Confluencias

El arte y las artes

Todas las definiciones que del arte han dado las más diversas escuelas filosóficas, todas las expresiones usuales donde se declara el concepto que de este objeto posee el sentido común, se hallan enteramente conformes en reconocer que el arte consiste en el poder de realizar libre y hábilmente las ideas del espíritu. Aquellos que lo reducen a la representación exterior de lo bello en la Naturaleza, como los que tienen tal limitación por infundada; los que lo cierran en la clásica pentarquía de la poesía, la música, la pintura, la escultura y la arquitectura, al igual de los que lo extienden a toda nuestra actividad, cualesquiera que sean el fin que se proponga y los medios de que para conseguirlo haya de valerse, todos, en suma, convienen en que no hay arte sin esta libre producción de las ideas en obras individuales y efectivas, ora permanentes, ora perecederas y fugaces.

Pero que todas las restricciones que han sólido ponerse a este concepto carecen de base real y pugnan abiertamente con la sana razón, se nota con sólo advertir que en el uso diario de la vida jamás nos detenemos ante ellas. Para el sentido común, obra siempre artísticamente quien, en la ejecución de una empresa cualquiera, procede de tal modo que toda su acción, recogida en sí misma y atenta cuidadosamente a su objeto, sin distraerse de él un punto, hace converger y servir para éste con perseverancia y delicado tacto cuantos medios se requieren, hasta lograr que el resultado corresponda a su idea. Así se comprende que pueda hablarse no sólo de artes industriales, en cuya locución excede ya ciertamente el arte la esfera de lo puramente bello, sino de arte para observar y experimentar la Naturaleza, para conducirse en sociedad, para gobernar a los pueblos, para educar a los hombres; y que aun en nuestros más íntimos hechos, imperceptibles para los sentidos corporales, en los hechos de nuestro espíritu, exijamos también arte para pensar y discurrir, para regir y templar el sentimiento, para guiar atinadamente al bien la voluntad y reformarla. ¿Qué más? La vida toda nos aparece como una obra artística, desde que la concebimos y realizamos, no en el informe y confuso laberinto de contrarios accidentes, entre los cuales, desorientado el hombre, pierde su centro y el dominio de sí propio y se deja arrastrar por el flujo y reflujo de las corrientes más opuestas, sino como el régimen libre, discreto, bien medido, firme y flexible a la vez, de nuestra conducta en todas las relaciones. Conforme a cuyo sentido es llano que cada fin de razón puede y debe ser cultivado artísticamente, como elemento del destino y obra de la humanidad, que se despliega armonioso en todos ellos y a través de sus infinitos círculos, relaciones, estados, cual en otros tantos episodios de su dramática historia.

He aquí el arte sin duda más comprensivo que pensamos, sin que acertemos a idear otro superior. Antes bien, cualquier otro no es concebible sino como parte de éste, al que viene siempre a parar, como a su centro, constituyendo una de sus manifestaciones. Así, Kant es artista de pensamiento en la razón; Beethoven, artista de sentimiento en el sonido; Washington, artista del derecho en la sociedad: que todos tejen algún hilo primoroso de esa divina trama.

II
Si este arte, el de la vida, como la aplicación sistemática de toda nuestra actividad con sus diversas facultades a la consecución de nuestro destino, forma el total y fundamental arte humano, ¿parecerá imposible hallar en él mismo algún principio para una verdadera clasificación interna de las artes particulares?

Los que extienden el arte más allá de la representación de la belleza suelen distinguirlo en bello y útil, a cuyos dos miembros añaden también algunos un tercero: el bello-útil o compuesto. Y es, entre todas, esta división la más importante quizá, por referirse a caracteres esenciales de la producción artística.

