Relatos Cortos

Los acantilados del tiempo

A menudo el camino hacia los cataclismos más pavorosos
corre a través de menguados bancales: en algunos de
nuestros urinarios públicos se encuentran, a veces, trozos
de pan depositados allí intencionadamente por urófagos
que luego recuperan de noche para comérselos con voluptuosidad.
Bajo la puerta despintada de un servicio de la
plaza Dorantes, albergado en las formas de un reseco, humilde,
casi imperceptible trozo de pan, se halla el último
de los Mitos del Centro, el último de los mágicos objetos
del Orden, de los cifradores de energía espiritual, de los
puntos de apoyo sobre los que descansa el Cosmos en perfecta
armonía, el insospechado sucesor del roble de Merlín,
del qutb, de la viga de oro, de la montaña mística de
Qâf, de la lira de Apolo, del árbol de los gasikas, del Zahir,
de los cuernos del toro Uznul. Sin sus arcanos, sin sus
múltiples ónfalos, el Universo no sería más que un puñado
de polvo en una violenta tempestad, un vórtice carente de
leyes espaciotemporales, campos magnéticos y fuerzas
gravitatorias. Ahora, por un motivo desconocido, el eje de
todo reside en ese trozo de pan blanco hasta que es pisado
inadvertidamente por alguien. Y el sonido de su extinción
no resuena como el horrible estallido de un erizo al aplastarlo
con el tacón, sino más bien como el manso silencio
de esas flores que mueren cuando se las ilumina, como el
silencio dilatado que antecede a un estruendo y quedan
calladas las bestias, las brisas, las mareas, las estrellas.

Relámpagos

Un rayo fulminó nuestro palo mayor, arrojándome a la
helada negrura de las aguas. Olas como cordilleras arremetían
contra el barco, que crujía y cabeceaba espantosamente,
guiado a la condenación de las rocas de bajío. La
corriente me arrastró hasta el fondo, entre bocanadas, con
la vista fija en las trombas de espuma de la superficie que
se alejaba, hasta que unos brazos atraparon con fuerza mi
cabeza y me devolvieron al aire. La matrona, bajo la cegadora
luz del quirófano, dio unas vigorosas palmadas en mi
espalda de recién nacido, depositándome sobre el pecho
de mi madre, que sudaba y jadeaba aún por la dificultad
del parto. Redoblé mi llanto, deslumbrado por la blancura
del lugar, pero reconocí entonces el gorgoteo de un alimento
invisible. Convergía hacia dos boyas que se mecían
en la suavísima resaca, llamándome. Atrapé con furia aquellos
pezones maternales en busca de una promesa de saciedad.
Mi lengua bordeó los senos, descendió luego por un
costado, invadió impetuosa los muslos y se demoró en el
centro magnético del cuerpo de mi amante. Ya de madrugada,
el rumor de su marido tras la puerta me empujó
despavoridamente bajo la cama. Me latían las sienes. Petrificado
entre los muelles y la alfombra de felpa, la vergüenza
dejó paso al enojo. Renuncié a la seguridad de un
horizonte de zapatos y tiempo estancado y asomé fuera la
cabeza. Una de las balas enemigas hizo rechinar mi casco,
devolviéndome al barro de la trinchera. Demonios de humo
danzaban en la noche. Las explosiones de mortero se sucedían
sin intervalos ante aquel lodazal ensangrentado.
Recobré mi fusil, rugiendo de desesperación y sed
irrefrenables, me afirmé sobre los pies y apunté
impulsivamente hacia la llanura. Mi disparo derribó al ase-
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sino de mi hijo mientras se celebraba el juicio por el crimen.
Hubo en la sala agitación de bombines y cuellos de
celuloide, pero ese acto alivió mi cólera y mi amargura y
pude rememorar por fin, sin estremecerme, su rostro tan
grave para un niño de nueve años. Los guardias del tribunal
me inmovilizaron de inmediato, obligándome a sentarme
con cierta rigidez. Ajustaron después las correas de la
silla eléctrica contra mis miembros. Cerré los ojos, como
si ello me permitiera eludir la ejecución o creyese vivir en
la linde un sueño interminable. Cuando alguien accionó
los conmutadores del cuadro, la descarga bramó salvajemente
a través de mi piel calcinada, fluyó por los muros de
la penitenciaría, retornó a las alturas y perduró allí hasta
asimilarse a un rayo que fulminó nuestro palo mayor, arrojándome
a la helada negrura de las aguas.

