Relatos Cortos

María Isacia

Los milicianos dieron un portazo. La cal del dintel se
descascarilló cubriendo el tranco de blancas hojuelas. Arrastraron
a María Isacia calle abajo apretando las flacas carnes de sus
brazos. La puerta se volvió a abrir de inmediato y una sombra
trapajosa y turbia corrió dando alaridos tras de ellos: ¡Mi hija,
mi hija! ¿Qué vais a hacerle? ¡Es tonta, es mi tonta! ¡Dejad a mi
tonta! ¡Ay, ay… mi tonta…!
María Isacia no entendía nada. Volvía la cara entre aquellos
hombres que la arrastraban, con los ojos muy abiertos, redondos,
sin expresión, y miraba a su madre correr con dificultad
por seguirlos, sin parar de gritar: ¡Mi hija, mi tonta! ¡Socorro!
¡Mi hija! Como un chaparrón de locura.
Había nacido María Isacia la noche en que el barranco se
salió del cauce, arrancando los parrales de los huertos que lo
enfilaban y dejando el antiguo cementerio abandonado, embarrado
y con los nichos abiertos como ojos vacíos, en cráneos de
desdentada ancianidad. La parturienta había sufrido tanto, que
a dentelladas arrancó el grueso bordado en seda que cubría el
embozo de la sábana de hilo de su bisabuela. El padre no conoció
a la niña hasta la mañana siguiente. Aquella noche todos los
hombres del pueblo habían trabajado, hora tras hora, por contener
la riada. Subía calle arriba, descompuesta ya la oscuridad
de la noche en insulsos y pálidos albores, cuando le dijeron que
su hembra había parido una niña. Escupió, precipitando la saliva
por la comisura de los labios y musitó:
¡Leche joía.! Al pronto no entró a verla. A los pocos días
la bautizaron: María Isacia. Así se había llamado su abuela y la
madre de ésta y todas las hijas mayores nacidas en la familia
desde no se sabía cuando.
El cielo parecía reventar las paredes blancas de la casas,
los soportales no se abrían nunca.
Retuvieron a la mujer mayor en una esquina. Forcejeó,
maldijo. La dejaron seguirlos a distancia; eran forasteros. Tomaron
la trocha que subía hasta la ermita de los santos mártires,
junto al cementerio nuevo. Los guijarros del cerro rodaban al
despedirlos las botas de los hombres. La tonta había perdido
una alpargata y le sangraba el pie, de tiempo en tiempo sus
ojos se escurrían cerro abajo hasta el pueblo y miraba
acuosamente; no conocía el lugar, no musitó una palabra.
Pasaron junto al cementerio. Había allí algunas mujeres
que se escondieron tras las tumbas al ver venir a aquella desgraciada,
arrastrada como un pendón por los milicianos. La vieja
les gritó: -¿Qué ha hecho? ¿Qué ha hecho?, si es tonta. Decidlo
vosotras ¿que ha hecho? No le hacían caso. Se revolvió y en un
alarido supremo, llamó desesperada:
¡Antonio, Antonio, Antonio…!
Llevaba enterrado tantos años, que ni los huesos quedarían
en la tierra. Murió de pulmonía. En su lento agonizar, se
lamento tres veces seguidas por su tonta. Llamo a su mujer y
apretándole las manos, le pidió que cuidara de sus niñas. Aquella
noche acabó.
En el velatorio, cubierta por un negro manto de gasa, no
se separó de ellas. Eran una trinidad oscura y fría que no dejaba
de llorar. María Isacia había seguido siendo desde aquel día el
doble de su madre en el invierno, junto a la lumbre; la sombra
que sigue al perro, fielmente, en el verano.
Su hermana no era tonta, y pronto se cansó de
velas y rosarios. Fregaba el suelo dando trapajazos que hacían
subir el agua pared arriba y cuando daba de comer a los animales
los apaleaba con algún pretexto.
La tonta no salía del portal, sino a misa, y del brazo de su
madre. La otra, escardaba la hortaliza, segaba, vendimiaba o
recogía palos en las riadas disputándolos a los mozuelos entre
el agua y el lodo.
Entraba y salía a deshoras y se empinaba los pechos bajo
los lutos a escondidas de su madre. Algunos la habían pellizcado
al subirla o bajarla de las bestias y decían las vecinas que
cuando lavaba en el río se abría el vestido para revolver a los
hombres que pasaban por la orilla contraria, fueran mozos o
