libertad. Yo iba a ser martirizado e inmolado al capricho de aquel perverso.

Mis ideas empezaron a confundirse y una ráfaga de sangre y muerte pasó por mi imaginación.

Entonces tuve un momento de debilidad y caí de rodillas suplicante, bajo la bóveda en que aparecía la fisonomía siniestra del viejecillo.

Le supliqué, le lloré, le pedí por Dios, por su vida, por su familia que me dejara libre. Le hablé de mi infeliz madre que lloraría eternamente la pérdida misteriosa de su hijo. Le recordé los preceptos de nuestra religión, de los crueles castigos que Dios impone al homicida, del sacrilegio que cometía explotando la vida del hombre, de su semejante, en un objeto puramente sensual. En mi arrebato hasta le expliqué las penas que el código marcaba a semejantes delitos, y el suplicio que le esperaba si la autoridad llegaba a saber los crímenes espantosos que había cometido. Todo esto y mucho más que no recuerdo le argüí, le supliqué.

-Creo -me dijo por toda respuesta- que he hecho una gran adquisición; el día que te inspires dejarás eclipsada la gloria que me ha legado tus predecesores, pues tienes gran poder espiritual.

Me levanté indignado de ver tanta maldad, tanta insensibilidad, y le dije:

-¡Miserable!…. ¡nunca podrás alcanzar esa gloria que tanto ambicionas, porque es hija del crimen y como tal maldita de Dios!

El viejecillo siguió pronunciando palabras que yo no escuché, y desapareció del tragaluz.

Todo volvió a quedar en profundo silencio.
No sé el tiempo que transcurrió, porque cada minuto me parecía un siglo.

Fuese que el narcótico produjese su efecto, o que el cansancio, el hambre, la sed y las multiplicadas sensaciones me abatiesen, la inteligencia se me empezó a oscurecer.

Mi salvadora no aparecía y ya me faltaba poco para caer desfalleciente.

Tenía mi oído pegado a la fatal puerta esperando el más ligero susurro, y el cuchillo de monte en la mano para cualquier accidente.

Sentía haber descargado los dos tiros de mi pistola, que tal vez serían necesarios para facilitar mi evasión.

En esta situación angustiosa y expectante permanecí algún tiempo.

Un ligerísimo ruido, como el que produce el rozamiento de un traje de seda, sentí que se acercaba con lentitud.

Mi corazón latía violentamente y respiraba con ansiedad.

¿Era mi libertadora que empezaba su benéfica misión? ¿Podría realizarla?

Mi vida toda, mis facultades intelectuales se fijaban en aquel susurro indefinible.

Pero en vez de aproximarse cesó y todo quedó en silencio.

¿Qué obstáculos se presentaban?

La exaltación de mi ánimo era insoportable; seis minutos más de aquella lucha horrorosa entre la esperanza, la duda, el abatimiento y creo que hubiese perecido…

A los pocos momentos el mismo ruido se aproximaba a mi prisión, ya tocaba casi la entrada, y sentía los latidos de una persona a través de la férrea puerta.

Yo permanecía mudo.

-¿Estáis ahí? -dijo una voz femenina, que fue para mí más encantadora que la de un ángel.

-Aquí estoy -contesté, ¡decidido a hundir mi cuchillo en el pecho, si no me salváis!

-Todavía no puedo; pero esperad y rogad a Dios. Pronto volveré.

Caí de rodillas y una plegaria, una oración, balbucearon mis labios. Saqué una imagen de la Virgen que mi madre me echó al cuello al darme el último abrazo, y con lágrimas en los ojos le pedí fervientemente me libertase de las garras de aquel verdugo.

Así permanecí algunos instantes.

El ruido de los pasos cautelosos de una persona me hicieron levantar y volver a mi puesto. Adelina dijo con acento agitado y trémulo:

-Ya estoy aquí otra vez: ahora necesito encontrar el secreto que abre la puerta: creo que debe estar hacia este lado.

Y el rumor de sus pisadas y de su traje se fue disipando.

Mi agitación era profundísima.

Tenía el cuchillo en la mano, decidido a acabar mis días si el plan se frustraba, y los ojos fijos en aquella maldita puerta que un misterioso resorte debía impulsar.

