Confluencias

De arte y artistas

El arte, tanto para el que lo hace como para el que lo contempla no es sino una forma de aprehenderse un poco. El arte no es más que un amor solitario, un beso quieto.

Yo entiendo a los personajes como psicologías, como anhelos. ¿De dónde provienen sus actos?

La literatura es introspección; el escritor, un actor.

Tantas intrigas, tantas historias para olvidarnos un poco más… Tantas intrigas, tantas preocupaciones por un precio y una publicación… ¡Escribe! ¡Deprisa! ¡Que el mundo se acaba!

En realidad, nuestra opinión no importa. Quizás venga un tiempo en que personajes y literatura ya no signifiquen nada, símbolos o esculturas aisladas de la vida humana. No tendrán sentido las concepciones ni las novelas; solamente la vida, plena o menos plena.

Nos agarramos al aburrimiento, a la densidad, a la risa, para justificar el silencio- Es un miedo como otro cualquiera. Miedo a la crítica a resultar casposo o prepotente, miedo a ser dejado fuera del círculo.

Es fácil argumentar que los problemas de la humanidad se van repitiendo. Es fácil argumentar que para una moraleja no importa el medio o que es el medio lo más importante, que puede hablar la historia, la realidad. También es fácil argumentar que los problemas de la humanidad se siguen repitiendo.

La verguenza es otro de los sentimientos más estúpidos: terminamos siendo esclavos de ella. Y el presente va muriendo a manos de la vergüenza.

De un artista tendría que decirse que es el ser humano mas libre (pues hace de la libertad su vida, crea de la nada una vida), pero termina siendo el más esclavo del qué dirán.

Acabo de leer en un libro algo que yo había pensado muchas veces, que incluso había escrito hace un rato: “Los hombres capaces son aquellos que logran cumplir sus sueños”.

Si fuera un escritor-tor-tor, me hubiera puesto muy nervioso, habría empezado a pegar cabezazos contra la pared por no haber nacido unos cuatro mil años antes. Por fortuna, sólo soy un hombre.

Uno va leyendo y cree descubrir en cada libro lo que él dice o le gustaría decir. Los libros le parecen entonces como un mundo más que se va repitiendo, que no termina de reconocerse hasta que no te convences de lo que ya sospechabas, de lo que ya intuías. Hay quien se asusta tremendamente cuando llega a este convencimiento. Es el momento de escribir para divertirte o de dejar de escribir.

Creer que “todo está escrito” sólo nos lleva a la renuncia.

El talento solo no puede crear al escritor Tras cada libro debe haber un hombre.

Emerson.

Los escritores suelen ser amigos de las frases más o menos lapidarias: lo importante es el lenguaje; lo importante es la idea, el conocimiento… Suelen ser frases que han aprendido de otros artistas, ya sea a través de un libro o de un mentor; o frases de ese otro artista “pepito grillo” que todos llevamos dentro. Es la confianza en lo absoluto, el anhelo de que el arte sea absoluto, cierto, que en la mayoría de las ocasiones no es más que un relativismo absoluto. La aceptación inexcusable de la no creencia, del no yo, que no es más que un absolutismo del anonimato, un absolutismo del miedo. Si pudiésemos retroceder en las frases del tiempo, en sus citas y recitas, quizás (relativismo de nuevo) llegáramos hasta alguien que creyó, hasta alguien que no temió (o no tuvo otra posibilidad:) conocerse a sí mismo. Pero la única manera de creer siendo absoluto, es equivocarse siendo relativo. Tal vez (como ellos dirían), si hubiese que buscar un culpable a esto (si lo hubiera), chocaríamos primero con Schopenhauer, y después con Borges.

Unos conocen. Otro saben. Estos últimos, sólo de oído.

Los malos críticos son como los malos vinos: sirven para dar un molesto e incisivo dolor de cabeza. Este dolor suele partir de la incapacidad para crear o de una creatividad prodigiosa, del empeño en tratar de explicar lo que no es explicable, lo que nació para no ser explicado. En la mayoría de los casos, uno no es consciente de lo que ha escrito o ha pintado. Quería escribir y escribió, quería pintar y pintó.

