Gabinete de Filósofos

Competencia

Si le preguntan a cualquier estadounidense, o a cualquier hombre de negocios inglés, qué es lo que más le impide disfrutar de la existencia, contestará «la lucha por la vida». Lo dirá con toda sinceridad; está convencido de ello. En cierto sentido, es verdad; pero en otro, y se trata de un sentido muy importante, es rotundamente falso. La lucha por la vida, desde luego, es algo que ocurre. Puede ocurrirle a cualquiera de nosotros si tiene mala suerte. Le ocurrió, por ejemplo, a Falk, el héroe de Conrad, que se encontró en un barco a la deriva, siendo uno de los dos únicos hombres de la tripulación que disponían de armas de fuego, y con nada de comer excepto los demás hombres. Cuando ambos agotaron la comida en la que podían estar de acuerdo, comenzó una auténtica lucha por la vida. Falk venció, pero se hizo vegetariano para el resto de sus días. Ahora bien, no es a esto a lo que se refiere el hombre de negocios cuando habla de « la lucha por la vida ». Se trata de una frase inexacta que ha adoptado para dar dignidad a algo básicamente trivial. Pregúntenle a cuántos hombres conoce, con su mismo estilo de vida, que hayan muerto de hambre. Pregúntenle qué les ocurrió a sus amigos que se arruinaron. Todo el mundo sabe que un hombre de negocios arruinado vive mejor, en lo referente a comodidades materiales, que un hombre que nunca ha sido bastante rico como para tener ocasión de arruinarse. Así pues, cuando la gente habla de lucha por la vida, en realidad quieren decir lucha por el éxito. Lo que la gente teme cuando se enzarza en la lucha no es no poder conseguirse un desayuno a la mañana siguiente, sino no lograr eclipsar a sus vecinos.

Es muy curioso que tan pocas personas parezcan darse cuenta de que no están atrapadas en las garras de un mecanismo del que no hay escapatoria, sino que se trata de una noria en la que permanecen simplemente porque no se han percatado de que no les va a llevar a un nivel superior. Estoy pensando, por supuesto, en hombres que andan por los altos caminos del poder, hombres que ya disponen de buenos ingresos y que, si quisieran, podrían vivir con lo que tienen. Hacer eso les parecería vergonzoso, como desertar del ejército a la vista del enemigo, pero si les preguntas a qué causa pública están sirviendo con su trabajo no sabrán qué responder, excepto repitiendo todas las perogrulladas típicas de los anuncios sobre la dureza de la vida.

Consideremos la vida de uno de estos hombres. Podemos suponer que tiene una casa encantadora, una esposa encantadora y unos hijos encantadores. Se levanta por la mañana temprano, cuando ellos aún duermen, y sale a toda prisa hacia su despacho. Allí, su deber es desplegar las cualidades de un gran ejecutivo; cultiva una mandíbula firme, un modo de hablar decidido y un aire de sagaz reserva calculado para impresionar a todo el mundo excepto al botones. Dicta cartas, conversa por teléfono con varias personas importantes, estudia el mercado y, llegada la hora, sale a comer con alguna persona con la que está haciendo o espera hacer un trato. Este mismo tipo de cosas se prolonga durante toda la tarde. Llega a casa cansado, con el tiempo justo para vestirse para la cena. En la cena, él y otros varios hombres cansados tienen que fingir que disfrutan con la compañía de señoras que aún no han tenido ocasión de cansarse. Es imposible predecir cuántas horas tardará el pobre hombre en poder escapar. Por fin, se va a dormir y durante unas pocas horas la tensión se relaja.