Que llevamos en la vida a cabo obras cuyo fin es realizar la hermosura, sin atender a ninguna otra relación, no requiere explicación prolija. El mundo de imágenes sensibles que en nuestra fantasía evocamos y diseñamos, sin más propósito que el de renovar idealmente la grata impresión con que nos han afectado ciertos objetos, o con el de encarnar individualmente las libres concepciones de nuestro espíritu, recreando el ánimo en su contemplación, no es sino la obra de nuestra actividad puesta al servicio de la belleza que el alma percibe y aspira juntamente a producir: ora esta producción permanezca en el secreto de su intimidad, ora se traduzca en un medio exterior y corpóreo que la haga perceptible también a otros hombres. Por el contrario, la serie de palabras que, pronunciadas en nuestro espíritu y articuladas luego en la conversación social para manifestar nuestro pensamiento y obtener por este camino el logro de tal o cual empresa; las figuras que trazamos interior o aun exteriormente para ayudar al estudio de la Historia natural o de la Geometría, no atienden a despertar por sí en el ánimo esta libre emoción, sino a servir de medio para algo que radica fuera de la obra. Últimamente, cuando nuestros hechos presentan una doble finalidad —si vale la expresión— sustantiva y adjetiva, procurando a la vez mover el sentimiento y conseguir algún resultado extrínseco, aparecen belleza y utilidad indisolublemente unidas. Estas producciones, en tal caso, jamás deben confundirse con aquellas otras que, concebidas y ejecutadas con intención puramente útil, reciben luego la yuxtaposición de ciertos accidentes estéticos (los llamados adornos), los cuales pueden desaparecer sin menoscabo alguno del carácter y destino de la obra principal a que se hallan agregados. Quitando, por ejemplo, a la mesa en que escribo todas sus molduras y relieves, no disminuye en lo más mínimo la naturaleza del servicio que me presta, servicio que antes bien puede en ocasiones impedir una ornamentación profusa, por delicados que sean su gusto y sus primores; mas pretender separar de un discurso de Demóstenes o de Mirabeau el elemento estético, indivisamente fundido en la idea desde el primer momento de su concepción e inspirado en la obra toda hasta sus últimos pormenores, vale tanto como querer destruir la obra misma, igualmente dirigida al pensamiento y al ánimo, y proyectada y construida en la íntima unidad de este fin doble.

Tal distinción real en los productos de la actividad humana no obsta a que, en virtud de la armonía de nuestro ser, utilidad y belleza se protejan mutuamente en la vida, cuando van entre sí bien concertadas, sin sacrificar una a otra; faltando lo cual, recíprocamente se corrompen. Así el drama moraliza y educa, la novela enriquece la experiencia social, y la apasionada elocuencia del orador le ayuda a persuadirnos. Así también, en más amplia esfera, toda obra bella es juntamente útil, ya en cuanto satisface necesidades superiores del espíritu, ya en otras relaciones menos principales. Así, por último, toda obra verdaderamente útil, si es cumplidamente ejecutada, hace resonar siempre en el ánimo la emoción estética; sirva, si no, de ejemplo el puro goce del científico al contemplar la verdad que obtiene por premio de su investigación laboriosa. La clasificación, pues, de las obras artísticas en bellas, útiles y compuestas entiéndase sólo como fundada, ya en la alternativa preponderancia de esos contrarios elementos, ya en su igualdad y armonía. Una estatua, una pintura de paisaje, una melodía, una tragedia, muestran preferentemente el primero; en la lección del profesor, en el invento del mecánico, en los actos del diplomático o del comerciante, predomina el segundo; el templo, la arenga, el tapiz, el vaso, pueden mostrar, no ya equilibrados, sino en íntima compenetración y fusión entrambos caracteres.

III
Pero si esta clasificación, así explicada, es de todo punto exacta cuando se refiere a las obras artísticas, deja de serlo si se pretende aplicarla a las artes. Afirmar, por ejemplo, que las hay entre éstas, no ya exclusiva, mas ni aun predominantemente bellas, equivale a sostener que sus resultados deben todos pertenecer a esta categoría. Ahora bien, considérese lo que acontece en cualquiera de las que más unánimemente se declaran tales, v. gr.: en la pintura. ¿Quién dudará que la representación del mundo visible en una superficie mediante las líneas y el color, compuestos según las leyes de la perspectiva (que es en lo que la pintura consiste), así puede servir para el trazado de un mapa o de una serie de proyecciones geométricas, como para hacernos contemplar la fantasía de Rafael, en su ideal estético? La música misma, que algunos intentan oponer a estos principios, ¿se vale acaso de otros medios fundamentales en Mozart o en Beethoven que los que emplea en sus modulaciones la corneta o en sus acentuados ritmos el tambor? De que existan, pues, obras predominantemente bellas, útiles y bello-útiles no se sigue en manera alguna que ciertas artes hayan de excluirse de esta triple producción, a que antes, por el contrario, se encuentran todas igualmente destinadas.

Mas si el arte abraza por completo la vida; si lo mismo alcanza a la intimidad de nuestro espíritu, que regula su manifestación exterior, es evidente que aparece aquí ya un principio intrínseco, esencial, para distinguir las artes en dos esferas fundamentales, según que se refieren a esa vida que cada cual hace a solas —digámoslo así— consigo propio, o a la que, teniendo en ésta su raíz y centro dinámico, la expresa ulteriormente por medio de las fuerzas corporales.

