Relatos Cortos

Como una isla

Cada vez que mi padre zarpaba, la casa parecía vacía.
El bullicio cotidiano era el mismo, mi madre atareada en
las faenas domésticas y los cinco niños enfrascados en las
típicas contiendas entre hermanos; sin embargo, su ausencia
gravitaba sobre nosotros agrandada por un pacto tácito
al que todos nos ateníamos: nunca se hablaba de él cuando
estaba fuera. Supongo que era una manera de acallar la
añoranza, aunque el tiempo ha venido a demostrarme que
el silencio no remedia nada, tan sólo enquista los sentimientos.
Y así, hoy, el recuerdo de mi infancia está marcado
más por las ausencias de mi padre que por su presencia.
Sus escasas llamadas telefónicas, desde puertos remotos,
congregaban a la familia en torno al negro aparato que
estaba fijado a la pared del pasillo. Uno a uno, manteníamos
con él conversaciones, siempre convencionales, en
las que nos preguntaba si estábamos bien y nosotros tratá-
bamos de sonsacarle si nos traería algún regalo. Después,
los niños nos retirábamos al comedor o a nuestras habitaciones,
y mi madre se quedaba a solas en el pasillo y su
voz se hacía más tenue y era muy difícil saber si hablaba o
sollozaba. A mí aquel murmullo indescifrable me sumía
en una tristeza que sólo conseguía disipar saliendo a la
calle y yendo hasta la orilla de la ría para ver pasar los
barcos bajo la gigantesca armazón del puente trasborda-
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dor de Portugalete, cuya plataforma metálica, suspendida
por largos cables de la altísima estructura de hierro, desplazaba
a peatones y vehículos de una orilla a otra. Pero
cuando un gran carguero remontaba la corriente, rumbo al
puerto de Bilbao, las dimensiones del puente parecían alterarse.
Ver pasar el carguero era como ver desplazarse un
edificio sobre las aguas, y la filigrana metálica de vigas y
cables de torsión bajo la que se deslizaba semejaba entonces
tan frágil como un castillo de naipes, tan frágil como
yo mismo, diminuto y pasmado, apoyado en la baranda de
la ribera y absorto en la contemplación del descomunal
navío y de los pequeños botes de los prácticos del puerto,
que lo guiaban ría arriba.
La rutina de la espera, entre llamada y llamada, sólo se
alteraba cuando la televisión daba noticia de alguna tormenta
o del naufragio de un barco. Poco importaba que en
aquel momento mi padre navegase por otras aguas, las
imágenes de las olas enfurecidas o del rescate de los cadá-
veres hacían que el fantasma de la muerte revoloteara por
la casa como un ave de mal agüero.
A veces, de vuelta del mar del Norte, rumbo a Lisboa,
a Estambul o a Dakkar, el barco de mi padre tocaba puerto
en alguna ciudad más o menos cercana a Bilbao, como
Santander o Gijón. Si su llegada a Santander coincidía con
el fin de semana, mi madre sacaba el coche, que nunca
utilizaba entre semana, y en su interior nos apretábamos
todos como podíamos, mareados por las sinuosas carreteras
de la costa cantábrica y ansiosos por llegar a tiempo
para recibirle y poder almorzar con él. Ya en el muelle,
formábamos un inquieto grupo mientras observábamos
cómo el carguero maniobraba para el atraque, y acudíamos
en tropel hasta la pasarela de abordaje en cuanto le
veíamos asomarse a cubierta, corpulento y atildado, con
su forra de capitan y sus maneras serias y reconcentradas.
6 JOSÉ MANUEL FAJARDO
Una vez a bordo, nos recibía con una sonrisa tímida y un
brillo asombrado en sus ojos azules, como si le costara
trabajo reconocernos después de los meses de ausencia.
Como sí las soledades mar niñas todavía le retuvieran en
algún paraje lejano del que le resultara difícil regresar.
Después venían los besos, los abrazos y las bromas pues,
por mucho que quisiera ocultarlo tras sus silencios y sus
refunfuños, el suyo era el corazón de un hombre bueno y
en sus ojos había siempre algo de inocente, de niño grande,
que se hacía más explícito cuando se ponía a jugar con
nosotros, los pocos días que pasaba en casa, y acababa por
el suelo entregado a entusiasmos y a rabietas infantiles.
Pero si el barco tocaba tierra en otro puerto más alejado,
como el de Gijón, mi madre nos dejaba en casa de los
abuelos y se marchaba sola, con un aire nervioso y juvenil
que desaparecía en el transcurso del fin de semana, pues
en su rostro, al regresar el domingo por la noche, había
siempre una sombra de preocupación y aun de amargura.
0 al menos, así es como me la representa hoy la memoria.
Sólo en tales ocasiones se rompía nuestro tácito pacto de
silencio y mi madre nos contaba cómo había visto a papá,
de qué países venía, hacia dónde se dirigía y qué le había
encargado que nos dijera: palabras de cariño, buenos deseos
y la promesa de regalos cuando regresara. Después,
nadie volvía a hablar de él, aunque cada cual, a solas, lo
evocaba a su manera. La mía era mediante los mapas.