Sólo después, rota la magia, pasado el trabajo, puedes aburrida o contemplativamente, buscarle una explicación. La simbología o el significado van tomando forma al tiempo que la obra; raras veces se planean de antemano. Planear de antemano requiere un precio: una cantidad o una ideología.

Del Quijote se han hecho miles de interpretaciones y es muy posible que Cervantes no compartiese ninguna. Si le hubieran preguntado, podría haber respondido: “Tan probable es esa explicación como la contraria. Ninguna ínsula se parece a otra”.

Lo único cierto es que a los humanos nos gusta buscar explicaciones para todas las cosas, y es normal que formando todos parte de un mercado, haya quien viva de ellas. De hecho es lo más justo: gracias a una persona inteligente, viven cien más.

Los juicios sólo son valiosos cuando afirman. Todo juicio negativo y reprobatorio, aunque sea correcto como observación, es falso desde el momento en que se manifiesta. La tercera parte de lo que los hombres hablan sobre los demás son este tipo de ‘juicios”. Cuando digo que una persona me repele es un afirmación sincera. Quien la escuche es muy libre de achacar la culpa de esa repulsión a mí o al otro. Pero si de alguien digo que es vanidoso o avaro o que bebe, cometo una injusticia. De este modo se podría acabar rápidamente con cualquier persona por medio de juicios. Para esta clase de juicios Jean Paul fue un bebedor de cerveza; Feuerbach, una chaqueta de terciopelo, y Hólderin, un loco. ¿Queda dicho así algo sobre ellos? De igual modo podría uno decir.? la tierra es un planeta en el que hay pulgas. Ese tipo de “verdades” son la quintaesencia de toda falsificación y mentira. Sólo somos sinceros cuando afirmamos y reconocemos. La constatación de ‘faltas”, por fina y espiritual que suene, no es juicio, sino chismorreo.

Hermann Hesse.

Es cierto que hablar es fácil. Es cierto que a menudo hablamos demasiado y las palabras van gastándose. Y también lo es que los problemas se difuminan hablando y pueden llegar incluso a destruirse. Pero hoy existen muy pocos medios individuales para hacerlo.

La lectura de un libro es la más perfecta conversación: ninguna palabra llega a ser definitiva.

Si en este mundo todos decimos o pensamos lo mismo, lo único que puede llevarnos a quedarnos con una u otra voz es una cuestión de oído, de gusto, de expresión; en el peor de los casos, de tener facultad para decidir. Ahora bien, ¿quién la tiene?

¿Cuánto nos parecemos? Demasiado. Pero si nos acercamos a mirarnos no podemos reconocemos en nada.

Primera proposición: La gran mayoría de las frases constituyen una degradación del silencio.

Segunda proposición: Uno puede callar únicamente ante la persona que ama o ante la que conoce desde hace mucho tiempo.

Consecuencia: La mayoría de las personas no solemos coincidir en ninguna de estas situaciones.

Enseñar a escribir es como enseñar a pensar. Significa perder la incertidumbre, la lucha, la magia; significa perder la propia perspectiva.

La duda es el mejor maestro.

La juventud es optimista, ideal e impetuosa, pues es el único medio natural de conocerse, de evolucionar. Yo creo en una literatura “joven” e “ideal”.

Una novela debe ser rugosa estar repleta de esquinas donde esconderse y aristas donde agarrarse.

Es difícil que un individuo inquieto (por ejemplo un artista) pueda comprometerse con una concepción única del arte o del mundo. Explorará muchos mundos, y de todos ellos sacará una consecuencia.

En el arte, como en la vida, lo importante es la diversidad, la tolerancia. Tendría gracia escribir ahora algo cercano al “realismo sucio”.

Renegamos de lo abstracto, de la idea; ésta puede ser sugerida, pero nunca dicha. Sin embargo, gusta la pintura abstracta: es plástica. Lo malo es que casi nadie la entiende. Al arte le pasa lo mismo que al hombre: se está volviendo un trozo de carne, a menudo bello, pero sin espíritu.

Primera perogrullada: Existen muchas maneras de decir las cosas, muchas más de ver el mundo, más aún de verse uno mismo.

Segunda perogrullada: Quien no expresa lo que piensa y siente termina por negarse a sí mismo.

Pregunta: Dime entonces, artista, ¿por qué tienes que pedir permiso para hacerlo?

