Clásicos

Para ser un buen arriero

Blas del Tejo y Paula Turuleque eran de un mismo pueblo de la Montaña, y entrambos huérfanos de padre y madre y hasta de toda clase de parientes. Blas poseía, por herencia, un cierro de ocho carros de tierra y un par de bueyes. Paula era dueña, en igual concepto que Blas, de una casuca con huerto, de dos novillas y de una carreta.

Paula y Blas convinieron un día en que si sus respectivas herencias se convirtieran en una sola propiedad y se añadiesen a ésta algunas reses en aparcería y algunas tierras a renta, se podría pasar con todo ello una vida que ni la del archipámpano de Sevilla.

Y Blas y Paula se casaron para realizar el cálculo, y pronto, como eran honrados, hallaron quien les diera en renta veinte carros de prado y otros tantos de labrantío, más un par de vacas en aparcería.

Blas era gordinflón, bajito, risueño y tan inofensivo como una calabaza.

Paula no era más alta que Blas, y allá se le iba en carnes y en malicias.

Cogían maíz para ocho meses, partían con el «amo» una novilla cada año y mataban un cerdo de siete arrobas por Navidad. Paula tenía siempre colgados en «la vara», sobre la cama, un jubón de «cúbica» negra, una saya de estameña del Carmen con randa de panilla y un pañuelo de espumilla, para los días de fiesta. Blas, por su parte, nunca estaba sin unos calzones y una chaqueta de paño fino, y un sombrero «serrano» para las grandes solemnidades.

Blas no probaba el vino más que para celebrar los días de fiesta, y en estos casos nunca pasaba de medio cuartillo, y Paula se escandalizaba cuando oía decir que algunas de sus vecinas empeñaban sus ropas o vendían el maíz para beber aguardiente.

Paula y Blas no tenían hijos ni siquiera trazas de tenerlos, como decía la primera; pero, en cambio, se querían como dos palomos, juntos iban a trabajar al campo; juntos al mercado cuando le había en la villa inmediata; juntos a misa, y hasta bailaban en el corro más de cuatro veces, pues aunque eran casados, eran jóvenes, no debían nada a nadie, tenían buen humor y los hijos no habían de echarles en cara esa pequeña debilidad.

Blas solía decir: «Yo no sé qué demonches tiene esta Paula: ella no es del todo bien encará ni se pasa de lista; pero la verdá es que yo no la cambiaría por la mejor moza del lugar. »

Paula decía, a su vez: «Blas es mal empernao, desconcertao de espalda, pica más en bobo que en otra cosa, y con todo y con eso, la baba se me cae de satisfacción cuan yo le miro.

Blas y Paula se jactaban a cada instante de que jamás había habido entre ellos «un sí ni un no», y era cosa corriente en el lugar que en aquella casa nunca se había oído una disputa, ni había sonado un mal garrotazo, ni se había derramado una lágrima.

Paula no comprendía que en el mundo pudiera nadie ser mucho más feliz que ella; y de fijo hubiera juzgado su felicidad superior a todas las de la Tierra, si sus medios le hubieran permitido beber agua con azucarillo y comer bizcochos siempre que se le antojara. Paula, pues, era golosa, pero sin vicio ni cosa que se le pareciera.

Blas no había ocultado nunca a su mujer que envidiaba a todos los hombres que podían, sin arruinarse, beber un cuartillo de vino blanco en cada comida, y echar una siesta de tres o cuatro horas sobre media docena de colchones, precisamente colchones. Blas, pues, amaba la poltronería y el buen vino, pero sin que la carencia de estos regalos bastara a quitarle su buen humor habitual.

Blas y Paula, en una palabra, eran un matrimonio tan dichoso como se puede ser en este pícaro mundo de ambiciones y miserias y donde tan rara es y tan extraña la paz del espíritu.

II

Así estaban las cosas, cuando al salir Blas un día al corral vio que entraba en él un señor, caballero en un rocín, a todos pelos de alquiler y espoliquel al costado.

-¿Vive aquí Blas del Tejo? -preguntó a Blas el caballero.

-Para servir a Dios y a usté -respondió Blas descubriéndose la cabeza y abriendo un palmo de boca y casi otro tanto de ojos y narices.

Apeóse el preguntante; quitó la maleta al jaco; dio unas monedas al espolique, que se largó como un cuadrúpedo haciendo cortesías y muy agradecido, y volvió a preguntar el mismísimo señor al mismísimo Blas:

-¿Se llama tu mujer Paula Turuleque?

-Y, además, Rodero de la Peña -gritó Paula, que atisbaba la escena desde el ventanillo de la cocina, saliendo de un brinco al corral.

-Perfectamente -añadió el recién llegado?. Pues yo soy vuestro tío.

-¡Mi tío! -exclamaron, admirados, Blas y Paula.

-¡Pero, señor -añadió Blas-, si nosotros no tenemos padre ni madre ni perruco que nos ladre!

-¡Se te figurará a ti! Tu mujer debe de haber oído hablar a su difunta madre de un hermano…

-Sí, señor -interrumpió precipitadamente Paula-: mi madre (que en gloria esté) me habló muchas veces de un hermano suyo que se fue, de muchacho, a la otra banda; pero también decía que se había muerto a los pocos años.

-Pues no se murió. Fue, en verdad, un poco ingrato con su patria y su familia durante mucho tiempo; pero, al cabo, pensó en ambas cosas, quiso volver a verlas…, y aquí está, aunque con la pena de saber, por informes que ha adquirido oportunamente, que sólo quedas tú de su familia. Conque, con franqueza, ¿me dejáis vivir con vosotros? Ya veo que la casa no es un palacio ni mucho menos; pero como nací en ella, no la cambiaría por el de los reyes de España; además, que ya tendremos tiempo de reformarla o de hacer otra mejor, que todo se consigue cuando hay dinero, y éste, a Dios gracias, no me falta.

Blas y Paula estuvieron a pique de volverse locos de alegría. A Paula se le nublaron los ojos, le zumbaron los oídos y tuvo un momento de soñar que se elevaba por encima del campanario del lugar sobre una nube de azucarillos claveteada con bizcochos. Blas, no menos atortolado que su mujer, se imaginó que se hallaba tumbado panza arriba sobre una pila de colchones, y que le caía en la boca un chorro inagotable de vino rancio de la Nava del Rey.

