Confluencias

El tempo de los jardines

Un caballero con vocación británica

Conocí a Marcial cuando estudiábamos el último curso de la carrera de Arquitectura en la Universidad de Barcelona, hace de ello más de treinta años. Venía de Santiago de Chile y a pesar de tener la misma edad que los otros alumnos ya se había graduado con extraordinaria brillantez en su país, había convalidado su título en España y acabó por hacer de profesor nuestro. Además había tenido tiempo para casarse con una chilena de familia bien como la suya, altiva y distante pero bellísima, que nos traía bastante locos, con la que había comenzado a tener hijos. Todo esto cuando nosotros todavia nos considerábamos adolescentes, sin prisas, con tiempo sobrado para tomar las decisiones trascendentes que iban a determinar de forma irrevocable de nuestras vidas. Quizá sea una falsa impresión, pero me parece que, en general, nuestros hermanos de allende el Atlántico están menos sujetos a la seguridad del terruño, son más osados y se espabilan mucho antes.

En aquel tiempo los intereses de Marcial ya se dirigían hacia el urbanismo a escala territorial, hacia el planeamiento, que entonces llamábamos planning.

Después de haber trabajado en algún proyecto importante dirigido por prestigiosos arquitectos catalanes de aquel momento, tuvo la oportunidad y la valentía para optar a, y el talento para obtener, una beca de la Universidad de Cambridge, beca que le iba a permitir profundizar en un tema que por aquel entonces le apasionaba a él, a su mujer, graduada en ciencias exactas, y, en general, a la academia arquitectónica: la introducción del ordenador que entonces llamábamos computadora-en-el-desarrollo de proyectos de arquitectura y urbanismo. Sin dudarlo un momento, Marcial cogió a su familia y se fue a Cambridge, en cuya universidad, como todos preveíamos, triunfó; triunfó tanto, y tanto le gustó, que ya no volvió. Proyectó y se construyó una curiosísima casita prefabricada de madera, donde lo visitamos; y decidió echar raíces no sólo en aquel peculiar país sino en el mismo condado.

Pasaron muchos años sin que nos volviésemos a ver, pero, de vez en cuando, me llegaban noticias de nuestros amigos chilenos, de sus éxitos profesionales y académicos; que habían hecho catedrático vitalicio a Marcial, el primero de la Facultad de Arquitectura de Cambridge; que dirigía una oficina de planeamiento, con sucursales en varios países; que tanto decidía el plan de transportes de Venezuela como la extensión del Gran Bilbao; que había conseguido acceder a los lugares donde se deciden las grandes cuestiones; que se había ganado la confianza de un joven y brillante banquero español, que lo había nombrado consejero de una de las entidades bancarias más influyentes del país; que había adquirido una impresionante mansión del siglo xviii en el campo, con un jardín, mejor dicho, un parque, catalogado como monumento histórico nacional.

Como es de imaginar, en cuanto tuve ocasión de volverlos a ver, demostré el sincero interés, mío y de mi familia, por su manor y aún más por su jardín. Les faltó tiempo para invitamos. Desde entonces hemos acudido a Farm Hall en varias ocasiones en Navidad, en la espectacular primavera, para la boda de su hija y hemos tenido ocasión de comprobar hasta qué punto nuestros amigos chilenos se han integrado en la cultura y en las tradiciones del lugar.