Un ligero chirrido, como el que producen los goznes hirió mi oído, y la puerta empezó a girar lentamente movida por una fuerza oculta.

Me arrojé a ella cuando aún no había más que una pequeña abertura, la empujé con todas mis fuerzas y me deslicé entre sus bordes como un gato entre las hendiduras de una ventana.

Al salir me encontré enfrente de mi libertadora, de aquella mujer celestial que tanto amaba y que me había salvado la vida. Quise hablar, y la emoción ahogó la palabra en mi garganta.

Entonces me dijo con voz muy baja y rápidamente.

-Apresuraos, porque un momento puede perdernos. Seguid por aquí.

La oscuridad era extrema; pero mi salvadora debía de conocer muy bien el edificio.

-He aprovechado, me dijo, el momento en que prepara las bebidas para vuestra primera experiencia. Dadme la mano para bajar esta escalera.

Sentí su mano helada caer sobre la mía, que tenía el fuego de la de un calenturiento.

Empezamos a descender. Yo continuaba en el mayor silencio, me era imposible articular ni una sílaba: tal era mi agitación.

Cuando concluimos de bajar dijo:

-Es menester ahora salvar una trampa y encontrar un muelle que impulsa la puerta de entrada; no os soltéis de mí.

Seguimos con mucho cuidado dando giros para mí incomprensibles y todo en la mayor oscuridad.

– Ya salvamos la trampa -dijo-; ved si podéis encontrar el resorte; pero antes os debo advertir que al abrirse la puerta nuestro carcelero debe apercibirse, porque produce un gran ruido. Por consiguiente estad prevenido.

Seguimos siempre cogidos de las manos hasta que encontramos un muro que nos impedía continuar.

Adelina se soltó y dijo:

-Registrad la pared como yo lo hago: si encontráis un saliente que tiene atravesado una barra de hierro, ése es. No hay más que darle vuelta hacia la derecha y la puerta se abre.

Empecé a registrar y a poco di un grito ahogado: ¡había encontrado el resorte!

-¿Le habéis hallado? -dijo Adelina.

-Sí.

-Pues id con Dios y olvidad esta casa y lo que aquí habéis visto.

-¿Cómo, os quedáis? ¿Apetecéis esta vida de encierro, de oscuridad y de crímenes?

-No, pero me resigno. Apresuraos caballero.

-Pues venios conmigo.

-No, ¡porque los dos pereceríamos!

-Bien, ¡moriremos juntos!

-No, marchaos: dejad que yo sola sufra sus iras, y si después de salir de aquí, yo no he muerto, venid a salvarme con fuerza armada.

-No, seguidme -y en la oscuridad busqué a mi salvadora y le volvía a coger la mano con intención de abrir la puerta.

-Soltadme y huid, mirad que el tiempo es precioso y un momento basta a perdernos. ¡Huid por Dios! ?decía con la mayor agitación.

-¿Yo, huir solo? ¡jamás! Volvedme a mi prisión; prefiero estar en ella, morir, a dejaros expuesta a las tremendas iras de ese malvado!

-¡Por Dios, por Dios, ved lo que hacéis; cada momento que pasa temo por vuestra vida! Escapaos, pronto…

-Bien, venios conmigo…-¡Imposible!

-¡Adelina, Adelina!, ¿dónde estás? ?Oí la voz del execrable viejecillo.

-¡Estamos perdidos !dijo-, ha descubierto mi ausencia!

Por un momento quedé petrificado.

-Adelina, Adelina, ven acá… -seguía diciendo cada vez más cerca.

La niña lloraba y gemía.

Yo pensé el peligro que nos amagaba y la arrastré a su pesar hacia el sitio en que había tocado el resorte; después de unos instantes le encontré.

-¡Adelina! ¡Adelina! -dijo la voz del viejo que ya sonaba a corta distancia.

Di impulso al misterioso secreto; una ráfaga de la débil luz de luna penetró por una enorme puerta que empezó a girar.

Un ruido espantoso de campanas, detonaciones, golpes y mazos, como si el mágico resorte hubiera desatado los espíritus infernales, llenó el espacio.

Yo, sin abandonar a mi salvadora, pasé el dintel del odiado edificio, y el aire puro de la libertad ensanchó mi pecho.

