Confluencias

Elogio de la lectura

“La literatura puede contribuir a conformar la conciencia sobre la condición y el destino de la humanidad. Provocar el interés por la literatura significa, por lo tanto, excitar la curiosidad por el mundo de los hombres y el interés por las ínfimas manifestaciones de la vida que suelen escapar a las miradas triviales o distraídas.”
Amigos lectores:

Se me ha regalado la oportunidad de compartir con ustedes algunas meditaciones en torno al libro y la lectura, y ante tan generoso gesto no puedo expresar más que sinceras palabras de gratitud. Aunque no estoy muy seguro de que haya sido un acierto confiar la celebración de los libros y la alabanza de la lectura a alguien que se congratula del progreso técnico que permite enviar velozmente palabras de felicitación o consuelo al amigo alejado miles de kilómetros, pero que soporta con pesadumbre las lacras invencibles del analfabetismo y de la pobreza que lo precede y favorece;

… alguien que aún se nutre del optimismo de los filósofos de la vieja Ilustración europea que confiaban en el advenimiento de una emancipada y juiciosa “sociedad de lectores”, pero que no desconoce los vaticinios que anuncian la supremacía irremediable de los iletrados, que, aunque menos cultos, se mostrarán más diligentes y más aptos para proporcionar bienestar a la humanidad;
alguien que aún se conmueve con las palabras de una septuagenaria que celebra públicamente su personal descubrimiento de la luz porque, aunque tardíamente, ha aprendido a leer los rótulos de las calles y las cartas de su hija y las novelas postergadas, pero que observa, abatido, cómo la imbecilidad y la chabacanería embauca y sojuzga todavía a millones de personas;

…alguien que enferma de esperanza cuando los alumnos de un colegio le hacen llegar mensajes de reconocimiento -“Gracias por enseñarnos a imaginarnos cuentos y divertirnos leyendo” … “Muchas gracias por habernos enseñado cosas bonitas de la lectura”- después de desvelarles el verdadero rostro de los libros y la literatura, pero que no desconoce las nefastas pedagogías que a menudo convierten la enseñanza de la literatura en una experiencia tediosa y antipática, cuando no aborrecible;

…alguien que ha leído con gozo y reconocimiento poemas de José Hierro, novelas de Carson McCullers, ensayos de Hannah Arendt o cuentos de Juan Rulfo, pero que no deja de preguntarse si su afán de hacer universal esa dicha no será una nueva clase de despotismo, una quimera que el común de la gente ni aprecia ni desea;

…alguien, en fin, que escribe estas palabras mientras aún humea la Biblioteca Nacional de Bagdad incendiada por bárbaras hordas de saqueadores ante la pasividad cómplice, cuando no la instigación, de los soldados del ejército de ocupación norteamericano, pero que aún mantiene firme la fe en la razón humana.

Pido, pues, disculpas por comparecer ante ustedes con más perplejidades que certidum-bres, con más preguntas que evidencias.
Contra lo que viene presagiándose desde hace décadas, no creo que estas ferias anuales sean ceremonias funerarias, ni que estas periódicas apologías de los libros posean el carácter de un epitafio. Pienso, por el contrario, que la civilización de la escritura no es una especie en extinción y que para la lectura hay tanto porvenir como memoria. Pero alentar la lectura es una empresa que requiere algo más que frases ocurrentes, cuantiosas sumas de dinero o soberbias campañas de publicidad. Antes que nada es preciso examinar y definir los porqués, reemplazar la propaganda por argumentos que hagan comprender a los indecisos qué, cómo y para qué leer. Soy de los que buscan afanosamente respuestas convincentes, entre otras razones porque las viejas certezas se han desmoronado. El siglo XX nos ha demostrado hasta el hastío que la cultura no es un antídoto fulminante contra la barbarie, que un torturador puede compartir el mismo amor por la música que la mujer torturada, que un presidente de gobierno megalómano puede favorecer una guerra cruel con un libro de poemas en la mano, que un intelectual puede contemplar inconmovible los cadáveres desparramados en el campo de batalla pero puede derramar lágrimas ante una tabla de Johannes Vermeer… Y si eso es así, ¿por qué leer entonces? ¿Qué suministra la literatura a la vida? ¿En qué medida la transforma, o, para ser más categóricos, la mejora? ¿Qué clase de fecundidad procura? ¿Deberíamos considerar la literatura como un mero consuelo privado, un pasatiempo de alcoba, un puro e íntimo hedonismo, o le reservamos un protagonismo en el espacio público, en la tarea insoslayable de conocer mejor a los seres humanos, en la construcción de la concordia colectiva?