Cuando se le pasó el mareo, apresuróse a coger la maleta que tenía su tío suspendida de una mano; Paula sacó al portal una silla de «bañizas» rayada de encarnado y verde, que había en la casa para las grandes ocasiones; sentóse en ella el recién llegado, y los tres, en dulce amor y compañía, comenzaron a departir sobre asuntos del país y de la familia, interrumpiendo Blas de cuando en cuando la conversación para quitar, con muchísimo respeto y previa la frase «aguántese y perdone», alguna mancha de polvo o tal cual película extraña de la levita de su tío.

Representaba éste sesenta años; era delgado y pálido y bastante encorvado, y había en su fisonomía, bondadosa y noble a todas luces, algo que revelaba padecimientos físicos inveterados. Vestía un traje sencillo, pero rico y bien cortado, y llevaba en la cabeza un sombrero de jipijapa de anchas alas.

Y por si ustedes no le han conocido bien, entérense del siguiente retrato que de este personaje hizo Blas a sus vecinos el día siguiente de su llegada:

El hombre pica en vejera, es agobiado de cuerpo, baja la color, muy baja; el ojo penoso y hundío, mucha ojalera, mucha, a manera de cerco ceniciento. Trae un demonches de pajero duro como una peña y blanco que tiene que ver, cadena de oro al pescuezo, corbatín de flaque, carranclán más fino que el del señor cura y botas relumbrantes, que se ve la cara en ellas. Es fino de habla y noblote en su genial, y maneja ochentines como agua.

III

Dos meses hacía que el indiano había llegado a casa de sus sobrinos.

Trasladados a ella los equipajes que había dejado en Santander y hechas algunas reformas indispensables en la habitación que había elegido en la misma casuca, el pobre hombre vivía bastante satisfecho, entregado a los potajes que le disponía su sobrina, si no con gran acierto, con la voluntad y el deseo más nobles del mundo. Los dos esposos comían con él a la mesa y de sus mismos manjares; lo cual no obstante (preciso es confesarlo), siempre se levantaban de ella Blas y Paula un sí es no descontentos y contrariados. El indiano no era goloso ni probaba el vino; por el contrario, se daba como un diablo a los amargos, y, por tanto, comía aceitunas y bebía cerveza por todo regalo. Paula, pues, no veía un azucarillo por un ojo de la cara, ni Blas se hartaba de vino blanco.

Pero, en cambio, tenían unos aperos de labranza nuevos y completos, dos vacas más, otro traje nuevo y fino cada uno, y comían carne y «pan de trigo» todos los días. Debo advertir que Blas, siguiendo aquella famosa máxima del pobre «antes reventar que sobre», por aprovechar los medios puros que tiraba encendidos el indiano, se había hecho un fumador de gran fuerza, a costa de media docena de horribles mareos que le costó el aprendizaje.

Pues, señor, volviendo al indiano, han de saber ustedes que cada día que pasaba le dejaba más flaco y más amarillo, porque el padecimiento que le ocasionaba tal «ruinera», una disentería muy vieja y de fatal carácter, lejos de aliviársele con los aires de su tierra, iba caminando con ellos de mal en peor, tan mal, que hasta el mismo Blas entró con cuidado y le dijo un día a Paula que si aquel «despeño» no se contenía, iba a ir el buen señor a contarlo muy pronto al otro mundo. Y adviertan ustedes que lo mismo que Blas opinaba el médico del pueblo, que asistía al enfermo.

Y tan fundada era esta opinión, que a los pocos días de manifestada por Blas a su mujer, el paciente se halló sin fuerzas para salir de la cama. El médico, al verle así, no se anduvo en chiquitas, y de buenas a primeras le dijo que se preparase en toda regla, porque se las liaba.

Cumplió el indiano, como cristiano viejo que era, con sus deberes religiosos, y previno que quería hacer testamento, por lo cual ordenó que se le trajera un escribano.

Mientras éste llegaba, el mísero paciente aprovechaba la poca tranquilidad de espíritu que tenía para pensar en la distribución que debía hacer de su caudal.

«Pero, señor, ¿a quién se lo dejo yo, vamos a ver? -se decía-. Yo no tengo en el mundo más parientes que Paula y su marido, y, rigor, a ellos les corresponde heredarme; pero ¿qué van a hacer de tanto dinero estos dos bestias? De fijo, dárselo a cuatro pillos que se lo quieran sacar con maña, porque las almas de Dios de Blas y Paula no tienen sentido común. Y si no se lo dejo a ellos, ¿a quién se lo dejo? ¿A un extraño que tal vez no rece un Padrenuestro por mi alma? No, señor. ¿A los pobres? Pobres son Paula y Blas, y además sobrinos míos; y me han cuidado con esmero y me quieren indudablemente. Por otra parte, ¿quién me quita a mí de hacer un legado especial para los pobres, dejando lo demás a mis sobrinos? ¿Y quién sabe si éstos, a pesar de sus cortos alcances, sabrán dar al dinero un buen empleo? … »

«Y, por último -pensó el enfermo, poniendo un gesto como de hiel y vinagre-, ¿qué me importa ya que se lleve Pateta ese caudal que, después de haber sudado el quilo para adquirirle, no me sirve para detener un solo instante la muerte que me amenaza- Decididamente, va a ser Blas un capitalista y el primer personaje del pueblo».

En esto llegó con tres acólitos el escribano, y bajo su fe testó el enfermo, y tan a tiempo, que acabar de poner la firma en el testamento y estirar la pata fue todo uno.

Al salir del cuarto el escribano se encontró con Blas, que andaba dando vueltas, muy afligido, por el «estragal», y entre mil reverencias y sombrero en mano, le dijo:

-Resignación, «señor don Blas»; los altos juicios de Dios son incomprensibles. Él, que ha llamado a su seno a su señor tío, sabe por qué lo ha hecho. Otro día, cuando usted se halle con ánimo más sosegado me permitiré anunciarle las últimas disposiciones del finado; disposiciones, señor mío, por las cuales le felicitara de muy buena gana, si ellas cupiesen al lado del dolor que le embarga sin arañarse con él. Vuelvo, pues, a consejar a usted, «mi señor don Blas», resignación y conformidad, y tengo la honra de saludarle hasta los pies.

Blas, que empezaba a pasmarse del «señor don» que le encajó el escribano, dejó para otra ocasión el cuidado de averiguar el motivo de las dos palabrillas, porque la segunda parte del apóstrofe del oficioso notario dio al traste con su serenidad, y rompió a berrear como un ternero, colocándose en seguida en el cuarto de su tío para convencerse de que realmente había expirado. Paula había entrado en él pocos momentos antes que su marido, y también daba el grito que aturdía el barrio. De manera que al unirse el matrimonio junto a la cama donde se hallaba el aún caliente cadáver del indiano, no parecía sino que se iba a hundir la casa.