Una novela es un mundo, y en ella tiene que caber de todo.

Más que aprenderlo todo, deberíamos desaprenderlo todo; es probable que por ambos caminos llegásemos a la misma conclusión. No sé cuál de ellos resultará más largo.

No importa el contexto; el autor de lo que habla es de sí mismo, pues es lo que mejor conoce o lo que pretende conocer. Por eso es la verdad el fundamento de todo arte; y su naturaleza, el egoísmo.

Cada cual se dedica a interpretar su papel exageradamente; un papel de sí mismo, una exageración engañosa. Cuando uno escribe cree descubrir el mundo. Ese mundo puede significar muchas cosas: la novela, el arte, el amor… Pero innovar un mundo tan viejo es como pretender enamorar a una prostituta con tus solas dotes amatorias. Cada nueva frase es la ausencia de un pasado; cada olvido pasado es un hueco en el futuro. Cada nueva obra completa un trazo en el pasado o lo borra para siempre.

De Cervantes a Cortázar o a Borges hay un paso tan corto o tan largo como el de sus antagonistas, como el de los Evangelios a los Evangelios apócrifos, como el del Quijote al Quijote de Avellaneda, como el de El Aleph a un Aleph apócrifo; y otros tantos que murieron al olvido junto con sus apócrifos. Seguramente los mejores libros se han perdido o ni siquiera se han escrito, se consumieron en un sueño o en una inconstante imaginación. Cuando uno escribe cree descubrir el mundo. Cuando uno escribe -una perogrullada más? ciertamente descubre su mundo. No sabemos si quien dijo esto murió feliz o preocupado; seguramente ambas cosas. ¿Arte o artista? Artista, claro. Seguro que dejará alguna buena obra.

La mayor esclavitud del escritor es la novedad. Constantemente se afana en conocer lo que escriben -publican- los demás, ya se trate de ideas, de tramas o de pequeñas innovaciones. Da la impresión de que el sacrosanto mercado no admite similitudes, cuando, ciertamente, hablar de “mercado” no supone más que hablar de similitudes. Que un hombre descubra el mundo no es posible, pues antes han existido muchos hombres que ya lo han descubierto. Pero que un hombre descubra “su” mundo sí es posible, pues, desde luego hasta ese instante no existía -si acaso existía como tendencia o como dejadez-. Que estos descubrimientos vengan a ser los mismos es muy lógico, ya que en individuos de inteligencia similar, es normal que ese “inconsciente colectivo”, que diría Jung, se muestre de manera análoga. Pero fuera como fuese, el saber es siempre descubrimiento, provenga de donde provenga. Y el escritor “esclavo” lo único que hace es negarse un poco más a sí mismo.

Si nuestros escultores, nuestros escritores o nuestros músicos quisieran captar el sentido de nuestra época, tendrían que modelar una escultura de humo, componer una sinfonía de gritos y escribir una novela de aire. De ahí que todos se pongan muy nerviosos cuando les hablas de “mensaje”. Es mejor que “hable la realidad”, contestan.

Pero lo malo de las imágenes es que a fuerza de repetirlas se quedan en eso: imágenes.

Fastidia el tono dogmático, y no entiendo por qué. Es un tono como otro cualquiera. Da la impresión de que tenemos que pedir permiso para pensar o que tenemos que sacarnos antes el título de “pensador”.

Desde otro punto de vista, sólo es necesario tener “éxito”.

No creo que todo esté dicho, y, aunque así fuera, nunca lo ha sido por el que de nuevo lo recuerda; lo descubre en sí mismo, y, por eso, todo, mientras existan hombres que piensen y sientan, será nuevo y admirable. Decir que todo está dicho es afirmar que los sentimientos y las ideas son iguales para todos, lo que es mentira, pues decir que todos somos iguales también lo es.

Si todo está dicho, en cada tiempo existen motivos diferentes para recordarlo, y el mejor de todos es la persona que así lo hace.

