Clásicos

La redención del suicidio

«¿Cómo será la muerte? -se preguntaba-. ¿Qué sensación dará el morir? Y ¿qué será lo que haya realmente detrás de ella? ¿Detrás?, quiero decir después. La verdad es que, aun cuando no fuese más que por saberlo, era cosa de procurársela. ¡Bah!, !bah!, !bah!, ¡a mi tarea! » Pero era inútil; la obsesión de la muerte no le abandonaba un solo día; y no era una obsesión dolorosa, nada de eso; era curiosidad de investigador celoso. ¿No hay quien se inocula tal o cual enfermedad pasajera y curable para estudiar sus efectos? ¿No hay quien fuma opio para ver qué le pasa con ello? ¿Pues por qué no habla él de darse muerte?

La lástima era que no podía volver luego a contar lo que hubiese sucedido. ¿A contarlo? Y ¿a quién le importaba eso? Podrá interesarle a uno cómo ha de morirse él, pero ¿cómo murió el prójimo?, !quia! Había un término medio, y era echarse al agua, ordenando que le sacasen medio ahogado; pero eso no es más que una engañifa, una seudomuerte. Para eso le bastaba con dormirse.

Más de una noche se quedó esperando al momento en que el sueño le sorprendiera, para estudiar cómo se pasa de la vigilia a él; pero era todo inútil: jamás pudo atraparlo. El condenado sueño es un traidor, os viene cautelosamente por la espalda, cuando más descuidados estáis, sin el menor ruido, y !zas!, os echa la garra sin daros tiempo a volveros y verle la cara.

Sus vecinos le diputaban por triste, hasta por tétrico; pero él, que lo sabía, no acertaba a darse cuenta de tal juicio. Nunca llegó a comprender la diferencia entre la alegría y la tristeza, como un ciego de nacímiento no comprenderá nunca lo que hay entre la claridad del día y las tinieblas de la noche. El mismo efecto le hacía ver reir o llorar, que a un sordo-mudo ver tocar el violín; ¡cosa más rara!, ¡lo que no han de inventar los hombres!

No era misántropo, no, aunque muchos así lo creyesen. Si no trataba con nadie, era tan sólo porque nada tenían que decirle los hombres. Las pocas cosas sustanciosas y dignas de atención que se les ocurre las consignan por escrito. Con leerlas le bastaba. Además, se le antojaba que cuantos mostraban deseos de dirigirle la palabra era nada más que por ser él rico. Sí, bien sabia él que eran sus riquezas lo que envidiaban sus convecinos, y no otra cosa.

La vida tenía bien poco chiste; visto un día, vistos los demás. Su única novedad es la muerte, ya que esta sensación no puede disfrutarse más que una vez sola. La muerte es única en la vida; cada vida no tiene más que una muerte, una sola. En ésta, pues, se concentra todo el interés de aquélla. Además, se ha nacido para morir, digan lo que quieran esas personas que hablan unas con otras sin aburrirse y que distinguen la tristeza de la alegría.

Hacía tiempo que la idea fija se fijara más aún; echó raíces, empezó a dar brotes, apuntaban hojas. Brotábale como las vides en primavera. Las raicillas iban penetrándole en el subsuelo del alma, en eso que han dado en llamar subconciencia.

-!Y luego, cuando se encuentre mi cadáver, qué de cosazas no inventarán mis convecinos!, y ¡cómo ha de preocuparles adónde habrán de ir a parar mis fincas y caudales!. Si pudiera destruirlos también! Morir entre las ruinas de la propia fortuna es una muerte grandiosa, como la de Sansón muriendo en el templo con los filisteos. Así quisiera morir, con mis deudores todos.>

La idea fija fue cubriéndose de follaje, y nuestro hombre se paseaba a la caída de la tarde, casi todos los días, en la alameda del río. ¡Qué agua tan limpia, tan dulce, tan mansa, tan sosegada! Pero no, era mejor un tiro.

Varias tardes salió con su revólver cargado; pero se volvía a casa, de noche ya, sin haber consumado su propósito. Había que pensarlo mejor, había que gozar un día más, pensando en lo que pensarían los convecinos cuando se encontrase el cadáver. Y, sobre todo, había que vivir para entretenerse acariciando la idea del suicidio. Era una distracción como otra cualquiera. Y poco que gozaba el hombre con salir de casa acariciando en el bolsillo su arma, mientras se decía: «No, de hoy no pasa; esta noche sabré a qué atenerme respecto a lo único interesante que la vida nos ofrece.» Y con volver luego a ella diciéndose: «Dejémoslo para mañana, a ver si atrapo hoy al sueño antes de que me atrape él »

Una noche, cerrada ya, iba como de costumbre por la alameda del río, solitaria entonces, cuando al revolver de una esquina, en cierto extraviado sendero, se encontró con dos hombres que le echaron el alto. Apretó al punto en su mano el revólver que acariciaba.

-Ea, no perdamos tiempo -le dijo uno de los hombres-; saque cuanto lleve.