¿Concluiremos con Harold Bloom que la lectura es, sobre todo, un proyecto orientado a descubrir los auténticos intereses personales y a superar la ignorancia primordial, alejado por tanto de cualquier pretensión ética o ambición social, o afirmaremos con Martha Nussbaum que la imaginación literaria es parte de la racionalidad pública y que los seres humanos reales lograrán un mayor compromiso ético y un mayor respeto por la dignidad humana si éstos han sido capaces de participar imaginativa y emocionalmente en la vida de otros?

Considero, por mi parte, que el objetivo de la literatura, al igual que el de las ciencias, es proporcionar conocimiento a los seres humanos acerca del mundo que habitan. Aunque por sendas diferentes, la literatura y las ciencias pretenden explorar la realidad y comparten una misma pasión por hacer comprensible la naturaleza que nos rodea y la que prolifera en nuestro interior. El razonamiento y la emoción, el experimento y la ficción, la fórmula y la metáfora, suceden en la mente y nada impide concederle a todos esos procedimientos un análogo valor en la búsqueda del sentido de la experiencia humana. Así lo entiende el biólogo Edward O. Wilson, y con él tantos científicos, cuando afirma la íntima unidad del mundo físico y el intelecto humano y proclama que ni las ciencias ni las artes pueden estar completas sin conciliar sus respectivos poderes. Y de la misma manera que la ciencia permite descifrar la realidad física, la literatura puede contribuir a conformar la conciencia sobre la condición y el destino de la humanidad. Provocar el interés por la literatura significa, por lo tanto, excitar la curiosidad por el mundo de los hombres y el interés por las ínfimas manifestaciones de la vida que suelen escapar a las miradas triviales o distraídas. Nos lo recuerda Claudio Magris:

Es la literatura la que puede salvar esas pequeñas historias, iluminar la relación existente entre la verdad y la vida, entre el misterio y la cotidianidad, entre el individuo concreto y la Babel de la época. … Frente a la Historia, que pretende encarnar y realizar lo universal, la literatura contrapone lo que se queda en los márgenes del devenir histórico, dando voz y memoria a lo que ha sido rechazado, reprimido, destruido y borrado por la marcha del progreso. La literatura defiende la excepción y el desecho contra las normas y las reglas.
Y basta con observar el rostro de los niños mientras se les narra o se les lee un cuento para corroborar la felicidad que producen las revelaciones que sobre la vida ofrecen los libros. En sus ojos se descubre de inmediato que han comprendido los asuntos que se dirimen en la literatura, en ese rito que detiene por unos momentos los relojes e instituye el tiempo sin horas de los sueños y las promesas. Saben, o intuyen, que la literatura les concierne y los emplaza de un modo vehemente, y que sus miedos, sus incertidumbres, sus deseos, sus afectos o sus fantasías tienen mucho que ver con lo que se les cuenta o lee. Esa primordial confianza sólo puede verificarse en quienes esperan de la literatura algo más que distracción, sensiblería o adoctrinamiento. Lo esperan los niños y los jóvenes que, como ese Bastián Baltasar Bux extraviado en las páginas de una historia interminable, se aventuran en los libros con el atrevimiento, expectación y zozobra de un navegante por mares incógnitos, a pesar de las trabas que les ponen tantos descreídos y defraudadores; y lo esperan también tantas mujeres a las que he escuchado proclamar con orgullo y emoción que la literatura las había transfigurado, que al igual que Emma Bovary o Ana Ozores o Luisa de Brito encontraron en las novelas una vivificante compensación a sus sojuzgadas y solitarias vidas, ellas habían hallado en los libros el estímulo de la pasión y la osadía; y lo esperan quienes, como Pelagueia Nílovna, la madre protagonista de la novela homónima de Máximo Gorki, o Martin Eden, el atónito marinero ideado por Jack London, ven en los libros una oportunidad de remisión, de combate contra toda forma de vasallaje, humillación o aislamiento, aunque su destino último sea el sufrimiento, incluso el suicidio; y lo esperan quienes, como Fausto en su gabinete, aspiran a merecer el don de la máxima sabiduría y no dudan en canjear su felicidad terrenal por el esclarecimiento de los secretos de la Naturaleza y de la vida humana; y lo esperan quienes leen como el hidalgo Alonso Quijano, del que Miguel de Cervantes afirmó que sus lecturas le llevaron al extraño pensamiento de hacerse caballero andante “para el aumento de su honra como para el servicio de su república”, es decir, para otorgar a su discreta existencia una dimensión más profunda mediante la reparación pública de agravios y abusos.