La vida laboral de este hombre tiene la psicología de una carrera de cien metros, pero como la carrera en que participa tiene como única meta la tumba, la concentración, que sería adecuada para una carrera de cien metros, llega a ser algo excesiva. ¿Qué sabe este hombre de sus hijos? Los días laborables está en su despacho; los domingos está en el campo de golf. ¿Qué sabe de su mujer? Cuando la deja por la mañana, ella está dormida. Durante toda la velada, él y ella están comprometidos en actos sociales que impiden la conversación íntima. Probablemente, el hombre no tiene amigos que le importen de verdad, aunque hay muchas personas con las que finge una cordialidad que le gustaría sentir. De la primavera y la cosecha sólo sabe lo que afecta al mercado; probablemente, ha visto países extranjeros, pero con ojos de total aburrimiento. Los libros le parecen una tontería, y la música cosa de intelectuales. Año tras año, se va encontrando cada vez más solo; su atención se concentra cada vez más y su vida, aparte de los negocios, es cada vez más estéril. He visto algún estadounidense de este tipo, ya de edad madura, en Europa, con su esposa y sus hijas. Evidentemente, éstas habían convencido al pobre hombre de que ya era hora de tomarse unas vacaciones y dar a sus hijas la oportunidad de conocer el Viejo Mundo. La madre y las hijas, extasiadas, le rodean y llaman su atención hacia todo nuevo elemento que les parezca típico. El pater familias, completamente agotado y completamente aburrido, se pregunta qué estarán haciendo en su oficina en ese momento, o qué estará ocurriendo en la liga de béisbol. Al final, sus mujeres dan el caso por perdido y llegan a la conclusión de que todos los varones son unos patanes. Nunca se les ocurre pensar que el hombre es una víctima de la codicia de ellas; y tampoco es ésta toda la verdad, como tampoco la costumbre hindú de quemar a las viudas es exactamente lo que parece a los ojos de un europeo. Probablemente, en nueve de cada diez casos, la viuda era una víctima voluntaria, dispuesta a morir quemada para alcanzar la gloria y porque la religión lo exigía. La religión y la gloria del hombre de negocios exigen que gane mucho dinero; por tanto, igual que la viuda hindú, sufre de buena gana el tormento. Para ser feliz, el hombre de negocios estadounidense tiene antes que cambiar de religión. Mientras no sólo desee el éxito, sino que esté sinceramente convencido de que el deber de un hombre es perseguir el éxito y que el hombre que no lo hace es un pobre diablo, su vida estará demasiado concentrada y tendrá demasiada ansiedad para ser feliz. Consideremos una cuestión sencilla, como las inversiones. Casi todos los norteamericanos preferirían obtener un ocho por ciento con una inversión arriesgada que un cuatro por ciento con una inversión segura. La consecuencia es que se pierde dinero con frecuencia y las preocupaciones y las angustias son constantes. Por mi parte, lo que me gustaría obtener del dinero es tiempo libre y seguridad. Pero lo que quiere obtener el típico hombre moderno es más dinero, con vistas a la ostentación, el esplendor y el eclipsamiento de los que hasta ahora han sido sus iguales. La escala social en Estados Unidos es indefinida y fluctúa continuamente. En consecuencia, todas las emociones esnobistas son más inestables que en los países donde el orden social es fijo; y aunque puede que el dinero no baste por sí mismo para engrandecer a la gente, es difícil ser grande sin dinero. Además, a los cerebros se les mide por el dinero que ganan. Un hombre que gana mucho dinero es un tipo inteligente; el que no lo gana, no lo es. A nadie le gusta que piensen que es tonto. Por tanto, cuando el mercado está inestable, el hombre se siente como los estudiantes durante un examen.

Creo que habría que admitir que en las angustias de un hombre de negocios interviene con frecuencia un elemento de miedo auténtico, aunque irracional, a las consecuencias de la ruina. El Clayhanger de Arnold Bennett, a pesar de su riqueza, seguía teniendo miedo de morir en el asilo. No me cabe duda de que aquellos que en su infancia sufrieron mucho a causa de la pobreza viven atormentados por el terror a que sus hijos sufran de manera similar y les parece que es casi imposible acumular suficientes millones para protegerse contra ese desastre. Probablemente, estos temores son inevitables en la primera generación, pero es mucho menos probable que afecten a los que nunca han conocido mucha pobreza. En cualquier caso, son un factor secundario y algo excepcional del problema.

La raíz del problema está en la excesiva importancia que se da al éxito competitivo como principal fuente de felicidad. No niego que la sensación de éxito hace más fácil disfrutar de la vida. Un pintor, pongamos por caso, que ha permanecido desconocido durante toda su juventud, seguramente será más feliz si se reconoce su talento. Tampoco niego que el dinero, hasta cierto punto, es muy capaz de aumentar la felicidad; pero más allá de ese punto, no creo que lo haga. Lo que sostengo es que el éxito únicamente puede ser un ingrediente de la felicidad, y saldrá muy caro si para obtenerlo se sacrifican todos los demás ingredientes.