Encerrado en la habitación que compartía con mis hermanos
varones, me pasaba las horas consultando la enciclopedia
y fantaseando, ante un grueso atlas, acerca de los
mares y las tierras que mi padre visitaba. Me fascinaban
los profundos fiordos noruegos, la barrera de islas que daba
entrada al mar Báltico, las fotografías de los blancos acantilados
de la costa inglesa en el canal de la Mancha, la
angostura del paso de los Dardanelos y la árida mancha
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marrón que ocupaba en el mapa la costa africana desde
Marruecos hasta casi la misma ciudad de Dakkar. La idea
de esos dos desiertos, el de arena y el de agua, enfrentados
cara a cara, como haz y envés de lo inhóspito, me inquietaba
particularmente. Sin duda, mi padre había visto paisajes
terribles, fascinantes, extraños, pero yo no lograba adivinar
rastro alguno de tales imágenes en sus ojos azules,
que sólo parecían reflejar la inmensidad del cielo. Y cuando
le preguntaba por todos aquellos lugares, me respondía
siempre con anécdotas domésticas de marineros borrachos,
problemas burocráticos o incomodidades ¡idiomáticas!. Yo
sabía bien que mi padre era hombre observador, lo había
comprobado cada vez que pasábamos unos días en la casa
qué teníamos en un pequeño valle de la provincia de Álava.
Le gustaban las excursiones y se extasiaba ante la contemplación
de la naturaleza. Era capaz de reconocer pájaros y
árboles, hierbas y huellas, como si fuera guarda forestal en
vez de marino. De modo que si lo poco que me contaba de
sus viajes no era más que una colección de trivialidades
sólo podía ser porque prefería guardar para sí unos sentimientos
que se me escapaban. Eran su secreto, un misterio
que yo me esforzaba vanamente en adivinar tratando de
imaginar sobre el papel del atlas aquello que él estaba viviendo.
De tal empeño no saqué más que una precoz manifestación
de miopía y una pasión por la cartografía que
aún hoy me dura y que me ha llevado a visitar con entusiasmo
cuantas exposiciones de portulanos se han inaugurado
en los últimos años. Y, ya en el modesto ámbito de la
vida cotidiana, hallo siempre mayor placer en los preparativos
de un viaje de vacaciones, mientras consulto guías y
planos, que en el viaje mismo.
Por eso, lo primero que hice cuando mi jefe me habló
de viajar a la República Dominicana, hace seis años, fue
empezar a almacenar guías y mapas de la isla de la Espa-
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ñola cual si fuera un marino presto a zarpar, aunque en
realidad los mares que atravesaba diariamente nada tenían
que ver con los que había surcado mi padre: no se veían
agitados por inmensas olas sino por impulsos electrónicos.
Desde hacía tres años, trabajaba en Madrid como relaciones
públicas de una empresa informática cuya sede
central estaba en Nueva York. Un trabajo que exigía poseer
tanto el don de gentes como una intuición casi clínica,
pues el estrés y la paranoia acechaban a la mayor parte de
los ejecutivos de la empresa, engullidos en el torbellino de
la competencia. Parte esencial de la terapia empresarial
contra tales amenazas consistía en organizar, de tiempo en
tiempo, convenciones en lugares paradisíacos que permitieran
por unos días a sus gladiadores del mercado sacarse
el diablo del cuerpo con ayuda del alcohol, de la música,
del sexo, de la naturaleza o de todo ello junto. Nadie esperaba
de esas convenciones grandes acuerdos ni mayor
efectividad que la de evitar tener que mandar al psiquiatra
a la mitad de los jefes de ventas, los directores de asistencia
técnica o los genios de la informática encargados de
programamos el futuro. Y cuando el escenario escogido
para tal catarsis estaba en un territorio de lengua española,
era yo quien se encargaba de devolver el gusto por la vida
a nuestros ejecutivos. En aquella ocasión la cita era en la
ciudad dominicana de Puerto Plata.
Yo había elegido un fastuoso complejo hotelero situado
apenas a diez kilómetros de la ciudad, lo suficientemente
cerca para que quienes quisieran curiosear el exotismo
de la desdicha ajena pudieran visitar sus tristes arrabales
y lo bastante aislado y protegido como para que los
demás, que a buen seguro serían mayoría, no vieran enturbiado
su paraíso por el espectáculo de esa pobreza. Yo debía
viajar primero, para preparar el terreno, pero dos días
antes de mi partida el señor Cubells, mi jefe, me hizo un
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encargo especial. Cubells era un madrileño flaco y de estatura
mediana, aunque con una enorme cabeza en la que
relucía una frente aún más desproporcionada. Sus maneras
impertinentes trataban de ocultar su inseguridad y su
falta de decisión, de modo que más que pedir las cosas
anticipaba los reproches porque éstas no se hubieran cumplido
ya, a la espera de ver si las excusas de sus empleados
le reafirmaban o no en la conveniencia de realizarlas. A mí
su juego me aburría enormemente, al igual que me resultaban
tediosas mis labores de terapeuta de triunfadores en
crisis, pero cada fin de mes la abultada nómina que engordaba
mi cuenta corriente me ayudaba a encontrar en mi
interior reservas de paciencia que ignoraba poseer. En aquella
ocasión no tardé en descubrir que lo que mi jefe buscaba
era dar un trato especial al responsable europeo de la
empresa, el señor Dubois. Para conseguirlo, me reprochó
primero no tener nada preparado y yo le respondí que tenía
algunas ideas pendientes de su aprobación, lo que evidentemente
era falso. Como no conocía a Dubois más que
de vista, decidí dejarme llevar una vez más por la intuición
y propuse organizarle una excursión especial, algo fuera
de lo habitual.