Ya hemos hecho notar, por respecto a la primera, que nadie pone en duda la necesidad de producir artísticamente nuestras obras con ley, unidad y enlace, aun dentro de nuestro propio espíritu, dirigiendo discretamente su actividad y sus diversas facultades para realizar, con el peculiar fin de cada una, según su naturaleza y el unánime concierto de todas, la plenitud de nuestro esencial destino. A esta esfera pertenecen el arte lógico, para la recta indagación de la verdad y su sistemática información en la ciencia, primera base real de la vida; el arte estético, que purifica el ánimo, desligándolo de la irracional adhesión a las cosas sensibles, en que lo agosta y cierra el hábito exclusivo de lo particular; el arte moral, con que mantenemos la voluntad fiel al bien, sin desviarla de él un punto hasta realizarlo en la medida de nuestras fuerzas; el arte, en fin, de proporcionar estas facultades en su desarrollo progresivo, como elementos de nuestra educación espiritual, conservar su armonía y salud, y restablecerlas cuando por algún accidente o por su propia culpa se perturban: funciones capitales que constituyen la pedagogía, la higiene y la medicina del alma.

Mas si nuestro espíritu, lejos de vivir aislado, mantiene universales relaciones con los diversos órdenes de la realidad, es evidente que ha de cultivar sus facultades, no sólo convirtiéndolas hacia su propio ser, sino desplegándolas en todas direcciones, sin lo cual dejaría de llenar parte de su destino, y, reducido a conocerse y amarse a sí propio, y a no querer sino su bien particular, caería en contradicción con sus tendencias fundamentales, desataría en su corazón la turbia vena del egoísmo y cegaría en él las fuentes de los sentimientos naturales, sociales y religiosos. Considere, por ejemplo, el hombre despreocupado, qué es de la ciencia, cuando por una modestia soberbia y afectada se aparta de Dios y renuncia a recibir en su luz el reino infinito de la verdad; y aun el más preocupado, con tal que guarde algún respeto al testimonio imparcial de la historia, advierta cuántos misterios inextricables, cuántas mortales dudas, y de aquí cuánta inquietud y postración y desmayo han coronado todas las quiméricas tentativas de cerrar al pensamiento el conocimiento trascendente, soñando enriquecer con nuevo y antes malgastado caudal una psicología imposible, trabajada en sus entrañas por contradicciones insolubles.

Propende antes bien nuestra alma a unirse, en medio de sus límites, con todo ser, a conocer y sentir toda verdad y belleza en el mundo físico, en el espiritual, en el de la sociedad humana, en el universo en fin, y sobre el universo en Dios, objeto supremo para el ser racional y fuente viva de toda realidad y hermosura. Ni basta a la voluntad cumplir nuestro propio bien en la intimidad del ánimo. Ningún hombre, por lleno que esté de sí mismo y de su interés egoísta, deja de hallar en su conciencia una perenne aspiración a que el bien se produzca, no sólo en su vida personal, mas en la de todos los seres, sin excepción ni restricción alguna; y así como le regocija la prosperidad y le duelen los infortunios de otros individuos, de su patria, de su siglo y civilización, de la humanidad entera, aunque él participe lo menos posible de ellos; y le entristece el espectáculo de la aridez e infecundidad de la Naturaleza, y le alegra el de su esplendor y lozanía, sin necesidad de que en ello medie interés personal por su parte, quisiera, no y a que todo mal se destruyese y que todo bien se aumentase sin tregua ni descanso, sino ayudar él mismo también a esta empresa en la medida de sus facultades y dentro del círculo hasta donde pueden extenderse en proporción con sus restantes fines. Y si cierra su alma cobarde e indiferente a esta pura excitación con que Dios, el Espíritu, la Naturaleza, la Humanidad, le reclaman por hijo, el remordimiento viene a advertirle que ha faltado y a servirle de espuela para que rompa las ligaduras en que lo aprisiona su egoísmo, enmiende su desamor, y se haga libre y fiel instrumento de la obra infinita del Redentor del mundo. He aquí nuestra vocación providencial en el organismo de nuestro destino.

IV
Este también, en cuanto nos aplicamos con hábil discreción a su cumplimiento, es el total sistema de las artes particulares. Infinitas en número, como lo son las manifestaciones de nuestra actividad, contiénense todas en estas capitales esferas, una sola de las cuales basta para burlar el anhelo de la fantasía por cerrarlas en límites determinados. No son, pues, las artes tantas o cuantas; en cada dirección esencial de nuestro ser, en cada obra racional que proyectamos, se engendra un arte correspondiente, que el espíritu ha de guardar con tacto delicado al producirse en aquella relación consigo propio o con el mundo exterior que constituye por entonces su inmediato fin, si aspira a que el resultado de su esfuerzo concierte con el propósito que se lo inspira.