Desconfíen de los artistas, de sus poses, de su aire de triunfo. El arte es un gran mercado, y precisamente lo que atrae hoy del artista es eso: el éxito. No tiene la más mínima importancia tener algo que decir, no tiene importancia lo que se crea, lo que se exprese, ni siquiera tener talento, importa vender volumen, páginas, canciones, trazos… Los escritores, por ejemplo, no llevan ya una vida azarosa, no se consumen en la hoguera de la frustración y la inteligencia, llevan por el contrario una vida cómoda, de vedettes, siempre pendientes de lo que dicen los otros. ¿Qué van a descubrir entonces? Nada. Tienen que copiarse también unos a otros. A un artista le suelen importar dos cosas: el presente o la posteridad, y ambas terminan por traicionarle.

El egoísmo es el principio de todo arte. El artista le saca punta a cualquier experiencia; las exagera, les da vueltas, todas ellas tienen sentido si pueden plasmarse en formas, en diálogos, en ciudades, en tramas, en aforismos, en manos. No existe el dolor, no existe el placer, son un pretexto, son una obra. Y si no que se lo pregunten a Durrel: Con una mujer se pueden hacer tres cosas: quererla, sufrir y hacer literatura. Pero por eso también, un artista suele querer más apasionadamente que nadie.

A escribir hay quien empieza imitando, trasponiendo, reciclando. Estos escritores suelen vindicar el plagio. También hay quien empieza sufriendo, descubriendo, peleando. Éstos suelen vindicarse a sí mismos.

Hay quien se va pegando a las faldas más ilustres, quien va lamiendo, quien va pegando, pero suelen negarlo. Y hay quien se aparta, quien se recluye, quien va mezclando pócimas, filtros, quien quiere hechizar el mundo, pero terminan renegando de sí mismos.

Hay quien escribe para fuera, para decir: ¡Aquí estoy, con mi copia y mi talento! Y también el que va construyendo despacio, recluido en sí mismo, y va desnudando algo.

¿Y a quién le importa? La obra queda ahí, si queda, para otros.

De nuevo el egoísmo, el exceso.

Artista, s. Dícese de quien vive una idea o un sentimiento hasta que resulten vacíos, quien escucha una canción hasta identificar cada nota como algo único, quien trata de detenerse para comprender cada trazo del pincel, para quien escribir una palabra o un nombre puede significar la vida. Dícese de aquel sujeto irremediablemente inquieto harto de poses y de máscaras, de gritos y silencios que no expresen nada, de imposiciones insulsas y rutinas inútiles, de hipocresías y renuncias de recuerdos sin memoria, de memorias como huecos y símbolos sin alma; de juegos sin propósito, frases sin espíritu, años como piedras, actos como losas. Dícese del solitario, del filósofo y el tahúr, del amante despechado, del amigo y el enemigo, del avisante traicionado, del marginado y el profeta. Dícese del individuo, simplemente el individuo, de quien cansado de ver el murido bajo el prisma de la sociedad, decide verlo por sí mismo.

La meta-literatura es tan antigua como la propia literatura. La razón es sencilla: es una creación del hombre, y éste tiende a justificar sus actuaciones.

Otro punto de vista es el contrario: la novela que se justifica por sí misma. Pero hoy en día es difícil que esto ocurra; si hablamos de argumento, la realidad supera con creces cualquier supuesto. ¿No será que no hay argumento?

“El mayor objetivo de todo novelista es convencernos de que lo que estamos leyendo es verdad”. Bueno, tan real es una idea como un beso.

¿Repeticiones? Hace años que nos dedicamos a traducir la cultura. No tiene importancia lo que se dice, sino cómo se dice. Dentro de poco hablaremos como los monos, que es lo que somos; eso sí: no repetiremos ni un solo gesto.

Voz es también lo que a menudo no decimos, lo que tampoco oímos, lo que se queda atrapado en la garganta o en el olvido. En el mundo hay pocas voces y demasiados gritos. Todos sabemos decir ¡esta boca es mía!, y demasiados de nosotros morimos por la boca.

Hablar cuerdamente es con frecuencia difícil; pero cuerdamente callar lo es más todavía.

E Bodestedt.

Hay tres silencios: un silencio de la palabra, otro del deseo y otro del pensamiento.

H. W. Longféllow.

Algunos, amparándose en la inteligencia del lector, lo tratan como un idiota. ¿Acaso cuando se mantiene una conversación se camufian las ideas?

En el futuro, lo importante será la voz.

Acerca del autor

José María Pérez Zúñiga

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