-¿En qué ha pensado? -respondió Cubells con gesto
interesado.
Escarbé desesperadamente en el fondo de mi memoria
y, desde la noche de mis horas perdidas ante mapas y
atlas, me vino un nombre salvador:
-Tengo el lugar perfecto: la isla de La Tortuga, la patria
de los piratas.
Mi jefe se mostró encantado, pero los preparativos de
la excursión resultaron mucho más complicados de lo que
había podido imaginar. Realmente había seleccionado un
destino original porque ninguna oficina de turismo incluía
a la isla de La Tortuga en sus programas, de modo que me
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vi obligado a organizar yo mismo el viaje, cosa que en el
fondo no me disgustaba en absoluto. Me las prometía tan
felices curioseando mapas y guías cuando descubrí que no
había manera de localizar un mapa detallado de la isla.
Durante veinticuatro horas recorrí en vano bibliotecas y
librerías especializadas. Ni siquiera en la embajada de Haití,
país al que pertenece la isla, tenía un mapa en condiciones.
Tuve que conformarme con una fotocopia de un viejo mapa
del siglo XVII que saqué de un libro de historia de la piratería.
Como no estaba hecho a escala, su utilidad era más
bien simbólica.
El segundo problema era encontrar una embarcación
para alquilar y fue de nuevo la sombra de la piratería la
que acudió en mi ayuda pues recordé que hacía dos años,
durante las vacaciones que pasé en la antigua villa corsaria
francesa de Saint-Malo, había conocido a un capitán que
se dedicaba a pasear turistas por el golfo. Se llamaba Toni
Sarabia y era un mexicano amable, risueño y socarrón, de
estatura media, piel cetrina, ojos pequeños y achinados,
barba recortada y amplia calva cercada de crespos cabellos
canosos. Le conocí en un restaurante en el que solía
almorzar, Le Borgnefesse, y fue el chef, un bretón de piel
blanquísima y humor feroz, quien me lo presentó. «Seguro
que entre hispanos tienen muchas cosas de qué hablar»,
me dijo guiñando un ojo y, efectivamente, así fue. Hablamos
sobre nuestros respectivos trabajos, yo le dije que era
hijo de marino y él me contestó que desde que se había
divorciado ya nada le retenía en México pues no tenía hijos.
Pensé en alquilarle el barco para visitar la isla de jersey,
otra tierra de piratas donde tan viejo oficio no ha desaparecido
del todo, según se cuenta de los pozos bancarios
donde van a esconderse capitales de medio mundo, pero al
final no lo hice. Volvimos a coincidir en el restaurante el
mismo día de mi partida y nos despedimos deseándonos
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suerte. Yo volvía a Madrid y él me dijo que estaba harto
del clima de Saint-Malo y que pensaba trasladar su negocio
al otro lado del Atlántico, a la República Dominicana.
Juraría que me había hablado de Puerto Plata, pero no estaba
seguro. De todas maneras, no tenía más opciones.
Me costó dar con él. De hecho, no lo conseguí hasta
que llevaba ya varias horas sobrevolando el océano a bordo
del boeing 747. Reconocí su acento mexicano, algo
distorsionado por el teléfono, y me alegró comprobar que
se acordaba de mí, que recordaba nuestra conversación de
Saint-Malo y, aún más, que disponía de un barco para poder
realizar el viaje que yo planeaba. Sin embargo, me dijo
que no podría verle a mí llegada pues iría a zarpar esa misma
mañana con unos clientes para un corto crucero. Ya no
podía esperar más para tomar decisiones, de modo que
acordamos por teléfono el precio, la fecha y el número de
pasajeros que podía llevar: tan sólo cinco. Eso le daba a la
excursión un aire de mayor exclusividad que sin duda agradaría
al jefe. Nos citamos para el lunes por la mañana, en
el muelle de Puerto Plata, y en los días siguientes, además
de ocuparme de los detalles de la convención, entregué a
las autoridades portuarias los nombres de los pasajeros entre
los que, para mi contrariedad y según se me hizo saber por
fax desde Madrid, debía estar el mío. Después de un sin
fin de irritantes gestiones burocráticas, que incluyeron la
obtención urgente de visados para entrar en territorio
haitiano, me dirigí la mañana del lunes al muelle con mis
invitados, no muy animado por la idea de pasar tres días
surcando las inquietas aguas del Atlántico en compañía de
aquellos peces gordos.