Marcial, sin renunciar a sus raíces chilenas, se ha convertido en británico por elección -que no por nacimiento, circunstancia aleatoria y del todo involuntaria-, es catedrático de la más prestigiosa y rancia universidad del país, no ha cejado hasta lograr vivir en una mansión en la campiña, ha hecho amistad con los terratenientes de la zona y pacta con el campesino de al lado el color de las vacas (marrones, nunca blancas y negras) que permite pacer en su parque, más allá del ha-ha, esa zanja de sección asimétrica, cortada en abrupta vertical por la cara próxima a la mansión y en suave pendiente hacia el paisaje asilvestrado, que el ingenio de los jardineros ingleses creó- como valla invisible- para que el ganado no ollase el mimado césped del jardín. Las cenas formales a las que hemos asistido comienzan con un drink en su biblioteca, donde conocemos a los invitados, vecinos de la campiña, verdaderos personajes de Jane Austen, y algún profesor de Cambridge, los cuales, en cuanto advierten que podemos chapurrear algo de inglés, comienzan a conversar empleando con toda naturalidad la jerga especializada de la cría de caballos o de la caza del zorro. Más tarde, en el comedor, para el cual los anfitriones consiguieron, tras años de pesquisas, un conjunto de veinte sillas Chipendale, auténticas y exactamente iguales, en una subasta de Christie’s, Marcial se pone ceremoniosamente en pie para trinchar el cordero y en los postres, si tomamos Stilton, el excelente Oporto inicia su recorrido en sentido indefectiblemente dextrógiro (si tomamos dulces bebemos Sauternes).

En Farm Hall hace un frío que pela, deben comenzar a calentar nuestro dormitorio con días de antelación, si no queremos dormir bajo una manta eléctrica en compañía de bolsas de agua caliente -juro que poseen varios de esos artilugios que no veía desde la infancia y que me traen a la memoria polvorientos escaparates de ortopedia o de gomas y lavajes-. Ser friolero, para los ingleses, no es nada elegante; nuestros anfitriones cuentan, con una sonrisa pero con cierto respeto, que en una entrevista de la BBC una venerable aristócrata al ser preguntada sobre la elegancia respondió que, para ella, el colmo de la elegancia fue lo ocurrido una noche en su castillo, donde el frío era tal que sus ateridos invitados no encontraron otra solución que hacerse con las alfombras persas de los salones para utilizarlas como mantas; se sobrentiende que lo elegante de la historia no reside en las preciosas alfombras persas de la duquesa sino en el frío que ésta imponía en sus dominios.

La película Cuatro bodas y un funeral me gustó, pero no sé si me lo hubiese pasado tan bien de no haber tenido, previamente, el privilegio de haber sido invitado a la boda de la hija de Marcial; una chica muy guapa y muy brillante que se casaba con un prometedor y agraciado diplomático británico. La boda -igualita, igualita a la primera de la película- no tuvo desperdicio. Comenzó, a media mañana, en una encantadora capilla gótica de Cambridge, con una ceremonia compendio de la religión católica de la novia y la anglicana del novio. La diferencia es que los invitados de ella, en su mayoría latinos, situados en los bancos de la izquierda, nos arrodillábamos de vez en cuando, y los invitados del novio no. Pero todo resultó muy bien, el coro y los violines interpretaron a Mozart con absoluta propiedad y la ceremonia tuvo una dignidad que resultaría insólita en nuestro país. A la salida de la iglesia, mientras los novios iniciaban su desplazamiento a Farm Hall en un coche de época descapotado, un pintoresco vecino y amigo de la familia, ataviado con un chaleco bordado en seda multicolor, nos invitaba a tomar unas primeras copas, que para él no debían de ser las primeras, en el pub de enfrente; y allí nos tenéis, con nuestras mejores galas, en uno de esos celebérrimos locales que a la luz de la mañana aún se veía más polvoriento y casposo de lo que es habitual.

Llegados a la mansión, hicimos una larga cola, típicamente británica, para que los padres de los cónyuges saludasen, con toda calma, uno por uno, a todos los invitados, que más tarde se iban distribuyendo por el parque; ellos con sus chaqués, ellas con sus pamelas y cortinajes. Durante la comida se respetaron los ritos mas curiosos Nos retiraron el pan tras el primer plato y los caballeros cambiamos de mesa a los postres para entretener a otras damas. Pero lo más interesante fueron los speeches, o sea los discursos.