El repique infernal seguía y en un momento que volví la cara vi al viejecillo asomado a una ventana dando fuertes manotadas. Parecía el Genio del mal presidiendo aquel bullicio diabólico.

A poco cesaron las campanas, las detonaciones y los golpes, y oí al viejecillo que decía:

-¡Infames, me habéis vendido! ¡Esperad, esperad que os daré el pago! Dos detonaciones hirieron el aire y dos balas silbaron rozando nuestras cabezas, pero afortunadamente no nos hirieron.

Todo esto ocurría en menos tiempo que se describe.

El viejo se retorcía de coraje y echaba espumarajos.

-¡Efrain, Efrain, dijo, alcánzalos!

Un enorme perro salió del edificio, y aunque distábamos unos cuantos pasos, pronto salvó la distancia.

El perro daba aullidos espantosos, que en el silencio de la noche los repetía el eco.

Yo por un momento separé mi compañera y me coloqué enfrente del animal con el cuchillo levantado.

Efrain ladraba y enseñaba los agudos dientes; pero dudaba en arrojarse.

-Efrain -decía el viejecillo-, ¡anda, a él, a él!

Se arrojó sobre mí con furia espantosa y mordió ensangrentando mi vestido, pero le hundí mi puñal en el pecho.

El animal, aunque herido mortalmente, rugía, echaba sangre a borbotones y volvió a acometerme mientras su amo decía:

-Efraín, al cuello, al cuello!

El perro quiso cogerme por la garganta; mas las fuerzas le faltaron y una segunda puñalada que le asesté le tendió muerto a mis pies.

-¡Infames, malditos -decía el viejo con la mayor desesperación-, me vengaré, me vengaré! -y seguía jurando y blasfemando como un condenado.

Nosotros seguimos corriendo por aquellos desiertos campos, y sus desesperados gritos no llegaban ya a nuestros oídos…

¡Estábamos libres, por fin, del odiado viejecillo!

Por un momento nos sentamos a reposar de la fatiga.

La luz hermosa de la luna hería suavemente la encantadora fisonomía de mi salvadora.

Yo la contemplaba con un entusiasmo casi religioso, y su mirada lánguida se posaba sobre mí con una dulzura indescriptible.

Ya no me acordaba ni del maldito viejo, ni de mi encierro, ni del narcótico que a poco debía sumirme en un profundo sueño.

El mundo que me rodeaba era tan hermoso, tan mágico, que era imposible resistir a su hechizo.

Había pasado del infierno y la desesperación al cielo y la esperanza.

Por fin, Adelina rompió el silencio, y dijo:

-Debéis de tener mucha sed. Busquemos el río, que estará cerca.

Entonces se despertó la sed devoradora que tenía, y que por un momento permanecía latente, bajo la influencia de mi felicidad.

La joven se apoyó en mi brazo y su aliento llegaba a mí mezclado con el ambiente embalsamado de las flores.

Después de dar algunas vueltas, vimos aparecer el Guadalquivir, tendido como una enorme culebra plateada por los rayos del astro de la noche.

Había necesidad de bajar a su orilla para beber el precioso líquido.

Pero la pendiente era áspera y los juncos que nacían en ella presentaban alguna dificultad para el descenso.

-Esperadme aquí -dije a mi encantadora pareja.

Adelina quedó en el borde de la pendiente y yo descendí separando los espesos arbustos que me impedían el paso. Llegué por fin a la orilla, me bajé y bebí frenético el cristalino líquido…

Satisfecha la sed que me abrasaba, empecé a subir para unirme a mi salvadora.

Pero una voz terrible, fatídica, me hizo alzar la cabeza.

-¡Ah infame!, traidora, al fin te he alcanzado.

Vi la figura repugnante y negra del viejecillo destacarse en el azul del ciclo, a un paso de Adelina.

Yo estaba oculto por el ramaje.

-¡Ven, ven!, ¿dónde está tu amante? ¡Ese vil que he de matar sin compasión!

Y mostraba dos pistolas.

-¡Responde, responde! -decía, y la oprimía el brazo con tal fuerza que la joven dio un quejido.

-¿Pensabas escaparte con ese infame? ¿Me has vendido después que te he educado? ¡Contesta, contesta! y con la fuerza de un endemoniado zamarreaba a su víctima.