Decididamente, Blas y Paula habían tomado cariño al buen señor, pero noble y desinteresadamente. Conste así en elogio de estos dos borregos.

IV

Cuatro días después de este suceso, y cuando ya se hubo honrado y sepultado dignamente al indiano, se leyó solemnemente su testamento en presencia de los herederos. Según él, Blas y Paula quedaban dueños absolutos de todo el caudal del testador, separadas algunas cantidades señaladas por éste para los pobres del lugar, misas por su alma, etc., etc. La tajada que Paula y Blas se llevaban valía la friolera de treinta mil duros.

Al oírlo de boca del escribano, que leía el testamento, los improvisados capitalistas se cayeron de espaldas; y no se murieron de repente, porque no podían comprender entonces lo que aquella cantidad representaba. Todas las ambiciones de su vida juntas no habían pasado de mil reales. Respecto a esta cantidad, sabían cuanto había que saber: lo que abultaba en onzas, en ochentines, en duros, en pesetas y hasta en monedas de cobre; en qué monedas cabía en la faltriquera y en qué otras se necesitaba un taleguillo de «maquilero» para guardarlas, etc., etc. Pero ¡treinta mil duros! ¿Cuándo habían pensado ellos en semejante cantidad?…; qué digo, ¿cuándo la habían mencionado siquiera?

Y cuando el escribano los dejó solos y hubieron pasado los efectos más gordos de su sorpresa, los dos cónyuges se dieron a discurrir sobre la enorme cantidad, y trataron de pesarla y de medirla según sus pobres alcances.

-Digo, Paula -exclamaba Blas rascándose la cabeza y apretando mucho los ojos-, que treinta mil duros deben ser.. ¡Calculo.., ¡una barbaridad de dinero!… Deben ser.. Yo creo que no cabrán en la caldera grande, aunque estén en onzas de oro.

-Yo no sé, Blas, si caben o no caben en la caldera -replicaba Paula, verdaderamente fascinada por la idea de semejante masa de riqueza-; lo que sé es que debemos de ser muy ricos…, ¡horror de ricos.., más ricos que el señor cura, más ricos que el médico, más ricos que ese fachendoso de tabernero que, porque tiene caballo, quiere pisar a too el mundo; más ricos que el alcalde, más ricos que toa la riqueza mesma de cuatro leguas a la reonda. Esto es lo que yo sé, y no quiero saber más.

-¡Calla! -gritó Blas de pronto, dándose en la frente un puñetazo, que a habérsele dado en igual sitio a un becerro, le hubiera dejado redondo-; creo que vamos a saber a punto fijo cuánto abulta ese dinero. Yo voy contando duros uno a uno hasta mil…, ¿eh?; después, otra vez a uno hasta mil tamién, hasta que haga treinta mil pilas de a mil duros ca una…

-¡Treinta no más, borrico! -contestó Paula, dando un puñetazo a su marido.

-Bueno, lo mesmo da: siempre resultará que tenemos una pilá de duros que…, ¡María Santísima!, se me va la vista sólo de pensar en ella. Paece que la estoy viendo: grande, grande, grande, como… No sé cómo es de grande; pero se me fegura que aunque estemos comiendo duros a pienso too el año, no acabamos con ella… ¡Virgen de la Encarnación del Hijo de Dios y de María Santísima y de toos los santos y santas de la corte celestial!

Y Blas, fuera de sí, comenzó a sacudir puñetazos sobre las ancas de su mujer, que se tumbó boca abajo riéndose a carcajada seca, sin darse cuenta de lo que hacía; arrebato que concluyó por levantarse de repente los dos esposos, lanzando berridos y echando cada lagrimón como una manzana «carretona».

-¡En buena hora te casaste conmigo, cachorrón! estaba Paula entre sollozos y tirones de greñas.

-¡No te cantó mal el gallo cuando me engañaste, becerrona! -contestaba Blas, sorbiendo sus propias lágrimas y echando al aire la chaqueta y las albarcas.

-¡Anda, marranón!

-¡Anda, jabalina!

Cuando la calma volvió a apoderarse de los desquiciados espíritus de Blas y de Paula, ésta, después de meditar un largo rato, propuso a su marido llamar al maestro de escuela, que, como hombre de pluma, era el único que podía sacarlos de aquella oscuridad en que cada vez se extraviaban más.

-¡Defectivamente, canijo! -respondió Blas con entusiasmo-. Vea usté y cómo mil demonios no dimos
antes en ello. Y voy a ir yo mesmo por él … ; aunque, bien mirao, ya no debía andar a recaos como un zarramplín cualsiquiera; pero como entovía no hemos apandao la herencia, no estará del too mal visto lo que voy a hacer.

Y Blas salió del corral afuera como alma que lleva el diablo, mientras su mujer se tendió a la bartola en mitad del estragal, riendo y llorando a la vez de puro gusto.

V

Era el maestro, don Canuto Prosodia, hombre enjuto y pequeño de cuerpo, corto de alcances, aunque él creía lo contrario, y muy largo en adular a todo el que podía dar algo.

Vestía ordinariamente traje obscuro de corte humilde con aspiraciones a más elevado; es decír gastaba un aparejo que lo mismo podía llamarse gabán corto que chaqueta larga, y llevaba al cuerpo un corbatín de lana que tiraba a seda. Era gran echador de epístolas los días fexiados, y llevaba toda la correspondencia del lugar con los indianos y jándalos ausentes de él. Blasonaba de muy aplomado en sus pareceres, y esto le valía la intervención en todos los picos de las familias del lugar; tenía, en fin, «mucha» mano con ellas… y mucha cuenta que dar a Dios de los desaguisados que causaba en el vecindario su torpeza o su malicia. Se la echaba de sobrio pero yo sé que tomaba cada turca que ardía Troya; sólo que para emborracharse se encerraba en casa.

Prevengo que ninguno de estos pormenores es de absoluta necesidad en la presente historia, y que sólo los he apuntado porque no me gusta presentar a mis lectores un personaje sin decirles lo que es, para que sepan con qué casta de pájaros tienen que codearse.

Pues, señor, volviendo a lo que más nos importa, Blas y don Canuto Prosodia llegaron a casa del primero cuando aún Paula no se había levantado del suelo, donde cayó desconcertada por la alegría, al salir su marido en busca del pedagogo.