La común virtud de todos esos lectores de ficción, trasunto de tantos otros lectores reales, es la estrecha imbricación de los libros y sus vidas. En esos casos es posible invocar sin temor palabras tales como gozo, fervor, verdad o conciencia. De ese tipo de lectores alimento mi convicción en la potestad iluminadora de la literatura, pues si únicamente me fijara en la verborrea, petulancia, vanagloria, gremialismo y estupidez que prosperan a su sombra, hace tiempo que habría dejado de frecuentar las librerías y las bibliotecas, y palabras como las que hoy pronuncio nunca habrían sido escritas. Pero porque sé que la literatura trasciende esa vanidosa parafernalia es por lo que celebro a los escritores que escriben como si cada libro fuese el último gesto de sus vidas, a los lectores que exigen a los libros ambición e inteligencia, a los profesores que ofrecen la literatura como una forma extrema de aventura, pasión y descubrimiento, a los bibliotecarios que ejercen su oficio con la delicadeza y el cuidado de un floricultor, a los editores que consideran los libros una declaración de amor, a los libreros que se desviven por satisfacer las peticiones y los caprichos de los lectores, a los críticos que hablan de ella con rigor intelectual y la ponen a salvo de las imposturas, habladurías y mezquindades que la empequeñecen.

Leer es habitar temporalmente en otra patria, residir en un lenguaje diferente al nuestro, aunque las palabras sean las mismas que usamos cada día. Al leer, uno siempre es un extranjero. Y de ese peregrinaje por las palabras de otro, esto es, por la conciencia y la sensibilidad de otro, surge el asombro y la revelación. La palabra pájaro, desarraigo o eternidad adquirieren de pronto una nueva resonancia, una nueva fisonomía, y esa metamorfosis cambia la percepción del lector, aguza su mirada, determina su comportamiento. Hemos sido modelados por el lenguaje, somos la obra imperfecta de las palabras con las que nos enseñaron a observar el mundo y por medio de las cuales aprendimos a expresar nuestro secreto universo. Leer es por tanto una continuación de la primigenia experiencia, una manera de consentir que las palabras -convertidas en narración, símbolo, verso, aforismo, ensueño, conjetura.. .- nos sigan conformando.

Estos versos de Juan Ramón Jiménez

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año:
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostáljico…
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

O este pensamiento de Tzvetan Todorov

“El hombre desarraigado, arrancado de su marco, de su medio, de su país, sufre al principio, pues es más agradable vivir entre los suyos. Sin embargo, puede sacar provecho de su experiencia. Aprende a dejar de confundir lo real con lo ideal, la cultura con la naturaleza. No por conducirse de modo diferente dejan estos individuos de ser humanos. A veces se encierra en el resentimiento, nacido del desprecio o de la hostilidad de sus huéspedes. Pero si logra superarlo, descubre la curiosidad y aprende la tolerancia.”