El capitán Sarabia me esperaba a bordo de la embarcación,
que resultó ser una gran lancha de pesca, con el timón
emplazado sobre la toldilla y un potente motor de
300 caballos, en cuyo casco destacaba, pintado en letras
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rojas, el nombre de un dios azteca, Quetzalcóatl. Pero la
Quetzalcótlt era tan grande como destartalada. Su cubierta
tenía esa pátina indeleble de las humedades marinas y
necesitaba con urgencia una mano de pintura. La sala del
castillete tenía dos largos bancos corridos, tapizados en
una piel que había sido blanca pero que ahora estaba llena
de manchas y de desconchones, que servían también de
camastros. Los tres angostos y asfixiantes camarotes que
había bajo cubierta apestaban a salitre y a una putrefacción
oceánica de materias imposibles de imaginar. Allí todo
estaba sucio desordenado.
Antes de presentármelo, dos años atrás, el chef de Le
Borgnefesse me había dicho que el mexicano era un tipo
rico y excéntrico que había dejado sus negocios en Ciudad
de México para convertirse en patrón de barco en la costa
atlántica francesa. Con tales noticias yo imaginé entonces
que su embarcación tenía que ser un lujoso yate; y ahora,
dada la premura de mis gestiones y toda vez que el precio
que habíamos acordado por sus servicios no había, sído
precisamente barato, ni siquiera se me había ocurrido ir al
muelle para verla. Ya se sabe que las prisas son malas consejeras
y yo lo supe al llegar ante la Quetzalcóatl en compañía
de los señores Richardson, Atwood y Dubois, y de
una alta muchacha rubia que se presentó, en un español
con acento francés, con el nombre de Silvie. Los dos primeros
eran norteamericanos y tenían la vulgaridad y el
forzado desparpajo de dos personajes de tele comedia. En
cuanto a Dubois, era el jefe de mi jefe. Un auténtico mandamás.
Un tipo alto y grueso, con el pelo canoso
coquetamente más largo de lo que la gente conservadora
encontraría razonable, voz fuerte y profunda, maneras autoritarias
e inequívoco aire petulante. Era la encarnación
del hombre que se considera a sí mismo culto, original y
superior. Un perfecto cretino con aires de Don Juan que
COMO UNA ISLA CARULLA, VERSIFICADOR BÍBLICO 13
estaba convencido de ser un experto, gracias a sus muchos
viajes y a la cuarta parte de sangre española que llevaba en
sus venas, en todas las culturas indígenas americanas, de
las que afirmaba haber aprendido autocontrol y un especial
sentido del erotismo. Así lo decía, lo juro.
Cuando vi la cochambrosa estampa de la Quetzalcóatl
en el muelle de Puerto Plata, no pude evitar echar una mirada
de reojo a Dubois. Para mi sorpresa, en su rostro no
había atisbo alguno de enojo sino un resplandor triunfal.
Deduje que el aspecto ruinoso de la embarcación se acomodaba
a su idea de exotismo, aunque enseguida descubrí
que había otros motivos para su entusiasmo pues comenzó
un largo discurso sobre el dios mexicano que daba nombre
a la lancha. Su erudición no pareció impresionar mucho a
sus colegas americanos, pero convirtió en brillantes platos
azules los ojos de la rubia que le acompañaba y a la que se
había referido, al comunicarme que se uniría a nuestra excursión,
como «una amiga programadora».
El capitán Sarabia, que nos había recibido con cordialidad,
se enfrascó en la maniobra de desatraque, ayudado
de su tripulación, que estaba formada por dos hombres: El
piloto, un alemán rubicundo y malencarado llamado Hans,
y el marinero Baloo, un mulato fuerte y ágil cuyo verdadero
nombre era Esteban, pero que debía su apodo de personaje
de Walt Disney a su pasión por los plátanos, plato
esencial de su dieta. Al zarpar, lucía el sol sobre un mar
calmo y azul, lo que hacía pensar en una cómoda travesía,
pero el capitán Sarabia me señaló, desde la toldilla, el
muelle que acabábamos de abandonar y, tras él, la alta silueta
del monte Isabel de Torres, cuya cima coronaba una
solitaria y oscura nube.
-¡Mala señal! -me gritó y sin más explicaciones volvió
a su tarea al timón de la lancha.
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El tiempo no tardó en darle la razón. Cuando no llevá-
bamos más que una hora de navegación, siempre con la
costa dominicana a la vista, el cielo trocó su luminoso azul
por un gris azulón, el mar comenzó a agitarse en un creciente
oleaje y la Quetzalcóatl inició un incesante cabeceo
que hacía cada vez más difícil mantener el equilibrio. Para
el resto del pasaje aquello tenía más de diversión que de
incordio, para mí era el comienzo del suplicio. Nunca he
podido soportar el oleaje marino.