-¿Mi señora doña Paula está indispuesta? -dijo don Canuto, descubriéndose y parándose delante de la mujer de Blas.

_¡Qué indispuesta ni qué canijo! -respondió Paula, levantándose de un respingo-;si tengo más salú que Pateta. Lo que yo quiero es saber en un periquete cuánto dinero tenemos y, sobre too, que no me güelva usté a zamarrear con tanto «doña» ni tanta jeringa.

-A todo señor, todo honor -replicó don Canuto, doblándose a compás-. Pero dejando este punto por ahora, pasemos al que me trae aquí a solicitud del señor don Blas, que ha tenido la dignación de enterarme por el camino de todo lo necesario para el mejor éxito del cometido.

Don Canuto, al decir esto, sacó del bolsillo interior de su chaquetón-gabán un tintero de cuerno y un pliego blanco de ocho dobleces. Destornilló el primero, extrajo del hueco de su cónica tapadera una pluma de ave, limpióla sobre la manga de su brazo izquierdo, llenóla luego de tinta con mucha pulcritud, oprimiendo la parte tallada contra los «tintales» de algodón que contenía el tintero, desdobló el papel dejándole reducido a cuatro pliegues, sentóse en la silla de bañizas, pidió a Paula la «tortera», puso ésta horizontalmente sobre su muslo derecho, y en el suelo y al alcance de su mano el tintero, colocó el papel sobre la tortera y el brazo derecho sobre el papel, pluma en mano, carraspeó dos veces mirando de hito en hito a los dos esposos, que, acurrucados en el suelo, contemplaban en silencio al dómine, jadeando de curiosidad, y con el tono más melifluo acompasado que pudo habló lo siguiente:

-Hame dicho el señor don Blas que asciende la herencia de ustedes a la respetabilísima cantidad de treinta mil duros. Apúntolos, pues. Para reducirlos a reales, los multiplico por veinte, o, lo que es lo mismo, por dos, añadiendo un cero a la derecha del producto que esta multiplicación nos arroje. Tenemos, pues, que los treinta mil duros son lo mismo que seiscientos mil reales.

-¡Echa reales! -dijo Blas sobándose las manos.

-¡María Santísima! exclamó Paula mordiéndose los puños.

-También me ha dicho don Blas -continuó don Canuto- que esa suma está invertida en América, y según reza el testamento, en fincas y empresas a cargo de un apoderado del testador, que cuidará en lo sucesivo de remitir a ustedes los productos de dicho capital, o el capital mismo si ustedes lo desean. ¿No es esto lo que usted me ha dicho, señor don Blas?

-Hombre, precisamente eso mesmo, no; pero eso es lo que he querido decir

-Tanto monta.

-Pero, señor don Canuto exclamó Paula con impaciencia-, lo que nosotros queremos saber es cuánto nos corresponde caa día al respective de esa barbaridá de dinero.

-A eso vamos, señora mía. Suponiendo que el capital produzca un seis por ciento, rédito que me parece muy conforme con la ley de Dios, ganará en todo un año… ¿Por qué método quieren ustedes que hagamos este cálculo? Tenemos dos: uno, que consiste en establecer la siguiente proporción: ciento es a capital como tanto es a interés, según las reglas establecidas por los autores; y otro, que llamamos abreviado, consiste en…

-Déjeme usté de esas andrónimas, señor don Canuto -interrumpió Paula, ya quemada-, y sáquenos usté pronto el montante del dinero, aunque lo saque por el satanincas o por el diaño que cargue con usté y con esa calma condená que se le pasea por los gañotes.

Don Canuto bajó la cabeza un sí es no es contrariado en su alarde de erudición con la andanada de Paula, y comenzó a hacer números con mucho pulso sobre el papel. Blas y Paula seguían con la vista con ávida curiosidad los giros de la pluma de don Canuto, como si conocieran los guarismos que éste hacía. Al cabo de un cuarto de hora levantó el maestro la cabeza, colocó la pluma sobre la oreja derecha, tomó entre sus manos el papel en que había hecho los cálculos, y dijo a los dos herederos, que seguían arrodillados delante de él y mirándole sin pestañear:

-Importan anualmente los réditos del caudal, al seis por ciento, según hemos convenido, treinta y seis mil reales, que, divididos entre trescientos sesenta y cinco días que tiene el año, proporcionan a ustedes un diario de noventa y ocho reales y veinte maravedíes, salvo error de pluma o suma.

-¿Y qué es eso de diario, señor maestro? -preguntó Paula.

-Diario, señora mía, es lo mismo que si dijéramos todos los días; más claro: cada veinticuatro horas tienen ustedes una renta de noventa y ocho reales y veinte maravedíes.

-¡Caraile! Yo creí que nos correspondía más -dijo Blas con cierto disgusto, mirando a Paula.

-Pero, señores, reparen ustedes que ese diario procede solamente de las rentas del capital, que siempre queda entero y de ustedes.

-¡Ahhh! -exclamaron, respirando con placer, los dos bolonios herederos.

-El capital es, como quien dice, una fuente que da cada veinticuatro horas, para ustedes que son dueños de ella, noventa y ocho reales y medio. Claro está que si ustedes no se satisfacen con lo que la fuente mana espontáneamente, pueden acudir al depósito, zambullir en él la cabeza y darse un atracón hasta que revienten o hasta que le agoten; resolución que yo no aprobaría, pues esta clase de fuentes, una vez secas, ya no vuelven a dar, por lo general, una mala gota.

-Aguárdese usté y perdone -dijo Paula de repente, cogiendo al maestro por las solapas del chaquetón?. Pinto el caso de que yo tengo una vaca; la ordeño un día, y me echa en la «zapita» noventa y ocho reales y medio; la ordeño otro día, y me da lo mesmo: esta vaca nunca se seca, y además la vaca es mía. ¿No es así el aquel de la herencia?

-Cabalito -respondió el maestro, desprendiendo, con mucho cuidado, de su gabán?chaqueta las manos de Paula, porque no se llevara las raídas solapas entre las uñas.

-¡Paula! -gritó Blas entre lloroso y risueño-, empiezo a conocer lo riquísimos que semos y que he sío un burro pensando que tú eras rematá de bestia. Y usté, señor don Canuto, toque esos cinco y cuente con un vestío «de arriba abajo» y con un barril de lo blando.