Y si este concierto es en su plenitud imposible, cuando en lugar de proceder artísticamente, obramos sin orden ni enlace, confusos, atropellados, andando y desandando el camino, olvidando lo principal por lo accesorio, usando medios contraproducentes, ¿cabe dudar que el arte forma una verdadera ley de conducta, cuyos principios no nos es licito infringir, quedando impunes? Responda por nosotros todo hombre bien sentido, y diga si acaso, no ya en las grandes empresas donde se ponen en cuestión los más elevados intereses, sino aun en los asuntos más triviales y humildes, bastan, por ejemplo, la bondad del propósito y la rectitud de la intención para lograr su objeto, sea cualquiera nuestro modo de conducirnos. Por lleno que esté el ánimo de las más nobles ideas; por desinteresados que se muestren nuestros móviles; por más que la bondad del fin se guarde incólume en la elección de los medios, y aunque éstos resulten los más propios, si no se aplican hábilmente todo se nos deshace entre las manos, frústranse nuestros mejores planes, e impedimos con nuestra torpeza el bien que no acertamos a lograr y que otros tal vez hubieran conseguido; cuando no cometemos directamente positivos males, con cuya pesadumbre luego nos agobia el cruel remordimiento.

No son menos en número las víctimas de la torpeza que las de la corrupción; por desgracia, la incultura que aún anubla todavía la luz de estos principios en el espíritu de la sociedad contemporánea, y la falta consiguiente de una verdadera Ciencia del arte se sobreponen a los avisos de la experiencia y alimentan en la vida un triste divorcio entre la ley moral y la artística, donde aquélla se goza soberbia en una imprudencia sublime, y la otra se degrada en rutinario amaneramiento, o se envilece y prostituye en la intriga. Si hablásemos el lenguaje de Kant, diríamos que el imperativo moral suplanta a veces, a veces se rinde al imperativo técnico.

V
En la esfera íntima, sagrada, inmediata de nuestra vida es, el espíritu juntamente su propio artista, su instrumento, su material, su obra; concibe: proyecta, ejecuta en su propia sustancia y por sus propias fuerzas, únicos recursos con que puede contar su actividad. Mas en la vida de relación que lleva con los restantes seres, hállase al punto insuficiente y necesitado de otros medios. Cierto, es él quien conoce lo verdadero de las cosas, quien ama su hermosura, quien pretende su bien; pero aislado del mundo, replegado en su conciencia exclusiva, sólo puede comunicar consigo mismo. Todos los demás seres finitos, naturales, espirituales, humanos, llegan hasta él por medio del cuerpo, sin cuya intervención no le es dado conocerlos, ni sentirlos, ni formar, por tanto, voluntad de su bien, ni hacerla eficaz para éste en ellos. Sus más generosas inspiraciones en su pro fueran estériles y baldías, si no acudiese obediente a nuestra voz aquél, para traducirlas y realizarlas con la palabra, con el gesto, con el acorde movimiento de sus órganos.

Sirve, pues, nuestro cuerpo al espíritu en una doble función: para que reciba al mundo exterior en sí y para que infunda en éste las concepciones que en su intimidad elabora. El astrónomo, que se afana por conocer los sistemas celestes y las leyes que rigen sus acompasados movimientos; el erudito, que estudia las fuentes de donde ha de tomar los materiales que suministra al historiador; el viajero, que inquiere el clima, productos, leyes, civilización y costumbres de los pueblos más apartados; el hombre culto, que sabe sentir la belleza de una estatua, de un drama, de una sinfonía, elevándose sobre el goce sensual del vulgo, semejante —como ha dicho un estético— al placer del cordero en la yerba, necesitan tanto de su cuerpo, aunque en inversa relación, como el escultor o el músico, que vierten el ideal de su fantasía en el mármol o el sonido; el agricultor, que sana, enriquece y hermosea la tierra; el mecánico, que hace brotar la vida de una ecuación matemática; el político, que acierta a desenvolver lo sano y corregir lo vicioso en las instituciones sociales del Estado.

