Gabinete de Filósofos

La Diversión

198. Nuestra naturaleza está en el movimiento; el reposo completo es la muerte.

199. Condición del hombre: inconstancia, congoja, inquietud.

200. La congoja que se sufre al dejar las ocupaciones a las que estábamos acostumbrados: un hombre vive placenteramente en su hogar; si ve a una mujer que le agrada, si juega cinco o seis días con placer, será ya desgraciado si vuelve a su estado anterior. Nada más frecuente que eso.

201. Congoja. Nada más insoportable al hombre que vivir en pleno reposo, sin pasiones, sin quehaceres, sin diversiones, sin nada en que ocuparse. Entonces siente su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío. En seguida saldrá del fondo de su alma la congoja, el abatimiento, la tristeza, la pena, la irritación, la desesperación.

202. Agitación. Cuando un soldado o un labrador, etc., se lamentan de los trabajos que sufren, que les hagan permanecer sin hacer nada.

203. Sólo nos agrada el combate, pero no la victoria: nos gusta ver las luchas de los animales, no al vencedor que se encarniza con el vencido; ¿qué es lo que se quería ver sino el fin de la victoria? Y cuando se produce, estamos ebrios de ella. Lo mismo ocurre en el juego y en la busca de la verdad. En las disputas nos gusta ver el combate de las opiniones; pero contemplar la verdad que se ha descubierto,en absoluto: para que la veamos con placer hay que hacerla nacer de la disputa. Semejantemente, en las pasiones sentimos placer al ver enfrentarse a dos contrarios; pero cuando una de las dos triunfa, aquello ya es sólo brutalidad. Nunca buscamos las cosas, sino la búsqueda de las cosas. Así, en las comedias las escenas regocijadas sin temor no valen nada, como tampoco las desgracias extremadas sin esperanza, ni los amores, brutales, ni las severidades más duras.

204. Sin examinar todas las ocupaciones particulares, basta con comprenderlas bajo la idea de diversión.

205. Diversión. Cuando alguna vez me he puesto a considerar las diversas agitaciones de los hombres, y los peligros y trabajos a los que se exponen en la corte, en la guerra, de donde nacen tantas riñas, pasiones, empresas aventuradas y a menudo con mal fin, etc., he comprendido que toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no saber permanecer en reposo en una habitación. Un hombre que tiene lo suficiente para vivir, si supiese quedarse en su casa con placer, no saldría de allí más que para embarcarse o para el asedio de una plaza. Si se compra un grado en el ejército a buen precio es porque resulta insoportable no moverse de la ciudad; y si se busca el trato de los demás y las diversiones de los juegos es porque no sé sabe permanecer en su propia casa placenteramente.
Pero cuando profundizo más en la cuestión, y después de haber encontrado la causa de todas nuestras desdichas, quiero descubrir su razón, advierto que existe una muy efectiva, que estriba en la desdicha natural de nuestra condición débil y mortal, y, tan desventurada que nada puede consolarnos cuando pensamos detenidamente en ella.

Sea cual fuere la situación que imaginemos, si se reúnen todas las ventajas que pueden correspondernos, la realeza es lo mejor del mundo, y sin embargo, pensemos que aunque el rey disfrute de todas las satisfacciones que pueda tener, si carece de diversión y se le deja pensar y reflexionar sobre lo que es, esta enfermiza felicidad no bastará para contentarle, y pensará necesariamente en las intenciones que le amenazan, en los motines que pueden producirse, y por fin en la muerte y en las enfermedades que nadie puede evitar; de tal modo que, si carece de lo qué se llama diversión, será infortunado y más infortunado que el último de sus súbditos, que juega y que se divierte.

De ahí que el juego y la compañía de las mujeres, la guerra y los altos cargos sean tan deseados. No porque proporcionen efectivamente la felicidad, ni porque nadie se imagine que la verdadera dicha consiste en tener el dinero que se puede ganar en el juego, o en la liebre que se persigue: todo eso se rechazaría si nos lo dieran. No es su goce muelle y apacible, y que nos permite seguir pensando en nuestra desdichada condición, lo que nos atrae, ni los peligros de la guerra, ni los conflictos de los cargos, es el aturdimiento que nos evita pensar en nosotros y que nos divierte.

Por eso los hombres gustan tanto del ruido y de la agitación; por eso la cárcel es un suplicio tan horrible, por eso el placer de la soledad es algo que no se comprende. Y por eso, en resumen, lo mejor que tiene el ser rey es el hecho dé que a su alrededor todos traten sin cesar de divertirles y de proporcionarles toda clase de placeres.

El rey está rodeado de personas que no piensan más que en divertir al rey, y en impedirle que piense en sí mismo. Porque, por muy rey que sea, si piensa en sí mismo será desdichado.