-! Bien sabía yo que lo único mío en que los demás piensan son mis riquezas! -respondió con calma.

-¡Pocas palabras y a vaciar los bolsillos! no.

-Eso sí que no.

-Mire que si no lo hace abuenas se los limpiaremos a malas.

-¿ A ver cómo ?

Hizo el que hablaba una seña al otro Y avanzaron ambos, al mismo tiempo que, arredrado nuestro hombre, sacó su revólver y apuntó con él.

-¡A él! ¡Sujétale! -gritó uno de los hombres al otro.

¡Al que se mueva lo mato! -respondió con calma el enamorado del suicidio.

-¡Es comedia, no le tiene cargado!

Avanzó uno de los hombres, sonó el tiro y cayó aquél a tierra. El otro se detuvo un momento, y al ver que el revólver volvía a apuntarlo, echó a correr.

Nuestro hombre se bajó, y a la pobrísima luz de las estrellas y de una delgadisima hoz de luna examinó al caído. Parecía vivir todavía. -Ahora, ahora debe de estar llegando su momento único; dentro de poco sabrá a qué atenerse… Al demonio se le ocurre salir así, de noche, a robar en los caminos a un hombre que iba a suicidarse. ¿ Pues qué se creían?… ¡Que me mate yo, pase; pero eso de que me mate otro, no! ! Lo que es por ahí no paso!

Y volvió a examinar al caído; estaba muerto.

«Ahora habrá que dar parte a la justicia y demás pasatiempos, porque esos pobres hombres, como no saben sino aburrirse, no hacen más que discurrir fruslerías… Y vaya usted a declarar y a sufrir interrogatorios y a firmar aquí y allí… ¡qué ganas de fastidiar al prójimo! »

Emprendió la vuelta a casa y, ¡cosa singular!, sentía que el follaje de la idea fija iba secándosele, que el viento se llevaba las hojas, que empezó a pudrirse el tronco mismo, que se disolvían sus raíces.

Tampoco aquella noche pudo atrapar el sueño antes de que le atrapase éste, y al despertar por la mañana se encontró con que la idea del suicidio había volado, y que no le quedaban ya malditas las ganas de saber cómo era la muerte. «Mi vida ha costado otra -se decía-; la he comprado ya; no es cosa de perderla. ¿ Pues qué se creían, que me iba yo a dejar matar como un cordero? !Quia, ni me dejo matar ni me mato ya! !A ver quién es el guapo que me suicida! … »

Parecíale ya que era su vida algo precioso, no don gratuito como hasta entonces; que se la habla comprado al destino al precio de otra vida. Y cuando leía de algún suicidio decíase: «A este pobre diablo no intentaron matarle.» Llegó a comprender que un hombre se deja matar o se muere, pero que se mate… !eso de ninguna manera!

Volvió a repasar los muchos libros que referentes al suicidio tenía, repitiéndose: «Todos estos señores hablan de memoria, de lo que no saben, y o en un insoportable tono patético, o en un no menos insoportable tono doctoral… ¡Que si es lícito; que si no es lícito…, lilailas! ¡Qué saben ellos! ¿Lo han probado acaso? ¡Como si fuese una cuestión de derecho! ¡No, no es más que de hecho!

Sus convecinos continuaron creyéndole loco, y él, que lo sabía, continuó encogiéndose de hombros ante tal creencia. ¿No vivía él lo mismo que ellos? Pues entonces, ¿qué significaba eso de loco? En su opinión, no había más división racional de los hombres que en tres categorías: los que ya murieron; los que viven; los que aún no han nacido. Todo lo demás es monserga y ganas de perder el tiempo.

Por supuesto, aunque se curó de la idea fija del suicidio, no por eso se congració con sus prójimos ni buscó su compañia, porque, aunque excelentes sujetos, continuaban sin tener nada que decirle. ¿Los vivos? !Bah! Si pudieran hablar los que ya han muerto o los que no han nacido aún!… ¡Ésos sí que tienen que decir!…

Murió nuestro hombre de más de ochenta años y sin poder atrapar a la muerte, porque le atrapó ella antes, sin darle tiempo a volverse ni aun para verle la cara. Una vez muerto, se registraron sus papeles todos, y buena parte de ellos vino a mi poder. Es de donde he sacado este relato. Y aseguro formalmente que era todo un filósofo nuestro fracasado suicida. Se pasó la vida riendo y llorando por dentro, y al mismo tiempo ambas cosas, anegada el alma en una fusión de alegría y tristeza, y sin llegar a comprender que llorasen o riesen por fuera y alternativamente las gentes, o que estuviesen ya alegres, ya tristes. Estoy seguro que si algún dramaturgo hallase modo de sacarle a tablas -dificilillo empeño- habría que declarar al punto al respetable público que era un hombre perfecta y absolutamente inverosímil, lo cual prueba, es sabido, la profunda realidad del personaje. Porque es cosa probada que cuanto menos real resulta un carácter para el concurso que a un teatro acude, tanto más honda es su verdad.

Acerca del autor

Miguel de Unamuno

(1864 - 1936 )

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