La unidad esencial de nuestra actividad enlaza estas dos funciones en vínculo indisoluble. La receptividad y la espontaneidad, la acción y la reacción, se acompañan, se siguen y excitan recíprocamente, lo mismo cuando nos proponemos interiorizar en nosotros algo exterior, que cuando aspiramos a exteriorizar alguna de nuestras modificaciones internas, poniéndolas de manifiesto para otros seres. El fin del médico es curar, esto es, restablecer al cuerpo enfermo en la armonía y plenitud de sus fuerzas; mas para ello necesita atender a él hasta fijar con seguridad su verdadero estado, mediante el examen de los síntomas que ofrece, de su carácter y temperamento, de las circunstancias y precedentes de la enfermedad. Cuando el químico pretende, por el contrario, conocer las combinaciones de las diversas sustancias naturales, o lo que es igual, recibirlas en su espíritu como datos para la construcción racional de su ciencia, ¡cuántos aparatos, instrumentos, reactivos y operaciones a su vez exige! Y el poeta como el moralista, el profesor como el industrial o el arquitecto ¿pudieran dar cima a su obra, si no fuesen recibiendo y contemplando todos los estados por que pasa, desde el primer proyecto hasta sus últimos detalles y perfiles? Tan esencial es para el espíritu esta doble dirección de su actividad, que aun en su propia vida íntima aparece. La obra de conocernos a nosotros mismos, con ser toda interior, es tan predominantemente receptiva, por ejemplo, como la del conocimiento de la Naturaleza; la de regir nuestra voluntad, tan espontánea y reactiva como la de labrar el suelo o la de enseñar a otros hombres.

En ambos respectos, pues, haciendo que el mundo exterior sensible penetre en el de las ideas, y que éstas arraiguen y se encarnen en las entrañas de aquél; trayendo la Naturaleza a la fantasía, llevando la fantasía a la Naturaleza, acompaña y sirve al espíritu el cuerpo como instrumento artístico de su vida de relación con los demás seres finitos, prestándoles condiciones sin las cuales fuera inasequible para el hombre la ejecución de su inmortal destino. Pues la humanidad, como el compuesto más pleno y perfecto de los dos órdenes fundamentales de la creación, el psíquico y el físico, está llamada a realizar esta divina armonía, no sólo en sí propia, sino en todas las esferas del universo, entre las cuales ha sido puesta por Dios como providencial mediadora para su estrecha alianza. De esta suerte, lejos de ser el cuerpo un obstáculo, una cárcel, un castigo, la raíz de todas las tentaciones infernales, según soñara el misticismo de todos tiempos, desde la India hasta nuestros días, constituye un órgano esencial y verdaderamente sagrado, que nos permite cumplir en nuestro límite una obra, aunque finita, semejante a la infinita de Dios.

VI
Precisamente por esto, porque el cuerpo lleva como el espíritu el sello de su divino origen, es deber nuestro cultivarlo, conocerlo, amarlo, querer su bien, dirigir y desenvolver sus fuerzas, velar por su salud, manteniéndolo ágil en sí y como parte que es a una de la humanidad y la Naturaleza.

Sólo que, mientras el espíritu puede vivir replegado y concentrado en sí propio y aun cerrarse por tiempo a toda comunicación con otros espíritus, nuestro cuerpo no vive sino en indivisa penetración y continuidad con la Naturaleza toda y sus restantes esferas, cuyo omnilateral concurso determina muy principalmente su individualidad, y de cuyas fuerzas superiores depende, sin emanciparse jamás de ellas, aunque apele a la muerte, que no es tampoco más que un momento del proceso universal orgánico y de su obra de renovación incesante. Así es imposible el bien del cuerpo, su desarrollo, su salud, sin el bien y salud de la Naturaleza, para cuyo cultivo, por si el deber no bastara a obligarnos, asédianos sin tregua la necesidad inmediata.

El deber, decimos. Que no es tan sólo su propio interés lo que mueve al hombre a vencer el rigor de los climas, a fecundar los desiertos, a acrecentar y mejorar la producción, a enriquecerla con las creaciones de su fantasía a despertar y hacer, en fin, sensibles las ideas en el mundo exterior; sino, al par de ese pujante estímulo, aquella voz secreta que le llama al bien siempre, anhelando que doquiera sea el mal dominado y abriendo en su corazón raudal inefable de sanos y generosos goces, tan luego como logra dar cima a una de esas obras donde el espíritu, encarnado en la Naturaleza, se complace en ser intérprete de sus misterios, reanimándola con su divino calor, iluminándola con su luz y prestándole su lengua.

No necesitamos, ciertamente, recordar entonces los servicios que la Naturaleza presta a nuestro cuerpo, como tampoco los que ofrece al espíritu, que halla en su comercio paz y consuelo a la opresión del ánimo, descanso expansivo a esa reconcentrada tensión de sus fuerzas, que es la ley de su vida, instrumentos y medios poderosos para su misma edificación interior. Ni tenemos para qué pensar en que sin ella la idea divina, que indaga laboriosamente en su conciencia el filósofo, no se infundiría en la piedad del sacerdote, en la austeridad del moralista, en la prudencia del político, en el arado del labrador, en el cincel del estatuario, en la herramienta del obrero, en la osadía del navegante, corriendo por todas estas sendas como por otros tantos hilos de oro, tendidos desde lo infinito a lo finito, hasta hacerse en pensamiento y vida bien común y patrimonio de todos. Ni, por último, consiste este amor a la Naturaleza en lo que de ella necesita para constituirse la sociedad humana en sus instituciones, círculos, leyes, costumbres, familias, pueblos, razas a cuyos fines sirve con tantos y tan indispensables auxilios, y cuya vida sostiene en sus continentes y regiones.