En muy contadas ocasiones, cuando la travesía no era
larga y el tiempo se preveía bueno, mi padre invitaba a
algún miembro de la familia a viajar a bordo con él. Antes
de que naciéramos nosotros, él y mi madre habían compartido
la mayoría de sus viajes y a aquellos recuerdos te-
ñidos de romanticismo volvía mi madre con frecuencia,
cuando nos hablaba del zoco de Estambul o de la blanca
alfombra de hortensias que cubría las laderas de las montañosas
islas Azores. Todos los hermanos soñábamos gracias
a ella con poder acompañar alguna vez a nuestro padre,
pero el primero en conseguirlo fue el mayor, Ander.
Al cumplir catorce años de edad, mi padre se lo llevó en
un viaje hasta Rotterdam, donde el barco estuvo amarrado
tres días mientras lo cargaban de repuestos industriales,
cosa que aprovecharon para hacer breves visitas a algunas
ciudades del país porque allí todo estaba muy cerca. A su
regreso nos contó de los canales de Amsterdam, de sus
tranvías y bicicletas. También nos dijo que los marineros
le habían hablado de un barrio donde las prostitutas esperaban
a sus clientes tras los cristales de escaparates, a la
vista de todos, como si fueran maniquíes de lencería, pero
que papá no había querido llevarle a verlas. La envidia que
sus palabras despertaron en los demás hermanos pronto se
vio acallada por una gran noticia: nuestro padre había decidido
convertir aquel viaje en tradición familiar y, en ade-
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lante, cada hermano al cumplir los catorce años se embarcaría
con él como regalo de cumpleaños. Yo tenía trece y
los siete meses que me separaban de los catorce se me hicieron
eternos.
Por fin llegó el día que tanto ansiaba. Mi padre tenía
que zarpar rumbo al puerto noruego de Bergen, haciendo
escala en Amsterdam, para recoger una carga de bobinas
de papel. Subí a bordo provisto de mi mochila y del espíritu
de aventura del joven Hawkins, el protagonista de mi
libro de cabecera: La isla del tesoro. Me impresionaron el
respeto con que los marineros se dirigían a mi padre y las
dimensiones dela cubierta de carga, tapizada por las grandes
escotillas rectangulares de las bodegas y recorrida por
largos tubos grises. Todo me resultaba emocionante, incluso
mi camarote -estrecho, tapizado en madera y situado
al lado del de mi padre- en el que había un pequeño ojo de
buey que dejaba entrar la claridad del día y una litera que
me pareció demasiado pequeña para una persona mayor.
Nos hicimos a la mar conmigo apostado junto al timón,
imaginando que era yo quien pilotaba la nave rumbo
a una isla misteriosa. Pocas horas después, el mundo de
mis fantasías se había volatilizado y sólo existía el mareo,
un terrible mareo que me postró en cama y me tuvo vomitando
durante horas, incluso después de que ya no quedara
en mi estómago nada que arrojar. El viaje fue una pesadilla.
El siempre arisco Mar del Norte se mostró intratable,
sacudido por olas enormes y rachas de lluvia y viento que
hacían desaparecer la proa, como si el barco entero se estuviera
esfumando ante nuestros ojos. Yo procuraba mantener
el tipo durante la jornada, con la ayuda de las pastillas
contra el mareo que me había entregado el segundo,
aunque lo cierto es que más que devolverme la paz lo que
conseguían era atontarme. Pero durante la noche, cuando
sentía que el mundo entero me daba vueltas y todo se bam-
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boleaba de una manera irrefrenable, lloraba a solas en mi
camarote mientras imploraba llegar por fin a puerto y escapar
así de semejante tormento. No sabía que aún me
aguardaba la ingrata sorpresa de descubrir el llamado vértigo
del marinero, el intenso mareo que aqueja, al pisar
tierra firme, a quien lleva tiempo en la mar.
Tres semanas después, a duras penas había logrado
empezar a soportar la vida marinera cuando arribábamos
al puerto de Bilbao y mi viaje llegaba a su fin. El perfil del
puente trasbordador de Portugalete se recortó a proa y pronto
empezamos a remontar la ría, precedidos de la lancha
del práctico. Desde la cabina del puente de navegación,
veía las casas alineadas a ambas orillas y, me sentía observado
por quienes nos miraban pasar apoyados en la baranda
de la ribera, como tantas veces lo había hecho yo. Ahora
sabía que mi lugar estaba entre ellos. Miré a mi padre,
que supervisaba la maniobra a mi lado y le susurré, temeroso
de que me oyera el piloto:
-Por favor, papá, no les cuentes lo mal que lo he pasado.
-¿Te avergüenzas? -me preguntó, echándome una mirada
de reojo, pero sin apartar del todo su atención de la
navegación. Yo le dije que sí con la cabeza y él añadió-:
Todos somos diferentes. No tienes por qué avergonzarte.