Eso es todo lo que los hombres han sabido inventar para ser felices.Y lo que opinan acerca del asunta los filósofos que creen que el mundo es muy poco razonable pasándose todo el día persiguiendo una liebre que no quisieran haber comprado, no saben nada de nuestra naturaleza. Esta, liebre no nos protege de la idea de la muerte y del infortunio, pero la caza que nos evita tener tales pensamientios si protege de estas ideas.

Y así, cuando se les reprocha que lo que buscan con tanto ardor no puede satisfacerles, si respondiesen como deberían hacerlo en caso de haber reflexionado bien, que no quieren más que una ocupación violenta e impetuosa que les salve de pensar en sí mismos, y que por este motivo se proponen una meta atractiva que les encanta y les atrae con entusiasmo, dejarían a sus adversarios sin respuesta. Pero no responden eso porque no se conocen a sí mismos. No saben que lo que anhelan es la caza y no las piezas cobradas.
Se imaginan que de haber obtenido este cargo, luego descansarían placenteramente, ignorando la naturaleza insaciable de su codicia. Creen buscar sinceramente el reposo, y en realidad no buscan más que la agitación.

Tienen un instinto secreto que les empuja a buscar la diversión y la ocupación fuera de sí mismos, y la causa está en que sienten sus continuas miserias; y tienen otro instinto secreto, que es un residuo de la grandeza de nuestra naturaleza primera, que les permite comprender que la felicidad en el fondo está en el reposo, y no en el tumulto; y de esos dos instintos opuestos se forma en ellos un proyecto confuso que se oculta a su vista en el fondo de su alma y que les conduce a tender al reposó por medio de la agitación, y a imaginarse siempre que la satisfacción que no sienten podrán alcanzarla si, después de vencer ciertas dificultades previsibles, pueden franquear de ese modo la puerta al reposo.

Así se pasa toda la vida. Se va en busca del reposo su perando algunos obstáculos; y una vez vencidos el reposo se hace insoportable, puesto que, o se piensa en las miserias que nos afligen o en las que nos amenazan. Y aun cuando nos viésemos suficientemente protegidos por todas partes, la congoja, con su autoridad privada, no dejaría de brotar del fondo del corazón, donde tiene raíces naturales, llenando así el ánimo con su veneno.

Por eso el hombre es tan desdichado que se acongojaría aunque no tuviese ningún motivo de congoja , por el estado mismo de su condición y es tan poca cosa que, aun estando repleto de mil causas esenciales de congoja, el juego mas insigníticante, un bíllar y una bola que empuja, bastan para divertirle.

Pero diréis, ¿qué saca con todo eso? Pues jactarse el día siguiente con sus amigos de que ha jugado mejor que otro. Así, los demás sudan en su gabinete para demostrar a los sabios que han resuelto un problema de álgebra hasta entonces irresoluble; y mientras otros se exponen a los mayores peligros para jactarse luego de haber conquistado una Plaza, a mi entender de un modo no menos necio; y finalmente otros se matan para descubrir todas estas cosas, no para ser así más sabios, sino solamente para demostrar que las saben, y éstos son los más necios de todos, ya que lo son a conciencia, mientras que de los otros siempre puede pensarse que tal vez no lo fueran ni supiesen lo que están haciendo.

Alguien se pasa la vida distraídamente jugándose todos los días un poco de dinero. Dadle todas las mañanas el dinero que puede ganar cada día, a cambio de que no juegue, y le haréis desdichado. Se dirá tal vez que lo que quiere es la diversión del juego, y no la ganancia. Haced que juegue sin dinero y perderá todo interés, aburriéndose. No es, pues, sólo el entretenimiento lo que necesita: un entretenimiento sin aliciente y sin pasión le aburrirá. Tiene que interesarse por lo que hace y engañarse a sí mismo imaginándose que le haría feliz ganar lo que no quisiera que se le diese a condición de no seguir jugando, a fin de tener un motivo de interés, provocando así su deseo, su cólera, su temor, por algo imaginario, como los niños que se asustan de la cara que ellos mismos acaban de pintarrajear.

¿Cómo se explica que este hombre, que perdió hace pocos meses a su hijo único, y que, abrumado por pleitos y disputas, estaba tan turbado esta mañana, ahora ya no piense en nada de ello? Que nadie se extrañe: está absorto, viendo por dónde pasará ese jabalí que sus perros persiguen con tanto ardor desde hace seis horas. No se necesita nada más. El hombre, por muy lleno de tristeza que esté, si puede conseguirse que se ocupe en una diversión, será feliz mientras dure; y el hombre, por muy feliz que sea, si no está divertido u ocupado por alguna pasión o entretenimiento que impida extenderse su congoja, no tardará en estar mal humorado y en ser infeliz. Sin diversión no hay alegría, con diversión no hay tristeza. Y eso es también lo que da la dicha a las personas de alto rango, que cuentan con diversas personas que les divierten y que logran mantenerles en este estado.