Esta esfera fundamental del arte que despliega el hombre en la Naturaleza, ora para bien y amor de ella misma, ora por su propia utilidad, o por la que presta a nuestro cuerpo, o al comercio espiritual, o a las sociedades humanas, con ser la que principalmente ha venido estudiándose hasta hoy, no se ha considerado aún en todo su concepto, ni desenvuelto sistemáticamente en todo su contenido, determinando los capitales órdenes donde a su vez se encierran las infinitas artes particulares en que se subdivide. Son éstas: 1°, el de las artes que cultivan la Naturaleza únicamente en la forma del espacio, y que a causa de la permanencia de sus productos llaman algunos estáticas, como son —entre otras— la pintura, el dibujo, la escritura, la imprenta, el grabado, la fotografía, la estatuaria, la cerámica, la glíptica, el relieve, la arquitectura, la jardinería, y aun la agricultura toda, la maquinaria, el mobiliario, etc.; 2°, el de las artes apellidadas dinámicas, por valerse de la forma compuesta del movimiento, y cuyas obras son de suyo pasajeras (aunque pueden fijarse representativamente por medio de las artes estáticas, v. gr.: de la imprenta o escritura), según acontece, tanto en las que se sirven de las fuerzas generales de la Naturaleza, como la música instrumental, las artes químicas, hidráulicas, óptico-dinámicas (por ejemplo: la pirotecnia, los cuadros disolventes, o, en la esfera científica, el análisis espectral), etc.; cuanto en aquellas que emplean sólo las de nuestro cuerpo, ya en sus gestos, ademanes y movimientos exteriores, como la mímica y el baile, ya en la voz, como el canto y el arte de la palabra en los diferentes géneros que constituyen la literatura.

VII
Al arte de nuestra convivencia con la Naturaleza, sigue inmediatamente el que aplicamos a nuestras relaciones con otros espíritus, ora para recibirlos en nosotros, como hace, por ejemplo, el que mediante el estudio de los escritos científicos procura investigar la historia del pensamiento en los pueblos civilizados, ora para obrar y penetrar en ellos en cuanto es compatible con la libre espontaneidad e independencia que caracteriza la vida del alma; tal sucede, entre otros, al moralista que aspira a corregir la perversión de la voluntad, apartada del bien o débil para resolverse a cumplirlo; al maestro, que en el choque y contraste de su pensamiento con el del discípulo, sacude en éste el ánimo apocado y le despierta al ansia de la razón; al poeta y al músico, que avivan, purifican y elevan el sentimiento con el acicate de la fantasía.

Pero este comercio recíproco, merced al cual se refleja y multiplica la vida de cada espíritu en los demás, influyendo unos en otros y educándose todos mutuamente en la solidaria comunión de sus frutos, sólo es para nosotros posible en virtud de la sociedad humana, que al ensanchar el campo de nuestra actividad, abre al arte nuevos e interminables senderos.
Ahora bien: la sociedad es un complicado organismo, donde, a semejanza de lo que en el cuerpo humano acontece, cada institución tiene a su cargo promover, dirigir y cultivar especialmente alguna función esencial de nuestra vida. A partir del individuo, su primer elemento integrante e irreductible, con el cual se construyen todas las esferas sociales, penetra la última vibración del espíritu en una radiación misteriosa a través de la familia, los círculos locales inmediatos, la nación, la raza, hasta las entrañas mismas de la humanidad, por todos cuyos ámbitos resuena como un eco inmortal que apaga sus ondas en el infinito.

Y sea que consideremos cualquiera de estos grados concéntricos que abrazan a la personalidad humana en todas sus propiedades, sea que atendamos a aquellas instituciones que sólo enlazan a los hombres por un vínculo singular, el de la religión en la Iglesia, el de la justicia en el Estado, el de la ciencia en la Universidad, el de la producción económica en las asociaciones mercantiles o industriales, y tantos otros, es lo cierto que a todas estas esferas se aplican nuestras facultades, y con ellas el arte de la vida social, que luego se distingue en tantas artes particulares cuantos son en sí los asuntos donde ha de ejercitarse la cooperación y mutuo auxilio de los hombres.