-¿Así me pagas el haberte preferido a todas, el dejarte libre en mi casa?… ¿Cómo has sabido el secreto para abrir la puerta? ¡Di, maldita!

Y seguía oprimiéndola el brazo tanto, que a la pobre niña se le saltaban las lágrimas de dolor.

-¿Dónde has dejado a ese infame, a ese vil cobarde, ladrón!…

Y juraba y blasfemaba horriblemente.

Yo no pude resistir más. Sin considerar el peligro, trepé con la velocidad del rayo y me coloqué frente a frente y a dos pasos del malvado viejecillo, diciéndole:

-¡Aquí estoy: asesino!

-¡Ah!… ¿Eres tú? -dijo con feroz alegría y apuntándome con pistolas-, ¡vas a morir!

Un relámpago hirió mi vista y una fuerte detonación conmovió el viento.

Yo no sabía si estaba herido; pero rápido como la luz salté frenético cual un tigre sobre aquel que tanto odiaba. Le agarré por el cuello y forcejeé para tirarle al suelo.

La otra pistola que tenía sin descargar, cayó.

El viejecillo se defendía como una furia.

Después de hacer esfuerzos desesperados caímos los dos en tierra.

Dimos dos o tres vueltas, llegamos al borde de la pendiente y rodamos hacia el río.

Adelina dio un grito terrible.

¡Era una lucha digna de dos fieras!

Los dos agotábamos nuestras fuerzas y no podíamos vencer.

Por último, pude sujetarle un momento y saqué mi cuchillo de monte.

El viejo, cuando vio relucir su hoja acerada, con los rayos de la luna, se arrojó con un sacudimiento desesperado y trató de arrebatármelo; pero me retiré un paso, le alcé y se lo hundí en el pecho.

El viejo empezó a arrojar sangre.

-¡Asesino, asesino -decía-, no gozarás de la gloria que yo solo he conseguido!… ¡Maldita sea la mujer que te ha salvado!

Y en un exceso de furor rabioso pudo cogerme debajo y con las uñas y los dientes me desgarraba la cara.

Hice un supremo esfuerzo y le hundí una, dos y no sé cuántas veces mi cuchillo.

El viejo dio una horrible carcajada de la muerte:

-¿Quieres ser músico?… no, infame, asesino… he prendido fuego a mi casa… con ella… arden las obras de…

No pudo continuar.. Se alzó movido por las convulsiones de la agonía, me echó una mirada aterradora, dio un paso hacia mí con tal expresión de furor que me hizo retroceder, abrió los ojos desmesuradamente, y arrojando un caño de sangre por la boca y dando un grito estridente que repitió el eco, cayó exánime rodando al río, que le arrastró en su corriente. Vi su cadáver sumergirse y flotar dos o tres veces hasta que se hundió por completo.

Por un momento quedé anonadado; pero oí los gemidos de Adelina y subí a encontrarla.

Llegué a tres pasos de ella, tropecé al pisar un cuerpo duro, de mis pies salió un fogonazo y retumbó una detonación.

Había pisado la pistola que cayo al suelo en la lucha.

Un grito agudo, desgarrador, hirió el viento. Vi a Adelina llevarse las manos a la garganta, oscilar y caer.

Corro hacia ella, me hinco de rodillas y quiero alzarla.

La bala le había herido en el cuello, por donde arrojaba mucha sangre.

Quiso hablar, pero no pudo: me dirigió una mirada angustiosa y triste, me hizo no sé qué señas, que no pude descifrar, y exhalando un ¡ay! profundo que me heló la sangre en las venas, quedó exánime.

Entonces, loco, furioso, abracé su cadáver; le moví, le alcé, le besé mil veces con la mayor desesperación.

-¡Adelina … Adelina!… -decía yo con gritos desgarradores.

-¡Adelina … Adelina!… -repetía en son lúgubre el eco.

-¡Ha muerto!… ¡Yo la he asesinado!… ¡Soy un asesino!…

Y repetía el eco.

-¡Asesino…, asesino!…

-Sí, soy un asesino, he matado a la inocente Adelina.

-¡Adelina, Adelina.. -se repetían los lejanos ecos en aquel desierto campo.