Danza de espadas

Tras blandir su espada flamígera contra Adán y Eva, el
ángel del Paraíso la hunde en la roca dispuesta expresamente
para que el rey Arturo, más tarde, desclave Excalibur.
Esta torpeza del ángel, su imprecisión cronológica y
topográfica, desencadena deplorables espectáculos: la espada
Muérdago -única que puede hacerlo- no acierta a matar
al gigante Balder, para regocijo del monstruo; la espada
que pende sobre la cabeza de Damocles, sostenida sólo
por una fina crin de caballo, se precipita fatalmente; Roldán
no encuentra por ningún lado su espada Durandarte y, pese
a la previsible humillación, se defiende a bofetadas del
enorme ejército que lo reduce al instante en los Pirineos; a
falta de la mágica y temible espada que perteneció a su
padre, Sigfrido se esfuerza en atravesar al dragón Fafnir
con una Tizona de plástico, lo cual le acarrea no pocas
burlas del gremio de animales mitológicos; y lo que es peor,
no llega a mis manos ese as de espadas que necesito desesperadamente
para ganar el juego en el que, esta noche, he
apostado mi vida.

El proyecto

El niño se inclinó sobre su proyecto escolar, una pequeña
bola de arcilla que había modelado cuidadosamente.
Encerrado en su habitación durante días, la sometió al
calor, rodeándola de móviles luminarias, le aplicó descargas
eléctricas, separó la materia sólida de la líquida, hizo
llover sobre ella esporas sementíferas y la envolvió en una
gasa verdemar de humedad. El niño, con orgullo de artífice,
contempló a un mismo tiempo la perfección del conjunto
y la armonía de cada uno de sus pormenores, las innumerables
especies, los distintos frutos, la frescura de las
frondas y la tibieza de los manglares, el oro y el viento, los
corales y los truenos, los efímeros juegos de luz y sombra,
la conjunción de sonidos, colores y aromas que aleteaban
sobre la superficie de la bola de arcilla. Contra toda lógica,
procesos azarosos comenzaron por escindir átomos imprevistos
y el hálito de la vida, desbocado, se extendió desmesuradamente.
Primero fue un prurito irregular, luego una
llaga, después un manchón denso y repulsivo sobre los
carpelos de tierra. El hormigueo de seres vivientes bullía
como el torrente sanguíneo de un embrión, hedía como la
secreción de una pústula que nadie consigue cerrar. Se
multiplicaron la confusión y el ruido, y diminutas columnas
de humo se elevaban desde su corteza. Todo era demasiado
prolijo y sin sentido. Al niño le había llevado seis
días crear aquel mundo y ahora, una vez más en este curso,
se exponía al descrédito ante su Maestro y sus Compañeros.
Y vio que esto no era bueno. Decidió entonces aplastarlo
entre las manos, haciéndolo desaparecer con manifiesto
desprecio en el vacío del cosmos: descansaría el séptimo
día y comenzaría de nuevo.

Diadema en tu cabello

Hay quien afirma que tu única vestidura es tu pelo, tu
cabellera cuidadosamente cepillada y peinada y ungida con
perfume, tu largo pelo negro que refulge y se ciñe como un
manto real al blanco de tus huesos.

Los rivales

Un desafío concertado a sable con punta, filo y
contrafilo. Dos caballeros frente a frente, al atardecer, sin
padrinos, médicos ni público. Sólo el juez de campo los ve
lanzarse a fondo, sortear las acometidas, romper saltando
en retroceso. Son buenos esgrimidores, de movimientos
elegantes y parejo dominio, se conocen, se respetan, se
han batido con frecuencia, azuzados por padrinos indignos
que intentaban hacerles un cartel de duelistas. Hoy,
una vez más, desean zanjar dignamente tan enojoso asunto.
Pero ninguna estocada pone fuera de combate a los adversarios,
unos rasguños a lo sumo, una caída, una rotura
de arma, un cuerpo a cuerpo. Tampoco en esta ocasión se
resuelve el lance. Cansados, aplazan el cruento ajuste,
confraternizan. El manco, con la vieja camisa zurcida a la
vista, parece menos hosco, más frágil y melancólico. El
inglés, de temperamento lenguaraz y desenvuelto, se despide
con ampulosos ademanes. Cien años después, en el
mismo lugar, los dos caballeros descienden de sus landós
e intercambian corteses saludos. Una niebla helada
desdibuja los perfiles del prado. El juez mide el terreno,
procede al sorteo, lee las actas, les entrega las pistolas de
cañón rayado. A veinte pasos, con las armas en guardia
alta, esperan la orden de fuego. Apuntan durante treinta
segundos. Aprietan el gatillo: los tiradores permanecen en
pie tras las detonaciones consecutivas. Un proyectil ha silbado
sobre el manco y aún humea el impacto del plomo a
los pies del inglés. Sin menoscabo de su insuperada reputación,
con objeto de poner fin a esta absurda rivalidad en
la que nadie ha recibido ofensas, los dos gallardos contendientes,
Miguel de Cervantes y William Shakespeare, volverán
a comparecer una y otra vez en el campo del honor.