Olas siguientes palabras de Isak Dinesen

“… Las viejas y taciturnas gentes recibieron el don de lenguas; los oídos, que durante años habían estado sordos, se abrieron por una vez. El tiempo mismo se había fundido en eternidad. Mucho después de la media noche, las ventanas de la casa resplandecían como el oro, y doradas canciones se difundían en el aire invernal. ”

Los corazones de las dos viejas que antes se habían calumniado retrocedieron ahora más allá del periodo maligno al que habían vivido aferradas, hasta esos días de su primera juventud en que, juntas, se preparaban para la confirmación e inundaban de canciones los caminos de Berlevaag cogidas de la mano. … El capitán Halvorsen y Madam Oppegaarden, de repente, se sorprendieron muy juntos en un rincón, dándose el largo beso para el que el incierto y secreto amor de su juventud jamás les había brindado ocasión.

La grey del viejo deán estaba formada de gente humilde. Cuando, pasado un tiempo, pensaban en esa noche, nunca se les ocurría que aquella exaltación se debiera a sus propios méritos. Se daban cuenta de que les fue concedida la gracia infinita de que el general Loewenhielm les había hablado, y ni siquiera se maravillaban de ello, pues no había sido sino el cumplimiento de una esperanza siempre presente. Las vanas ilusiones de este mundo se habían disuelto ante sus ojos como el humo y habían visto el universo como verdaderamente es. Se les había concedido una hora de eternidad; logran sustraer unas trizas de luz a la impetuosa y fugitiva experiencia humana, las salvan de la irremediable pérdida, las vuelven perdurables. La intuición de la muerte, las ventajas de una existencia sin raíces o la revelación de la dicha de vivir tras un festín prodigioso y desmesurado se ofrecen a nuestros ojos como un insecto atrapado en una gota de ámbar. Gracias a la escritura, gracias a la literatura, la vida queda fijada, nítida, significativa, inteligible. Y al leer, la recobramos, nos la apropiamos, la entreveramos con la nuestra.

Pienso entonces que las campañas de fomento de la lectura serán infructuosas si olvidamos su condición reveladora, si eludimos hablar de su dimensión ética. Hace unas décadas, el filósofo Theodor W. Adorno formuló la pregunta angustiada de si era posible, o era decente, escribir poesía después de Auschwitz, después del horror y la barbarie de los campos de concentración. Ahora que arrecian los fundamentalismos, que se emprenden guerras y se perpetran masacres en nombre de dioses primitivos y profetas lunáticos, que la inmoralidad, la insolencia, la fiereza y la mentira se manifiestan desnuda y groseramente, que las palabras más honestas son convertidas en mercancía de burdel, la pregunta de Adorno exige una rotunda respuesta afirmativa, pues instituir un territorio a salvo del pillaje y la uniformidad, en el que el lenguaje disponga de libertad y aliento para hablar del espanto y la conmoción, pero también del fulgor que desprende una lágrima o una sonrisa, es una señal de esperanza y salvación. La literatura se instituye así como un firme baluarte frente a la tiranía del silencio, frente a la amenaza glacial de la nada.

Hace unos meses, algunos periódicos reprodujeron la fotografía de un soldado conduciendo un carro repleto de libros hacia las celdas de los prisioneros afganos en la base militar norteamericana de Guantánamo, esa espantosa sima sin derechos ni leyes ni veredictos. Me conmocionó aquella imagen, pero más aún pensar que aquellos crueles carceleros podrían incluso hablar con fervor de la lectura y los libros, tal vez con palabras semejantes a las mías. Es seguro, sin embargo, que sus ideales en nada se parecen a los míos, pues, sin duda y a diferencia de ellos, no considero los libros un bálsamo para sobrellevar la injusticia, sino un estímulo para acabar con ella. Es lo que pensaba el hidalgo Alonso Quijano cuando decidió mudar la calma de las alcobas domésticas por el desasosiego de las ciudades y los campos: don Quijote de la Mancha no es sino el nombre de un lector obstinado en emular el afán justiciero de los héroes de las novelas de caballerías. Por ese motivo no pude evitar una íntima irritación al ver hace unas semanas cómo ministros y altos cargos del gobierno de España aguardaban sonrientes su turno para participar en la lectura ininterrumpida de la grandiosa novela de Cervantes que se organiza cada año en Madrid con motivo del Día del Libro. Comprobé una vez más que los demagogos que instigan las guerras, los hipócritas que guardan interesado silencio ante ellas, los desvergonzados que las jalean y los mentirosos que las desfiguran… también leen. Y hablo de las guerras, no sólo porque escribo estas palabras consternado aún por las inmoralidades, los atropellos y los embustes exhibidos en la reciente invasión de Irak, sino porque las guerras certifican el fracaso de la civilización, ponen a prueba nuestras certidumbres y nuestros principios, nos emplazan a pensar de nuevo el pasado y el porvenir.