A mí me dan miedo las inyecciones y por eso no soy un
cobarde,? no te parece? Los hombres somos como islas de
un archipiélago. Están unidas pero cada una es distinta. Se
comunican por los pájaros, por las plantas que el mar arrastra
o por las semillas y los insectos que el viento se lleva.
Así se extiende la vida en cada una, a su manera. Tú eres
hijo de marino pero no has nacido para la mar, no hay nada
de malo en ello. Deja que el viento te traiga la vida para la
que realmente estás hecho. Además, te voy a decir un secreto
-se inclinó hacia mí y me murmuró al oído-: éste es
COMO UNA ISLA 17
un oficio de mierda, pero no se lo digas a tu madre. ¿De
acuerdo? Así cada uno guardará el secreto del otro.
Me guiñó un ojo y volvió a concentrarse en las labores
de atraque, ahora que al fin habíamos arribado al muelle.
A través del ventanal de la cabina de mando vi a mi madre
que nos esperaba bajo un paraguas, mientras la lluvia salpicaba
el suelo empapado como si un millar de minúsculos
insectos chapotearan en él. Atravesé la pasarela de desembarco
con paso inseguro y me refugié en sus brazos con
la alegría de regresar a casa y el alivio de volver a pisar
tierra firme. El mismo alivio que volví a sentir al anochecer
del día de nuestra partida de Puerto Plata, cuando arribamos
al fin a Cap-Haitien, donde debíamos hacer noche
antes de continuar hacia la isla de La Tortuga.
La mar se había encalmado y poco había que hacer en
aquel puerto silencioso y desierto. Yo me encontraba tan
mareado que apenas tenía fuerzas para caminar, de modo
que después de dar un pequeño paseo por el muelle regresé
a bordo dispuesto a buscar consuelo en el sueño. Pero la
oscuridad y el hedor del camarote que compartía con el
piloto alemán hicieron que aún tardara un buen rato en
dormirme. Durante todo ese tiempo pude escuchar arriba,
en la sala del castillete donde dormían Dubois y su amiga
programadora, los indiscretos murmullos del deseo.
El día amaneció luminoso y sereno. La mar había recuperado
la faz apacible de la mañana anterior, aunque afortunadamente
en esta ocasión no se trataba de un engaño.
La navegación fue tranquila y no llegó a provocarme más
que ligeras molestias, de tal modo que pude al fin disfrutar
del verdor de la costa haitiana, que ofrecía a babor un lujurioso
espectáculo de manglares y cerros arbolados. Sentados
en la cubierta de popa, Dubois aprovechó la calma y el
silencio de los demás, absortos como estábamos en la contemplación
del paisaje, para retomar su monólogo sobre
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las culturas aborígenes americanas. Su perorata se prolongó
más allá del límite de la paciencia e incluso la rubia
Silvie había empezado a dejar que sus ojos azules buscaran
refugio en el horizonte a donde, obviamente, había
mandado también sus pensamientos, cuando el capitán
Sarabia, que había permanecido todo aquel tiempo en la
toldilla entregado a las tareas de la navegación, vino a sentarse
junto a nosotros, mientras Hans gobernaba el timón.
Su llegada pareció animar a Dubois a continuar con sus
explicaciones y, al poco rato, el rostro del mexicano fue
pasando de la curiosidad al asombro y de éste al enojo. Por
fin, aprovechando que Dubois se tomó un respiro en su
prolija descripción de los mapuches chilenos, dijo:
-No es tan fácil conocer las culturas indígenas americanas,
señor. Yo ni siquiera conozco todas las de mi país.
-Bueno, puedo recomendarle algunos libros -comenzó
a decir Dubois conmiserativamente, pero Sarabia siguió
hablando sin prestarle atención. Contó algunas historias
de comadres del pueblecito del que era originaria su familia,
al pie de uno de los más activos volcanes mexicanos, y
nos explicó la razón de que hubiera llamado Quetzalcóatl
a su lancha.
Para ello empezó contándonos la leyenda del dios de
los toltecas, Quetzalcóatl, de quien se decía que era amante
de la paz y enemigo de los sacrificios humanos, y cuyos
seguidores eran renombrados como hombres entregados
al culto y a la perfección moral. Entre sus sacerdotes había
uno especialmente piadoso que había tomado el mismo
nombre de Quetzalcóatl y que se opuso incansablemente a
quienes pretendían introducir los sacrificios en la antigua
religión. Desdichadamente, su causa fue derrotada y él,
incapaz de aceptar la crueldad del nuevo culto, decidió
abandonar la ciudad sagrada de Tula y marchó hacia oriente,
hacia la tierra roja donde nacía el sol, más allá del mar.
COMO UNA ISLA MESÍAS, PREDICADOR DE POBRES 19
Desde entonces, la religión que defendía y su propia figura
se convirtieron en legendarias evocaciones de un glorioso
pasado de paz y armonía que, según una profecía,
habría de volver cuando Quetzalcóatl regresara de su
secular exilio.