Fijaos bien. ¿Qué es ser superintendente, canciller, primer presidente sino ocupar una situación tal en la que desde la mañana un gran número de personas acuden de todas partes, para no dejarles ni una hora del día en que puedan pensar en sí mismos? Y cuando caen en desgracia y tienen que retirarse a sus casas de campo, donde no carecen ni de bienes ni de servidores que les asistan en sus necesidades, no por eso dejan de sentirse infortunados y abandonados, porque nadie les impide pensar en sí mismos.

206. Diversión. ¿Es que la dignidad real no es suficientemente elevada por sí misma para aquél que la posee que baste para hacerle feliz sin más que pensar en lo que es? ¿Habrá que distraerle de este pensamiento como al vulgo? Se comprende que hagamos feliz a un hombre distrayéndole de sus contrariedades domésticas para llenar todos sus pensamientos con la idea de bailar debidamente. Pero ¿sucederá lo mismo con un rey y será más feliz dedicándose a esas vanas diversiones que pensando en su grandeza? ¿Y qué objeto más satisfactorio podrá ofrecerse a su mente? ¿No será menoscabar su alegría ocuparle el alma en pensar en ajustar sus pasos a la cadencia de una melodía o en lanzar hábilmente una pelota,. en vez de dejarle gozar en reposo de la contemplación de la gloria majestuosa que le rodea? Hagamos la prueba; que se deje a un rey completamente solo, sin ninguna satisfacción de los sentidos, sin nada en qué ocupar la mente, sin compañia, pensando en si mismo todo el tiempo que quiera; y comprobaremos que un rey sin diversión es un hombre lleno de melancolía. Por eso se evita. cuidadosamente que pueda producirse tal cosa, y alrededor de los reyes nunca deja de haber una multitud de personas que velan por que a sus deberes sucedan diversiones, y que durante el tiempo de este ocio se dedica a proporcionarles placeres y juegos, de tal modo que nunca se dé el vacío; es decir; que están rodeados de personas que se ocupan incesantemente de que el rey no esté solo pensando en sí mismo, pues bien se sabe que si piensa en ello iba a sentirse desventurado, aun siendo rey.
Y no me refiero aquí a los reyes cristianos como tales cristianos , sino solamente como reyes.

207. Diversión. Desde su niñez, se hace que los hombres se preocupen por su honra, por su fortuna, por sus amigos, y además del bienestar y de la honra de sus amigos. Se les abruma con ocupaciones, se les hace aprender lenguas y a adiestrarse en ejercicios, y se les imbuye la idea de que no pueden ser felices a no ser que su salud, su honra, su fortuna y la de sus amigos esté en buen estado, y que una sola cosa que falte les haría desdichados. De este modo se les da obligaciones y quehaceres que les tienen ajetreados durante todo el día. ¡Pues vaya una extraña manera, diréis, de hacerles felices! ¿No se os ha ocurrido nada mejor para hacerles desdichados? Vamos a ver, ¿qué otra cosa puede hacerse? Bastaría con quitarles todas estas inquietudes; entonces se verían a sí mismos, pensarían en lo que son, de dónde vienen, adónde van; y así nunca se les ocupa y se les distrae suficientemente. Y ésta es la razón de que, después de haberles preparado tanta actividad, si aún disponen de algún tiempo ocioso, se les aconseja que lo dediquen a divertirse, a jugar, y a estar siempre completamente ocupados.

¡Hasta qué punto el corazón del hombre está vacío y lleno de inmundicia!

208. Todas las grandes diversiones son peligrosas para la vida cristiana; pero entre todas las que ha inventado el mundo ninguna es más de temer que la comedia. Es una representación tan natural y tan delicada de las pasiones que las agita y las hace nacer en nuestro corazón, y sobre todo la del amor; principalmente cuando se le representa muy casto y muy honesto. Porque cuanto más inocente parece a las almas inocentes, más susceptibles son éstas de que les conmueva; su vehemencia agrada a nuestro amor propio, que forja en seguida un deseo de causar los mismos efectos que se ven tan bien representados; y al mismo tiempo no formamos una conciencia fundada en la rectitud de los sentimientos que se ven, que quitan el temor de las almas puras, que se imaginan que no ofenden a la pureza amando con un amor que les parece tan alto.

Así el corazón sale de la comedia tan lleno de todas las hermosuras y de todas las dulzuras del amor, y el alma y la mente tan persuadidas de su inocencia, que se está muy propicio a recibir sus primeras impresiones, o, mejor dicho, a buscar la ocasión de hacerlas nacer en el corazón de alguien, para recibir los mismos placeres y los mismos sacrificios que hemos visto tan bien pintados en la comedia.