El origen de este problema es la filosofía de la vida predominante en los círculos comerciales. Es cierto que en Europa todavía existen otros círculos con prestigio. En algunos países existe una aristocracia; en todos hay profesiones prestigiosas, y en casi todos los países, excepto en los más pequeños, el ejército y la marina inspiran gran respeto. Pero aunque es cierto que siempre hay un elemento de competencia por el éxito, sea cual fuere la profesión, también es cierto que lo que se respeta no es el mero éxito, sino la excelencia, del tipo que sea, a la que se ha debido el éxito. Un hombre de ciencia puede ganar dinero o no, pero desde luego no es más respetado si lo gana que si no lo gana. A nadie le sorprende enterarse de que un ilustre general o almirante es pobre; de hecho, en tales circunstancias, la pobreza misma es un honor. Por estas razones, en Europa la lucha competitiva puramente monetaria está limitada a ciertos círculos, que posiblemente no son los más influyentes ni los más respetados. En Estados Unidos la situación es distinta. La milicia representa un papel muy poco importante en la vida nacional para que sus valores ejerzan alguna influencia. En cuanto a las profesiones de prestigio, ningún profano puede decir si un médico sabe realmente mucho de medicina o si un abogado sabe mucho de derecho, por lo que resulta más fácil juzgar sus méritos por los ingresos, reflejados en su nivel de vida. Los profesores, por su parte, son servidores a sueldo de los hombres de negocios, y como tales inspiran menos respeto que el que se les rinde en países más antiguos. La consecuencia de todo esto es que en Estados Unidos los profesionales imitan a los hombres de negocios, y no constituyen un tipo aparte como en Europa. Por consiguiente, en todo el sector de las clases acomodadas no hay nada que mitigue la lucha cruda y concentrada por el éxito financiero.

Desde muy Jovenes, los chicos estadounidenses están convencidos de que esto es lo único que importa, y no quieren que se les moleste con formas de educación desprovistas de valor pecuniario. En otro tiempo, la educación estaba concebida en gran parte como una formación de la capacidad de disfrute (me refiero a las formas más delicadas de disfrute, que no son accesibles para la gente completamente inculta). En el siglo XVIII, una de las características del «caballero» era entender y disfrutar de la literatura, la pintura y la música. En la actualidad, podemos no estar de acuerdo con sus gustos, pero al menos eran auténticos. El hombre rico de nuestros tiempos tiende a ser de un tipo muy diferente. Nunca lee. Si decide crear una galería de pintura con el fin de realzar su fama, delega en expertos para elegir los cuadros; el placer que le proporcionan no es el placer de mirarlos, sino el placer de impedir que otros ricos los posean. En cuanto a la música, si es judío puede que sepa apreciarla; si no lo es, será tan inculto como en todas las demás artes. El resultado de todo esto es que no sabe qué hacer con su tiempo libre. El pobre hombre se queda sin nada que hacer como consecuencia de su éxito. Esto es lo que ocurre inevitablemente cuando el éxito es el único objetivo de la vida. A menos que se le haya enseñado qué hacer con el éxito después de conseguirlo, el logro dejará inevitablemente al hombre presa del aburrimiento.

El hábito mental competitivo invade fácilmente regiones que no le corresponden. Consideremos, por ejemplo, la cuestión de la lectura. Existen dos motivos para leer un libro: uno, disfrutar con él; el otro, poder presumir de ello. En Estados Unidos se ha puesto de moda entre las señoras leer (o aparentar leer) ciertos libros cada mes; algunas los leen, otras leen el primer capítulo, otras leen las reseñas de prensa, pero todas tienen esos libros encima de sus mesas. Sin embargo, no leen ninguna obra maestra. jamás se ha dado un mes en que o El rey Lear hayan sido seleccionados por los Clubes del Libro; jamás se ha dado un mes en que haya sido necesario saber algo de Dante. En consecuencia, se leen exclusivamente libros modernos mediocres, y nunca obras maestras. Esto también es un efecto de la competencia, puede que no del todo malo, ya que la mayoría de las señoras en cuestión, si se las dejara a su aire, lejos de leer obras maestras, leería libros aún peores que los que seleccionan para ellas sus pastores y maestros literarios.

