Confluencias

Lo que enseñan los cuentos

Escrito por Fernando Savater

He oído a ciertas personas decir delante de criaturas de tierna edad que leer es cosa muy educativa: sin deseos de caer en extremismos, creo que deberían ser quemadas a fuego lento. No sé si leer es cosa muy educativa, lo único que sé es que la educación resulta de entrada el motivo menos seductor para dedicarse a la lectura. Cuando pienso en una lectura educativa, me imagino uno de esos diálogos beckettianos recomendados por los oligofrénicos profesionales para aprender idiomas: “¿Es su padre torero o posee una casa en las afueras? Mi vecino me ama y tiene una bufanda, etc.?” Aunque mi ineptitud para aprender idiomas no me recomienda precisamente como ejemplo, puedo asegurar que he aprendido a leer en inglés gracias a Lord of the rings, dos diccionarios y un maravillosamente largo mes de agosto. La mínima sospecha de que estaba contribuyendo a mi perpetuamente deficiente educación me hubiese desmovilizado por completo: yo sólo quería saber qué les iba a ocurrir a Frodo, Pippin y Aragon. Quizá a fín de cuentas conseguí educarme un poco, pero lo verdaderamente importante es que aprendí otra estupenda historia.

Lo que quiero decir es que la educación es una cosa muy necesaria (aunque a veces tiene tendencia a confundirse con la formación profesional, cuya utilidad es de otro orden más subordinado), pero la literatura es realmente imprescindible. Me refiero, para ser más preciso, a esa parte de la literatura llamada ficción. Sin educación, los recursos de la subjetividad quedarían desaprovechados; pero sin la ficción literaria, no podría haber subjetividad. Dice Nabokov que la literatura la inventó aquel primer pastorcillo enviado a guardar los rebaños de la tribu y que un día volvió entre los suyos gritando “¡el lobo, el lobo!” cuando no había ningún lobo a la vista. Pero ¿qué otra cosa es lo que llamamos “espíritu” o subjetividad que la posibilidad de representarnos internamente lobos que no hay y de urdir en lo íntimo la historia de lo que ya no pasa o de lo que aún no pasa? Si desapareciera la literatura no perderíamos un arte, sino el alma. Como puede imaginarse, los problemas educativos resultan casi banales al lado de este prodigioso riesgo.

El libro es el segundo soporte en antigüedad y respetabilidad de la ficción literaria, tras el primero y más importante que es la voz humana. En la actualidad hay una gran preocupaciòn por la supuesta decadencia de la lectura, que me parece encerrar al menos dos equívocos. Primero, no es lo mismo “decadencia del libro” que “decadencia de la letra impresa”: hoy jóvenes y mayores leen más que nunca, aunque no sean papeles sino pantallas. Segundo, la ficción no está ligada al porvenir del libro ni toda literatura ha de ser forzosamente impresa: contar a través de imágenes no es ni menos lícito ni menos “intelectual”. Me parece un disparate retrógrado alejar al niño de la televisión donde está viendo una película de Spielberg para imponerle una novela de Salgari. A los doce años leia diariamente novelas de Marcial Lafuente Estefania y de “El coyote”, empresa ni más ni menos sutil (e imprescidiblemente) literaria que ver todas las tardes “El equipo A”.

No creo que sea cierta la decadencia de soporte-libro, pero estoy seguro de que es falsa la suposición de que la desaparición de los libros acabaría con la literatura.

Naturalmente, habrá gente que deplore por igual a Spielberg y a Salgari, a Marcial Lafuente Estefania y al Equipo A. Suponen que a los niños habría que darles “otra cosa”, algo un poco más formativo o educativo. Entretenimiento si, pero entreverado de cualidades que vayan más allá de lo meramente entretenido. En una palabra, instruir deleitando. Por experiencia propia diré que la mayoría que conozco de instruir deleitando son dudosamente instructivos y deplorablemente nada deleitosos. El error, a mi juicio, de los partidarios de esta edificante actitud se basa en un olvido elemental, a saber: que en literatura lo único inapelable y duraderamente instructivo es el deleite mismo. Algo que hace disfrutar ya está enseñando algo, y algo infinitamente difícil y precioso, lo más básico para vivir cuerdamente: está enseñando a pasarlo bien.