-¡Tanta munificencia! ¡Tanta generosidad!… ¡Oh señor don Blas, yo no merezco semejante agasajo! -replicó el pedagogo, plegándose como un libro y relamiéndose de gusto.

-¡Qué comenencia ni qué grandiosidá son esas que usté emperejila! -añadió Paula, dando manotadas al aire-. Tome lo que le dan sin cirimonia y con toos los sentíos del alma, que usté se lo merece y nusotros podemos darlo…, ¡y mucho más, si se mos pone en el testú!

-Seguramente que sí, y sólo con el recurso de la renta; porque si se propusieran ustedes gastar en veinte años, por ejemplo, todo el capital, que no deja de ser plazo respetable, hasta carruaje podrían tener ustedes, y ujieres y saraos, banquetes y justas o torneos. Acepto, pues, la oferta, aunque conmovido por el reconocimiento. Y con esto no canso más. Terminada mi misión entre ustedes, déjoles entregados a sus risueños cálculos y vuélvome a buscar a mi dulce amigo, el estudio, que me espera en la lobreguez de mi paupérrima morada. He dicho, y soy de ustedes afectísimo seguro y agradecido servidor que sus pies y manos besa, respectivamente.

Y tras esto, salió don Canuto, de espaldas por más señas, dejando más y más aturdidos a los dos herederos con la andanada de carruajes y saraos que les soltó.

Cuando Blas y Paula se quedaron solos, el primero se separó de la segunda tres o cuatro varas; miróla un rato, y se dio en seguida a bailar y a gritar. Paula hizo lo mismo que su marido. De pronto se paró éste, fijó otra vez su vista en Paula, abrió los brazos y gritó, poseído del mayor entusiasmo:

-Paula…, ya lo has oído: isemos riquísimos! ¿Qué te pide el cuerpo?

-Blas -contestó Paula con iguales ademanes y el mismísimo entusiasmo-, ¡muchísimo azucarillo!, ¡horror de bizcochos! Y a ti, ¿qué te pide el tuyo? -Paula, ¡muchísimo colchón!; ¡atrocidá de vino blanco! -¡Pues a ello, Blas! -¡A ello, Paula!

VI

Y aquí entra la parte más lastimosa de esta verídica historia.

Han pasado tres años desde la escena que acabo de referir. Blas y Paula no viven ya en la pobre casuca que heredó de su madre la segunda: han comprado un caserón solariego con portalada y solana y han trasladado a él sus penates. El tal caserón tiene gran corralada y anchas cuadras; pero ni en la primera saltan los terneros ni en las segundas se oyen los mugidos de las vacas, ni las campanillas de los bueyes. Blas, que a veces se la echa de listo, se había reído en más de una ocasión, desde que supo el cuento de boca del oportunísimo señor cura, de aquel labrador de Castilla que solía decir, pareciéndole muy larga la distancia que mediaba entre su casa y sus haciendas: «Si por algo deseo ser rico, es por poder ir a caballo a cavar mis tierras. »

Cuando Blas y Paula cambiaron de morada se propusieron cambiar también de costumbres y dedicarse resueltamente a ser «señores» y nada más que señores. La casuca quedó, pues, con sus ganados y sus tierras, encomendada a un aparcero, que halló con todo ello el cielo abierto. Los flamantes capitalistas sólo llevaron al caserón sus cuerpos, sus ropas nuevas y los equipajes del indiano. A Blas le incomodaba hasta el olor del ganado vacuno, y Paula se compadecía de las gentes que tenían, para comer, que sallar maíces bajo los rayos del sol de junio. «Bastante hemos tirao del mango de la azáa y arrascao las nalgas a las bestias -decía Paula muy a menudo-, y cuando el Señor nos ha puesto en las manos de la fortuna es porque no quiere que trabajemos más.»

No se extrañe, pues, el silencio y la soledad que reinan en la nueva morada de nuestros conocidos: bajo sus carcomidos techos y entre la pesadumbre de sus viejos y resquebrajados muros no hay más seres vivientes que Blas y Paula; un criado zurdo y perezoso, pastor de vacas en los «malos» tiempo de sus actuales amos; un perro holgazán, que lo poco que ladra lo ladra echado, y algunos centenares de ratas y lagartijas.

El mobiliario de la casona se compone de una docena de sillas de perilla, de una gran mesa de nogal, de una cama de lo mismo con un enorme jergón y otra con seis colchones y una escalera de mano arrimada a ellos. La primera es la de Paula, pues no ha habido fuerzas humanas que la reduzcan a dormir sobre lana. «En quitándome a mí -decía- de meter las patas por los agujeros del jergón entre las hojas, no cierro el ojo ni descanso.» Blas era en este punto el viceversa de su mujer: amaba con delirio los colchones, según hemos tenido ocasión de observar; y como eran ricos y podían hacer su santísima voluntad, la una se proveyó de un jergón a su gusto, y el otro se atracó de colchones hasta el extremo de necesitar una escalera para trepar al último de ellos.

Entre las dos sillas que apenas se ven en el anchísimo salón en que están colocadas hay un gran armario.

Este armario está dividido, interiormente, en tres departamentos: en el superior hay pan y algunas otras municiones de boca; en el centro, cuatro vasos de a cuartillo y dos grandes envoltorios: uno, de azucarillos, y otro, de bizcochos; por último, en el interior, se guarda, cuidadosamente calzado con tacos de madera, un barrilito de cántara, con canilla de metal, haciendo la guardia de honor dos vasos de a cuarterón, a cortadillos.

Y ahora que conocemos estos detalles de la casa, digamos algo de los que la habitan.

Paula no es ya aquella morena rechoncha que vendía salud y alegría cuando ustedes la conocieron: está flaca como un espárrago, y vela su morena faz un tinte amarillento que tira a cárdeno; es apagada y triste su mirada, y su voz, débil y penosa; anda a cortos pasos, y así y todo, vacilan sus piernas bajo el leve peso del descarnado tronco. No sale de casa más que para ir a misa y se pasa los días tendida en la solana.

Blas, aunque no más risueño y alegre que su mujer, es físicamente lo contrario de ésta. Ha echado un morrillo como un toro y un vientre que mete miedo. Anda con dificultad por la excesiva gordura de sus muslos, y parece que echa lumbre por los ojos, las mejillas y la punta de la nariz. También sale poquísimo a la calle, y tantas horas como su mujer en la solana, se pasa él tumbado boca arriba encima de los colchones de la cama.

El criado y el perro huelgan siempre, y sólo están alegres cuando están comiendo.