Mi razón empezó a extraviarse.

Una fuerza extraña me separó de aquella escena… sentíame impulsado por ella y corría desesperado por aquellos solitarios campos, dando gritos y alaridos que se repetían en el espacio.

Un resplandor rojizo hirió mi vista: allá lejos una llama arrojaba espeso humo.

Corrí hacia ella maquinalmente.

El fuego consumía un antiguo edificio.

Con la mirada fija de un idiota elevada en aquella escena y la inteligencia en un estado muy parecido al de la estupidez, veía yo caer sus viejos y ennegrecidos paredones, que al desplomarse producían un estruendo horroroso que contrastaba con el silencio de la noche.

Las maderas al arder daban gemidos extraños, que yo escuchaba con la impasibilidad de un estoico.

De pronto mi inteligencia empezó a funcionar, una idea cruzó mi imaginación. ¿Era aquella la mansión maldita del crimen? ¿Era allí donde yo había sido martirizado? ¿Cómo averiguarlo? ¿No dijo el viejo que había prendido fuego al edificio?

Mientras que estos pensamientos agitaban mi mente yo giraba de una a otra parte sin concierto.

Un obstáculo me impide la marcha; bajo la vista y, al resplandor siniestro de la llama, veo a un enorme perro cadáver con dos puñaladas. ¡Era Efrain!

Sí: ¡aquél era el recinto maldito de los crímenes! Allí, a veinte pasos, había yo estado sufriendo los más crueles tormentos! allí había yo conocido a la infeliz Adelina.

¡Adelina!, la pobre niña que me libertó de perecer a mis manos…

Mis vestidos estaban rojos de su sangre.

¡Ah!, este recuerdo me era insoportable y atroces mis sufrimientos.

Giraba la llama movida por el viento como un gigante de fuego, y el espeso humo se alzaba cual un monstruo informe que intentase escalar el cielo.

Yo daba gritos espantosos maldiciendo al autor de mi desgracia, y en mi exaltación dirigía mis imprecaciones a la llama que me contestaba rugiendo sordamente.

Una idea diabólica me asaltó.

¡Morir!, sí, ¡morir para no recordar jamás aquella tremenda noche en que yo había sido asesino, matando a la pobre Adelina!

Dudé un momento… vacilé… me decidí al fin, y con hacia la hoguera para concluir mis días.

El calor ya casi quemaba mi frente… siento el sordo rugir de la llama que acaricia mi cara; pero de pronto las fuerzas me abandonan, las rodillas flaquean, un velo cubre mi vista y caigo en tierra.

El reloj dio dos campanadas sonoras.

Era el momento en que el narcótico empezaba a producir su efecto.

Cuando desperté estaba tendido en el lecho de mi modesta alcoba de estudiante Y Oí el rumor de muchas personas que hablaban en voz baja en la próxima habitación.

Dudaba yo si había tenido una horrible pesadilla, o era cierto cuanto llevo narrado a mis lectores.

Busqué con ansiedad mis vestidos y registré los bolsillos.

Un papel cayó al suelo, que recogí con avidez y leí:

«Sois el cuarto que ha venido

a esta mansión y no ha salido. Los otros tres

han muerto al…”

No pude continuar.

¡Todo era cierto!

Di un grito y caí accidentado.

Al volver en mí estaba rodeado de compañeros, y un medico observaba mi pulso.

Me hacían mil preguntas, a las que no conteste: pues no me atrevía a pronunciar el nombre de Adelina. Después de algunos días de reposo y gracias a los cuidados de mi familia, vino del pueblo avisada por mis amigos, pude levantarme; aunque me sentía falto de fuerzas y con la inteligencia como adormecida.

Mi primera operación fue rasgar en mil pedazos los innumerables papeles de música que poseía, no sin gran admiración de mis padres, que lo juzgaron un acto de locura.

Habían transcurrido unos veinte días; ya me encontraba bastante mejor aunque dominado por una profunda melancolía.

Mi madre se hallaba sentada enfrente de mí.

Yo permanecía absorto recordando aquellas escenas que en una sola noche me había mudado tanto, y la imagen de Adelina se me presentaba encantadora como yo la había visto al salir de mi prisión, iluminada por la luz hermosa de la luna.