El rito de los discursos de boda ya nos había sido explicado por nuestros amigos Guillermo Cabrera Infante y Miriam Gómez, cuando éstos casaron a su hija con un inglés. Guillermo nos reprodujo el discurso que había preparado para la ocasión, con absoluto respeto por las reglas que aconseja la tradición para el padre de la novia, que es uno de los dos intérpretes imprescindibles. El otro es un amigo íntimo del novio. En su discurso, se espera que el amigo haga alusión a lo despreocupados y calaveras que eran los dos en su loca juventud, lo refractarios a compromisos matrimoniales, y cómo esa maravillosa muchacha que está ahora sonriendo, vestida de blanco, sentada a la misma mesa, los enamoró a ambos, pero su amigo, el novio, siempre le había levantado las conquistas y así sucedió también esta vez, y él se ha quedado muy cabreado pero, con el fair play que le caracteriza, le desea toda la felicidad del mundo.

Marcial hace el discurso que se espera del padre de la novia, con toda propiedad, con humor, compadeciendo al novio por el tremendo carácter de su hija ?ilustrado con varias anécdotas entrañables de su infancia y juventud-, advirtiéndolo de lo difícil y oneroso que le va a resultar convivir con esa fierecilla, encantadora pero dominante, deseándole toda la suerte que va a necesitar. No se olvida de agradecer la presencia de invitados ilustres, de diplomáticos, de los familiares que han venido desde Chile, de los amigos que lo han hecho desde España…

Después del banquete e iniciado el baile, mientras algunos invitados pasean por el parque y los más jóvenes se tienden en la hierba con sus copas de champagne bajo el tibio sol de la tarde, damos una vuelta con Marcial por todo el perímetro de la finca -para revisar los límites, como dice él-, mientras no para de entrenar a su setter mediante extraños ejercicios aparentemente cinegéticos. Entramos en el walled garden, el jardín amurallado, donde se encontraba el huerto de la antigua mansión. Nuestros amigos han sustituido las hortalizas por una alfombra de césped central, donde, a veces, juegan al tenis, pero han respetado los setos de boj que separaban el huerto de los caminos y han mantenido y replantado los frutales -melocotoneros, ciruelos, cerezos, perales y manzanos- que crecen contra las tapias en forma de espalderas y quedan así protegidos de la ventisca y las heladas.

Al salir de ese fantástico recinto nos encontramos con una espléndida rosaleda que, ante nuestra sorpresa, se nos explica que fue plantada por el científico alemán Otto Hahn. Resulta que durante la Segunda Guerra Mundial, Farm Hall fue confiscada por el Gobierno y utilizada como centro de formación de espias que se especializaban en seguir los avances científicos alemanes, sobre todo en física nuclear. Parece ser que la mansión se escogió por su proximidad tanto a las grandes bases aéreas desde donde partían los bombarderos y cazas hacia Alemania, como a la Universidad de Cambridge, donde los espías podían ser aleccionados sobre los últimos adelantos científicos.

Hacia el final de la guerra, los aliados montaron una operación que culminó con la captura de los más prestigiosos físicos nucleares germanos. Se temía que el enemigo hubiese conseguido fabricar la bomba atómica, ya que antes de la contienda sus investigaciones se encontraban muy avanzadas, y que Hitler, acorralado en aquella situación desesperada, decidiese lanzarla sobre Londres.

Todos los científicos, unos doce, entre los que se encontraban los premios Nobel Werner Heisenberg (el del principio de la incertidumbre en Física), Otto Hahn (el descubridor de la fisión nuclear) y Von Lauwe, estuvieron retenidos unos seis meses en Farm Hall. Durante ese período todas sus conversaciones fueron grabadas a través de micrófonos ocultos. Cuando nuestros amigos compraron la casa en 1979 y levantaron los pavimentos para fumigar las maderas, se encontraron con una red de cables eléctricos cuya función no consiguieron explicarse entonces, ya que este episodio permaneció en absoluto secreto hasta que, cumplidos cincuenta años, en 1995 el gobierno británico desclasificó los archivos y apareció la transcripción completa de las conversaciones entre los científicos confinados. La publicación de estos textos, bajo el título de The Farmhall Transcripts, ha causado un gran revuelo entre historiadores y científicos de todo el mundo, porque parece deducirse que los físicos alemanes estaban capacitados para fabricar la bomba y si no lo habían llegado a realizar fue porque pusieron toda clase de dificultades y trabas, agobiados por reticencias más bien éticas. En concreto por las transcripciones se puede demostrar que el día que la BBC informó del lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima, Heisenberg explicó con toda corrección cómo debía de haberse fabricado el ingenio nuclear. Este episodio histórico -sobre el que se han publicado cantidad de libros y artículos, así como documentales para las televisiones británica, alemana, danesa y chilena- sucedió en esta mansión. Aquí mismo, Otto Hahm, para matar el tiempo y festejar la primavera, plantó la espléndida rosaleda que estábamos contemplando. No eran fábulaciones, lo relata con precisión teutónica Heisenberg en su autobiografía.

