Relatos Cortos

Parecía el infierno

Tumbada boca abajo sobre la toalla, Violeta veía el
mar como una pared vertical, un muro violento y espumoso
que amenazaba con desplomarse sobre la playa. La
caleta era pequeña y angosta, una herradura de arena entre
las rocas. El mundo real quedaba muy arriba, por encima
de los flancos negros del acantilado. La playa era un pozo,
un agujero cercado por piedras filosas y olas tumultuosas.
El sol caíla sobre la nuca de Violeta como la cuchilla de
una guillotina.
– No entiendo cómo le puede gustar esto a alguien…
– gruñó en voz alta, y el bramido del mar devoró sus palabras.
Violeta venía de tierra adentro, del páramo, de Vélez,
un grandioso mundo horizontal rematado a lo lejos, muy
a lo lejos, por las brumosas e imponentes montañas de la
Cordillera Blanca. Era la primera vez en su vida que visitaba
la costa y le parecía un lugar ábominable. Llevaba tres
semanas en casa de sus tíos. Es decir, en casa de su prima
Carolina. Tenían las dos la misma edad, quince años; pero
Carolina parecía mucho mayor. A Carolina le encantaba la
playa porque nadaba muy bien y porque se ponía unos
bikinis diminutos de colores eléctricos. Dos cachitos de tela
fosforescente enmarcando un cuerpo de revista, una carne
atlética y tostada, unos vellos tan leves y dorados como
un polvo de estrellas. Los pelos de las piernas de Violeta,
en cambio, eran pelos auténticos, negros y ásperos vellos
de mujer que ella había empezado a afeitarse con una
cuchilla. Y cómo escocía la piel al rasurarse. Nada más
llegar a la costa, Violeta se abrasó esas piernas en carne
viva y el resto de su anatomía con el sol implacable de la
caleta. Luego las quemaduras se curaron y se despellejaron,
y ahora la piel de la muchacha era un estropicio de peladuras
rosadas y manchones.
-¿No te vas a bañar? -,dijo Carolina, a su lado, levantándose
con un gracioso brinco de la toalla.
Lo debe de ensayar por las noches, pensó Violeta.
No es posible que todos los movimientos le salgan tan
bien, no es posible que siempre parezca una ginnasta olímpi
ca.
– No tengo ganas – contestó en voz alta; y le asqueó
advertir que se le habían metido unos cuantos granos de
arena dentro de la boca. Chirriaban entre las muelas,. diminutos
pero desagradables.
– No sé cómo no te aburres de estar todo el día ahí
leyendo esas revistas… Además, deberías nadar más. Hacer
ejercicio adelgaza mucho -,dijo Carolina.
Y corrió hacía el agua, ligera y animosa. El mar era
una pared de vidrio, un turbio cristal roto por la espuma.
La caleta se encontraba en el morro del acantilado y las
olas siempre batían con fuerza contra las rocas; pero hoy
el mar estaba especialmente bronco, con el lomo hinchado
y amenazante. Subían y bajaban las olas por la pared
de vidrio, provocando un estruendo en sordecedor. Carolina
entró en el agua, se volvió hacia Violeta y saludó triunfante.
Nadaba muy bien y le encantaba que los demás
advirtieran su pericia; por eso se empeñaba en venir a
esta caleta, tan lejana, peligrosa e inaccesible, y había convencido
a toda la pandilla para que la siguiera. Carolina
era la reina de su grupo: no sólo la más guapa, sino también
la mejor estudiante,la mejor deportista. Violeta resopló
con fastidio, sintiendo que el sol aplastaba su espalda
contra el suelo como el pie de un gigante. Aún era temprano,
pero el calor resultaba ya abrumador. Iba a ser un
día insoportable. Carolina volvió a agitar la mano entre la
espuma: como la playa estaba todavía vacía, no tenía
más remedio que utilizar a Violeta como público.
De la arena subía un leve olor a podrido, un tufillo
dulzón y descompuesto que se hincaba desagradablemente
en el cerebro.
– No entiendo cómo le puede gustar esto a alguien
-volvió a mascullar Violeta.
En ese justo instante un recuerdo se apoderó de su
memoria, tan punzante como la quemadura de una brasa.
Era un recuerdo que Violeta llevaba días intentando
reprimir, pero que de cuando en cuando se escapaba de
su exilio amnesico para irrumpir como un devastador meteorito
en su conciencia.
– Nicolás… -murmuró, acongojada.
