Relatos Cortos

Un día de fiesta grande

Un día de fiesta grande
Cuando el águila se asomó a la plaza perdió el aliento.
Se olvidó de la paloma y se olvidó de su nido y sus hijuelos
hambrientos y se olvidó hasta de que era águila. Mucho
más arriba de su brillante pico, el sol lucía toda la belleza
infinitamente joven de los primeros días de verano.
La paloma no se dio cuenta del éxtasis en que había caído
su perseguidora y no paró en su agotadora huida hasta que
su propio esfuerzo la mató. La paloma, pálida y sudorosa,
fue a caer dentro del río. Paquito la vio caer lentamente,
dando inútiles aletazos, luchando aún en su cabeza contra
la irremediable muerte. La vio hundirse en el agua verde y
volver a salir un poco más abajo. Paquito se relamió los
labios con placer.
Cuando el águila se dio cuenta de que se le había escapado
la presa no perdió el tiempo preocupándose por ello.
Las águilas no son amigas de filosofías romanas. Abajo,
en la plaza, aquellos locos seguían molestando a su amigo.
El toro Celestino estaba ya casi rendido y no podía materialmente
tirar de su alma. Para entonces, la sangre coagulada
le había taponado las primeras heridas. Pero los hom-
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bres son insaciables y no parecían dispuestos a parar hasta
dar con los huesos de Celestino en la sala de
descuartizamientos. Celestino creía que si peleaba hasta el
fin, con toda la fuerza de su enorme corazón, con la rabia
inmensa de toda su raza, sin abrir la boca, sin pedir clemencia,
bravamente, aguantando lo inaguantable, aquellos
brutos terminarían apiadándose. Celestino sabía que tenía
solamente una probabilidad entre mil millones de salir de
aquella plaza por sus propias patas. Celestino sabía todo
esto y mucho más. Por eso no se echaba al suelo de una
maldita vez.
A Celestino, en su enorme alma de toro noble, únicamente
le cabía esa tarde una idea obsesionante. Las palabras
de su abuelo Rompevallas y la historia de su indulto
en la plaza de Marcagallo le martilleaban sin descanso en
el pensamiento. Pero sus grandes ojos de luna llena, encolerizados
y medio ciegos, no eran ya capaces de ver aquellos
enemigos que él no había buscado y que no le daban
un segundo de respiro. En su hermosa cabeza sólo había
lugar para la promesa hecha a su querida Frente-de-Luna.
Tenía que aguantar.
Cuando el águila no pudo empapar más pena con los
pañuelos de sus plumas, cuando agotó las reservas de lá-
grimas de sus ojos, cuando el corazón se le partió en decenas
de miles de pedacitos minúsculos e invisibles, cuando
se hartó de la crueldad humana, después de haber vomitado
todo el tuétano de sus huesos, se remontó en el cielo
hasta convertirse en una insignificante cagadilla de mosca
y desapareció en el sol al tiempo que se borraba de su memoria
la necesidad de comer que poco antes le había empujado
en su persecución tras la paloma.
Abajo, en la plaza, aquellos locos insaciables seguían
gritando al borde mismo de la histeria colectiva. El reluciente
albero del redondel estaba manchado de sangre ca-
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liente, de litros de sangre recién cuajada alrededor de los
cuerpos de los caballos muertos, de litros y litros de sangre
negra a cuyo olor se enardecían más y más las escandalosas
gargantas humanas. La plaza era un barrizal de tierra y
sangre. Había miles de manchas perfectamente redondas,
miles de manchas de sangre negra allí por donde Celestino
había ido pasando, empujando por delante suyo los miedosos
pies de los toreros, coreado siempre por las risas de
la gente endomingada que llenaba las gradas a reventar.
Era un día de fiesta grande en el pueblo. Y era el día más
importante en la corta vida de Celestino.
Celestino estaba dispuesto a aguantar lo inaguantable.
Hasta el más miserable de los animales es capaz de hacer
cualquier cosa, todas las cosas de este mundo para salvar
el pellejo. Pero no ha nacido todavía la casta de animal
que pueda resistir el empeño de los hombres. Celestino
había ya perdido todo tipo de percepción de sensaciones.
Y el clarín anunció gozoso su próxima muerte. Las palmas
del público animaron entonces al matador y el pasodoble
de la banda arrancó suspiros de los pechos de las mozuelas.
Pero el toro no se enteró de nada. Sus orejas estaban
taponadas, sus ojos estaban cerrados, su nariz estaba partida,
su corazón estaba medio parado, su alma había ya preparado
la maleta para el último viaje. Entonces, con la conciencia
perdida, Celestino sintió por enésima vez uno de
aquellos agudos pinchonazos en el cuello. Y su instinto le
mandó cornear hacia el lado derecho. En ese preciso instante
se hizo el pánico en las gradas y todos chillaron: miles
de gargantas horrorizadas y volcadas sobre la arena