Hacia el final del paseo nos detenemos frente a la entrada principal de la casa, en su eje de simetría, encarando el embarcadero, donde nace el canal navegable por el que se puede acceder directamente a la propiedad. Allí, Marcial nos informa que ese espejo de agua había estado flanqueado por ólmos centenarios que, como todos los de Inglaterra, perecieron antes de la Segunda Guerra Mundial, afectados por la misma plaga que ahora está liquidando los de nuestra península; en 1947 se plantaron álamos, árboles de poca calidad y crecimiento rápido que ahora se quiebran con vientos fuertes, por lo que ha debido podarlos a la mitad de su altura intentando prolongarles la vida. Sin embargo, añade que no debemos preocuparnos porque ya ha puesto pronto remedio a esa situación; ha plantado tilos, una especie mucho mejor y que se da muy bien en Farm Hall, pues en la avenida que se abre en la fachada opuesta hay ejemplares que se plantaron en 1722. Y entonces, intercalados entre los álamos decadentes, que serán talados en cuanto crezcan los tilos, nos señala unos arbolitos diminutos, plantados en alineaciones convergentes y convenientemente protegidos por estacas y tela metálica, que ni siquiera habíamos advertido.

-Pero para eso habrá que esperar mucho tiempo, Marcial.

-No creas -me contesta impasible-, no más de cincuenta años.

Cae la tarde, los novios, tras descansar, se han vestido con ropa de viaje (en verdad están aún más guapos que con los trajes de ceremonia), suben a un Triumph descapotable que les ha prestado un amigo (el del novio se ha quedado en Marruecos, donde es embajador). La banda de jazz, que ha abandonado por un momento la pista de baile, donde los más achispados están comenzando el auténtico jolgorio, ataca el «When the Saints Go Marching In». El deportivo arranca arrastrando las latas atadas a su parachoques trasero, enfila lentamente la avenida posterior -la de tilos plantados en 1722 y se aleja haciendo crujir la grava del camino. La madre de la novia debe recurrir a su característico autocontrol para que no se le escape alguna lágrima y a Marcial se le nota emocionado. En ese preciso momento me viene a la mente el comentario que ha hecho, hace apenas unos minutos, acerca del tiempo que tardarán sus arbolitos en crecer, y pienso que Marcial lo ha conseguido; se ha convertido en un auténtico inglés: la cátedra en Cambridge, la mansión, los muebles, el frío, los amigos, el Stilton… eran datos elocuentes, pero esa puntualización -no mucho, no más de cincuenta años? y la tranquilidad con que la ha expresdo le otorgan carta de naturaleza.

Tanto Marcial como yo superamos la cincuentena, por lo tanto, la posibilidad de que podamos disfrutar del efecto prometido, de la falsa perspectiva que con tanto cuidado ha proyectado como recurso escenográfico para acrecentar el efecto de profundidad, es bastante remota. Por fuerza mi amigo tiene que ser consciente de que nunca podrá contemplar su proyecto hecho realidad, como tampoco lo pudo hacer el gran Capability Brown, pues sus jardines tienen más de doscientos años y es ahora cuando la realidad se aproxima extraordinariamente a las acuarelas de sus proyectos; quizás Marcial sueña con la posibilidad, improbable, de que este disfrute corresponda a su descendencia, pero lo seguro es que sabe, o da por sentado estando inmerso en la cultura inglesa, que no hay otro remedio, que los árboles se deben plantar jóvenes, para que así crezcan sanos y proporcionados, que en Hyde Park se ven plátanos de apenas dos metros de altura que se han plantado previendo el fallecimiento del ejemplar monumental contiguo, que en los dibujos y grabados del siglo pasado aparecen los típicos y encantadores squares londinenses como plazas vacías-casi plazas duras-, con una modestísima plantación central. Si Josep Pla aseguraba que para cocinar bien hacen falta dos cosas, observación y tiempo y estos requisitos no parecen imprescinbles para cualquier arte, en la jadinería el factor tiempo se alarga más allá de la vida del proyectista. Ningún jardinero (paisajistas se llaman ahora) ha podido contemplar en vida el esplendor de su proyecto; si Vita Sackville-West y Harold Nicholson dedicaron media vida a Sissinghurst, no fue para su disfrute sino para el nuestro.