Y volvió a experimentar la misma sensación de ridí-
culo de aquel día horrible, la misma inadecuación, la espantosa
vergüenza, el furioso deseo de enterrarse en la
arena. 0 de morirse.
El desasosiego fue tan fuerte que sintió una súbita
necesidad de moverse; de modo que cambió de manera
brusca de postura y se sentó de cara a la orilla. Inmediatamente
el sol empezó a pesar sobre su cabeza; el recuerdo
latía dentro de su cráneo como si fuera el inicio de una
jaqueca. La playa era un pozo, una jaula, un encierro. No
se podía marchar de casa de sus tíos hasta que su padre
no la llamara. Cogió un puñado de arena y lo dejó escurrir
entre los dedos: ínfimos pedruscos de cuarzo, pero también
conchitas diminutas vacías de sus bichos. Y fragmentos
de carcasas de crustáceos. La playa era un cementerio
de animales menudos. Un moridero calcinado por el sol y
la sal.
Sin embargo, su madre le había dicho: -El mar es el
origen de la vida. De ahí venimos todos. Hemos salido del
mar.
La madre había nacido en la costa; el padre, en el
interior. En la ciudad del páramo en la que vivían, la madre
siempre habló a Violeta del mar. Ella creció creyendo que
era como un caldo mágico de druidas, una poción maravillosa
llena de milagros y misterios. Pero ahora que por fin
lo había conocido de verdad, resultaba que el mar le daba
asco y miedo. En primer lugar, no era transparente. Era
turbio y sucio, vociferante y violento. Puede que fuera el
origen de la vida, pero, se parecía a ese líquido amniótico
que estudió en las clases de Naturales: un fluido sanguinolento
y pegájoso, un elemento viscoso y genital.
Violeta se estremeció.. Estaba sudando, pero un pequeño
escalofrío recorrió su cuello y se le perdió espalda
abajo. Las olas se estrellaban contra las rocas sañudamente,
como si quisieran triturarlas. Se tapó los ojos con las
manos y en, la oscuridad el ruido pareció incrementarse:
sonoros estampidos, furiosos silbidos, un ronco hervor de
agua. El sonido del mar deshaciendo la Tierra. Un poco
asustada, Violeta volvió a mirar la playa barrida por el sol.
¡Silencio! -gritó, intentando distraerse del agobiante
fragor del mar con su propia voz.
Pero el estruendo de las olas se tragó la
palabra.¡Violeta! – gritó de nuevo.
Se escuchó por dentro, en el rodar de las sílabas dentro
de la boca; pero cuando los fonemas salían de sus labios
el mar los aplastaba. La bronca respiración del agua
dominaba sobre todo lo demás. Apagaba cualquier ruido
a pocos metros. Aquí, en la caleta, ni siquiera se hubieran
podido oír los gritos de su madre. Sus gemidos afilados
por el dolor. Esos insoportables lamentos que parecían salir
de la garganta de un animal y que se colaban por todos
los rincones. Su padre agarraba al médico del brazo y
preguntaba:-¿No le pueden dar algo más fuerte? Sufre
mucho.
Pero la madre no dejaba de aullar. Seguía bramando
cuando se la llevaron al hospital y cuando Violeta se marchó,
enviada de urgencia,a casa de sus tíos, como una
refugiada en tiempos de guerra.
-¡Nicolás! -lanzó ahora la chica contra el rugido de
la rompiente.
E inmediatamente se arrepintió de su grito: y si Nicolás
estuviera bajando por el acantilado, y si la hubiera escuchado…
Pero no, imposible, el ruido del agua lo
emborronaba todo, había que estar muy cerca para poder
oírse. A lo lejos, muy lejos, muy dentro de la pared marina
y vertical, un puntito negro levantaba la mano y saludaba.
Era Carolina la sirena, Carolina anfibia, alardeando. Violeta
sintió que sus mejillas se encendían de rubor y que el
estómago se le retorcía en una náusea. Nicolás le había
gustado desde el mismo momento en que le vio. Era un
chico alto y ancho de hombros, mucho mayor que ellas:
por lo menos tenía dieciocho años. Al mirar achinaba los
ojos, negros y brillantes, con unas pestañas tan espesas
que parecían pintadas; y tenía los labios gordezuelos y una
pequeña sonrisa de medio lado, como de actor de cine.
Nicolás era el de más edad de la pandilla y Carolina se
burlaba de él, le llamaba viejo, le arrojaba arena contra la
cara. Violeta no acababa de entender por qué Nicolás
seguía viniendo: Carolina y él se caían mal, eso era evidente.