Aquí es donde toman su origen las diversas profesiones también. Todo arte que, desarrollándose al par de la civilización, llega a obtener el reconocimiento social de su importancia, se hace al punto objeto habitual para determinados individuos e instituciones que en su cultivo asiduo satisfacen la aspiración cardinal de su vida y lo convierten en una profesión. Así, el poder de la sociedad y el crecimiento de su cultura engendran cada día nuevas profesiones para la producción de algún fin racional antes oscurecido y olvidado: las cuales, una vez establecidas, son viva representación de aquel fin a que dan alimento con sus obras. Y sin que esta constitución exterior de las funciones esenciales a nuestro destino impida, como ha acontecido a veces en mal hora, el libre y universal cultivo de todas (a que el ser racional se debe siempre, sin menoscabo de su vocación y en proporción a sus fuerzas), antes lo exija imperiosamente, si no han de enfermar en un soberbio aislamiento las instituciones sociales y aun comprar a precio de su vida el goce efímero de su vanidad temeraria, puede, no obstante, asegurarse que, mientras estas funciones carecen de órganos propios y adecuados, no alcanza la sociedad aquella plenitud y riqueza que sólo nace de la recíproca intimidad entre esas varias direcciones a que, en servicio de todos, se consagran señaladamente algunos.

VIII
Pero la vida en el mundo, con la infinita complicación de sus fines, no basta a llenar todavía la vocación del hombre. Si éste ha de cumplir sus esenciales exigencias, necesita elevarse sobre el mundo, a todos cuyos géneros pertenece, hasta llegar al Ser fundamental donde halla juntamente su principio, el de los demás seres y el de los vínculos que con ellos le enlazan.

Esta relación con Dios como Ser Supremo y Providencia infinita, penetra toda la naturaleza racional y pide de consiguiente para su cultivo por nuestra parte (contra lo que algunos pretenden) el concurso de todas nuestras potencias. Lo mismo nos lleva a Dios el pensamiento por sus diversos grados y caminos, por la fe y el presentimiento, por la inducción y la hipótesis, por el conocimiento absoluto; que el sentimiento, cuyo calor celestial nos levanta al puro y santo amor de la belleza divina, de cuya gloria es un rayo la hermosura del universo y sus seres; que la voluntad, en fin, sólo de esta suerte segura de perseverar en el bien y de volver a él regenerada, cuando por tiempo se pervierta y corrompa.

Tal es el recto sentido de la religión, a cuya práctica consagra el espíritu finito la primera y principal de sus artes. Pero la religión no es exclusivamente relación del individuo racional con Dios, sino de la sociedad también, que la reverencia en instituciones adecuadas; ni abraza únicamente al hombre en su divino vínculo, sino a todos los seres mediante aquél, haciendo que todos, sin excepción, sean por él conocidos y amados, no sólo en ellos y por ellos, sino en Dios y por Dios, y su bien cumplido como ley y decreto de la Providencia; ni tiene un carácter meramente receptivo y pasivo, cual si por ejemplo la fe bastara sin las obras; antes al contrario, no es receptiva, sino a condición de inspirar en nosotros propósitos tales, que hagan de nuestra vida una imagen finita de la vida de Dios.

Por esto el arte de la religión trae en sí a todas las artes. Si en un alto sentido ha podido sin impropiedad proclamarse que la religión es todo el fin del hombre, ya que —según la misma razón común afirma— no cabe ser verdaderamente religioso sin llenar todos nuestros deberes religiosamente también; de análoga manera sería lícito decir que el arte correspondiente a esta esfera, en su amplia y cabal acepción, constituye en definitiva el único arte. Así lo han presentido todos los pueblos, trayendo la ciencia al dogma y las creencias, fundando en el sentimiento la caridad, regulando la voluntad en la moral sagrada, asociando la Naturaleza y sus seres al culto, buscando el reino del espíritu en la comunión invisible de los fieles, utilizando las instituciones humanas en la Iglesia visible y terrena, exigiendo en el santuario de la conciencia todas las virtudes, y en el templo exterior todos los prodigios de la fantasía.

Sólo cuando estas varias exigencias se cumplen, con pura y generosa intención, sirviendo el hombre a Dios y a todos los seres libremente, y dando a cada cual lo que en justicia le corresponde, es verdaderamente piadoso y religioso, produce todo el bien a que la conciencia le incita, obedece al destino de su naturaleza, y puede con razón esperar el auxilio de la Providencia divina para desenlazar suave y gratamente en lo infinito el bello drama de su vida en la tierra.