casados. Entre los hombres se hablaba en la taberna que tenía
los muslos duros y morenos bajo las ligas y que mordía los labios
al besar. La acechaban como lobos, con los ojos inyectados
en sangre y una cargazón entre las ingles molesta y desesperada.
Las panas crujían en los corrales y las albarcas de goma y
esparto quedaron perdidas en las alamedas entre la hierba tierna
de los ribazos. Todos decían haberla conseguido alguna vez.
Pero las palabras roían los corazones como incansable polilla y
las miradas de deseo se fueron tornando torvas y afiladas por el
odio, alimentado por un hambre jamás saciada.
María Isacia era el vivo retrato de su hermana, pero era
tonta y no salía de su casa. No sabía casi hablar y reía o lloraba
sin ton ni son, como una campana vieja mecida por el viento.
Cuando gemía acurrucada como un perrito abandonado, su
madre le gritaba:
– ¡Qué pena que no seas como tu hermana!
Luego cuando oía criticar a su hija pequeña hubiera querido
verlas muertas a las dos.
La niña no podía más; cuando llegaron a la ermita la sentaron
junto al dintel y prepararon los mosquetones.
Dos de ellos alejaron a la madre arrancándola del suelo
furiosamente. Sonaban los cerrojos de las armas. La iban a fusilar.
Fusilarla. ¡Fusilar a su tonta! Le crujían las palabras en las
sienes como nueces secas volcadas en un caldero metálico. Dejó
de chiflar y dos hilos de lágrimas se escurrieron por entre los
surcos quemados de su piel convirtiendo su furia en desesperación
y silencio. Un vacío terrible le inundó el vientre, le subió al
pecho y flotó en su cabeza entre los huesos agotados de su
cráneo,
-¡Dios, Dios! ¿Qué ha hecho? ¿qué ha hecho? ¡Dios,
Dios, Dios..!
Se comentaba en las cocinas. Se sabía que vendrían por
su hija. El pueblo entero la acusaba de participación con el mando
en las matanzas que asolaban las cortijadas y las casas vecinas
dejándolas sin lo mejor de sus hombres. Aquella pendeja quería
borrar del pueblo a los que la habían gozado. Era una venganza.
Amanecían huidos, muertos a tiros por la espalda, atravesados
en los caminos, escondidos en los zarzales desnudos y machacados
sus órganos, o tirados, atados de pies y manos, en los
barrancos o en los estercoleros.
La tenían sentenciada. Hacía meses que buscaban la ocasión,
pero nadie quería ser el responsable que la detuviera.
Ahora no podían dudar ni un día. Se perdían posiciones y
se iba a la desbandada. Grupos de forasteros pasaban por el
pueblo contando los descalabros sufridos por las milicias. La
venganza y el odio empaparon los campos. A estos hombres
ajenos al lugar al que llegaban se les encargaban los fusilamientos.
Cuando llamaron al portalón de la cuadra, la tonta temblaba
junto a la lumbre. Tenían a su hermana escondida en el
entabacado desde hacia varios días. No lo supo ningún vecino.
Los golpes eran secos y contundentes. La mujer abrió. Eran seis;
ninguno tenia mas de cuarenta años:
-Tu hija, ¿dónde la tienes?
-¿Mi hija? No sé dónde anda.
Vieron a María Isacia acurrucada en el cocinón.
-¿Es aquélla?
si es mi hija, ¿que queréis? ¡Es tonta, no ha hecho
nada ¡ ¡No se ha movido de ahí!
La cogieron por los brazos y se la llevaron. Dieron un
portazo al salir. La mujer se abalanzó contra la puerta.
Ahora era tarde. Estaban decididos a terminar, cargaron
las armas. El cielo parecía desmayarse sobre las tejas de la ermita.
-Es tonta, no ha hecho nada. No es la que buscáis, es
tonta, !mi tonta!
La alejaban. María Isacia veía a su hija acurrucada en el
suelo, con los ojos espantados como un animalito asustado.
Hizo un esfuerzo y le gritó: ¡María Isacia, María Isacia! ¡Corre,
huye, corre! La tonta se alzó del suelo como si tirara de ella
un resorte:
– ¡Mama, mama!.
Sonó la descarga y se desplomó como una cortinilla de
humo, lentamente, doblando las rodillas, sin cerrar los ojos redondos,
sin expresión, abiertos para siempre.

Acerca del autor

Fernando Alguacil

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