¿Cuáles son las causas que han producido un cambio tan radical y tan rápido en el carácter de nuestros simpáticos amigos Paula y Blas?

Van a conocerlas ustedes.

Al saberse en el pueblo la noticia de que éstos habían heredado al indiano, la mayor parte de los vecinos se sintieron mordidos por el demonio de la envidia, y ya que no podían deshacer con su mala intención lo hecho por la bondad de aquél, decían a cada instante: «¡Qué lástima de dinero! » Lo cual significa, para todo el que conozca un poco a ciertas gentes: «Les cayó a los herederos la lotería con la guerra que les vamos a armar si no aflojan la mitad de lo heredado.» Otra parte del vecindario recibió con indiferencia la noticia, y otra parte, la más pequeña, por supuesto, se alegró de buena fe al saber que Paula y Blas habían salido de pobres.

Cuando se «corrió» que éstos habían recibido la primera remesa de fondos, su casa no se pudo cerrar en todo el santo día de Dios.

-Soy la hija del tío Juan Pendejo -dijo una muchacha mal ataviada, con la greñas sobre la frente y dos dedos de roña sobre la piel, presentándose en el portal de Blas- y vengo de parte de mi padre a que me emprieste veinte riales pa mercar un celemín de fisanes pa la olla.

Blas prestó los veinte reales a la hija de Juan Pendejo.

Tras la hija de Juan Pendejo se presentó la mujer de Antón Cervatos.

-Vengo al efeuto, Blas, de que tengas la caridá de darme dos duros pa ver de pagar ocho riales que debemos al peganio por el demonches del destrozo que hizo la vaca en la heredá del señor alcalde, y pa ayuda de un poco de maíz que llevar al molino, que too lo pagaremos, como Dios manda, a vuelta de viaje de mi hombre, que está a porte.

Blas aflojó los dos duros.

Tras de la mujer de Antón Cervatos llegó Pedro Baldragas.

-Cuando Dios da, no da pa uno solo, amigo Blas -dijo Baldragas-; yo, como sabes, tengo seis meses hace la mujer en la cama, baldeá de un lao; hay malas lenguas que icen que el baldeo fue a resueltas de una paliza que yo la di; pero eso son malos quereres, porque bien sabe Dios que la condená de la golosona, por ir a robar higos al güerto del vecino, se cayó de un higar, y de la caída se quedó como está. Al respetive de esto, debo al boticario, que porque ice que el daño es de mano airá, no me quiere dar las melecinas por el asalareo, dos cantabrias que le encajó el médico en sóbala-parte, por gallinas que me fió la vecina, y tengo que comprar dos celemines de maíz para dar de comer a los hijucos de Dios, que no han probao bocao de ayer acá. De modo y manera es que vengo aquí al ojeuto de que me emprestes un ochentín, que yo te pagaré antes de ocho días, porque voy a vender el prao de cinco carros.

Blas largó también el ochentín, y más tarde dos ducados, y más tarde un doblón, y en seguida medio duro, y en seguida… yo no sé cuánto, porque en dos días todos se dieron a pedir y ni una sola vez se negó Blas a dar.

Pero el asunto se iba poniendo serio, tan serio, que apenas les quedaba a los benditos herederos, de la primera remesa de dinero, lo más preciso para satisfacer sus más perentorias necesidades. Merced a esta circunstancia, tampoco pudo Blas dispensarse de ir pidiendo los préstamos que había hecho a medida que iban venciendo los plazos. Pero los benditos aldeanos, que ya se habían propuesto vivir a costa de la herencia del indiano, como si fuera hacienda de perdidos, recibieron las justísimas negativas y reclamaciones de Blas como una bofetada. Acusáronle, primero por lo bajo y luego a grito pelado, de «fantesioso», de «agarrao», y, sobre todo, de bragazas y rocín, y a su mujer, de «tordona», de «piojo resucitao» y de «tarasca». Amenazáronlos con el rigor de sus venganzas; y puede asegurarse que desde aquel día infausto empezó a nublarse la estrella feliz de Blas y Paula, que jamás habían tenido un enemigo en el pueblo y estaban acostumbrados a dormir a pierna suelta sin penas ni cuidados.

Estrenaba Paula un vestido y se iba con él a misa mayor: un runrún de risas y cuchicheos la seguía desde su casa a la de Dios. Si era largo el vestido, que por qué no era corto; si era corto, que por qué no era largo; si era fino, que por qué no era basto; si era basto, que por qué no era fino; que tarasca por arriba, que bestia por abajo, que holgazana por acá, que golosaza por allá.

Presentábase Blas en público con una chaqueta un poco más larga y más fina que las que antes había gastado, y la pública murmuración no callaba un instante: que morral, que «señor mal acomparao», que talego de pesetas, que si debió o no debió soñar en verse tan alto, que burro, que pollino y que marrano.

Un servicio que se presta gratis entre convecinos les costaba a ellos un dineral, y una riña escandalosa, amén de una indemnización arbitraria y enorme, el menor desliz cometido fuera de casa por el gato o por el perro.

Sabíase en todo el pueblo lo que comían, lo que bebían, las horas que pasaban en la cama y las que destinaban a sus sencillos recreos; los planes que les preocupaban y las cantidades que recibían; siendo cada uno de estos asuntos un incentivo para la incansable maledicencia del vecindario.

Dos meses se necesitaron para que Blas y Paula se enteraran de esta guerra cruel que la mayoría de sus convecinos les habían declarado. Eran inofensivos, y sólo deseaban al prójimo bienes y felicidad. ¿Cómo habían de suponer que hubiera una sola persona en el pueblo que se doliese del fortunón que se les había entrado por las puertas?

Cuando Blas conoció la amarga verdad, estuvo un cuarto de hora haciéndose cruces, y exclamó después hablando con Paula:

-Pero ¿quién ha dicho a esa gente que yo no soy el Blas de siempre y que no eres tú la Paula de ayer? ¿No damos lo que se nos pide y algo más, mientras lo tenemos? ¿No es justo que se nos devuelva cuando lo necesitamos? ¿Salimos al camino con un trabuco para robar la riqueza que tenemos? ¿No fue la voluntá de Dios la que nos la trajo a casa? ¿La hemos pintao nosotros de señores finos en ninguna parte? Si hemos dejao la labranza y vestimos y comemos mejor que endenantes, ¿lo hacemos a costa de naide? Luego, ¿qué mil demonios de rézpede tiene esa gente contra nusotros?