Última cena

El día de los ácimos, mientras celebra la Pascua con
sus discípulos, dice el Maestro: “Antes de que yo padezca,
tomad y comed, éste es mi cuerpo. Bebed todos de mi sangre
de la alianza. Haced esto en recuerdo mío y para remisión
de los pecados.” Pronto se advierte la simpleza de los
doce pues hacen una interpretación literal de los deseos
del Hijo del hombre: comen su cuerpo y beben su sangre,
según lo decretado por El, aunque prevalece la abnegación
sobre el apetito. Es así como, en lugar del Maestro, se crucifica
a uno de los doce discípulos; el mismo que, al dudar
de la misteriosa naturaleza de aquella comida de Pascua,
pensaba irse de la lengua

Tesoros

Hoy, como otras veces, salvé las siete esclusas de seguridad,
evité los guardianes y las alarmas y descendí hasta
el tercer nivel del subsuelo con mi saco vacío a la espalda.
Ahí estaba el tesoro de Troya, las copas de oro, collares
y diademas engarzadas, hachas-martillo, máscaras de plata
y lapislázuli, la Quimera etrusca de Arezzo, la cabeza de
alabastro traslúcido de la reina de Saba, las dos puertas de
Ubar (la Atlántida del desierto) engalanadas cuatro mil años
antes con las más preciadas joyas y metales, ahí estaban
reunidas, en largas y ordenadas hileras, todas las grandes
maravillas de la antigüedad: fruslerías. Pasé de largo. Me
adentré en la sala que reproducía, invertida, una cúpula
gigantesca. A la luz de los hachones, mientras me punzaba
una extraña mezcla de miedo y alegría, contemplé de nuevo
el más espléndido de los tesoros, vedado al común de
los mortales. Cualquiera podría matar o morir por esa visión
gloriosa, por esa plétora, por esa infinita cornucopia
oculta en el silencio de las profundidades. Amontonadas
escrupulosamente como lingotes idénticos, me esperaban,
llenas de promesas, incólumes, las Horas Perdidas. Abrí la
boca del saco.

El otro Borges

Soy periodista. Conocí a Borges en el Aula de los Venerables,
en Sevilla, durante el Seminario de Literatura
fantástica. Todos bebimos sus palabras. Tras la entrevista
(“prefiero las preguntas a las respuestas”, “lo importante
es, creo, soñar sinceramente”, “ese lindo verso de Cansinos,
El río está lleno de espadas…”) dejé caer que poseía una
primera edición del “De bene disponenda biblioteca” de
Francisco de Araoz. El maestro se emocionó y, levantando
la cabeza al techo, como si hojeara amorosamente en el
aire aquel ejemplar de 1631, lo reputó de tesoro. Prometí
hacérselo llegar en alguna ocasión. Seis meses después, en
Buenos Aires, y confirmada mi visita, Borges me atendió
con suma cortesía en su apartamento de la calle de Maipú.
Cuando entré, tanteaba en el interior de un reloj sin cristal.
“Usted sabe –dijo mirándome sin verme-, la música de las
esferas conculca a la otra del tiempo, pero ninguna puede
librarnos de la muerte.” Después acarició el libro hasta que
María Kodama se ausentó del cuarto. Lo que ocurrió a
continuación me dejó boquiabierto. Borges apartó a un lado
su bastón escocés, se sirvió un brandy hasta el borde del
vaso y lo bebió de un trago. De repente su cuerpo parecía
menos quebradizo, su pelo menos blanco y su templanza
más impaciente. “Me siento, bueno, conmovido, permítame
usted regalarle algo a cambio, alguna confidencia. Dí-
game, Avilés, qué elige: este tetradracma de oro, una copia
de la primera novela que recién acabé de dictar o una prueba
de mi fingida ceguera… sí, desengáñese, nada de sombras
ni formas adivinadas, nada de amarillo desde aquella
lejana operación.” Hablaba con ilusorio convencimiento.
Yo temía sobre todo que María Kodama regresara de pronto,
así que acepté a regañadientes el tetradracma. Las dos últi-
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mas bromas eran señuelos demasiado banales para venir
del propio Borges. Nos despedimos. Cuando salía por la
puerta, me llamó. “Amigo Avilés, ¿sabe usted que lleva
una pelusa sobre el hombro izquierdo y que destaca
abominablemente?” Sonreía con pícara indulgencia. No
recuerdo si bajé la vista hacia mi hombro, pero sí que lo
último que vi del maestro fueron sus dientes postizos.