209. Sólo nos ocupa un pensamiento, no podemos pensar en dos cosas a la vez; lo cual es bueno según el mundo, no según Dios.

210. Visiblemente el hombre está hecho para pensar; en eso estriba toda su dignidad y todo su mérito, y su único deber consiste en pensar rectamente. Ahora bien, el orden del pensamiento exige empezar por uno mismo, y por su autor y su fin. Pero ¿en qué piensa el mundo? Jamás piensa en esto, sino en bailar, en tañer el laúd, en cantar, en componer versos, en correr sortija, etc., en pelear, en coronarse rey sin pensar en qué consiste ser rey y en qué consiste ser hombre.

211. Quien no ve la vanidad del mundo es él mismo muy vano. Pero ¿quién no la ve, exceptuando a jóvenes que viven en el bullicio, en la diversión, y pensando siempre en el porvenir? Pero si les quitáis su diversión veréis cómo se mustian de congoja; entonces advierten su nada sin conocerla; porque se es muy desdichado, sumido en una tristeza insoportable, cuando uno se ve obligado a pensar en sí mismo, sin que nada le divierta.

212. Pensamientos. In omnibus requiem quaesivi. Si nuestra condición fuese verdaderamente dichosa no tendríamos que divertirnos distrayéndonos con otras cosas para poder ser felices.

213. Diversión. Como los hombres no han podido curar la muerte, los males, la ignorancia, para ser felices han decidido no pensar en nada de eso.

214. A pesar de esos males, quiere ser feliz, y sólo quiere ser feliz y no puede no querer serlo; pero ¿qué hará? Para conseguir lo que desea tendría que hacerse inmortal; como no puede, decide no pensar en ello.

215. Las calamidades de la vida humana han fundado todo eso; una vez lo han visto, se han decidido por la diversión.

216. Diversión. Si el hombre fuese feliz lo sería más en la medida en que estaría menos divertido, como los santos y Dios. Sí, pero ¿acaso no es ser feliz poder regocijarse con la diversión? No, porque viene de fuera de nosotros; y, por lo tanto es dependiente, y en consecuencia algo que ser alterado por mil accidentes, lo cual hace las aflicciones inevitables.

217. Males. Lo único que nos consuela de nuestros males es la diversión, y sin embargo es el mayor de nuestros males. Porque ella es la que nos impide principalmente pensar en nosotros, y la que nos hace perder insensiblemente. De no ser por ella viviríamos en la congoja, y esa congoja nos impulsaría a buscar un medio más sólido de salir de tal estado. Pero la diversión nos entretiene y hace que lleguemos insensiblemente a la muerte.

218. Diversión. La muerte es más fácil de soportar sin pensar en ella que el pensamiento de la muerte sin peligro.

219. Temer a la muerte lejos del peligro, y no en el peligro; porque hay que ser hombre.

220. Nos conocemos tan poco que hay quien piensa que va a morir cuando su salud es buena; y hay quien piensa gozar de buena salud cuando está a punto de morir, sin advertir la fiebre que le amenaza o el absceso que está formándose.

221. Cromwell se disponía a asolar toda la cristiandad; la familia real estaba perdida y la suya iba a ser poderosa para siempre, pero un granito de arena se formó en uréter. La misma Roma iba a temblar ante él; pero como aquel granito de arena estaba ahí, murió, su familia perdió relieve, todo quedó en paz y el rey fue restablecido en su trono.

222. Lo único que hay que temer es la muerte repentina y ésta es la razón de que los confesores vivan siempre las casas de los grandes.

223. Los grandes y los pequeños sufren las mismas contrariedades, los mismos enojos y las mismas pasiones; pero unos están en lo alto de la rueda y los otros cerca del centro y por eso los últimos acusan menos las sacudidas que provocan los mismos movimientos.

224. Tres protectores. Si alguien hubiese gozado de amistad del rey de Inglaterra, del rey de Polonia y de la reina de Suecia, ¿hubiese podido creer que iba a faltarle lugar de refugio y de asilo en el mundo?

225. Cuando Augusto se enteró de que entre los niños menores de dos años que Herodes había hecho matar estaba su propio hijo, dijo que era preferible ser el cerdo Herodes que su hijo. Macrobio, libro II, Sát., cap. IV.

226. Corremos despreocupadamente hacia el precipicio después de habernos puesto algo ante los ojos para impedirnos ver.

227. Por muy hermosa que sea la comedia y todo lo demás, el último acto es sangriento: se acaba arrojando tierra sobre la cabeza, y se terminó para siempre.

Acerca del autor

Blaise Pascal

Deja un comentario