Tal vez fuera por eso por lo que a Violeta le pareció
un chico distinto a los demas. Un día, uno de los primeros
días de su estancia en la costa, Nicolás contó una historia
extraña:
– No sé por qué estamos siempre en esta playa. No
me gusta. El año pasado vine mucho. Venía con Beba, la
chica con la que salía, y con su hermano y dos o tres amigos.
Siempre estábamos solos, aqui nunca hay nadie. Una
tarde estábamos tomando el sol y por las rocas llegó una
mujer como de treinta años. La marea estaba muy baja y
llegó andando, dando la vuelta por la costa, con el agua a
medio muslo. No sé de dónde saldría. De la cala de al
lado, o de la playa grande que hay más allá. Vestía un traje
de baño de una pieza y estaba llorando. Se acercó a nosotros,
muy nerviosa, y nos gritó: « ¡Ayudadme, ayudadrne,
por flavor, por favor, se están matando! ». «¿Quiénes?»,
preguntamos. Ella estaba como loca, casi no podíamos
entender lo que decía. « ¡Mi marido y Juan, se están matando!
», decía; o a lo mejor Juan era su marido y se mataba
con alguien; o a lo mejor su marido y un tal Juan se
estaban matando con otra gente, todo era muy raro, no
había quien comprendiera nada. Ella corría de uno a otro,
se venía hacia mí, y luego hacia Beba, y luego hacia los
demás, como si estuviera jugando a las cuatro esquinas, y
decía no sé qué de navajas y sangre, como una loca. Y
luego se dio media vuelta y volvió a marcharse por donde
había venido, igual de agitada, con el mar a media pierna.
¿Y vosotros qué hicisteis? -preguntó Violeta. -Nada.
Estábamos alucinados, paralizados.
Imaginaos la escena, hablaba de navajas y sangre, y
nosotros estábamos en traje de baño, tan… tan indefensos,
¿sabéis c ómo os digo? No sé, era una sensación muy
rara, como de pesadilla … Luego, en cuanto que se marchó,
fue como si no hubiera venido nunca. Pero por eso
no me gusta esta playa.
Eso dijo Nicolás, y Violeta, que también detestaba la
pequeña cala, se sintió muy compenetrada con él. Empezó
a esperarle con ansiedad por las mañanas (siempre llegaba
de los últimos) y absorbía con avaricia cada una de
sus palabras, intentando encontrar algún signo de complicidad.
Conversaban poco, pero Violeta estaba convencida
de que, por debajo de su parquedad expresiva, Nicolás
sentía por ella una afinidad especial.
Hasta que un día, al atardecer, Violeta vio dos cabezas
juntas allá dentro, muy dentro, en la vidriosa panza de
las aguas. Subían y bajaban las cabezas, muy pegadas, al
compás de la ondulación de la superficie; y se agitaban los
cuerpos con raros movimientos, manos que chapotean,
espaldas que emergen y se hunden, agitados espasmos
entre la espuma. Violeta les contempló durante un buen
rato, cada vez más inquieta.
– ¿Qué les pasa a Carolina y a Nicolás? Parece que
tienen problemas, tengo miedo de que se estén ahogando…
-le dijo al fin a Tono, otro de los chicos de la pandilla,
el que estaba sentado más cerca de ella.
Tono la miró enarcando las cejas e hinchó las mejillas
de aire, en un gesto bufo de payaso. Luego soltó el aliento
de repente con un ruido de globo al estallar y empezó a
carcajearse:
-¿Que qué les pasa? ¿Que si se están ahogando?
-farfulló, medio asfixiado por sus propias risas.
Y se levantó y fue a contarles el chisme a los demás,
mientras el entendimiento de lo que sucedía caía sobre
Violeta como un rayo, partiéndole el cerebro y el corazón.
Ahí estaban Carolina y Nicolás, unidos en el magma marino
de la vida. Frotándose el uno al otro como resbaladizos
peces dentro del agua. Y ahí estaban los demás chicos y
chicas de la pandilla, pataleando boca arriba en la arena
muertos de risa, demostrando su diversión con ostentoso
enfasis, con la exageración abracadabrante de los adolescentes.
Siempre que recordaba ese momento, Violeta se
sentía morir. Se sentía muerta. El amor naciente es como
una luz, y cuando se apaga de manera abrupta el mundo
se convierte en sombra y polvo.