Por ello, me siento empujado a sugerir la necesidad de abandonar las defensas imprecisas y benignas de la lectura y determinar previamente por qué debe haber lectores, qué se espera de ellos, qué clase de compromiso con la verdad y la belleza de la vida se les pide. Las respuestas pueden ser muy diversas, incluso antagónicas, pero esa cuestión debe ser la premisa de cualquier programa de estímulo de la lectura. Por lo que a mí respecta, pienso que la voluntad de conocer el propio corazón y el corazón de los demás, de querer mirar más lejos y más hondo y más firme y más sutilmente, de buscar en los libros las cifras del saber, posee un componente ético. Me parece infructuoso hablar de lectura si antes, o simultáneamente, no precisamos en qué medida estamos dispuestos a considerarla un medio de conocimiento y juicio sobre la condición humana. Más que panegíricos de la lectura considero prioritario crear “conciencia de lector”, que para mí significa promover sin desmayo la curiosidad intelectual, la atención, la sensibilidad, el razonamiento, la valentía, el libre albedrío, la avidez de verdad. Las personas así instruidas acudirán por sí mismas a los libros como el sediento acude a la fuente para calmar su sed y leerán sin temor al vértigo o a la decepción, como si cada palabra fuera, según pretendía Franz Kafka, el pico de un alpinista agrietando el mar helado que todos llevamos dentro. Y para esa empresa no pienso en panfletos simplistas, homilías piadosas o catones didácticos, sino en los libros que, escritos en la más intransigente soledad o a la sombra de las muchedumbres, con afecto u hostilidad hacia los lectores, como un furibundo grito o un sigiloso ejercicio de introspección, sirven de antorchas para la incierta aventura de vivir.

Es por alguna de estas razones por lo que invito a todos a explorar, a descubrir, a llegar hasta los libros, en estos días y en los venideros, siempre, con el mismo impulso irrefrenable que nos confiesa Elias Canetti.

“En Viena, cuando no tenía dinero, gastaba todo lo que no tenía en libros. En Londres, en los peores momentos, conseguía, contra viento y marea, comprar de vez en cuando libros. Nunca he aprendido nada sistemáticamente, como otra gente, sino por excitaciones súbitas. Siempre empezaban con que mi mirada caía sobre algo que tenía que poseer fuera como fuera. El gesto de coger, la alegría de tirar el dinero por la ventana, el transportarlo a casa o al local más próximo, el contemplar, acariciar, hojear, el guardarlo durante años, el momento de un nuevo descubrimiento cuando las cosas se ponían serias -todo esto es parte de un proceso creativo cuyos detalles secretos desconozco. Pero en mi caso nada sucede de otro modo, y por lo tanto tendré que comprar libros hasta el último instante de mi vida, sobre todo cuando sé con seguridad que nunca los leeré.”

Creo que es también parte de la rebeldía contra la muerte. Nunca quiero saber qué libros entre ésos se quedarán sin leer. Hasta el final no está determinado cuáles van a ser. Tengo libertad de elección, puedo elegir en cualquier momento entre todos los libros a mi alrededor, y por ello tengo en mi mano el curso de la vida.

Tal vez ese entusiasmo, esa imperecedera voluntad de dominar el curso de la propia vida, sea un suficiente motivo para emprender la lectura.

Mayo de 2003

Acerca del autor

Juan mata Anaya

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