La insistencia en la competencia en la vida moderna está relacionada con una decadencia general de los criterios civilizados, como debió de ocurrir en Roma después de la era de Augusto. Hombres y mujeres parecen incapaces de disfrutar de los placeres más intelectuales. El arte de la conversación general, por ejemplo, llevado a la perfección en los salones franceses del siglo XVIII, era todavía una tradición viva hace cuarenta años. Era un arte muy exquisito, que ponía en acción las facultades más elevadas para un propósito completamente efímero. Pero ¿a quién le interesa en nuestra época una cosa tan apacible? En China, el arte todavía florecía en toda su perfección hace diez años, pero supongo que, desde entonces, el ardor misionero de los nacionalistas lo habrá barrido por completo hasta hacerlo desaparecer. El conocimiento de la buena literatura, que era universal entre la gente educada hace cincuenta o cien años, está ahora confinado a unos cuantos profesores. Todos los placeres tranquilos han sido abandonados. Unos estudiantes estadounidenses me llevaron a pasear en primavera por un bosque cercano a su universidad; estaba lleno de bellísimas flores silvestres, pero ni uno de mis gulas conocía el nombre de una sola de ellas. ¿Para qué les iba a servir semejante conocimiento? No podía aumentar los ingresos de nadie.

El problema no afecta simplemente al individuo, ni puede evitarlo un solo individuo en su propio caso aislado. El problema nace de la filosofía de la vida que todos han recibido, según la cual la vida es una contienda, una competición, en la que sólo el vencedor merece respeto. Esta visión de la vida conduce a un cultivo exagerado de la voluntad, a expensas de los sentidos y del intelecto. Aunque es posible que, al decir esto, estemos poniendo el carro delante de los caballos. Los moralistas puritanos han insistido siempre en la importancia de la voluntad en los tiempos modernos, aunque en un principio insistían más aún en la fe. Es posible que la época del puritanismo engendrara una raza en la que la voluntad se había desarrollado en exceso mientras los sentidos y el intelecto quedaban subalimentados, y que dicha raza adoptara la filosofía de la competencia por ser la más adecuada a su carácter. Sea como fuere, el prodigioso éxito de estos modernos dinosaurios que, como sus prototipos prehistóricos, prefieren el poder a la inteligencia, está dando lugar a que todos los imiten: se han convertido en el modelo del hombre blanco en todas partes, y lo más probable es que esto se siga acentuando durante los próximos cien años. Sin embargo, los que no siguen la moda pueden consolarse pensando que, a la larga, los dinosaurios no triunfaron; se exterminaron unos a otros, y los espectadores inteligentes heredaron su reino. Nuestros dinosaurios modernos se están exterminando solos. Por término medio, no tienen más que dos hijos por pareja, no disfrutan de la vida lo suficiente como para desear engendrar hijos. A estas alturas, la sumamente exigente filosofía que han heredado de sus antepasados puritanos ha demostrado no estar adaptada al mundo. Las personas cuyo concepto de la vida hace que sientan tan poca felicidad que no les interesa engendrar hijos están biológicamente condenadas. No tardarán mucho en ser sustituidas por algo más alegre y festivo.

La competencia, considerada como lo más importante de la vida, es algo demasiado triste, demasiado duro, demasiado cuestión de músculos tensos y voluntad firme, para servir como base de la vida durante más de una o dos generaciones, como máximo. Después de ese plazo tiene que provocar fatiga nerviosa, diversos fenómenos de escape, una búsqueda de placeres tan tensa y tan difícil como el trabajo (porque relajarse resulta ya imposible), y al final la desaparición de la estirpe por esterilidad. No es sólo el trabajo lo que ha quedado envenenado por la filosofía de la competencia; igualmente envenenado ha quedado el ocio. El tipo de ocio tranquilo y restaurador de los nervios se considera aburrido. Tiene que haber una continua aceleración, cuyo desenlace natural serán las drogas y el colapso. El remedio consiste en reconocer la importancia del disfrute sano y tranquilo en un ideal de vida equilibrado.

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Bertrand Rusell

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