-Por esa razón -concluyó Sarabia-, cuando los aztecas
vieron llegar a los primeros españoles, en sus barcos procedentes
de oriente, los tomaron por enviados de los dioses,
por el mismísimo Quetzalcóatl que volvía al fin junto
con sus servidores. Ya saben ustedes el resto de la historia:
los españoles se aprovecharon de las creencias de los indios
mexicanos para conquistar su imperio. Por eso lleva
su nombre esta lancha, para recordarme que tras la apariencia
de las buenas intenciones a veces se esconden propósitos
oscuros.
-Pues aquí tiene de nuevo a un europeo a bordo del
barco de Quetzalcóatl, aunque la verdad es que esta pobre
lancha no tiene ninguna apariencia divina -le cortó Dubois,
visiblemente molesto por haber perdido protagonismo, y
añadió maliciosamente-: Y con un mexicano a su servicio.
Los ojos de Sarabia brillaron de un modo extraño cuando
le respondió:
-No desprecie esta lancha, señor. Los barcos tienen su
propio carácter y hay que saber respetarlos. Se nota que no
es usted hombre de mar.
Ya había empezado el francés el ofendido recuento de
sus muchos cruceros cuando decidí intentar quitar hierro a
la discusión con una cita literaria.
-Es cierto que los barcos tienen carácter -tercié-, mi
padre era capitán de la marina mercante y siempre hablaba
de su barco como si hablara de una persona. Es más, recuerdo
que leí un texto de Conrad en el que hablaba de un
barco que se dedicaba a matar a pasajeros y a tripulantes
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en extraños accidentes, casi como si tuviera voluntad propia.
Dubois soltó una carcajada y me preguntó por qué había
alquilado la Quetzalcóatl si pensaba que tenía espíritu
de asesina. Y yo no había acabado aún de decidir cuánto
había de broma y cuánto de enojo en sus palabras, cuando
e capitán Sarabia le respondió por mí:
-Los barcos no son asesinos, señor. Sólo matan a quien
se hace matar.
Como la conversación había tomado derroteros tan
macabros, me esforcé en cambiar de tema y conseguí que
el resto de la mañana transcurriera entre comentarios
banales y tremebundas historias de los piratas que habían
poblado antaño la isla a la que nos dirigíamos y que yo
había memorizado para hacer el viaje más ameno. De ese
modo, el terrible Olonés, que había llegado a obligar a sus
prisioneros a comerse el corazón de una de sus víctimas, y
el capitán Levasseur, que levantó la fortaleza pirata de la
isla., se convirtieron por unas horas en invisibles pasajeros
de la Quetzalcóatl.
A primera hora de la tarde, avistamos al fin la monta-
ñosa silueta de La Tortuga, verde como una esmeralda,
arisca en sus costas escarpadas como un animal antiguo y
desconfiado. Desde hacía rato, Dubois y su amiga programadora
habían hecho conversación aparte en la popa de la
lancha y la distancia que separaban sus cuerpos había ido
menguando hasta desaparecer. Y así permanecieron, para
incomodidad del resto del pasaje y evidente satisfacción
del francés, que parecía disfrutar obligándonos a asistir al
espectáculo de sus escarceos amorosos. Bordeamos la costa
de la isla, por el canal que la separa del resto del territorio
haitiano, hasta una ensenada a la que se asomaban, entre
mangos y palmas, pequeñas playas solitarias de arenas resplandecientes.
Detrás de ellas, se elevaban las faldas de la
COMO UNA ISLA 21
montaña y, de tanto en tanto, se divisaba entre el verdor
alguna cabaña pintada de vivos colores. Tal parecía que
hubiéramos arribado al Paraíso.
Cuando el capitán Sarabia anunció que aquél era un
buen sitio para fondear, los amantes se desenredaron y proclamaron
entre risas su deseo de darse un baño.
-¡Pare este trasto! -ordenó Dubois, despojándose de la
camiseta.
-¡De acuerdo, pero que nadie salte al agua hasta que yo
lo diga! -respondió el capitán Sarabia desde la toldilla,
donde había subido para realizar la maniobra.
Baloo se desplazó hasta la proa y echó el ancla al agua,
mientras el piloto detenía la marcha de la embarcación.
Dubois aprovechó la quietud para encaramarse a la borda
de popa y nos gritó un «¡al agua, señores!», justo en el
momento de saltar. Su cuerpo grande y robusto desapareció
en el mar y, sobre el chapoteo del agua, se oyó el
ronroneo del motor de la lancha que se aceleraba para terminar
la maniobra de anclaje, dando marcha atrás. Una
sacudida brutal hizo temblar todo el barco, que saltó sobre
el agua como un caballo salvaje. El grito de la programadora
se superpuso a la voz de Sarabia, que preguntaba desde
la toldilla qué había pasado.
-Que no le ha hecho caso -respondí yo, mientras veía
una mancha roja teñir el agua apopa.
Cuando rescatamos el cuerpo de Dubois nada pudimos
hacer por él. La hélice le había abierto la cabeza y casi
amputado un brazo.