Ambos callábamos. Por fin mi madre rompió el silencio.

-Pero hijo, ¿no querrás decirme por qué accidente te encontraron en el campo desmayado y ensangrentado?

-Madre -le contesté-, no me habléis nunca de eso, porque es un secreto de mi alma

-Y dos gruesas lágrimas se deslizaron por mis mejillas.

-Bien; pero prométeme al menos hacer por distraerte. Considera que tu padre y yo sufrimos mucho de verte en tal estado que tú.

-Haré lo que pueda por daros gusto.

y que no tenemos más hijos

-Antes era tu distracción la música; ¿por qué no te distraes un poco tocando?

-¡Porque!… madre mía, ¡por Dios no me preguntéis nada sobre este asunto!

Mi madre, respetando mi silencio, no insistió.

-Mira -dijo variando la conversación-, ¿has leído hoy el diario?

-No -dije con indiferencia.

-¿Quieres leerlo?

-Bueno.

-Toma y a ver si se te quita el mal humor.

Empecé distraídamente a hojear el periódico, y casualmente leí: “Siguen los misterios”

Me llamó la atención este epígrafe de una gacetilla, y seguí leyendo:

«Recordarán nuestros lectores que les dimos cuenta de una joven que había aparecido muerta al borde del río en la mañana del 15, y muy próxima a ella dos pistolas descargadas.

“El juzgado correspondiente sigue haciendo averiguaciones acerca de este crimen, cuyo autor se ignora.

“En el mismo día apareció el cadáver de un anciano cosido a puñaladas, y, como a doscientos pasos, un edificio incendiado y un gran perro muerto de dos heridas en el pecho.

»Estos hechos misteriosos llaman la atención de todos los tranquilos habitantes de esta ciudad, máxime cuando se desconoce por completo el criminal que los ha ejecutado.

“Se dice que al amanecer del mismo día se vio un joven tendido a corta distancia del edificio quemado por el incendio, al parecer ebrio, y que la joven tenía un escrito en uno de los bolsillos de su traje.

“Puede que el celoso juez que entiende en este asunto consiga entrever alguna luz que le guíe para dar con el verdadero autor de tantos crímenes»

-¡Mi levita, mi sombrero! -dijo, precipitadamente.

-¿Qué es eso?, ¿qué te ha dado? -dijo mi madre.

-¡Nada, nada! ¡Adiós!

Y súbito como el relámpago, sin atender a nada ni a nadie, fui a ver al juez que entendía en la causa.

_Señor juez -le dije-, ¿hacéis averiguaciones para saber el que ha asesinado a una joven que apareció con una herida de arma de fuego en la garganta, a la orilla del río, en la mañana del día 15?

-Así es, en efecto.

-Soy yo

-¿Vos?

-Yo mismo. Y ¿queréis saber quién dio de puñaladas a un viejo que el río arrojó a su orilla? ¡También soy yo!

-Pero joven, ¡vos debéis de estar loco! No tenéis trazas de asesino, y creo haberos visto dos noches antes a ese día, muy tranquilo y satisfecho en el concierto que dio la señora X… en donde oí alabar vuestra honradez y ponderar vuestra afición a la música

-Escuchadme, y todo lo comprenderéis.

Le referí entonces lo que llevo narrado; el juez se compadeció de mí, prometiéndome protegerme en lo que pudiera, y hacer caso omiso de mi presentación al juzgado.

-Yo le ruego, por lo que más ame en el mundo, que me entregue el escrito que se ha encontrado en el vestido de Adelina.

-Lo haré así, joven; porque a decir verdad, no arroja ninguna luz sobre el caso: tomad.

Y me entregó un papel escrito con igual letra que la del billete misterioso que recibí en mi prisión, y cuyo contenido era el siguiente:

“Cerca del armario que habéis visto en la habitación donde por primera vez me oísteis cantar, hay un cofrecito que contiene papeles de gran importancia. Si muero al libertaros, acogedlo y abridlo. ?Adelina”.

Me despedí del juez precipitadamente y salí al campo con idea de buscar el maldito edifico en que había sido martirizado.

Sin duda, las señas que me hacía la pobre niña al morir y que no pude comprender eran para que cogiese el escrito que el juez me había dado a leer.