La larga digestión del dragón Komodo

Alrededor de las once de la mañana, a petición mía, el
vehículo oficial del Ministerio me deja ante la vieja casa –
ahora abandonada- donde viví cuando era niño. El asistente
dobla mi abrigo en su brazo, esperándome. Aplasto el
puro contra la acera deshecha. Sin pena, sin ternura, puede
que con suficiencia y hasta con un ligero asco, veo el zó-
calo gris ratón, la puerta carcomida, los escombros de la
salita. Subo las mismas escaleras que cuarenta años antes
me llevaban al pequeño dormitorio. Los balcones están
cerrados. Parece de noche.
-¿De dónde vienes a estas horas, sinvergüenza? –Es el
vozarrón de menestral de mi padre, repudiando una vez
más mi conducta.
Bajo la cabeza para tolerar el horror. Miro mis pantalones
cortos, mis zapatitos embarrados que se tocan por la
puntera buscando un arrimo, un cálido refugio. En la penumbra,
mi padre hace un movimiento amenazador, como
si inclinara su cuerpo hacia delante. Oigo un eco familiar,
ese roce seguido de un chasquido q

Suicida

Se disparó en la cabeza. Apuró el veneno. Se colgó de
una viga. Desbarrancó el auto. Se arrojó al paso del tren.
Insistió en vano por todos los medios. Los demás fantasmas,
mientras tanto, se burlaban de él: aún no sabía que la
desesperación conviene beberla a pequeños y lentos -muy
lentos- sorbos.

Quauhxicalli

En el primer día del mes, al son de los tambores de piel
de jaguar, las víctimas de los sacrificios ceremoniales –
niños, esclavos, prisioneros que se desmayaban de pavoreran
arrastradas por los cabellos escalinata arriba, hasta la
cima del templo Mayor, y tumbadas de espaldas sobre el
tajón. Mientras los sacerdotes, con pedernales y cuchillos
de obsidiana, abrían vivos los cuerpos por el pecho y arrancaban
sus corazones, espeluznantes alaridos enmudecían
a los monos aulladores de las ceibas. La sangre chorreaba
y nutría las jícaras, los brazaletes de jade, las plumas de
guacamaya, la escritura de piedra, las aristas decoradas con
cabezas de serpiente. Pero antes de que los cuerpos fuesen
arrojados por la escalinata como muñecos rotos y los sacerdotes
honraran al señor del Sol, al dios de los Vientos o
a las divinidades Tlaloques de la lluvia ofreciéndoles el
humo de los corazones que habían de quemar, éstos eran
depositados mientras tanto, como manojos de cebollas rojas,
en grandes copas de piedra. A veces allí, en los
quauhxicalli, de aquellos órganos aún calientes y desconcertados
que resbalaban viscosos unos sobre otros
intercambiándose últimas voluntades, dolores extremos y
pánico incolmable, de aquellas entrañas bárbaramente extraídas,
partía un resuello, un siseo, el hipido de las arterias
desgarradas al vaciarse de aire y que parecía decir:
“Recuérdame, recuérdame.”