Habían pasado varios días desde entonces, unos días
tan lentos y penosos como una condena carcelaria. Tras el
incidente de la playa, Violeta hubiera deseado meterse en
la cama y no volver a levantarse nunca jamás; pero un
último resto de orgullo la obligó a seguir viniendo cada
día a la caleta, arrastrándose penosamente detrás, de su
prima hasta este tórrido caldero de arena y mar silbante,
y a aguantar con fingida impavidez las bromas del grupo,
la percepción de extrañamiento. Cada día se sentía más
fuera. Cada día la marginaban más.
Frente a ella, en la panza del mar tumultuoso, Carolina
la saludaba con la mano. Subía y bajaba la cabecita de
Carolina, como un corcho sometido al furor de las olas,
mientras la muchacha seguía saludando de manera absurda.
Ya te he visto, pensó Violeta con rabia, sin responder a
su gesto. Ya te he visto.
-¡Hola! -aulló,alguien de repente junto a su oreja.
Violeta dio un respingo y volvió el rostro; junto a ella,
inclinado para, hablarle al oído en medio de creciente fragor,
estaba Nicolás. Unos metros más allá, otros dos amigos
de la pandilla extendían sus toallas. Embebida en sus
pensamientos, la chica no había advertido su llegada.
– ¿Dónde está Carolina? -gritó Nicolás contra el estruendo.
Violeta miró hacia el agua con disimulo; la marejada
empeoraba por momentos y la cabeza de su prima resultaba
escasamente visible entre las rizadas jorobas de las
olas. De cuando en cuando incluso desaparecía durante
un par de segundos.
_¿Cómo dices? -le preguntó a Nicolás, como si no le
hubiera entendido, para ganar tiempo.
-¡Que dónde está Carolina!
Quizá se estuviera ahogando. Esta vez si, esta vez
era posible que su prima se estuviera tragando, ella solita,
ese mar seminal y violento. Ese mar tenebroso del que
surgían mujeres desesperadas hablando de navajas y de
sangre. Si Carolina estaba de verdad en peligro, habría que
hacer algo. Habría que dar la alarma y rescatarla. Violeta
se encogió de hombros con gesto inocente:
-¡No sé!—respondió-:¡Hace un rato que no la veo!
Nicolás se irguió y miró alrededor, abarcando de una
sola ojeada la pequeña cala y el mar vertical que la cerraba.
Su retina no estaba acostumbrada a ver la cabecita
flotante y por consiguiente no la vio. Torció el gesto, fastidiado
por la ausencia de la chica.
Seguramente se ha ido a dar un paseo por el acantilado
-dijo Violeta.
Nicolás sacudió la cabeza con cierto mal humor y
dio media vuelta, dispuesto a alejarse.
-¡Espera! -le detuvo Violeta.
El muchacho la miró. Al fondo, en el regazo de las
olas, Carolina parecía decir algo. Sí, tenía la boca abierta,
debía de estar gritando. Pero su voz no llegaba hasta la
costa. Nicolás seguía quieto, esperando las palabras de
Violeta; pero la miraba de refilón, por encima del hombro,
sin siquiera haberse girado de nuevo hacia ella. Era evidente
que quería irse.
-Mi madre se está muriendo – dijo Violeta. Y, mientras
lo decía, sintió que una rabia venenosa la inundaba.
Que por lo menos me sirva de algo esta maldita madre
que se está muriendo y me abandona, pensó. Las huérfanas
resultaban atractivas. La pena era un buen pretexto
para ligar.
Nicolás sacudió la cabeza.
-Ya lo sabía. Carolina me lo contó. Lo siento.
Y se apresuró a seguir su camino, cruzando en dos
zancadas la pequeña playa y uniéndose a los otros amigos
de la pandilla, unos cuantos metros más allá.
Violeta tragó saliva. Una gota de sudor descendió
por debajo de su flequillo y se columpió en la punta de su
nariz. Las estrechas paredes de roca impedían el paso del
viento y el calor era inhumano. A lo lejos, colgada en mitad
del vidrioso mar vertical, como una mariposa atrapada
entre los cristales de un cuadro de insectos, Carolina agitaba
de cuando en cuando la mano. Cada vez más de
tarde en tarde. Más desmayadamente. Violeta se volvió
de espaldas al agua y se tumbó de nuevo boca abajo sobre
la toalla, respirando el vago tufo a podredumbre de la
arena. La caleta era un pozo, un agujero, un hoyo
claustrofóbico, que el sol calcinaba. Parecía el infierno, pero
no era más que una aburrida mañana de verano.

Acerca del autor

Rosa Montero

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