Trasladamos el cuerpo hasta territorio dominicano y el
capitán Sarabia fue a dar con sus huesos a la cárcel, en
tanto se esclarecía la muerte del ilustre turista. Lo que debía
haber sido una relajada convención se transformó en
escenario de tensiones y desavenencias, sobre todo cuando
los máximos directivos de la empresa, enterados de la
22 JOSÉ MANUEL FAJARDO
solvencia económica del capitán Sarabia, decidieron presentar
el accidente como un caso de imprudencia temeraria
y exigieron una desorbitada indemnización que beneficiaba
no sólo a la familia del fallecido sino a la empresa
misma, que se consideraba dañada en su imagen e intereses.
Los señores Atwood y Richardson declararon que en
el momento del accidente no prestaron atención a los hechos,
pues estaban enfrascados en una conversación, y nada
vieron por tanto; y la rubia Silvie, todavía conmocionada
por lo ocurrido, no fue capaz de dar ninguna explicación
lógica. Era como si de su memoria hubieran desaparecido
todos los detalles del trágico suceso. De modo que me tocó
testificar a mí. Cuando expliqué al juez que monsieur
Dubois había muerto de arrogancia, por ignorar las órdenes
del capitán Sarabia, sabía bien que el futuro de mi carrera
profesional no podía ser más negro. De modo que, en
cuanto cumplí los trámites judiciales, regresé a Madrid y
cambié de trabajo. No estaba dispuesto a darles el gusto de
que me humillaran o despidieran. Además, aquél era realmente
un oficio de mierda.
Seis meses después me llegó una carta del capitán
Sarabia. En ella me agradecía mi testimonio y me comunicaba
que había sido absuelto. «De todos modos -concluía-,
¿quién quiere quedarse en una tierra donde se tiene que
demostrar la inocencia? Hoy he vendido la Quetzalcóatl y
la semana que viene abandono este país. Ya le escribiré
con mis nuevas señas.» Pero no lo hizo y no volví a tener
noticia de él hasta este verano.
Yo estaba de vacaciones en la isla Faial,, en el archipiélago
de las Azores, y había entrado en el bar de Peter,
que es como llaman al bar Sport todos los marineros solitarios
que recorren el Atlántico y hacen allí parada para
tomar uno de sus excelentes gin-tonics. Sarabia estaba sentado
a una mesa, al fondo. Me saludó con afecto, pero sin
COMO UNA ISLA 23
entusiasmo. Se le veía cansado. Me preguntó por mi vida
-le conté que había abierto una librería especializada en
libros de viaje y en cartografía- y me dio cuenta de la suya.
Había vivido en México durante algún tiempo, pero al final
el mar había vuelto a ganar la partida y desde hacía dos
años se dedicaba a vagabundear de puerto en puerto a bordo
de su nuevo barco. La mayor parte de las veces navegaba
solo, aunque a veces enrolaba uno o dos marineros durante
cierto tiempo, cuando simpatizaba con alguien durante
sus estancias en, tierra. Vivía al día y no tenía planes
de futuro. Tampoco tomaba pasajeros.
-Pienso seguir mientras me dure el dinero. Y me queda
bastante -concluyó.
Le pregunté por su nuevo barco.
-Es un hermoso velero -respondió con el rostro repentinamente
resplandeciente de orgullo, pero de inmediato
volvió a ensombrecerse, como si una nube oscura
le atravesara la mirada, y añadió-: He hecho que le desmonten
el motor que tenía instalado. No podía soportar
ese ronroneo de fiera a punto de devorar a su víctima.
Me quedé mirándole en silencio, mientras le veía apurar
sus glotonas. Pensé en las soledades marinas y en lo
que buscaba Sarabia con su errabunda navegación. El recuerdo
de mi padre vino a cruzarse una vez más en mis
pensamientos. Volví a verle en el puente de mando, de regreso
de la triste travesía en que descubrí que el mar para
mi sólo podía ser un sueño. Y también unos años más tarde,
mientras agonizaba en la sala de un hospital, sin que le
acompañara en su último viaje más brisa que el blanco
batir de las batas de las enfermeras. Tampoco sabía qué
era lo que él había buscado en el mar.
Sarabia me sacó de mis cavilaciones, al anunciarme
que debía marcharse. Se estaba haciendo tarde y quería
zarpar con las primeras luces. Nos despedimos con un abra-
24 JOSÉ MANUEL FAJARDO
zo. Yo volví a sentarme y le vi alejarse, solitario como una
isla. Cuando estaba a punto de abandonar el local se me
vino una pregunta a la cabeza.
-¿Qué nombre le ha puesto al barco? -le grité.
-0lvido -me respondió, ya desde la puerta, y con un
gesto de la mano volvió a despedirse.
No dije nada, me limité a verle caminar calle abajo y a
sentir cómo el viento de sus palabras de hombre bueno
resonaba en mi memoria. Después apuré mi vaso de un
trago, como un viejo pirata, y me levanté tosiendo, dispuesto
una vez más a contemplar en el espejo del mar mis
sueños

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Jose Manuel Fajardo

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