Seguía yo por el campo sumido en estas reflexiones y no sabia que camino tomar. Vi pasar un trabajador y le pregunté:

-¿Queréis saber caballero? -me dijo- por dónde se va a la casa del brujo- Tomad esa vereda todo derecho.

Seguí el camino que me indicó, y a los diez minutos vi un montón de ruinas ennegrecidas por el humo.

Llegué a ellas y salté por encima de aquellos restos, revolviendo todo cuanto podía las vigas carbonizadas, los ladrillos y las piedras, a ver si encontraba el cofrecito.

Más de una hora hacía que estaba allí como un demente, esforzándome por remover todos los restos del incendio sin que encontrase lo que tanto anhelaba.

Por fin, observé una porción de laminitas de acero ahumadas por el fuego.

Sin duda eran los restos de aquel instrumento misterioso que Adelina me hizo oír cuando yo creía tocar la felicidad.

Estaba por tanto muy cerca de lo que buscaba.

Seguí investigando, y al fin vi un cofrecito de hierro como de una tercia de largo.

Al cogerlo temblaba de emoción.
Después de muchas dificultades pude abrirle.
Ansioso dirigí mi vista a su interior.
¡No había más que un montón de cenizas!
¡El fuego había devorado los caracteres que el papel allí encerrado debía de contener!

Anonadado con este nuevo incidente, me senté sobre una piedra calcinada por el fuego, a reposar de la fatiga.

No me quedaba de Adelina de aquella pobre niña, mas que un recuerdo, una fugitiva y perdida ilusión.

La noche se aproximaba, el sol se hundía majestuoso en el horizonte y yo permanecía impasible contemplando las ruinas del edificio que había sido mi cárcel.

Pasaron muchas horas sin que nada turbase mi reposo.

Pero en el silencio que me rodeaba creí escuchar una voz que cantaba una balada, que me agolpó la sangre a la cabeza y aceleró los latidos de mi corazón.

¡Era la que Adelina entonó en la noche que la conocí! ¡Imposible, imposible!… me decía; ¿es una ilusión, un sueño? Y me puse en pie, me restregué los ojos, me toqué dudando si dormía. La voz se aproximaba y la canción seguía. Y a la luz macilenta de la luna vi una sombra que avanzaba; un bulto de una mujer que se acercaba cantando la misteriosa balada. -¡Sí, no hay duda, es ella, es ella! Y la sombra avanzaba cada vez más. Y se descubría perfectamente el perfil de una mujer. Y el canto no cesaba. Y ya no había más que veinte pasos de distancia. – ¡Adelina, Adelina!… -exclamé con fuerza y corrí hacia ella. Entonces huyó; pero yo, anhelante, loco, la seguí. Así corrimos largo trecho, hasta que no pude seguir más porque me ahogaba. Me detuve y ella se detuvo también. Hubo un rato de silencio. -Caballero, ¿qué queréis? -dijo al fin. – ¿No sois Adelina? -No, ni la conozco. -¿Pues quién os ha enseñado la canción que ibais cantando? -La he aprendido sola. ?¡Cómo! -Porque la he oído varias veces. -¿En dónde? -En la casa quemada. -¿A quién? -No sé. Yo soy labradora, y voy todas las noches por el sitio que me habéis visto para llevar la cena a mi marido, que está trabajando en una hacienda próxima. Al pasar por delante de la casa, oí cantar muchas veces a una mujer que tenía la voz de un ángel la canción que yo entonaba. «Aunque los labriegos decían que en ella habitaba un brujo, un nigromántico, y que había asombros, yo siempre he sido muy animosa. Si ahora he huido, es porque creí que estabais loco” – ¡Loco, loco!, ¿quién sabe?

-Pues caballero, buenas noches y buscad a esa… Adelina por otra parte.

Se fue riendo de mí y siguió entonando aquella canción que jamás he podido olvidar.

Yo, triste y pensativo, con un vacío inexplicable en el corazón, me dirigí hacia casa, donde mi madre me esperaba con gran cuidado por mi tardanza.

Desde entonces no puedo oír música sin que se me contriste el alma, y el llanto acude a mis ojos.

Acerca del autor

Vicente Rubio y Diaz

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