Por supuesto las mejores ficciones que un niño puede leer enseñan, junto a su fundamental lección de deleite, muchas pequeñas lecciones utilísimas: yo aprendí en El escarabajo de oro de Poe a escribir con tinta simpática, en Guillermo Brown a preparar agua de regaliz y en varias historias de náufragos a construir una almadía con troncos de árboles y lianas trenzadas. Pocas instrucciones me han sido tan preciosas en mi vida como éstas y otras semejantes. Gracias a ellas he sobrevivido a los atroces peligros del crecimiento y la respetabilidad. En líneas generales, no creo que exista una literatura infantil, sino sólo un tipo de literatura – por lo común no escrita primordialmente para ellos- que gusta a los lectores más jóvenes, lo sean por edad o por mentalidad. En este tipo de ficción es importante ante todo el sentido de aventura. Sin aventura (es decir, sin riesgo, sin misterio, sin compañerismo, sin travesia. sin romance en el sentido inglés del término) no hay literatura propia para jóvenes, sino cursíleria y adoctrinamiento. El peligro de la literatura de aventuras es la vulgaridad, pero prefiero y preferiré hasta la muerte la vulgaridad a la cursilería y el adoctrinamiento.

Algunos educadores me han hecho saber que este tipo de relatos embota o no desarrolla suficientemente la sensibilidad, que en ocasiones pueden ser brutales, que no favorecen más que características odiosamente masculinas en los niños y adolescentes que lo frecuentan, sobre todo si son de sexo femenino. Toda mi experiencia personal es contraria a semejante suspicacia. Las mujeres más sensibles que he tenido ocasión de conocer (lo que no quiere decir las más “dulces” ni las más “hembras”), se han formado en la literatura de aventuras y en buena medida guardan su aprecio adulto por ella. Si se me permite el testimonio personal, yo mismo tengo muy desarrolladas mis cualidades femeninas y nunca renunciaré a mi dosis semanal de ficción aventurera, que me inyecto en vena desde los siete años. Los cuentos no son brutales ni enseñan a serlo; son crueles, a menudo feroces, pero siempre defienden la pureza valerosa que en el hombre remedia y vence a lo cruel y lo feroz. No dicen que la vida sea idílica, tranquila, armónica, siempre gratificante: dicen que para quien lucha bien, la vida es posible sin dejar de ser humana. En modo alguno se exalta sin más la fuerza bruta por sí misma, sino lo contrario. Como señala G.K. Chesterton, uno de los mejores conocedores del tema: “Si el narrador de cuentos de hadas hubiera querido meramente establecer que ciertos seres han nacido más fuertes que otros, no se hubiera entretenido en elaborar trucos de herramientas y trajes para vencer al ogro. Se hubiera limitado sencillamente a dejar vencer al ogro”. En el cuento, las herramientas, armas mágicas y disfraces son emblemas de la cualidad moral enérgica y confiada que puede alcanzarse sobre la mera fuerza bruta. Nada demuestra más valerosa sensibilidad que esta lección.

Pero aún hay algo más profundo en los relatos de aventuras, la percepción mítica de que aún lo peor del mundo lo más hostil a la personalidad y fraternidad humanas, lo que menos repara en nosotros o más nos amenaza, quiere también ser regenerado por nuestro esforzado coraje: pide, desde su rugiente animadversión, ser incorporado a nuestra tarea. En el cuento el dragón no es un obstáculo para llegar a la princesa, sino el medio para alcanzarla: aún más, es la princesa misma la que espera nuestra conquista y nuestro amor. En sus cartas a un joven poeta, escribe alguien tan poco sospechoso de embotada sensibilidad como Rainer Maria Rilke: “¿como habríamos de olvidar esos antiguos mitos que están en el comienzo de todos los pueblos, los mitos de los dragones que, en el momento supremo, se transforman en princesas? Quizás todos los dragones de nuestras vidas son princesas que esperan sólo eso, vernos una vez hermosos y valientes. Quizá todo lo espantoso, en su más profunda base, es lo inerme, lo que quiere auxilio de nosotros.” Sencillamente pienso que no puede brindarse lección más alta ni más honda. De echo, es tan alta y tan honda que ya no es una lección en absoluto, no tiene nada que ver con la educación como formación profesional ni con ninguna otra forma de instrucción funcional.

Supongo que la literatura llamada infantil cabe en la escuela, porque la escuela no es simple doma ni adiestramiento: si me apura, la escuela puede tener objetivos más altos que la mera educación. Pero ante todo, la literatura- tanto para el niño como para el adulto, tanto escrita como oral o dibujada o filmada – es cultura, es decir, promoción, reforzamiento y garantía de la vida en tanto humana. Da lo mismo que ganemos por ella tal o cual conocimiento, tal o cual destreza: lo importante es que por medio de la ficción se asienta y crece el alma. Y sin alma de nada sirven conocimientos y destrezas: miremos sin complacencia ni desesperación a nuestro alrededor.

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Fernando Savater

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