Marcial debe de dar por descontado que la pretensión actual de tener un jardín bello y desarrollado ¡ya! es, además de una horterada propia de los peores nuevos ricos, un imposible. En el jardín, como en otras cosas importantes de la vida, el dinero puede ser necesario pero en modo alguno suficiente y, desde luego, no puede suplir al tiempo. Es infinitamente más elegante el viejo y modesto huertecillo de Sóller o de Capri, con sus tomateras sostenidas por cañas entre almendros, naranjos y limoneros, que el jardinazo recién plantado en Marbella para un potentado árabe. Pero tanto jardineros como propietarios de viveros y de grúas mastodónticas hacen el gran negocio con esos jardines, que ellos denominan eufemísticamente «de efecto inmediato », esos jardines que nunca serán, tan hermosos como cuando se inauguran; a partir de entonces iniciarán su decadencia; nacen ya ancianos. Sus árboles adultos que, para superar el trauma del trasplante, han sufrido una poda radical que dejará trazas para el resto de su vida, están allí, desconcertados, en su nuevo emplazamiento, sin crecer, sin dar frutos ni flores, con un jetlag que les durará años. Su césped, inmaculado, recién extendido en panes o rollos, como una moqueta, nunca volverá a lucir así de brillante, aunque los aspersores hagan horas extraordinarias y los propietarios hayan traicionado la fidelidad de su perro desterrándolo a una lejana explotación agrícola o fabril porque, alguna vez, cavaba hoyos molestos. Casi no notarán la llegada de la primavera ya que, como querían que el jardín, además de ser de efecto inmediato, diese poco trabajo, plantaron todos los árboles de hoja perenne porque con los de hoja caduca se pasarían el otoño recogiendo la sucia hojarasca, por no hablar de los frutales, siempre caen plagas, las moras que ensucian el pavimento, los higos que atraen a las moscas… No sentirán el transcurrir -de las estaciones, pero tampoco importa tanto, así se ahorrarán la visión deprimente de las ramas desnudas durante el invierno y disfrutarán de un jardín cristalizado, casi idéntico todo el año. Esta pretensión vulgar de obtener la máxima calidad con la mínima dedicaron y paciencia no la puede compartir ningún sincero amante de los jardines,. y, por lo tanto, no la puede compartir el aplicado aspirante a paciente inglés que es mi amigo

La observación y cuidado de un jardín -aun del más pequeño es, además de un tremendo placer, una constante fuente de conocimiento, tanto sobre la naturaleza como sobre nosotros mismos. Si solamente iniciásemos aquellos proyectos que tuviésemos la garantía de disfrutar en vida, ¡qué pocos proyectos emprenderíamos en nuestra madurez! Si solamente realizásemos aquellas acciones de las que tuviésemos la ,garantía de que nos serían recompensadas, !qué pocas acciones generosas que pocos favores y que pocos actos estéticos haríamos!

Todas estas cosas se me van pasando por la cabeza mientras observo a Marcial, que, con ojos algo tristes, ve alejarse a su amada hija. La muchacha se sujeta la pamela con una mano, mientras agita la otra, blanquísima sobre el fondo oscuro del bosque, en un alegre y vital gesto de despedida.

Parece que una diosa de juventud nos esté diciendo adiós.

Acerca del autor

Óscar Tusquets Blanca

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