Paula lo echaba todo por el amor de Dios, y no sabía qué contestar a su marido.

El señor cura y los pocos buenos vecinos que se alegraban de la prosperidad de estas dos sencillas criaturas les aconsejaron que se hiciesen sordos a las murmuraciones de los malévolos, que se apartasen de todo trato con ellos y que les hiciesen todo el bien que pudieran.

Blas y Paula tomaron el consejo al pie de la letra y cerraron con doble vuelta la portalada de la casona, que sólo se abría cuando la verdadera necesidad llamaba a ella.

Pero ¡ay!, no era bastante este recurso contra el mal que los amenazaba, porque no era el mayor enemigo de la felicidad de Blas y Paula la maledicencia de algunos envidiosos. El demonio que había de perturbar la ventura de su soñado paraíso le llevaban ellos consigo, encarnado en su excesiva sencillez y casi primitiva inexperiencia.

Pensaban Blas y Paula, como piensan muchos en el mundo, que el mayor mal de todos los males conocidos es ser pobre, y, por consiguiente, que tener mucho dinero es el bien supremo de la Tierra; con esta errada máxima por norte, acogieron con frenética alegría las talegas del indiano y se desprendieron con ingrato desdén de su antigua honrada pobreza, sin pararse a considerar una sola vez siquiera que ésta satisfacía todas sus cortísimas necesidades, y que con ella habían sido completamente felices muchos años; es decir, que era punto menos que imposible que todo el rico tesoro de la herencia del indiano les proporcionara vida más placentera que la que les habían proporcionado hasta allí cuatro terrones y una casuca.

Pero lejos de pensar así, porque a gentes que calzan más puntos que nuestros personajes les sucede lo mismo, diéronse Blas y Paula a satisfacer los más ardientes deseos de toda su vida.

Ya sabemos cuáles eran estos deseos. Paula hizo abundante provisión de azucarillos y bizcochos, y Blas, de vino blanco y de colchones. Sustituyeron la olla de berza y la borona de antaño con un puchero bien provisto de carne y garbanzos, y con pan de trigo; hiciéronse un traje fino para cada uno, y pare usted de contar. Para aquellas dos almas benditas no había más que apetecer en el mundo Paula usaba el agua azucarada y los bizcochos hasta en la comida, en lugar del agua natural y del pan.

Al levantarse de la cama, agua con azucarillo; si el calor de la cocina la molestaba un poco, agua con azucarillo; si el sol picaba, agua con azucarillo; para salir a la calle, agua con azucarillo; al volver a casa, agua con azucarillo, y agua con azucarillo al acostarse, y al despertar, y al volver a dormirse. El cuerpo de Paula era una tinaja que no se llenaba nunca, y, lejos de eso, más agua pedía cuanto más agua se le daba.

De un abuso semejante resultó lo que era indispensable que resultase. Pervertido aquel estómago con tanto y tanto jarabe, lo mismo era darle alimentos sólidos y suculentos que enviarlos enhoramala con la fuerza de una catapulta. A los quince días el alimento de Paula estaba reducido a dos docenas de azucarillos, a media libra de bizcochos y a un cuarterón de chocolate cada veinticuatro horas; tenía una sed insaciable, y comenzó a palidecer y a perder su buen humor.

Blas, que se pasaba el día comiendo cada tajada que metía miedo, bebiendo a pasto vino blanco y roncando sobre una pila de colchones, notó la alteración física que había experimentado su mujer, y no pudo menos de decirle:

-¿Qué mil demonches de ruinera es esa que te come de tiempo acá, y no parece sino que te dan la ración en dinero?

-Yo no sé lo que es esto, Blas ?replicó Paula con acento triste?, pero harto será que algún mal querer no me persiga. Porque, si no, ¿por qué no había de estar yo partiendo de gorda?

-Pué que no te siente bien lo que comes.

-¡Que no me sienta bien, y estoy comiendo dulce todo el santo día de Dios!

-Verdá es.

Y entrambos quedaron conformes en que no podía ser el alimento la causa de la ruinera de Paula.

Un día le dijo su marido:

-Parece mentira; pero los días se me hacen años, y si no fuera por el qué dirán, me largaba al monte a hacer un carro de leña, o a levantar un vallao, o a segar media ocena de «lombíos». Y el demonches es que cuando éramos probes no me sucedía nada de esto: ahora con el ganao, dempués en el campo y más tarde en el avío de los trastos de labranza, se me iba el tiempo en un periquete. ¿Cómo diaños se las arreglarán los señores de la villa pa estar siempre contentos y entreteníos? Pus a fe que nusotros tenemos tanto dinero como ellos, comemos de lo bien que se pué comer y vestimos lo que nos da la gana. ¿Qué te paece a ti, Paula?

Y Paula, que aún tenía el ánimo más aplanado que su marido, no pudiendo explicarse la causa de ello, achacábalo, como todo lo malo que le sucedía, a los malos quereres, y echábalo por el amor de Dios.

Pretendió Blas en una ocasión aprender a escribir o, cuando menos, a leer, pues no se le ocultaba lo necesario que esto le era en su nueva posición. Llamó a don Canuto; participóle su proyecto y hasta recibió del dómine las primeras lecciones. Un mes necesitó para llegar a conocer las letras del abecedario; y como le fuese imposible aprender a formar sílabas, tiró el libro por la ventana y renunció a su provecto, fundándose en que le iba a costar muchos malos ratos y no estaba dispuesto a pasarlos, ya que sus medios le permitían vivir sin penas ni cuidados.

Entre tanto, iba engordándole el pescuezo más y más, y coloreándosele los ojos y las narices, y aumentaba cada día su ración de vino blanco y las horas de reposo sobre el montón de colchones.

Paula, por el contrario, enflaquecía visiblemente y perdía por horas el sano color de su cara; pero también aumentaba sus raciones de bizcochos y agua azucarada.

Al criado zurdo se le iba el día en escanciar vino a Blas y agua fresca a Paula.

Ni las observaciones del señor cura ni las de don Canuto, únicas personas que penetraban en la casona, pudieron convencerlos de que se estaban matando con semejante método de vida; que había otros goces muy distintos del dulce y del vino blanco al alcance de su caudal, si querían reformar su educación, y, por último, que treinta mil duros, disfrutados como ellos los disfrutaban, lejos de ser una fortuna, eran una calamidad.