Puntualidad

Todos los veranos regreso al lugar que un día ocupó mi
pueblo, sumergido desde hace treinta años bajo las aguas
del pantano. Me siento en la orilla, o en un roquedo, y cada
mañana, a las diez en punto, escucho un sonido que sube
desde las profundidades, un tintineo sordo, conmovedor,
helado como una pena. No, no es tañido de las campanas
de la iglesia, me digo siempre, se parece más al timbre de
la bicicleta del cartero.

Revolución

Descubrieron que la realeza defecaba

Hispania I

Salí al pasillo y supliqué educadamente a mis vecinos
que cesaran en su vocinglería. Como es natural, fui ofrecido
a la ira de la familia: me tumbaron de espaldas sobre la
mesa del salón, apaleándome con un vivo sentido del ritmo,
extirparon mis ojos y mi lengua, me desollaron la piel
a tiras, cortaron manos y pies y arrancaron brazos y piernas,
desmembrándome por completo. Resultaba extremadamente
curiosa su espontaneidad, casi rayana en el desapego,
y se veía a padres e hijos persuadidos de la eficacia
de su labor, en absoluto impelidos por animosidad alguna.
Parecía bastante probable que, de un momento a otro,
habría de prescindir de toda mi sangre, que borboteaba y
manaba de forma espléndida y corría zumosa. Lamenté en
verdad que se prodigara hasta empapar aquel tapete de
ganchillo, poseedor, por lo demás, del intemporal encanto
de la artesanía. Al final, quizá un tanto arbitrariamente desde
mi parecer, me separaron la cabeza del tronco con un hacha
de cocina, sin embargo en modo alguno trato de sugerir
descortesía por su parte, puesto que ellos no hacían más
que ceñirse a los usos del lugar. La mesa producía ya el
efecto de una aguilera con despojos: mi vesícula colgaba
de las flores de plástico del jarrón y mis ojos, depositados
en el cenicero de cerámica, aún describían una trayectoria
semicircular. Pero al menos me extinguí con la convicción
de haber defendido sustanciosamente mi derecho a la tranquilidad.

El misántropo

Don Celso Filgueira convocaba la antipatía de todos
los vecinos del concello de Ribadeo. Confundían su pereza
verbal con arrogancia y la justa cordialidad con desprecio.
Recelaban de su negativa a copas y cafés y de su timidez
bronca que no se paraba en hipocresías. El malentendido
es la ley de gravitación de los solitarios. Cuando don
Celso murió, todos consideraron para sí a aquel sujeto insociable
una especie de lobezno muerto y bien muerto, pero
don Celso Filgueira fue enterrado inadvertidamente con
vida. El, que anticipó esta contingencia (la soledad regala
a manos llenas tiempo y temas), hizo instalar en su féretro
un sistema patentado por el ingeniero Avendaño, de
Monforte. Así pues, al despertar, oprimió en seguida el interruptor
que levantó en la superficie un disco portador del
número de enterramiento, encendió la lámpara de señalización
y conectó la sirena de alarma. Era la mañana después
de san Wenceslao, llovía y el soplo del orvallo apenas
dejaba escuchar la llamada de auxilio. Mientras don
Celso se removía como loco en la oscuridad, devorado ya
por los gusanos del miedo, los vecinos iban acudiendo al
camposanto atraídos por aquellos extraños e incansables
bocinazos. Bastó que supieran de qué tumba provenían para
que se dieran media vuelta. Y subiéndose unos las solapas
y sacudiéndose otros las pellas de barro en los retamales,
todos se alejaron, se alejaron, se alejaron.

Vidas privadas

Un día de julio, mi hermano dijo que mi trompo era
suyo. Me alarmé: él sabía que me lo regaló padre, que pinté
su madera de un rojo vivo, que aprendí a hacerlo bailar
como un derviche enloquecido mientras su punta de hierro
arrancaba chispazos a las piedras. Yo dije que entonces su
zorzal pardo era mío. Ninguno cedió. Y, desde luego, los
dos nos defendimos. Había comenzado la guerra civil.

Avatar

Mi más viejo amigo estaba harto de ser, invariablemente,
él mismo. No se toleraba por más tiempo. Juzgaba con
desprecio su envoltura. Le abrumaba su propia identidad,
la servil insistencia de la criatura que era él, las podredumbres
de su rutina, de sus gestos, de sus manías, la ingrata
eternidad de su presencia. Y en su atrevimiento mencionó
incluso, con expresivos ademanes, la idea de la sublevación,
del suicidio. Yo lo comprendía, y compartía en gran
medida esas sensaciones. Ahora bien, me abstuve naturalmente
de decirle que los últimos teólogos hindúes habían
calculado la existencia de ocho millones cuatrocientas mil
formas que deberemos adoptar, cada uno, en la rueda de la
necesidad antes de retornar al divino manantial.

