Confluencias

¿Creadores?

Escrito por Félix de Azúa

Se les suele llamar “creadores”, porque practican un oficio. Han de conocer los distintos materiales y sus propiedades; los utensilios, todos y cada uno, han de saber usarlos. Han de estar al día por si aparece un nuevo material, un nuevo utensilio más barato, más eficaz, más adaptable a la exigencia de su oficio. Trabajan en talleres y estudios, y a veces con ayudantes a los que ha sido preciso enseñar, corregir y aleccionar. Saben que cualquier descubrimiento, como la invención de los acrílicos o los ordenadores personales, puede transformar por completo el trabajo y obligarles a comenzar de cero. Practican oficios complejos.

Se les suele llamar “creadores” porque practican su oficio en un mercado y están obligados a saber qué están haciendo los americanos y los suecos y los rusos, y quién lo está haciendo mejor y cómo lo está haciendo, y también a que precio. Y quién lo hace bien y quién lo hace mal, y quién imita y quién copia. Y qué se ha hecho ya y qué se ha olvidado, pero merecería la pena recordarlo. Depende de lo que ahora se pide y de lo que quiere la clientela, aunque la clientela es muda y hay que adivinarlo. Han de convencer y satisfacer. No puede caer en lo cursi, en lo paleto, en la chapuza, en la incompetencia. Practican oficios complejos en mercados muy competitivos.

Se les suele llamar “creadores” porque practican un oficio en un mercado y hacen una carrera. Se sitúan, se dan a conocer, se exhiben, se ofrecen. Seducen a posibles clientes y reputados expertos, acuden a las reuniones sociales en donde pueden halagar al político, envanecer al crítico, liar al director de galería, convencer al jefe del suplemento, tentar al hombre de negocios. Han de congraciarse constantemente con los cretinos, los analfabetos, los pillos, los fatuos, los avaros que pueden ayudarles en su carrera y entorpecer la de sus colegas, todos ellos habituales calumniadores. Saben que el azar encumbra al mediocre y hunde al excelente; saben que en este oficio, con este mercado y con semejantes carreras, es casi imposible que lo excelente sea reconocido, Así ha sido en los últimos siglos.

Pero se les suele llamar “creadores” porque saben que todo lo anterior es una bobada; que el oficio , el mercado y la carrera no sirven para nada, y que todo depende de un milagro. El milagro de que al cabo de veinte siglos de humillaciones y pobreza aún quede alguien que se enfrente, en la más completa soledad, a la necesidad de dar vida material a sus ideas, a sus imágenes, a sus preguntas, a su desconcierto, a su espanto y a su dicha.

El milagro de la conciencia y las emociones puedan encarnarse en historias inverosímiles, en juegos de luces y colores, en tiempos sonoros significativos, en modos de habitar dentro de la piedra, de la madera, del plástico. Que el espíritu pueda ser una cinta de celuloide, una cuerda de tripa de buey, un montón de pigmentos químicos, unos muros de ladrillo.

Que el espíritu se haga carne y habite entre nosotros.

Se les suele llamar “creadores”, porque no les importa absolutamente nada que aparezcan los acrílicos y los ordenadores; con un lápiz están sobrados. Ni que en Japón se haga esto y aquello, o que un caballero argentino haya alcanzado la fama mediante tal cosa o tal otra. Porque lo que ellos hacen no es de aquí ni de allá. No tienen patria o historia. Ellos hacen las patrias y las historias.

Se les puede llamar creadores porque nada se les da que el crítico beocio o el munícipe encumbre al mediocre y dé negocio al incompetente, porque el éxito y el favor van y vienen y no hay más mercado que la propia estima, ni más carrera que la escasa pista que conduce a la muerte. Su único premio y su único pago es la pieza terminada, exenta, como si no hubiera sido hecha por nadie, como si siempre hubiera estado aquí. Porque para que la obra sea excelente no puede ser de alguien, ni original, ni personal, ni muchísimo menos genial. Ha de ser anónima y de todos. La obra excelente no lo hace uno, la hacemos entre todos.

Se les suele llamar “creadores”, porque hasta el más tonto de los creadores sabe que su participación en la aparición de lo excelente es mínima y efímera, que él es un instante de un proceso que durante los últimos veinte siglos trata de hacer hablar a la tierra para que descubra su secreto y nos diga (a todos, a los vivos y a los muertos, y a los que todavía están por nacer) cuál es la regla de este juego, y qué hace nuestra conciencia gritando entre billones de estrellas mudas, sordas y ciegas.

La tierra sigue callada, pero nuestra respuesta está en algunas películas, en ciertas composiciones musicales, en algunas pinturas, en un puñado de esculturas, en unos cuantos edificios, en unos pocos objetos y libros y lugares. Y son tan obra nuestra como del infeliz que los creó y de quien ya nadie se acuerda, afortunadamente. Pero nosotros mantenemos en vida esos testimonios del significado, y cuando ya no podamos mantenerlos, otros lo harán.

Acerca del autor

Félix de Azúa

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