Hacía ya un mes que Paula no hablaba más que lo puramente preciso, por lo cual no contestaba nunca a estas observaciones. En cuanto a Blas, sostenía y sostenía desgraciadamente la verdad, que Dios le había hecho así y que le era imposible amoldarse a otras costumbres más refinadas.

Y pasábanse los días, y Paula no se saciaba de bizcochos y agua con azucarillo, y bajaba el color de su cara, y enflaquecía su cuerpo y se abatía su ánimo; engordaba el morrillo de Blas y subía el color rojo de sus narices, ojos y mejillas; crecía su afición al blanco y a las siestas sobre los colchones, enronquecíasele la voz y se iba haciendo su paso más lento y más inseguro. Llegó el caso de no cruzarse en todo un día una sola palabra entre ambos esposos, que apenas salían el uno de la solana y el otro de la alcoba, en los cuales sitios se entregaban, con la fiebre de la pasión, a sus respectivas devociones.

Dejaron de visitarlos el cura y don Canuto, porque al entrar en la casona no hallaban con quién hablar; continuaron en el pueblo criticándolos y calumniándolos unos, compadeciéndolos otros y conviniendo el resto en que la herencia del indiano había sido para los herederos como una maldición de Dios, lo cual era la pura verdad.

Y aquí tiene el lector explicada la causa de la situación física y moral en que hemos visto a nuestros personajes al comenzar este capítulo.

El médico del partido se propuso algunas veces poner en pura a la pobre Paula, que indudablemente caminaba a un fin desastroso; pero siempre tuvo que desistir de su noble plan, porque para llevarle a cabo era preciso empezar por proscribir de la casona los bizcochos y los azucarillos, y Paula no creía, aunque lo jurase la ciencia de curar, que el dulce hiciera mal a ningún cuerpo humano.

Blas opinaba lo mismo respecto del vino blanco, y ambos atajaban los razonamientos del médico que quería ponerlos en cura con el siguiente argumento, que no dejaba de ser lógico, a la cerril usanza:

-¿No dice usté que un poco de dulce y un poco de vino hacen provecho, no digo a un sano, sino a un enfermo? Según esto, mucho vino y mucho dulce deben hacerle mucho más y de aquí no salían estos majaderos ni a palos.

Con muchísima frecuencia recordaba Blas aquellos felices días pasados entre las faenas agrícolas de sus tiempos de pobre, y hasta el alma le retozaba de placer cuando se imaginaba que tenía una pareja de cuarenta doblones con anchas colleras de campanillas, una carreta ligera y bien claveteada, con «pértiga» de armadura vizcaína; que él iba con la aguijada al hombro por el camino real al lado de sus bueyes, echando un cantar al son de las campanillas; que tenía, además, una cabaña de vacas gordas y relucientes, y un cierro de doscientos carros de tierra con pared de cal y canto, y que iba al corro los domingos con un puñado de siemprevivas en el sombrero, al lado de Paula, que relinchaba de contenta.

Pero el muy zopenco, en lugar de agarrarse a tan sencillo y placentero goce, que estaba a dos deditos de su mano, apresurábase a darle al olvido como una mala tentación, empeñado en que, ya que era rico, debía vivir «como un señor.»

Y para remachar más y más el clavo de su majadería, dábase al blanco con mayor empeño, y engordaba; es decir, se agotaba más y más cada día; tanto que, entorpecidas sus fuerzas y debilitada en extremo su cabeza, y no atreviéndose a trepar por la escalera de su cama, se había visto precisado a ir quitándole colchones para hacer menos expuesta la subida.

Tres tenía solamente cuando Paula, que ya no pensaba porque estaba hecha un madero seco, le llamó un día desde la solana, donde estaba encogida como un ovillo, y bebe que te bebe agua dulce.

Acercósele Blas con mucho trabajo y con gran sorpresa, porque su mujer hacía dos meses no pronunciaba otra palabra que «agua.»

-¿Qué quieres? -le dijo cuando se halló a su lado.

Paula, sin levantar la vista del suelo y manoteando en el aire, contestó con voz débil y cavernosa:

-Quítame estos azucarillos que están cayendo alreguedor de mí.

Blas se hacía todo ojos, y así veía azucarillos como mamelucos.

-¡Uf! -exclamó Paula-, agora me ha caído en la cabeza uno que pesa media arroba… Y también tengo un bizcocho atravesado en el pasapán …

Blas se restregaba los ojos para ver más claro; pero ni por ésas.

Paula continuó:

-Mira hacia el corral: todo está lleno de azucarillos que caen de las nubes como si granizara… ¡Huy!, otro me ha caído en metá, en metá del testú; mira a ver si sangro… Y agora se me ensancha el bizcocho del pasapán, y caa vez más… ¡Ayyy!…

Y Paula, al decir esto, encandiló los ojos, estiró una pata y luego otra, y fue a digerir el bizcocho al otro mundo

Epilogo

La última vez que yo vi a Blas estaba tumbado en la cama, que no tenía ya más que dos colchones.

Las manchas rojas de su cara se habían vuelto cárdenas, y tenía la nariz lo mismo que un tomate podrido. Apenas abría los ojos y no podía mover las piernas, que eran dos postes por lo abultadas. Costóle mucho trabajo reconocerme, y a las palabras que le dirigí lamentándome de su estado, me replicó, con voz ronca y pausada, estas otras:

-Yo me tengo la culpa de too lo que me pasa. Quise ,echámela de señor, sólo porque tenía rentas, y no hice caso de lo que tantas veces oí al señor cura hablando del alcalde, que fachendeaba mucho: «Para ser buen arriero hay que ser hijo de rocín-» Yo tengo mucho dinero; pero, por no saber gastarlo, he reventao con ello … ; y que no vale mentir. Paula se murió atracá de azúcara, y yo me voy a morir hinchado de vino blanco… ¡Permita Dios que a ningún probe le caiga encima de repente, como a mí, una herencia tan grande como la de mi tío!

En su vida había estado Blas tan cuerdo como lo estuvo al proferir esta jaculatoria.

Tengo para mí que si los herederos del indiano hubieran hecho lo que pensaba hacer el labrador de Castilla en el caso de que le tocara la lotería, es decir, aprovechar la herencia para ir a caballo a labrar la tierra, hubieran sido muy felices.

¡Era más cuerdo de lo que parecía a primera vista el rancio castellano!

Recomiendo su consejo a los que, siendo felices en la pobreza, reciban una visita de la caprichosa Fortuna; en la inteligencia de que es más difícil que adquirir grandes riquezas el saber gastarlas.

Acerca del autor

José Maria de Pereda

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