El colibrí del instante

El padre apenas levanta la vista del diario cuando su
hijo regresa de una excursión escolar.
Nunca sabrá que de haber parpadeado a destiempo el
conductor del autobús, justo un segundo antes, los hubiera
embestido aquel camión en la curva que se cierra sobre el
puente, y su hijo, sin oportunidad para el alarido, con la
barra de un asiento atravesándole el abdomen, no sería más
que una cosa abrasada al fondo de una remoto puente,
molturada entre los hierros y los espinos blancos y los caballitos
de San Martín.
Lo cierto es que el padre posee una sorprendente capacidad
oracular y si se mantuvo en apariencia indiferente,
casi adusto, fue porque conocía en detalle esa milagrosa
desviación del azar y había sufrido, pese a todo, de antemano,
el vuelco espantoso del corazón y el horrendo dolor
y la cólera, y no se atrevía a levantar la mirada hacia su
hijo para no enfrentarla a la posibilidad de un error en su
sexto sentido, para no confirmar la torsión de un destino
indecentemente cruento, mutilado, calcinado.

Enantiodromia

Una insólita epidemia se propaga por nuestra pequeña
ciudad. Como si alguien hubiese derramado sobre ella capas
y capas de pasado, todos asumimos con perfecta naturalidad
papeles milenarios, identidades que saltan a través
de los osarios del mundo y se encarnan en cada vecino,
dispuestas a pervivir. Se trata de una sugestión creciente y
tan real que nos vemos unos a otros con ojos prestados de
remotísimas centurias. La mercera, por ejemplo, es una de
las prostitutas sagradas de Tanit, divinidad de Cartago. El
pediatra porta la inequívoca corona del rey Sijón de los
cananeos. Los dos grupos políticos rivales reproducen las
luchas entre güelfos y gibelinos. El cartero hace las entregas
con una trompa de postillón a la cintura y la correspondencia
tiene lacres, lazos y bordes ligulados. El mejor
mecánico de la ciudad está fundiendo oro para el círculo
de cinco falos votivos que los filisteos de Geth, Azoth y
Escalón van a ofrecer a sus dioses. La farmacéutica prepara
al anochecer pócimas de artemisa para ahuyentar a los
demonios. El malhumorado director del banco es uno de
los aqueos vencidos por Ramsés II en la batalla de Kadesh.
El viejo alcalde, al cual se le extirpó el aparato fonador, ha
recuperado la voz y, con ese aire patricio recién adquirido,
repite sin cesar que Venus nada vale si no lo acompañan
Ceres y Baco. El ladrón que, huyendo por los tejados, queda
suspendido entre el cielo y la tierra es Absalón con los
cabellos enredados en cables telefónicos. A mí, no obstante,
me mortifica un poco no ser más que esa víctima anónima,
desmembrada por yeguas salvajes en la orgía anual en
honor de Hércules-Melkart y de la diosa Ishtar.

El teatro de la eternidad

El toro escapó entre los remolques que formaban plaza
y me empitonó mortalmente. En el Más Allá fui cacheado
con póstumo desprecio y mis efectos personales inventariados.
Demasiadas emociones, pensé, para un agnóstico.
Las almas andábamos muy juntas, de aquí para allá como
los gansos. Yo, entretanto, recitaba con piadosa alegría -no
sé por qué- todos los versos de El Piyayo y echaba de menos
el fresco aroma de las acequias, las gavillas doradas de
cereal en los campos y, sobre todo, a mi novia. Llegados al
punto donde se levantaba el Teatro de la Eternidad, me uní
a la cola de espíritus en agraz. Una relamida expendedora
de tickets, con visera y mangas de celuloide, me tendió la
entrada. Lustré las punteras de los zapatos contra mi pantalón
y pasé al interior. La megafonía voceaba los viejos
discursos de Winston Churchill, poniendo a prueba la resonancia
de aquel inmenso lugar. Mientras seguía al acomodador,
me fijaba en el paisanaje, en la desconchada bó-
veda azul con estrellas de purpurina, los muros pintados
con faux mármol, el suelo de espinapez. Como no parecíamos
llegar nunca a mi asiento, golpeé suavemente el hombro
del acomodador (del dobladillo de su chaqueta roja
sobresalía el marbete de ésta: Hilaturas de Fabra y Coats),
interesándome por una posición más cercana al escenario.
El acomodador me miró con afectado disgusto y se dignó
explicarme que los mejores asientos del patio de butacas,
y los mejores palcos, siempre se reservaban para las religiones
homologadas, las cuales disfrutaban, además, de
abonos preferentes y tarifas especiales para grupos. Después,
me acompañó hasta el gallinero.