IX
Si el arte sigue a la vida en todas sus esferas, como la forma al fondo, basta volver la vista al camino hasta aquí recorrido para hallar en él claramente determinado el verdadero principio de distinción en el arte, y por tanto, la base real donde puede únicamente fundarse un plan sistemático de sus diversas manifestaciones. —Este principio no es otro que el de la distinción entre nuestra vida intima y la que hacemos con los otros seres, y supremamente con Dios, mediante el vínculo religioso, y conforme en lo esencial también con el punto de vista usual para la clasificación de las llamadas bellas artes. Así, la pintura y la música, por ejemplo, no se diferencian sino en razón del medio en que expresan la vida del espíritu, en cuanto este medio radica en el color o en el sonido, donde encarna la fantasía sus inspiraciones, y las traduce luego e imprime en la Naturaleza.

De ambos modos llenamos igualmente nuestro destino providencial en la vida, ejercitando las propias fuerzas y cooperando a que los demás seres desplieguen también las suyas con la unidad, proporción y armonía en que estriba la salud en cualquier esfera del mundo. Cuando este desarrollo dinámico se cumple en un ser racional, llámase hoy por antonomasia educación, y su arte correspondiente pedagogía. —Mas que no sólo los seres racionales se educan, sino los animales mismos, y aun nuestro cuerpo y la Naturaleza toda, mejorando su estado mediante la libre iniciativa y dirección del hombre, con lo que se acercan progresivamente al ideal que preside la vida de cada ser, por más que sólo el espíritu racional lo sepa y sea con esto el único que puede educarse a si propio, cosa es llana de entender, y que corrobora la sana razón común. Basta considerar el acompasado pero certero perfeccionamiento de la Tierra merced al cultivo inteligente, que va como civilizándola también, despertándola de su perezoso letargo, abriendo en ella nuevos veneros de producción, y haciendo que al fecundo calor de las ideas, vistan el esplendor de la fertilidad y la hermosura los más ingratos climas, condenados por la rutina ignorante a una esterilidad contraria a la ley de Dios que nada en el universo ha desheredado de salud y de vida. —Precisamente por esto semejante acción de nuestra parte para desenvolver artísticamente la actividad universal en todas direcciones no abraza sólo la producción del bien en horizontes siempre nuevos, como que son infinitos; sino juntamente la conservación de todo bien ya logrado, y de la armonía interior y exterior de cada ser consigo propio y con los demás, evitando que el predominio de una fuerza atrofie a las restantes, o las contraríe en la legítima expansión de su natural desenvolvimiento. Mas como en la limitación de todo ser finito, el mal, nunca necesario, es siempre posible, y por consiguiente, la pérdida de la salud, que es el mal en el desarrollo y concierto de la vida, debemos estar atentos también a estos accidentes, una vez producidos, para aplicar a ellos todo nuestro arte, a fin de curarlos, estirpando sus causas, no sus síntomas (como se hace, por desgracia, con harta frecuencia), hasta lograr se restaure el perturbado equilibrio.
He aquí cómo —según notamos ya antes— hay una Higiene y una Medicina, no sólo del cuerpo, sino del espíritu también y de la Naturaleza en todos sus órdenes, y de la sociedad humana, sujeta asimismo a estas crisis y dolencias con que se interrumpe la paz y serenidad de sus evoluciones.

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¡Cuán lejos de la verdad aparece ahora la doctrina, ya brevemente examinada, que distingue y clasifica las artes particulares según el carácter predominantemente estético, útil o compuesto de sus obras! Todo arte es, por el contrario, susceptible de esta triple producción. La relación más subalterna de la vida, la actividad con que a ella nos aplicamos, el arte que de esta aplicación nace, no ceden en poder estético a ninguna de las esferas ea que la estrechez del espíritu teórico, guiado por principios abstractos y divorciado de la realidad, ha pugnado hasta hoy a viva fuerza por reducir la producción de lo bello, con que el ser racional difunde por todos los ámbitos de la creación el esplendor de las ideas y alimenta en perenne juventud todos los nobles sentimientos del ánimo. La vida toda, en cuanto despliega orgánicamente y en armonioso ritmo la plenitud de los elementos con que elabora sus fines, transparenta hasta en sus más mínimos detalles, sin oscuridad, falta ni ripio, en el vuelo más rápido del pensamiento, en el latido más tenue del corazón, en un movimiento, en un individuo, en una sociedad, en una edad histórica, la divina inspiración que, por fortuna para la humanidad, no alienta sólo al músico, al escultor o al poeta. Sea el hombre fiel a esta vocación de lo alto en todas sus relaciones, consigo mismo, con todos los seres del mundo, con Dios, y la belleza florecerá en su vida y sus obras, complaciendo su ánimo en esa grata emoción que si para el espíritu frívolo constituye un goce efímero y sensual, para el sano y cultivado es uno de los más profundos y serios elementos de la educación racional humana.

Acerca del autor

Francisco Giner de los Ríos

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