Gabinete de Filósofos

Sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (Fragmento)

(Fragmento)

No creo temer ninguna contradicción al concederle al hombre la sola virtud natural que se haya visto forzado en reconocer el detractor más exagerado de las virtudes humanas. Me refiero a la piedad, dísposición conveniente a unos seres tan débiles y sujetos a tantos males como nosotros lo estamos, virtud tanto más universal y tanto más provechosa para el hombre que en él precede al uso de cualquier reflexión, y tan natural que las mismas bestias manifiestan a veces sus signos sensibles. Sin hablar ya de la ternura de las madres por sus pequeños y de los peligros que enfrentan para defenderles de los mismos, se observa a diario la repugnancia de los caballos en pisotear un cuerpo vivo. Un animal no pasa sin inquietud junto a un cuerpo muerto de su especie, los hay hasta que les dan una especie de sepultura. Y los tristes mugidos del ganado al entrar en un matadero anuncian la impresión que les causa el espantoso espectáculo que los hiere. Se ve con gusto al autor de la Fábula de las Abejas en la obligación de reconocer al hombre como un ser compadeciente y sensible, al utilizar el ejemplo que nos da de su estilo frío y sutil, para ofrecernos la patética imagen de un hombre encerrado que percibe en las afueras a una fiera arrancándole un niño al pecho de su madre, destrozando con sus fauces mortíferas los débiles miembros y desgarrando con sus garras las palpitantes entrañas de ese niño. ¿Qué agitación más, espantosa no siente ese testigo de un acontecimiento al cual no asigna ningún interés personal?¿Qué angustias no sufre ante esa visión, al no poder prestarle ningún auxilio a la madre desvanecida ni al niño expirando?

Tal es el puro movimiento de la Naturaleza, anterior a cualquier reflexíón, tal es la fuerza de la piedad natural que a las costumbres, aún las más depravadas, les cuesta mucho destruirla, puesto que vemos a diario en nuestros espectáculos enternecerse y llorar ante las desgracias de un desventurado al que, si estuviera en el puesto del Tirano, no haría sino agravar los tormentos de su enemigo (1). Mandeville ha sentido muy bien que pese a toda su moral los hombres no habrían sido nunca sino unos monstruos si la Naturaleza no les hubiera otorgado la piedad en apoyo de la rázón, pero no ha visto que de esta única cualidad dímanan todas las virtudes sociales que quiere disputarle a los hombres . En efecto, ¿qué es la generosidad, la clemencia, la humanidad, sino la piedad aplicada a los débiles, los culpables o a la especie humana en general? Incluso la benevolencia y la amistad son, bien consideradas, unas producciones de la piedad constante, fijada sobre un objeto particular, puesto que el desear que alguien no sufra, ¿qué puede ser sino desear que sea feliz? Aun cuando fuera cierto que la conmiseración no es más que un sentimiento que nos hace colocar en el puesto del que sufre, sentimiento oscuro y vivo en el hombre salvaje, desarrollado pero débil en el hombre civil, ¿qué importaríá esa idea para la verdad de lo que afirmo a no ser el darle más fuerza? En efecto, la conmiseración será tan enérgica que el animal espectador se identificará más intimamente con el animal que sufre. Sin embargo, es evidente que esta identificación tuvo que ser mucho más estrecha en el estado natural que en el estado de razonamiento. Es la razón la que, engendra el amor propio y es la reflexión la que lo fortifica. Es ella la que hace replegar al hombre sobre sí mismo es ella la que lo separa de todo cuanto lo molesta y aflige. Es la filosofía la que lo aísla, es a través de ella que dice en secreto ante el espectáculo de un hombre que sufre: perece si quieres, que yo estoy seguro. Ya sólo hay los peligros de la sociedad entera para turbar el sueño tranquilo del filósofo y arrancarle de su lecho. Ya pueden degollar inpunemente a su semejante debajo de su ventana, no tiene más que ponerse las manos sobre los oídos y argumentarse un poco para impedir que la Naturaleza se rebele en él, lo identifique con el que están asesinando. El hombre salvaje no tiene ese talento admirable y, a falta de sabiduría y de rázón, siempre lo vemos entregarse atolondradamente al primer sentimiento de la Humanidad. Durante los motines, durante las querellas callejeras, el Populacho se agrupa , el hombre prudente se aleja; es la canalla, son las mujeres del Mercado, quienes separan a los combatientes e impiden que las gentes honestas se degüellen entre sí.

No deja de ser cierto que la piedad es un sentimiento natural, el cual al moderar en cada individuo la actividad del amor a sí mismo, contribuye a la mutua conservación de toda la especíe. Es ella la que nos mueve sin reflexión a prestar auxilio a los que vemos padecer; es ella la que, en el estado natural, hace las veces de Ley, de costumbres y de virtud, con la ventaja de que nadie intenta desobedecer su dulce voz; es ella la que impedirá a cualquier salvaje robusto el robarle una débil criatura o a un anciano inválido su subsistencia lograda a duras penas si él mismo esper encontrar la suya en otra parte. Es ella la que, en lugar de la máxima sublime de justicia razonada «Haz para él prójimo lo que quisíeres que te hicieran», inspira a todos Ios hombres esa otra máxima de bondad natural mucho menos perfecta pero más útil quizá que la anterior: haz tu bien con el menor mal posible para el prójimo. En una palabra, es en ese sentimiento natural, más que en los argumentos útiles, que cabe buscar la causa de la repugnancia que cualquier hombre sentiría al hacer el mal, inclusive independientemente de las máximas de la educación. Por mucho que pueda pertenecer a Sócrates y a los espiritus como él el adquirir la virtud a través de la razón, hace ya mucho tiempo que el género humano hubiera dejado de existir si su conservación sólo hubiese dependido de los razonamientos de quienes lo componen.

(1) Parecido al sanguinario Syla, tan sensible a los males que no había causado, o a aquel Alejandro de Fero, que no se atrevía a asistir a la representación de ninguna tragedia por miedo a que le vieran lamentarsecon Adrómaca y Priamo, mientras escuchaba son emoción los gritos de tantos ciudadanos que dgollaban diariamente bajo sus órdenes.

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Rousseau

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