Declinación

Yo grité. Tú torturabas. El reía. Nosotros moriremos.
Vosotros envejeceréis. Ellos olvidarán

Cerco a la bella durmiente

El príncipe se inclina sobre el lecho adornado con flores
y besa a la Bella Durmiente, pero la princesa no se
despierta. Es posible que a) tenga el sueño muy, muy pesado,
b) no sea la auténtica Bella Durmiente, c) él sea un
impostor de mirada tierna en horas bajas, incapaz ya de
despertar a una doncella tras otra, d) advertida por sus lecturas
de cuentos populares, la Bella Durmiente se niegue a
entregarse al primer príncipe que la roce con los labios, e)
el huso que pinchó su dedo estuviese envenenado a conciencia
con ponzoña de duración indefinida, f) el príncipe
no haya besado a la princesa en el punto propicio acordado
por la tradición, g) la Bella Durmiente, dada su aristocrática
condición, considere procaz e indigna la actitud del
príncipe al no haber sido debidamente presentados, h) simule
estar dormida al entrever el horrible aspecto del príncipe,
i) la princesa, de naturaleza escasamente virtuosa,
necesite algo más que un simple y casto beso para ser
despertada, j) el hada benévola intente así evitarles a ambos
la crueldad de vivir juntos hasta la muerte, y k) cuando
el príncipe acertó a pasar cerca del palacio encantado y
atravesó el espinoso seto de escaramujos, no habían transcurrido
aún los cien años prescritos ni llegado, por tanto,
el día en que la Bella Durmiente tenía que despertar, lo
que obligará al torpe príncipe a esperar dos, quince, treinta
y ocho años más.

El dolor

¿Quién eres, dolor? Todos los domingos por la tarde
una presión brutal, dominadora, invasiva, sobreviene de
golpe sobre mis hombros y me postra hasta la mañana siguiente,
en que ese peso infinito se retira dejándome la
espalda anestesiada. Es como el doble bocado de un escualo,
como las punzadas de un tridente que cuentean y
socavan de una clavícula a otra. He consultado a especialistas
y quiroprácticos: nada hay anómalo en la circulación,
en los nervios, huesos y músculos intactos, ningún
indicio microscópico, ni una sola señal azulina visible en
la piel. El dolor persiste. Esta tarde de domingo, tras dejar
caer el periódico al suelo, me obliga a gemir, a apretar los
ojos como si mordiera una barra de hierro con los párpados,
pero cuando los abro comprendo finalmente su causa
mientras soy paseado bajo el yugo junto a los demás prisioneros
romanos por la Vía Apia.

La derrota

Para qué huir de ella. No puedes guardarte ni escapar.
Antepone tu persecución a toda otra idea. Más pronto o
más tarde, a la menor oportunidad, te atrapará. Con paso
poderoso, como una sombra leonada, buscará hasta encontrarte.
De nada te sirven la Capa de Invisibilidad y su caperuza
cubierta de rocío, las Botas de Siete Leguas con las
que corres treinta y dos veces más rápido que el más veloz
de los hombres, la Hierba de Glauco que hace saltar las
cerraduras de todas las puertas, el Tapete de Rolando que
te permite convocar cualquier alimento que desees, la Flor
Mágica capaz de colorear y perfumar cada una de tus desdichas.
De nada te servirán cuando ella -ávida, arrogante,
burlona- cierre los caminos y te cerque con infalible celeridad.
Puede que llegue sin aliento -es vieja y seca-, que su
jadeo delate lo agotador de la incesante tarea que la ocupa
desde siempre, pero no puedes albergar dudas sobre el desenlace.

 

 

Acerca del autor

Ángel Olgoso

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