gritando al mismo tiempo. Fue un chillido tan grande, tan
inmensamente profundo y desgarrador, que llegó a oírse
con angustia en las lejanas costas de Isla Higueras. El cuerno
de Celestino había penetrado en la cabeza del matador,
justo por debajo de la oreja izquierda. Y luego, el animal
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había remontado el cuerpo del torero en el aire como un
muñeco, dejándolo caer pesadamente contra un burladero
y hocicándolo allí contra las tablas, lamiéndolo, como besándolo.
Quién sabe si en el último rincón del entendimiento
de Celestino aquello que tocaban sus labios con tanto ahínco
no eran sino los propios labios de Frente-de-Luna, quién
sabe si el toro no estaba pretendiendo agarrarse a esos labios
con la misma angustia y quizás más esperanza del
que se agarra a un hilo de araña al resbalar en el filo de un
abismo de cien metros y sentir que la vida irá a pararle
para siempre al fondo del infierno.
En algunos sectores del público empezó a comentarse
la bravura inusitada del animal, su casta, su fuerza. Se habían
llevado al maestro entre cuatro peones, en carrera
desesperada, hacia el cuartucho donde el médico de la plaza
preparaba con mano temblona unos instrumentos que
nunca llegaría a utilizar. El torero estaba ya más que muerto
cuando pusieron su cuerpo sobre la mesa de operaciones.
La cabeza del matador matado había quedado como
huevo de gorrión caído del nido. La oreja derecha del maestro
se mantenía pegada al resto del cuerpo de verdadero
milagro, gracias al nudo misterioso que algún ángel, probablemente
ese ángel de la guarda que nunca más le haría
falta, le había hecho con tres venillas transparentes en una
improvisada e inútil cura de urgencia. Y uno de los ojos
del hombre, por mucho que luego se buscó y rebuscó, no
pudo ser encontrado y se perdió para siempre. Poco después,
a alguien se le ocurrió la tonta idea de que el ojo
podía estar en la barriga del toro y el médico tuvo así oportunidad
de hacer un poco de filosofía barata sobre la inconsciente
e involuntaria venganza de Celestino.
Por entonces, algunos espectadores habían sacado sus
pañuelos y comenzado a pedir el indulto sin mucha convicción.
Mientras tanto, otro torero, el más antiguo de la
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terna, aunque no el más viejo, cogió con rabia su estoque y
se colocó delante de Celestino. El animal estaba ya como
borracho, sonámbulo, loco. Una voz que salió del gallinero
pidió con lástima un tiro piadoso para el toro moribundo.
Celestino corría de un lado a otro mugiendo roncamente
su odio, tropezando a cada paso con los cuerpos de los
caballos muertos sobre la arena, chocando a cada instante
contra las tablas. El torero veterano esperó una de las pasadas
del cornúpeta, aprovechó el propio impulso del bicho
y le metió entera la espada por uno de los costados.
Fue una estocada tan rabiosa que hasta la empuñadura y el
brazo se perdieron en la barriga del animal. Y Celestino
dio el mayor brinco que se recuerda en todos los contornos
que un toro haya dado jamás. Su cuerpo pasó por encima
del asombrado matador y fue a caer seis metros más allá
de su asustada espalda. Para entonces, Celestino se había
ya olvidado de Frente-de-Luna y se sintió tremendamente
feliz de poder al fin descansar para siempre. Al caer, sus
entrañas se desparramaron por toda la arena y una tripa se
quedó enganchada a las zapatillas del torero. El último
suspiro de Celestino dibujó una nube en el aire.
La mano del puntillero se vengó con creces del trabajo
y las muertes que la lidia de Celestino había acarreado.
Una vez, dos, tres, veinte, hasta cincuenta veces subió y
bajó el puñal con todo su odio sobre el morro del toro caí-
do. Hasta que todos los músculos del impresionante cornúpeta
se paralizaron mucho más allá de la muerte. Después,
entre pitos y palmas, las mulillas se llevaron para
siempre aquel cuerpo que había encerrado hasta momentos
antes el alma de un toro enamorado.
A la misma hora, cuando el reloj de la iglesia daba la
última campanada de las seis, Paquito llegaba loco de alegría
a su casa del Cerropalo. “Mamá –gritaba–, mamá, he
pillado una paloma, he pillado una paloma”. Las plumas
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del ave todavía estaban húmedas. Paquito sería sin duda el
niño más feliz del pueblo esa noche. Por primera vez en
mucho tiempo, casi desde lo que su memoria alcanzaba a
recordar, su madre podría guisar carne fresca. Y los otros
niños se llenaron de envidia cuando la noticia corrió de
casa en casa. Ese día, también sería un día de fiesta grande
en una de las chozas del Cerropalo.

Acerca del autor

Eduardo Castro

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